miércoles, 6 de marzo de 2019

Paradigma Petrucci: un caso excepcional

Mirco Lazzari gp/Getty Images
Acostumbramos desde hace más de 10 años a ver más o menos las mismas caras en la parrilla de MotoGP. Dani Pedrosa, Jorge Lorenzo y Valentino Rossi jugándose los títulos y las victorias con el invitado especial Casey Stoner, cuyo paso por la categoría fue tan efímero como excepcional. Qué bonito habría sido que no se retirase el canguro más rápido de la tierra porque de su talento y agresividad en pista habría nacido una posible batalla de leyenda. La que a buen seguro habríamos disfrutado con Marc Márquez.

Y es que los tiempos han cambiado y aunque Stoner y Pedrosa ya se hayan bajado de las dos ruedas, han aparecido muchachos nuevos con mucho hambre, como Maverick Viñales, al que se ha unido un Andrea Dovizioso que ha dado varios pasos adelante cuando ya casi nadie confiaba en él. La familia de Los Fantásticos ha ido ampliándose cada vez más hasta el punto que alguno se ha tenido que quedar sin moto competitiva. Hay tres equipos que brillan con luz propia. Las monturas oficiales de Yamaha, Honda y Ducati son las seis patas negras de pedigrí que separan el grano de la paja y que marcan un poco la línea. Ganar con una que no sea ellas es poco más que utópico siempre que no sea una carrera catastrófica, y a una de ellas se sube hoy Danilo Petrucci, cuyo recorrido hasta ser uno de los firmes candidatos no ha sido para nada el habitual.

La carrera hasta las motos grandes suele ser siempre más o menos la misma. 125cc y 250cc de antesala a la lucha con los mejores, convertida desde hace años en Moto3 y Moto2. Por ahí pasaron los ya citados Rossi, Márquez, Dovizioso, Pedrosa, Viñales o Lorenzo, logrando por lo general entorchados en todas las cilindradas. De los 22 pilotos que habrá el domingo en parrilla, en el primer gran premio de la temporada, todos salvo cuatro se habrán fogueado en todas las categorías inferiores antes de dar el gran salto: Crutchlow, Miller, Syahrin y Petrucci. Si bien, en el caso del malayo y el australiano, la cosa es un poco a medias, pues el primero entró al Mundial directamente en Moto2 y el aussie saltó desde Moto3 a la máxima categoría en una historia que también es difícil de ver.

Por su parte, Crutchlow encontró acomodo directamente desde las Superbikes, tras ser campeón de Supersport en 2009 y lograr un quinto puesto en 2010 en SBK en una fórmula que sí hemos visto más a menudo con las llegadas directamente desde el otro campeonato de pilotos como Toseland, Vermeulen, Hopkins, Ben Spies o Colin Edwards.

Antes de cumplir los 17 años, Petrucci se inició en el Campeonato europeo de Superstock 600. Y todo sea dicho, sus números no fueron los mejores, logrando solo cuatro victorias en los tres años que estuvo. Las consiguió todas en el último año, lo que le dio pie a escalar algún peldaño más y entrar a formar parte de la FIM Superstock en 2010, la antesala de las Superbikes. En su segundo año mantuvo una lucha maravillosa con su compatriota Davide Giugliano, que al final acabó haciéndose con el título y logrando quizás el que fuera mejor premio: un asiento en Superbikes, con la Ducati oficial como compañero de un Carlos Checa que venía de ser campeón. Vamos, la moto más competitiva de la categoría.

Petrucci, olvidado porque nadie se acuerda del subcampeón, buscó suerte en el campeonato de MotoGP, en el equipo Ioda, subiéndose a lomos de una Aprilia en lo que era un proyecto totalmente experimental que parecía no iría ir a ningún sitio. El italiano acabó el Mundial 19º, con 27 puntos, y desde entonces no ha hecho más que crecer. Nadie le ha regalado nada. Continuó así dos años más, peleando en el fondo de la parrilla y logrando resultados claramente por encima de la montura que llevaba, hasta que en 2015 Ducati y su equipo satélite llamaron a su puerta. Y eso que parecía condenado firmemente a hundirse durante un par de años en el fondo de la parrilla hasta desaparecer, como Alex Hoffoman, James Ellisson o Andrew Pitt. Pero no.

Heredando la moto que dejaba Andrea Iannone, que subía al equipo oficial, Petrucci iba a montar siempre una Desmosedici anterior al año natural pero con la que Iannone había demostrado se podían hacer cosas interesantes. Y así, en su primer año, el salto de Danilo fue mayúsculo, logrando un segundo puesto en Silverstone en una carrera bien pasada por agua en la que incluso pudo haber ganado al mismo Rossi.

En cuatro años en el equipo B de Ducati, Petrucci ha subido seis veces al cajón (cuatro veces segundo y dos veces tercero) pero todavía nunca ha conseguido ganar. Su ascenso ha sido tan notorio, que en los dos últimos años ha llevado la misma montura que los pilotos oficiales de la marca y ahora, tras cuatro años trabajando en la sombra, le ha llegado la oportunidad. Por primera vez en su vida, Danilo Petrucci, a sus 28 años, tendrá una moto pata negra, una Ducati oficial. Nadie le ha regalado nada, su camino hasta MotoGP ha sido un camino de espinas y difícil de repetir y esta temporada todas las miradas se van a centrar en él, el chico que fue capaz de bajar del sillín a uno de los fantásticos y cuyo rendimiento y regularidad todas las semanas con los mejores aún está por ver.

viernes, 22 de febrero de 2019

Aimar Centeno, al Real Madrid gracias a un reality show

Año 2002. Miles de niños de entre 12 y 17 años aguardan cola rodeando el Campo Argentino de Polo, en Buenos Aires, Argentina. Allí va a tener lugar uno de los eventos más importantes para la sociedad sudamericana de la época moderna: Camino a la Gloria, un reality show dirigido por Mario Pergolini y emitido en Canal 13. En él, un grueso número de críos tendrán que batallar para ganar el gran premio: una prueba con el Real Madrid. ¿La única exigencia?: ser el mejor de todos. Solo podrán formar parte del concurso aquellos que accedan al estadio entre las 7 y las 9 de la mañana.

Aimar Centeno, de 16 años, lleva haciendo cola con sus amigos desde las 4 de la mañana y, aun así, está muy cerca de quedarse fuera. Entra a las 8:50, por los pelos, y es uno de los 12.000 chicos entre 12 y 17 años que formará parte del programa televisivo. Para ello, se ve obligado a dejar sus estudios.

