jueves, 17 de octubre de 2013

Henrik Larsson, el 9 perfecto

-Papá, quiero que me compres esa camiseta, porfa porfa porfa.
-¿Esa? ¡Ni loco, vamos!

Se me cayó el mundo al suelo. Corría el año 2001 y con mis 10 primaveras en una tarde-noche veraniega, sin saber cómo, empezó mi pasión por coleccionar camisetas de fútbol de distintos equipos y países. No habíamos hecho más que entrar en la típica tienda playera con souvenirs en la que vendían réplicas de los equipos más laureados y mis ojos sólo se centraron en una. Aquella rayada que alternaba horizontalmente el verde y el blanco, con el 7 de Larsson a la espalda, me dejó encandilado. Pero mi padre había sido rotundo. Seguí mirando varias. Me gustaba mucho la de Vieri, que había prendado a todos los hinchas del Atleti años antes. Sin embargo, al fondo del todo, en la última percha, la neroazzurra de Crespo sacó en mí una pequeña sonrisa. Con el "9" serigrafiado, Hernán Crespo, del Inter de Milán, me hizo comenzar una colección que hoy suma más de 30 réplicas.

A Crespo le conocía, recuerdo que me gustaba mucho. Hoy me sigue pareciendo uno de los mejores rematadores de la época contemporánea. Vieri tenía su punto romántico. Pichichi con el Atleti, jugador de unas dimensiones enormes y del Inter, que por aquellos entonces me tiraba bastante, sólo por detrás de la Fiorentina que acababa de abandonar Batistuta. Pero de Larsson no sabía nada. Sólo recuerdo a los típicos guiris, en la playa, que iban caminando por el paseo marítimo con esa camiseta. Había varios nombres para elegir si eras del Real Madrid, Barcelona, Milán, Manchester o Liverpool. Pero si alguien se ponía ante tus ojos con una camiseta del Celtic, en el reverso estaba Larsson.

Descubrí que era una especie de Dios en Escocia para unos, mientras que era muy odiado por otros que iban vestidos de azul. Entendí que Celtic y Rangers tenían una relación especial en el mundo del fútbol. Se odiaban, pero a la vez no podrían vivir el uno sin el otro. Empecé a investigar sobre él. Larsson me gustaba, lo reconozco. Sólo su físico tenía algo que me encandilaba. Y sin siquiera saber cómo, me topé con una información que decía que había marcado 53 goles en 50 partidos en esa última temporada. Alucinaba. Quería su camiseta, de verdad. ¿Qué le habría hecho a mi padre?

A ritmo de Complicated de Avril Lavigne -canción del FIFA 2003-, recuerdo que siempre tenía un hueco para Larsson en mi Atleti formando un tridente temible junto a Torres y Correa. Me dolía por Movilla, porque Larsson le quitaba el 7 y a él le ponían el 16. Y recuerdo cómo se tiraba de rodillas cuando marcaba un gol en el videojuego. Acababa las temporadas con un porrón de goles. Nunca quise ver con más ansia a un jugador en el Atleti.

Y verano tras verano, esperaba con muchas ganas la entrada a una de esas tiendas repletas de camisetas en la que siempre estaba la de Henrik Larsson, ya fuera la primera a la vista, ya fuera escondida, o hecha un burruño tras una montaña. Aquello era para mí lo que para los niños normales era entrar en la tienda de chuches. Pero papá nunca cedía. Yo no lo entendía. Totti, Nesta, River... ninguna me convencía. Lo intenté por última vez.

"Papá...Quiero la de Larsson", le clamé, pese a conocer ya la respuesta. "¡Que te he dicho que no!", contestó ya algo harto. Fue entonces cuando me lo explicó. En 1974, el Atleti y el Celtic se habían jugado algo más que un puesto en la Final de la Copa de Europa en dos partidos de semifinal que quedarán para la historia. Ayala, Reina, Gárate y compañía repartieron en el césped, durante los 180 minutos. Lo peor fue la batalla que se formó en Escocia, con hooligans y policía arremetiendo contra jugadores y seguidores del Atleti, en clara minoría y desprotegidos. Sinceramente, no lo entendí. Había pasado mucho tiempo y yo no lo había vivido. Y además, ni Larsson ni yo teníamos la culpa de aquello. ¿Qué demonios importaba un partido de hacía 30 años?

Hoy lo comprendo. Y me apena que el sueco se hiciera uno de los mejores delanteros del mundo en el segundo peor rival de mi equipo. Con todo, le seguí de cerca. Y cuanto más le veía, más me gustaba, más me dolía. Más sabía que nunca le iba a ver de rojiblanco.

Sus goles en plancha, sus cabalgadas infinitas, su oportunismo para hacerse con los rechazos, su olfato goleador. Pero sobre todo, su trabajo. Su carácter. Eso fue lo que le llevó, con 33 años, a ser fichado por el FC Barcelona. Eso fue lo que le llevó a reponerse a un año en blanco tras una rotura de ligamentos y con 34, hacerse con más minutos de los que nadie hubiera siquiera imaginado en un conjunto en el que Giuly, Eto'o y Ronaldinho brillaban con luz propia y donde Iniesta y Messi estaban dando sus primeros pasitos. Eso fue lo que le llevó a olvidarse de su edad y anotar 15 goles en 42 partidos -repito, con 34 años y saliendo muchos ratitos de reserva- y ser crucial en aquella histórica final de Champions League que cambió el rumbo de la historia del que es hoy el mejor equipo del mundo. Porque salir unos minutos y dar dos asistencias de gol está a la altura de muy pocos. 

Se hizo como delantero en Holanda. Ese país que no deja de sacar artilleros y más artilleros del gol. Triunfó en Escocia. Dejó anonadados a todos en Barcelona, y volvió a Suecia para retirarse. Hasta que le llamó Sir Alex Ferguson. Y claro, a uno de los mejores entrenadores de la historia no se le puede decir que no. Cuestión de cortesía. Con 35 años hizo las maletas y se fue para ayudar 10 semanas a los Red Devils a ganar la Premier League. 

Y es que aquel 2001, pese a elegir a Crespo, Larsson acabó como Bota de Oro seguido por el argentino. Un dato que desconocía y que realmente descubrí hace poco, que me hizo recordar mi infancia y que me ha hecho escribir este artículo. Bota de Oro, Medalla al honor como Caballero del Imperio Británico, 11 ideal de la Eurocopa 2004 y un sinfín de premios después de 20 años, Larsson colgó las botas y cogió la libreta de entrenador. Si es la mitad de bueno de lo que lo fue dentro del terreno, acabará haciendo carrera.

Recuerdo que un día, por sólo unos segundos, se me pasó por la cabeza que quería la camiseta de Juninho, aquel menudo brasileño que había jugado en el Atlético de Madrid y que por aquellos entonces vestía del verde y blanco del Celtic, recogiendo además el número 7 de Larsson. Menos mal que no llegué a comentarlo.


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