miércoles, 28 de enero de 2015

El delincuente que fue capaz de eclipsar a Messi

Hoy en día, con cuatro Balones de Oro de oro bajo su brazo, suena a utopía hablar que hubo una vez, hace muchos años, un equipo donde Leo Messi no era la estrella. Donde era el escudero perfecto de un muchacho un año mayor que él que jugaba por la derecha y relegaba al pequeño Leo a una posición algo más incómoda para él. Hay que remontarse al año 2000, cuando el hoy jugador del Barça tenía 13 años y Gustavo Rodas era el líder del equipo con un añito más. 

Rodas, con el León / DIFUSIÓN
Entonces jugaban en Newells Old Boys y, por esa pequeña diferencia de edad, no todos los años compartían equipo. Billy, como apodaban a Rodas, era la joya de la corona de la cantera de los leprosos, el jugador diferente, aquel que marcaba las diferencias y sobre el que se contaban historietas de qué llegaría a ser y cuántos títulos lograría alcanzar. 

Cuando el Barcelona llamó a la puerta del club rosarino buscando una nueva promesa, los directivos 'escondieron' a Rodas y le ofrecieron al club catalán la figura de Messi. Y es que la Pulga tenía un serio problema de crecimiento y debía recibir un tratamiento de hormonas tan costoso que el equipo argentino no se podía permitir (unos 1.000 euros al mes). Así, poniendo a Messi en el escaparate, no sólo se quedaban con Rodas, sino que se aseguraban no tener que hacer frente al tratamiento tan caro de Leo y se quitaban un gran peso de encima. "No hay problema, que se vaya Messi, aquí se queda el mejor: Gustavo Rodas", aseguró el por entonces presidente de Newells, Eduardo López.

Hoy, uno es una estrella mundial, el jugador con más trofeos individuales de prestigio de la historia, campeón de innumerables ligas españolas, de varias Champions y de tantos títulos que no se pueden contar con los dedos de las manos; mientras que el otro se entrena en solitario, desempleado tras acabar su periplo en su último equipo, CA Talleres, en la Tercera División del fútbol argentino. Su cabeza y el entorno que le rodeaba formaron una mezcla explosiva perfecta que acabó tirando todo su talento por el retrete ¿Quién sabe si la historia hubiera sido bien distinta de no haber jugado al escondite el día que el club catalán pasó por Argentina?

Rodas, con la Sub17 Argentina / TELAM
Rodas debutó con 16 años en Primera División de Argentina defendiendo la camiseta de Newells, marcando además en el día de su puesta de largo. Rompió entonces con registros de precocidad siendo el jugador del club más joven en debutar (ahora superado por Ezequiel Ponce) y fue uno de los jugadores con menos edad en debutar en la historia del campeonato al hacerlo con unos meses más de los que tenía Maradona en su época. Lideró a la selección Sub17 de Argentina (con el 10 a la espalda) que se proclamó campeona en el Sudamericano Sub17 en Bolivia en 2003 siendo el jugador estrella del campeonato, un torneo al que Messi no llegó a acudir. Pronto acecharon los interesados, como hienas, que se acercaron a él por quién podía llegar a ser y no por quién era. Y acabó desviándose por el mal camino, que en el fútbol sudamericano te corrompe hasta límites insospechados, que deriva en caos, violencia y malas artes. Una vía que incluso le llegó a plantearse la retirada con sólo 16 años, cuando sólo había debutado, para llevar otro estilo de vida. Se destrozó la vida. Más si es un caso como el suyo, que vivía sólo desde los 13 años, cuando sus padres se separaron y se tuvo que hacer cargo de todos sus hermanos.

"Era un malandro (delincuente). Me pegaba con todo el mundo e incluso llegué a manipular un arma. Me faltó poco para robar", admitía el propio Rodas hace un par de años, ya más maduro e intentando asentar la cabeza. No obstante, aún sin la mayoría de edad y con unos cuantos episodios oscuros ya en su curriculum, recibió la llamada de la Selección Sub21. Pero él tenía otros planes. Conoció a una mujer mayor, se fue con ella y no acudió a la convocatoria con la albiceleste, que decidió no volver a contar con él nunca más. 