“De entre todos ustedes saldrá la estrella del futuro“, anunciaba Pergolini a los aspirantes, hambrientos de gloria, sedientos de esos talentos en fuga de una Argentina que no vivía su mejor momento social. El gancho del Real Madrid era demasiado bueno para dejarlo escapar, incluso para los que entonces simpatizaban a lo lejos con el Barcelona. A los participantes se les dividió en grupos de 12 y se les dejó únicamente 15 minutos para demostrar su valía. El primer corte lo pasaron pocos, pues de esa primera criba apenas quedaron 2.500 jugadores.

Cada lunes, tras la cena, toda Argentina se unía entorno a sus televisores para ver quién seguía y quién no en el Gran Hermano del fútbol. Tras el segundo corte, solo 400 mantuvieron intactas sus esperanzas. A medida que el torneo avanzaba el programa ganaba en audiencia, los supervivientes en ilusión. José Basualdo, Roberto Perfumo, Carlos Mac Allister y Javier Castrilli componían el jurado. Dos futbolistas internacionales con Argentina, un jugador con una experiencia dilatada en Boca Juniors y un árbitro internacional por la FIFA. Ellos decidían quién valía y quién no. Cada semana eliminaban una ingente cantidad de sueños, hasta que decidieron que la suerte iba a quedar en dos chicos: Aimar Centeno y Santiago Fernández.

Un nuevo anuncio fue hecho para promocionar entonces la gran final. Además del Real Madrid, el vencedor tendría como premio un coche y un cheque con una gran cantidad de dinero. El perdedor, que no se podía ir con las manos vacías, sería incluido en la lista de representados de Gustavo Mascardi, junto a Verón, Crespo, Sorín, Palermo, Ayala, el Piojo López, Aimar o Marcelo Salas. Aimar Centeno resultó ser el ganador.

Extremádamente tímido, cuenta Juan Pablo Meneses en su libro Niños Futbolistas, que fue llevado a su pueblo natal, Agustín Roca, en Buenos Aires, donde se le subió en lo alto de un coche descapotable para ir saludando a los cerca de 1000 habitantes que engloba el pequeño municipio. A sus 16 años, ya era la persona más célebre del lugar y, por un corto periodo de tiempo, uno de los más destacados del país entero.

Aimar Centeno, con Míchel
Tomó un avión por primera vez en su vida, junto a su padre y un conglomerado del programa, que iba a grabar el último episodio con todo lo que sucediera en la capital española. La expectación puesta en el chico era desmedida, pero ni él mismo se lo terminaba de creer. “No he podido entrar en Argentinos Juniors… ¿Y voy a pasar una prueba con el Real Madrid?”, llegó a susurrar durante el vuelo a uno de los integrantes de su séquito. Nada más aterrizar empezó toda la parafernalia. Visita al Santiago Bernabéu, donde conoció a Emilio Butragueño y Vicente del Bosque. Tour por el estadio, unas fotos en el museo y directo a la Ciudad Deportiva a entrenar. Sin tiempo de adaptación al clima español, sin descanso tras 15 horas de vuelo, sin tener siquiera en cuenta el jet lag. Iba a pasar su prueba con el segundo equipo, pero como todo estaba siendo grabado y Real Madrid TV también estaba ya en el ajo, Zidane, Figo, Ronaldo y un sinfín de estrellas de la primera plantilla desfilaron para presentarse al chico, mientras los compatriotas Solari y Cambiasso le soltaban algún chascarrillo para calmarle.

El entrenador preparó el partidillo y en la primera pelota que tocó Aimar se desfondó. Quería triunfar y puede que tuviera condiciones. Nada más recibir el balón, condujo bien, con equilibrio, balanceado hasta llegar a poner un centro con el alma en el que sintió un pinchazo. Se quedó cojeando y no pudo terminar el entrenamiento. No había pasado ni un minuto. La producción del programa se planteó hacer como si nada hubiera pasado, pero era imposible. No había otra imagen suya en el campo, había sido la única pelota que había tocado y todo el mundo vería qué había sucedido. Aimar estuvo unos días más entrenando con el Real Madrid, pero junto a los lesionados. “Después de la lesión volví a entrenar con ellos, pero psicológicamente fue demasiado“, admite él. Tuvo sus minutos de gloria en la televisión, donde llegó a compartir programa con un Fernando Torres que estaba emergiendo, apareció en portada tanto en AS como en Marca, pero como futbolista nunca nada más se supo de él.

Volvió a Argentina y allí lo fichó River Plate, también para su equipo reserva, donde compartió equipo con Radamel Falcao y Augusto Fernández. Pero apenas pudo mantenerse en el club unos meses. Fue a Rosario Central, donde volvió a tener un paso fugaz y cada vez bajando menos el listón. Su último intento de ser profesional le llegó cuando fue cortado de Chacarita. Ahí se dio cuenta que nunca iba a poder jugar en Primera División y dejó el fútbol a un lado, solo como hobby. Trabajó de conserje, de tendero, de camionero. Estuvo muchos años encargándose del reparto de Coca Cola en su zona y ahora vuelve a ser camionero. Juega para el equipo de su barrio, Origone FC, donde es la estrella destacada y cuando pasea por Buenos Aires, admite que a veces la gente le sigue reconociendo, aunque haga ya 15 años del programa y él no haya vuelto a ser una persona pública desde entonces.

Aimar, con el equipo de su pueblo


jueves, 14 de febrero de 2019

Allan Saint-Maximin y el control de la potencia

YANN COATSALIOU/AFP/Getty Images
Corría el año 2013, la Ligue One acababa de empezar y el Saint Etienne, el gigante por derecho propio de Francia aunque aletargado durante más de 30 años, vivía en una nube. La afición se había vuelto a esperanzar con un equipo que en las primeras jornadas había dejado muestras de grandeza y soñaba, si bien luchar por títulos era imposible, recoger las migajas que dejaba un PSG comandado por Ibrahimovic y compañía.

En el cuarto partido, las cosas marchaban bien para Los Verdes, aunque el Girondins de Burdeos, a quien se iban imponiendo por 2-0, estaba siendo un incordio y era cuestión de tiempo que recortaran distancias y quién sabe si no dieran la vuelta al marcador. Christope Galtier tomó una decisión. Miró al banquillo y llamó al chaval, ese de 16 años que había ido a completar convocatoria y que se movía con desparpajo por la banda derecha en los entrenamientos. Aquel día, Allan Saint-Maximin haría su debut como delantero pese a ser extremo por el perfil diestro. "Con su velocidad en las contras podemos matarles", debió pensar.

Apenas jugó cinco partidos en aquella temporada, pero el Saint Etienne acabó en una meritoria cuarta posición y Saint-Maximin dejó su sello. Iba para grande. El curso siguiente, si bien tampoco fue un jugador habitual, empezó a jugar más, siguió siendo clave en las categorías inferiores de Francia y buscó, sin suerte, su primer gol profesional. Ya estaba maduro, le tocaba dar el salto a la titularidad indiscutible con los 18 años recién cumplidos, pero entonces llegó el Mónaco, que se interesó por sus servicios y, pagando cinco millones de euros, se llevó al muchacho en su plena etapa de reconstrucción y crecimiento como club para hacerle frente al PSG.

A su llegada, el francés se encontró con la competencia voraz de un equipo que venía de haber llegado a los cuartos en Champions League. Bernardo Silva, Mbappé, Bischillia, Carrillo, Pasalic, Rony Lopes, Helder Costa e incluso Martial, que hasta final de verano no se marchó, era la competencia que aquel niño francés de 18 años tenía por delante. Por eso, tanto el club como Jardim decidieron que lo mejor era que se marchara a Alemania, al Hannover 96 para foguearse un año.

En tierras alemanas se encontró con un equipo en una dinámica malísima de resultados que perdió 23 de los 34 partidos de Liga y que descendió siendo colista con meses por terminar el campeonato. No sabía el idioma y en tan poco tiempo, ninguno de los tres entrenadores que tuvo le supo sacar rendimiento, aunque allí sí consiguió estrenarse como goleador. Alternó ambas bandas, la delantera y la mediapunta, nunca encontró estabilidad y se acabó hundiendo con el resto del equipo. La experiencia fue tan negativa que al terminar el curso y sabedor que tenía que volver a salir cedido, prefirió quedarse en Francia aunque en un equipo menor como el Bastia.

Parecía, sin duda, que Saint-Maximin había dado un gran paso atrás en su carrera, por no decir dos. Solo 12 meses antes era uno de los mejores proyectos del país y, aunque Francia seguía contando con él para el Mundial Sub20 y estaba en nómina en el Mónaco, quizás la mejor idea hubiera sido seguir jugando para el Saint Etienne. Pero no. En el Bastia, al fin con regularidad, se destapó. Jugó prácticamente todos los partidos, evolucionó físicamente y se hizo un nombre en la Liga.

Así, el Mónaco lo quería entre sus jugadores para el siguiente curso, pero él tenía otros planes. Simplemente, quería jugar y no estaba dispuesto a tener que pelear con otros jugadores que habían costado un pastizal y lo que quería pasar su bien propio era esa experiencia que te da el ser titular indiscutible. No se podía quedar un año en el dique seco y, viendo que los monegascos firmaban jugadores de la talla de Jovetic o Keita, pidió al club ser traspasado.

Contando los billetes de las fugas de Bernardo Silva, Mendy, Carrillo o Bakayoko, entre otros, muy pocos repararon en que Saint-Maximin se había marchado al Niza por 10 millones de euros. Rápido formó un tridente terrible con Plea y Balotelli. A veces en 4-4-2 y otras en 4-3-3, el francés, jugando prácticamente siempre en la banda derecha, se destapó por fin en un equipo que aspiraba a mucho más que a estar en mitad de la tabla y que seguro lo hubiera logrado de no ser por las lesiones y sanciones de Balotelli y el estado físico de un Sneijder que no pudo dar lo que se le pidió.

Pero ha sido este año, ya sin Balotelli en la plantilla, cuando Saint-Maximin ha despegado del todo. Hasta ahora había demostrado ser un portento físico de la naturaleza. Un regateador exquisito con gran cantidad de trucos pero que solía preferir tirar por lo sencillo, un simple cambio de ritmo y que su naturaleza física hiciera el resto. Y es que, el salto que ha pegado también en la definición de su cuerpo es mayúsculo. Toda esa potencia está regida ahora por una carrocería imparable.

Sin Supermario, Saint-Maximin está jugando arriba con total libertad, acompañando a un nueve más de área pero siendo él quien caracolea por todas partes del campo. Esa libertad casa a la perfección con su naturaleza de caballo desbocado. A sus 21 años, obviamente está en el mejor momento de forma conocido, pero ni de lejos está en el máximo nivel de su carrera, pues esto solo es el principio. En apenas curso y medio en Niza, el galo ha metido 11 goles y ha dado 12 asistencias.

Si bien puede que la llamada de la selección no esté cerca, pues la competencia en los puntas y jugadores de banda en Francia es voraz, Saint-Maximin sí está ya para dar el salto, o bien a uno de los grandes del país, donde salvo PSG debería ser titular indiscutible en todos, o bien a equipos con mejores aspiraciones en las ligas Top de Europa. Eso, obviamente, facilitaría también su convocatoria con la campeona del mundo. El propio Plea, que el año pasado fue su compañero, ha volado al Borussia MonchenGladbach, donde se está saliendo, pero es que el nivel de Saint-Maximin a día de hoy es incluso superior al mejor que alcanzara Plea en Niza.

En el Mónaco consideran que es una de las peores operaciones que han hecho en años. Un equipo acostumbrado a sacar gran rendimiento económico en su balance de compras y ventas que ha visto cómo uno de sus mejores activos apenas se iba por 5 millones más de lo invertido. Balotelli, por cierto, ya aseguró que en un par de años jugaría en el Real Madrid y que si no lo hacía no sería por falta de calidad. Su explosividad le hace ser diferencial. No tiene miedo.

viernes, 1 de febrero de 2019

Derrick Rose, un retorno incompleto

Harry How/Getty Images
Si no existiera la historia de Shaun Livingston no hay duda que el de Derrick Rose sería el cuento del Renacido, como la película, donde un hombre absolutamente derrotado vuelve de entre los muertos para demostrar que aún está muy vivo. La de Rose es una película aún por terminar, con picos tan altos como bajos, con momentos de forma exageradamente buenos y con momentos de bajón que tocan la fibra de quien incluso no se siente para nada vinculado con la causa. Y es que, tras ser el MVP más joven de la historia, romperse la rodilla en mil pedazos, caer en depresiones y pensar en la retirada, hoy Derrick Rose se ha quedado a las puertas del All Star. Nadie imaginaba que pudiera serlo hace unos meses. Todos reclamaban que lo fuera desde hace semanas.

Creció en Englewood, uno de los barrios más marginales de Chicago, lo que provocaba el temor de una madre que vivía asomada a la ventana vigilando cómo su muchacho jugaba hasta las tantas en la cancha que había frente a su casa. Sin un referente paterno y con su abuela y su madre como inspiración, Rose construyó una adolescencia autodirigida al éxito.