Ese fue su punto de inflexión. Pensó que todo valía si sabía jugar con la pelota, que el mundo iba a girar en torno a él hasta que quisiera y cuando se dio cuenta, no tenía nada, salvo dos hijos a los que criar con sólo 19 años. Había puesto al fútbol como la última de sus prioridades, se saltó entrenamientos y partidos y se le gastó la llama. Newells se cansó de su niño maravilla y con 20 años abandonó la disciplina rosarina. Pasó las dos siguientes temporadas dando bandazos en equipos de la segunda y la tercera categoría del fútbol argentino, donde tampoco cuajó. 

Probó fortuna en la liga colombiana, sin éxito. Vio cómo se truncaban innumerables traspasos a distintos puntos del mundo, fue rechazado en multitud de pruebas y le rompieron a última hora un fichaje por un equipo de Venezuela, Carabobo, con quien llegó a entrenar y donde estuvo unas semanas hasta que le dieron puerta. Se marchó al fútbol peruano y tras unos meses en Coronel Bolognesi, acabó sin contrato, entrenando en solitario y buscando una oportunidad que parecía nunca iba a llegar. Tenía 23 años y en sólo tres temporadas le habían desechado de cinco equipos menores. Había pasado de ser la mayor promesa del país a no valer siquiera para jugar en la peor categoría de éste. 

Pensó en la retirada. Declaró que el fútbol se había acabado para él y, tras unos meses de inactividad, León de Huanuco, otro equipo de Perú, le reclamó. Allí, de la mano del técnico Franco Navarro dio su mejor versión. Se hizo con premios al mejor jugador de la Liga y la selección peruana preguntó a la FIFA para nacionalizarle y que jugara para ellos. "Me encantaría defender su camiseta. Tengo muchas ganas de ganar cosas con ellos, porque aquí me dieron la oportunidad. Yo estaba a punto de retirarme y aquí en Perú me ayudaron mucho, me hicieron creer en mí". Nunca pudo, pues ni siquiera le concedieron la nacionalidad peruana.

Pero tras una buena temporada, el club terminó vendiéndole a una potencia del fútbol sudamericano, el Deportivo Quito. Volvió a perder su estabilidad, nunca se adaptó y en sólo seis meses se fue a probar suerte al fútbol chino. Tampoco cuajó y el León de Huanuco le volvió a firmar un contrato. Pero ya no era el mismo que había pasado por allí hacía dos años. Su última experiencia fue en Talleres, el equipo contra el que había debutado con sólo 16 años, pero 13 años después, en la Tercera División del fútbol argentino. Un club que, entrado el 2015, decidió prescindir de sus servicios. 

Ahora Billy Rodas se encuentra sin equipo, entrenando en solitario en Rosario esperando que algún día le llegue la oportunidad que desaprovechó en su día, soñando con cambiar el pasado para vivir un gran futuro pues no le gusta su presente. Echa la vista atrás y siente melancolía y muestra agradecimiento, aunque se deja ver triste por lo que pudo ser y no fue, porque Messi es el espejo en el que se mira cada día y no puede evitar pensar que, con las decisiones correctas y las dosis de fortuna necesarias, él estaría en su lugar. Aunque es de los pocos que, habiendo coincidido con los dos, no se creía superior a Leo."Casi siempre jugábamos de titulares juntos, él no era mi suplente. Pienso que viendo todo aquello, podría haber llegado a jugar mucho mejor, pero es de mayor cuando eso se ve, y Messi es el mejor del mundo", señala y añade: "Mi problema no era en la cancha, sino lo que pasaba fuera. Hacía las cosas muy mal, llevaba mi vida desordenada".

Rodas, con el emblema del León / MARTÍN HERRERA


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