Tras un año en la Universidad, los Bulls le eligieron con el primer pick del Draft en 2008. Chicago había tirado una temporada entera para ganar esa elección y a Rose, que idolatraba a Jordan, de repente le cayó encima la losa de ser el niño prodigio que devolviera a la franquicia al éxito.

Su precocidad no conoció límites. Ganó el Rookie del año y en su segunda temporada recibió la llamada del All Star. Todo iba sobre ruedas en el tercer curso cuando Pooh (apodo que le puso su abuela por su parecido con Winnie the Pooh cuando apenas era un bebé) rompió los esquemas y acabó logrando ser el MVP más joven de la historia, con apenas 22 años. Los Bulls alcanzaron las 62 victorias en temporada regular y los 25 puntos, 8 asistencias y 4 rebotes por partido del base eran su mejor carta de presentación para unos playoffs que acabaron siendo muy dolorosos. LeBron, Miami y su Big Three se cargaron a los chicos de Chicago en la final de Conferencia.

Ellos lo tomaron como una lección, para coger experiencia y volver con más fuerza a por el anillo. Porque así son los proyectos en la NBA, duraderos, no es sencillo hacerlo todo a la primera. Ni siquiera con Derrick Rose. El ‘1’ se convirtió en la gran esperanza y la Ciudad del Viento se volvió a ilusionar como no lo hiciera desde que Air Jordan se retirara.

El base acababa de firmar una extensión de contrato por el máximo cuando, en la temporada 2011-2012, su calvario apareció. Esguince en un dedo del pie, tendinitis, esguince de tobillo y rodilla… La temporada no marchaba bien cuando, en primera ronda de playoffs, ante los Sixers, se rompió el ligamento cruzado de la rodilla.
Mike Stobe/Getty Images

Los Bulls intentaron aprender a vivir sin Derrick Rose, a quien se le estimó un periodo de baja cercano a un año. Al final, la lesión fue mucho más allá. Rose, explosivo, un huracán físico, fuerte al choque, traspasaba a sus rivales para llegar a canasta. Muchas veces no pensaba y sus anotaciones salían fruto de una improvisación en la que era absolutamente imparable.

Pero la lesión de rodilla, que le dejó físicamente destrozado, le tocó también aspecto mental. En un deporte con tantos impactos en la rodilla, Rose moría de miedo cada vez que pensaba en una nueva lesión de rodilla. Por eso, no jugó ni un solo partido en la 2013-2014. Adidas sacó un comercial especial que contaba cómo estaba siendo su recuperación y un culebrón sensacionalista que no le ayudó en nada se formó en torno a él y a su presencia a diario vestido de traje en la banda del pabellón.

En la 2014-2015, Rose volvió, pero sin chispa. Su talento le sobraba para ser diferencial, pero si su nivel habitual era de sobresaliente, el notable con el que rayaba no servía entonces para calmar las ansias de aquel público que había entonado cada noche el entrañable “MVP, MVP”. Tras el All Star, una exploración al jugador por unas molestias en su rodilla descubrió que tenía roto el menisco y que tenía que pasar por quirófano. Los fantasmas volvían a aparecer.

Su fama en la enfermería se acrecentó un curso después cuando jugó parte de la temporada con máscara debido a una lesión facial. Cada vez que los Bulls anunciaban que Rose era duda o que entrenaba con precaución, saltaban las alarmas. En 2016, los Knicks adquirieron al jugador. El cambio de aires se hacía necesario. Rose estaba estancado, no había logrado llevar a los Bulls al anillo y todas las partes tenían que encontrar una vía de escape que aireara la situación.

Rose ganó confianza en un nuevo equipo, pero ese punto explosivo que le caracterizaba se perdió. No le acompañaba tampoco el acierto. Hizo los peores números de su carrera desde la línea de tres y en abril se volvió a romper el menisco, pero de la otra rodilla. El calvario no se iba a acabar nunca.

LeBron James, que de baloncesto sabe un rato, le reclutó para los Cavaliers con el objetivo de vencer a los Warriors por el anillo. Rose, destruido psicológicamente, firmó por el mínimo de veterano y se unió a un equipo al que no iba como titular, donde estaban Isaiah Thomas y José Calderón y cuyo vestuario era un polvorín. Pese a un buen inicio de temporada en su nuevo rol, a finales de noviembre se retiró al exilio con permiso del club para replantearse su futuro. Esguinces y otros problemas le estaban frustrando, no podía jugar sin sentir dolor y estuvo muy cerca de abandonar para siempre.

Volvió a los dos meses, pero los Cavs entraron en plena revolución y lo mandaron a los Jazz, que lo cortaron nada más llegar. Ahí aparecieron Minnesota y Thibodeau, el técnico que había sacado lo mejor de él en Chicago. Y Derrick Rose volvió a nacer.

Bajo el pretexto de ser suplente, Rose juega tantos minutos como un titular. Sabedor de su nuevo rol, busca ser Mejor Sexto Hombre y en camino de ello está. Las lesiones, de momento, le están respetando, aunque su tobillo sea de vez en cuando una lacra, y está promediando 18 puntos, 5 asistencias y 3 rebotes por partido. Unos números que se acercan bastante a sus mejores guarismos si tenemos en cuenta que juega unos 29 minutos por noche.

El punto de inflexión le llegó en el partido contra Utah Jazz cuando logró anotar 50 puntos (su mejor actuación de siempre) y acabó llorando en mitad del pabellón ante los micrófonos de Fox Sports mientras el público le coreaba, muchos años después, “MVP, MVP”. Dice sentirse mejor jugador que nunca. “Ahora soy más maduro, más inteligente, tomo mejores decisiones”. Se ha reciclado como jugador y, si bien por momentos parece recuperar ese punto físico que le hacía ser diferencial, se le nota mucho más calmado cara al aro.

La recompensa, a estas alturas de la temporada, le podía haber llegado en forma de All Star, pues para el voto público sería incluso titular y los números invitaban a pensar que podría ser llamado. Pero no. Un partido de las estrellas que había jugado ya en tres ocasiones y que no disputa desde 2012, cuando sufrió aquella primera trágica lesión. La que más daño le hizo. Rose, jugador que cae bien entre el público neutral, ha recibido también los halagos de sus rivales por su reciente estado de forma. Wade, LeBron, Curry, Durant, Vince Carter o Chris Paul han sido algunos de los profesionales que han mostrado en redes sociales su alegría por volver a ver a gran nivel a un grande.

Derrick Rose nunca volverá a ser el jugador de 2011. Pero verle jugar es alegría, es baloncesto. Si Rose disfruta con el balón, el pabellón entero lo hace. Porque no hay mayor reconocimiento que ver cómo la hinchada rival se alegra por que a uno le vayan bien las cosas. Y a la vez, no es sencillo lograrlo. Pero Rose puede conseguir lo que quiera. Y a este hombre, la NBA le debe un anillo. El que ya tendría si no se hubiera roto tantas veces en mil pedazos.

jueves, 31 de enero de 2019

Federico Chiesa, en el nombre de papá

Gabriele Maltinti/Getty Images
Enrico Chiesa fue uno de los delanteros más codiciados del fútbol italiano durante la década de los 90 y principios de nuevo siglo. Y, ciertamente, se trataba de un punta distinto a lo que habitaba entonces en el país. Chiesa, que habitualmente jugaba como referencia arriba, no lo era tal, porque donde más disfrutaba y mejor se desenvolvía era acompañando a un ariete más de área, teniendo libertad absoluta para moverse por todo el frente de ataque. Su resistencia, su velocidad, su dinamismo y su mezcla de habilidades le hacía ser un jugador temido por los rivales y su elegancia tanto futbolística como personal le tenía a su vez como el favorito de muchas aficiones y respeto de contrarios.

Enrico vivió sus mejores años entre Sampdoria, Parma y Fiorentina. Con la Samp levantó una UEFA. En el Parma, jugando junto a un elenco de estrellas en ciernes como Crespo, Verón, Cannavaro, Thuram o Buffon, repitió hazaña y añadió una Coppa. En Florencia solo pudo conquistar una Coppa de Italia, pero quizás lo que allí dejó, su legado, es el mayor obsequio de su vida. Porque después de 22 temporadas en la élite, de 171 goles marcados en algo más de 500 partidos y de haber jugado una veintena de encuentros como internacional, Enrico Chiesa, ya retirado de una carrera que le maltrató a lesiones, va camino de ser recordado el resto de su vida como "el padre de Federico Chiesa".

Federico Chiesa nació en 1997, mientras Enrico disfrutaba de una etapa maravillosa en el Parma. Poco después, ficharía por la Fiorentina y Florencia, ciudad enamoradiza por defecto, llegó al corazón de unos Chiesa que decidieron quedarse allí a vivir. Con cinco años y con la pasión del fútbol ya corriendo por sus venas, se apuntó al U.S. Settignanese, equipo del norte de la ciudad que dirigía Kurt Hamrin, quien fuera leyenda del equipo Viola. Y claro, en cuando Federico despuntó un poco, el bueno de Hamrin levantó el teléfono y fue coser y cantar. A los nueve años el pequeño de los Chiesa ya se había enfundado la camiseta de la Fiorentina.

Internacional en todas las categorías inferiores desde la Sub19 de Italia (y ya jugador de la absoluta), Federico Chiesa no tuvo un camino de rosas hasta hacerse profesional. Nunca nadie le abrió las puertas del éxito por su apellido y no destacaba sobre el resto en la cantera de la Fiorentina. De hecho, hasta que no llegó al equipo Primavera (el primer filial), no siempre era titular. Allí, el técnico Federico Guidi cambió el sistema de 4-4-2 a 4-3-3 y eso potenció a un Chiesa que pareció estar desbocado. Sabedor de que el fútbol posiblemente no sería su futuro, se inscribió en la Universidad, en Ciencias del Deporte, tras sacar unas buenas notas en uno de los colegios de élite de la ciudad. Pero se equivocaba.

Ese cambio de sistema le abrió unas puertas aún desconocidas y se empezó a ver a un futbolista con un potencial desmesurado. Digamos que Chiesa no se había desgastado nada en su fase juvenil y toda esa energía guardada se estaba desbordando. Debutó en Serie A con apenas 18 años y lo hizo como titular en un duelo de máxima rivalidad contra la Juventus. ¿Se puede pedir algo más? Junto a Ilicic y Bernardeschi, la Fiorentina se empezó a ilusionar con un tridente de mediapuntas que podrían poner en jaque el fútbol italiano. Y es que Federicho Bernardeschi era entonces el mayor talento del fútbol italiano.

Y claro... Bernardeschi se marchó. Y no lo hizo a otro lugar que no fuera la Juventus. Solo coincidieron un año, pero Chiesa aún estaba lejos del nivel de su tocayo. Entonces llegaron una nueva pretemporada, un nuevo fichaje y un nuevo ascenso del filial: Gio Simeone y Gianis Hagi. Uno jugaba como delantero centro. El otro, como extremo. Sí, los hijos de Enrico Chiesa, Cholo Simeone y Gica Hagi iban a coincidir como titulares en un tridente ofensivo. Descarados, jóvenes y con talento. Pronto se vio que el rumano no estaba al nivel de los otros, que su padre sí exigía los minutos que no habían impuesto los otros dos solo por nombre y la carrera de Hagi en Florencia apenas existió.

Federico Chiesa, que en sus primeros pasitos había despuntado como un extremo resultón y llamativo, y que había fracasado en la cantera en todo lo anterior, empezó a experimentar una transformación brutal hacia el mismo juego que su padre que hoy sigue asombrando. ¿Cómo es posible que un chico de 21 años que apenas lleva destacando tres se haya sabido adaptar a todo? Y es que Chiesa empezó a jugar por todo el frente de ataque y es eso lo que confunde y vuelve locos a sus rivales. Ha abandonado la cal, ya no es un regateador peligroso de banda derecha, sino que es un atacante completo voraz. Sus contragolpes en solitario son como un penalti.

Así, sus cifras goleadoras han aumentado en cantidad en este nuevo curso, su tercero como profesional. La Fiorentina no echa en falta el bloqueo goleador de Simeone (ayer hizo dos siendo suplente) que no está al nivel del curso pasado, pero son el argentino y el italiano una de las parejas más temidas por toda la Serie A. Chiesa, llamado a dirigir el cambio generacional de la Azzurra, ha superado incluso a un Bernardeschi que parecía tener mucho más talento que él y a quien la competencia en Turín está consumiendo poco a poco.

Anoche, Federico Chiesa jugó el mejor partido de su hasta ahora corta carrera. Le hizo tres goles a la Roma y la Fiorentina pasó a semifinales de Coppa. Y se lo dedicó, cómo no, a Davide Astori. "Esto es tuyo, capitán", gritó al cielo en el festejo del tercero mientras dibujaba con su mano el número 31, el del defensa fallecido el curso pasado. Suma siete goles en los últimos cuatro partidos. Esta temporada, en 23 duelos, ha visto puerta 10 veces y ha asistido otras seis. En todo el curso pasado solo hizo seis goles y nueve pases de gol y el año del debut lo cerró con cuatro y tres.

Sin duda, Federico Chiesa es uno de los hombres del momento en la Serie A. Su evolución, a sus 21 años, no conoce el techo aún. Es posiblemente el futbolista más diferencial que ha tenido la Fiorentina en años, pese a que allí triunfara Bernareschi, sorprendieran Ljajic y Jovetic y se destapara durante seis meses Salah. Los Chiesa han como mínimo igualado a los Medici como la familia más querida en la ciudad. Y Federico es el nuevo Príncipe de Florencia.


viernes, 25 de enero de 2019

Wilfried Zaha, la infancia difícil y la fugacidad del tiempo

Zaha saluda a su afición en un partido
 ante el Man City /  Jan Kruger/Getty Images
¿Ser un jugador diferencial en un equipo menor? ¿O ser carne de banquillo en un aspirante a todo? ¿Ser ídolo absoluto de una afición que te idolatrará de por vida? ¿O ser uno más que con el paso del tiempo será olvidado? Wilfried Zaha (Abiyán, Costa de Marfil, 1992) tiene casi más de todo lo primero que de lo segundo. Hay futbolistas nacidos para triunfar y vivir en un entorno del cual se sienten parte, de darlo todo en su pequeño gran ecosistema donde realmente pueden ser y estar.

Nacido en la capital marfileña como el pequeño de una familia de ocho hermanos, los Zaha emigraron a Londres cuando Wilfried tenía solo cuatro años. Se instalaron en el sur de la capital, en un barrio caracterizado por las pequeñas tiendas sin licencia regentadas por inmigrantes y por la cantidad de integrantes africanos en la comunidad. Allí, a solo tres calles de Selhurst Park, el estadio del Crystal Palace, creció y vivió Wilfired Zaha. Cuenta que los días de partido, bastaba con que en casa reinara el silencio para escuchar a la afición de los eagles.

Pero aunque la primera camiseta de fútbol que vistió durante la infancia respondía a las rayas azules y rojas características del Palace, Wilfried Zaha creció venerando al Chelsea y a Didier Drogba, aquel compatriota que estaba poniendo la Premier League patas arriba. Su primera vez en un estadio fue precisamente cuando los blue se acercaron a Selhurst Park en una tarde en la que Drogba acabó dando la victoria a los suyos.

A los 11 años, Zaha ingresó en la academia del Crystal Palace. Tenía mucha habilidad con la pelota, algo que ya había demostrado en las calles de Abiyán cuando apenas levantaba un palmo del suelo, y de eso se dieron cuenta rápido los reclutadores del club de la capital inglesa. Puede decirse que el fútbol le salvó la vida, porque Zaha, en esos momentos de incipiente adolescencia, estaba en un momento difícil, donde desviarse por el camino malo es a veces lo más sencillo y asequible. Su hermano mayor Herve, conocido como Zenke, era (y es) el líder de una pandilla criminal de la zona, responsable de tiroteos, apuñalamientos y robos con violencia por todo Londres. Ha pasado tiempo entre rejas y entonces estaba reclutando gente para su pequeño ejército de maleantes. El bueno de Wilfried se mantuvo al borde, pensando si seguir a su hermano en eso que entonces era la vida fácil o no. Pero el fútbol, los entrenamientos obligatorios casi a diario y los partidos los domingos le alejaron de aquel círculo venenoso. Uno de los que sí entró fue uno de los mejores amigos de la infancia de Wilfried, que acabó muerto tiempo después en una brutal lucha entre bandas en un centro comercial.

Con 17 años, en marzo de 2010, Zaha hizo su debut profesional. Las esperanzas depositadas en él eran altísimas y los tres siguientes cursos, todos ellos en Championship, se convirtió en el jugador más importante del equipo. Por eso, Zaha, ciudadano británico, jugó con Inglaterra Sub19 y Sub21, y por eso también, el día que cumplía 20 años, se unió a la convocatoria de la absoluta. Jugó dos partidos amistosos.

En esa 2012-2013 Zaha fue crucial para que el Crystal Palace ascendiera, después de muchos años en ligas menores, a la Premier League. La Premier entera estaba encandilada con él y fue Sir Alex Ferguson, en el último gran servicio antes de retirarse, quien le convenció para firmar por el Manchester United, que pagó más de 15 millones de libras por él. El acuerdo se cerró en enero, pero las partes decidieron que se quedara hasta final de temporada en Londres.

El cambio fue demasiado brusco para todos. Para Zaha saltar a un club mundial con 20 años y para el United perder a Ferguson y tener como huésped del banquillo a Moyes. Cuentan los pesos pesados del banquillo que Zaha no estaba hecho como persona, que no entrenaba con ganas y que no llevaba vida de profesional. Un asiduo a la fiesta, Zaha había tirado de talento sin saber lo que era el sacrificio y en Manchester no casó desde el primer día.

Rumores de que había sido pillado en la cama con la hija del entrenador acabaron por minar su moral y tras cuatro partidos en cinco meses, Moyes le hizo la cruz y le mandó cedido al Cardiff City. En Gales jugó, pero no destacó y las expectativas que había generado se empezaban a evaporar. ¿Y si había sido jugador flor de un año? ¿Y si solo habían sido fuegos artificiales?

En 2014-2015 se hizo necesario que Zaha volviera a casa. Primero en forma de cesión y luego en forma de traspaso definitivo, porque los primeros meses del marfileño en Selhurst Park fueron tan buenos que los londinenses decidieron recomprar a la joya de su cantera. Desde entonces, Zaha no ha dejado de crecer y sus cifras no han parado de engordar. En 2016, viendo que llevaba ya cuatro años sin ser convocado con Inglaterra, decidió encontrar su futuro internacional en su país natal. Inició los trámites para jugar por Costa de Marfil y pocos meses después lo consiguió, beneficiándose de que nunca había jugado con la absoluta de Inglaterra en partido oficial. Southgate trató de disuadirle, pues era uno de los chicos que tenía en mente, pero no lo consiguió.

Zaha, padre de un hijo, es a sus 26 años un jugador completo, hecho y maduro como persona. Sigue siendo un asiduo a la noche londinense y los bares y discotecas se frotan las manos cuando aparece por la puerta de sus negocios, pero con mesura y sabiendo medir cuándo puede salir de fiesta y cuándo no. Está comprometido con la comunidad y dona el 10% de su salario a los más necesitados. Desde su vuelta con los eagles, Zaha suma 28 goles y 31 asistencias, unas cifras que se verían altamente mejoradas si el Crystal Palace hubiera dado con un delantero de nivel, pues Benteke no levanta cabeza.

Este último verano, Zaha tuvo la posibilidad de salir. El Chelsea, sobre todo, y el Tottenham, se pusieron en contacto con el Palace para saber las condiciones del jugador. Con 70 millones de libras encima de la mesa por parte del equipo donde Drogba se hizo leyenda, Zaha tuvo la última palabra, y decidió quedarse en casa. Allí donde sabe, puede rendir a su máximo nivel. Donde puede sentirse Wilfried Zaha.

Pero los cantos de sirena nunca dejarán de llegar. Este mismo enero, el Borussia Dortmund le tiene como el primero en la lista de relevos para suplir a Pulisic. Se antoja difícil que la operación llegue a buen puerto pues la cifra que los alemanes han puesto sobre la mesa es inferior a la que el propio jugador rechazó en verano. Pero no es menos cierto que al final, el talento de un jugador que crece por encima de su equipo tiende a obligarle a ser de vez en cuando egoísta y buscar su techo. No brilló en su primera intentona en Mánchester y seguro, que en el fondo, él mismo está deseando volver a retarse y demostrar que no existe mal de altura.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Luka Jovic, el delantero tan de moda entre lo que menos de moda está

Jovic celebra su gol contra el Schelke 04 / Alex Grimm/Bongarts/Getty Images
Llega un momento en que lo hipster está tan de moda que ha dejado de serlo para convertirse en mainstream. Es decir, lo oculto, lo difícil de ver, está tan extendido, que ha pasado a ser la corriente mayoritaria. Eso pasa en todos los ámbitos de la vida. La moda, la cultura, la música, el deporte, y cómo no, el fútbol. Eso pasa con aquellos jugadores desconocidos que, por un partido bueno o un momento puntual se convierten en promesas a ojos de un público sumido y autoconvencido de que todo lo que aparece en las redes sociales e internet es bueno, válido y verídico. Por eso, hoy está de moda ser scouter, hablar por hablar de muchachos a los que hemos visto en un retuit, de los que solo conocemos las estadísticas insulsas que ha puesto el perfil con el tic azul de turno o una recopilación de jugadas de Youtube.

Y eso le puede pasar a Luka Jovic (Bosnia, 1997), el delantero de moda entre lo que menos de moda está. No es Benzema ni Lewandowski. No tiene tanto punch como Lukaku, ni tanto nombre como Morata o Suárez. No sale en las redes sociales como Griezmann ni provoca escándalos como Icardi. Pero mete goles con una facilidad que asombra y juega y hace jugar a un equipo, el Eintracht de Frankfurt, que estaba posiblemente ante uno de los años más difíciles de su vida, tras la marcha de Kovac, la despedida oficial de Meier y las expectativas altísimas tras lo logrado el curso pasado.

A Luka Jovic todo le fue siempre muy deprisa, quizás no tomó las mejores decisiones en su paso al profesionalismo y fue uno de esos muchachos que parecía se iban a quedar estancados cuando por brillar cuatro ratitos les habían prometido todo. Difícil decir todo eso cuando, hoy, que está rompiendo estereotipos, cerrando bocas y apuntando su nombre en todas las libretas de Europa, tiene 20 años. Pero así es. Con 16 años era la panacea y el sueño dulce de decenas de equipos y con 18 tras unos meses malos ya no le quería nadie. Fútbol moderno. Nació en Bosnia, pero rápido se mudó a Serbia cuando se enroló en las filas del Estrella Roja. Su padre, Milan, también fue futbolista y jugó toda su carrera en Serbia y Rusia y empezándola en un Partizán que luego detestaría a su hijo. El primo de su padre, además, es un tal Savo Milosevic, segundo máximo goleador de la historia de Serbia y tercero con más partidos a sus espaldas.

Con cinco años comenzó a jugar en una Liga que admitía niños de hasta 12 años. Pero Jovic, siempre un superdotado para con el balón, no tardó en despuntar también con aquellos que le sacaban una cabeza y dos cuerpos, o viceversa. Por eso, después de uno de los primeros partidos, en el que anotó tres goles, al padre de Luka le ofrecieron 50€ por partido más los gastos de viajar todos los días. Allí le vio Toma Milicevic, el ojeador del Estrella Roja, que le invitó a realizar una prueba con el equipo de Belgrado.

Era 2005, Jovic tenía siete años y su padre, antiguo jugador del otro equipo de la ciudad, se puso en contacto rápido con el Partizán. "A mi hijo le quiere el Estrella Roja, si es tan bueno como ellos y yo creemos, deberíais ficharle". El Partizán ofreció un contrato de 200€ al mes, pero Luka, a esa edad, decidió que los colores de su vida iban a ser el rojo y el blanco. Se fue a la prueba desde Bosnia y cuando llegó se encontró con Nikola Zigic, la entonces estrella del equipo, firmando autógrafos entre una marabunta de niños (los que iban a hacer la prueba con Jovic). Él, centrado, no quiso perder ni un segundo de su energía en que el gigantón le estampara su sello en papel mojado. Diez minutos después, el ojeador del Estrella Roja ya le había dicho al padre que se lo querían quedar.

Batar y Belgrado están a 160 kilómetros de distancia. En coche, dos horas y media de viaje por carreteras ingobernables que obligan a cruzar el Drina. El Fiat Passat de Milan Jovic no era el más idóneo, ni el más rápido ni el mejor, pero sí el más fiable, el que nunca le dejó tirado. A veces, Luka tenía un partido en sábado con una categoría y otro el domingo. No tenía sentido recorrer la distancia cuatro veces en pocas horas. "Abatíamos los asientos y dormíamos en el coche. Fumaba para echar humo caliente y que Luka no se congelara", admite Milan. "La gente nos miraba por las ventanillas, venían agentes de seguridad para ver qué estaba sucediendo. Hasta la gente que dormía en la calle se sorprendía". Otros padres del equipo, alarmados por la situación, se ofrecieron para llevar a Luka a los partidos, para hacerle de anfitriones en ese tipo de noches.

Cuando no había cumplido aún los 16 años, Jovic era un crío con una responsabilidad enorme a sus espaldas. Nadie le metía presión, pero en el barrio ya se hablaba de él como la nueva maravilla del fútbol de los Balcanes. Su padre solo le obligaba a disfrutar de una vida que sabía pronto se le llenaría de presión por terceros. Luka no era más que un chico que se había dejado el pelo lacio porque soñaba ser como ese delantero que admiraba y veía por televisión: Radamel Falcao, que entonces asombraba al mundo con sus zarpazos en el Atlético de Madrid. No es por nada, entonces, que en su país le apoden como el Falcao Serbio.

No había ni siquiera debutado con el primer equipo del Estrella Roja cuando llegaron Borussia de Dortmund y Stuttgart a acometer su fichaje. Su padre, en busca de la felicidad y estabilidad de Jovic, que no dejaba de ser un crío, cerró todas las puertas. "No le podemos meter esa presión". Acababa de marcar un hattrick con Serbia Sub17 contra Croacia pese a tener dos años menos que todos. Tampoco se marchó entonces al eterno rival, un Partizán que lo tenía ya todo acordado para robarle al Estrella Roja a su mejor proyecto.

Pocos meses después, con 16, Paunovic le convocó para jugar con la Sub19 y también debutó como profesional. En año y medio, marcó 12 goles en la SuperLiga Serbia, siendo campeón en la 2015-2016 e hizo 26 entre la Sub 17 y la Sub19. Una lesión le privó de estar en el Mundial Sub20 de 2015 que ganó Serbia y en enero de 2016, con 18 años recién cumplidos, hizo las maletas para marcharse al Benfica y dejó el Estrella Roja, del que, de momento, ostenta el galardón a goleador más joven de la historia de la entidad.

Hay quien dice que toda una carrera de manera conservadora y cuidadosa se fue al traste cuando Jovic tomó aquella decisión, sobre todo porque lo hizo en mitad de temporada. Su fichaje se vio envuelto en un gran escándalo. Jovic tomó la decisión de marcharse en noviembre, cuando un delincuente estafador amenazó con secuestrar a su familia si no pagaba una indemnización. Pero es que, según publicó meses después Football Leaks, su traspaso no fue cristalino, pues antes de ser propiedad del Benfica, Jovic lo fue por unos días del Apollon Limasol en una operación que tenía por medio al conocido y controvertido agente Pini Zahavi. La rocambolesca situación, que se ejecutó de manera paralela a la de Zivkovic (que fichó por el Benfica desde el Partizán) se hizo así para saltarse la prohibición de la FIFA de las propiedades de terceros en forma de compra y venta de derechos federativos y deportivos.

El caso es que todo esto al serbio no le sentó nada bien, quizás porque no era dueño de su futuro. Justo en el momento en el que los jugadores necesitan minutos y dar el salto, a Jovic le entró el vértigo. Se pasó dos temporadas enteras en la grada (solo jugó cuatro partidos en dos años) y con el segundo equipo, con el que estuvo casi todo el tiempo, tampoco demostró nada. Parecía un jugador al que le había podido el pánico, una joven estrella local de Belgrado que no había superado ni la presión ni las expectativas. Los 8 millones de euros que había pagado el Benfica y los 60 millones de cláusula de rescisión se antojaban cifras tan lejanas del nivel que de verdad había mostrado en Portugal que el club lisboeta decidió cederle dos años al Eintracht de Frankfurt al que le dio una opción de compra que se estima cerca de los 10 millones para recuperar la totalidad de lo invertido y poco más.

Marcó en su debut, pero no dejó de ser un jugador revulsivo en los primeros meses. Niko Kovac alineaba a Rebic al lado de Haller, quedando el serbio para los minutos de la basura o para agitar partidos. Pero de repente, en diciembre, algo cambió. Jovic enlazó tres partidos seguidos marcando y poco a poco el técnico croata empezó a darle más minutos, pero sobre todo, más responsabilidad. A Rebic, en un estado de forma maravilloso, no se le podía sentar y a Haller, que había costado lo que había costado, tampoco. Pero es que además estaban Marco Fabián, recuperado de una grave lesión, y Boateng.

Kovac encontró la fórmula para que Jovic acabara siendo importante y, tras un gran final de temporada, el serbio acabó arrojando unos buenos nueve goles en algo más de 900 minutos de juego. Es decir, prácticamente un gol por partido. Este junio, ha debutado con Serbia absoluta, a sus 20 años, y acudió al pasado Mundial de Rusia. En las oficinas del Eintracht rápido se empezó a trabajar en hacer el contrato del jugador permanente, pero ahora lo que se negocia es pagar algo más y así eliminar la cláusula de recompra que se empeña en meter el Benfica.

Y es que aunque se antojaba este 2018-2019 un curso importante en el hacer del serbio, ha sorprendido a todos el nivel mostrado. Luka Jovic es, con 9 goles, el pichichi de la Bundesliga, empatado con su compañero Haller y con Paco Alcácer. Cinco de ellos se los hizo en un mismo partido al Fortuna Dusseldorf, convirtiéndose en el jugador más joven de la historia de la Bundesliga en hacer cinco goles en un partido. Jovic, con cinco goles, es también el máximo goleador de esta edición de la Europa League.

Pero lo que asombran ya no es solo la cantidad de goles que está haciendo, sino en qué registros los ejecuta. Tiene una facilidad maravillosa para estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. No duda, trabaja y ajusticia. Remata al primer toque, controla y dispara o define como nadie se lo espera. Está haciendo goles de cabeza, con ambas piernas (es ambidiestro), en jugada acrobática o de vaselina espectacular. Dice Zvezdan Terzic, director deportivo del Estrella Roja, que no duda se convertirá en el mejor nueve de Europa. Tampoco duda su ex compañero Boateng, que se deshace en elogios: "Es bueno con las dos piernas, va de cabeza, es inteligente. Le he visto entrenar día a día y lo tiene todo para convertirse en uno de los mejores delanteros".

Dicen los reportes de los medios, que el Barcelona ya ha puesto sus miras en él, como recambio de un Suárez que si bien sigue dando tardes de gloria, no será eterno, como él mismo ha dicho. Jovic es, a día de hoy, uno de esos delanteros fichables, por los que merece la pena apostar todavía, porque no han dado el salto a un grande y porque tienen mucho más margen de progresión. Su tridente con Haller y Rebic, más las aportaciones de Gacinovic, están colocando al Eintracht segundo en la Bundesliga y de momento invictos en Europa League, con cinco victorias de cinco posibles y clasificados para las eliminatorias y con el sueño intacto de volver a tocar metal este curso tras hacerse con la Copa el año pasado. Pero, ¿Y si sale de Frankfurt y vuelve a perder sus habilidades? De momento, vive del presente y cada partido que juega se revaloriza. Tiene 20 años, y esto solo es el principio.

Diego G. Argota