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miércoles, 26 de junio de 2019

Sadick Adams, mejor que Agüero, Bale, Benzema, Kroos...

Sadick Adams y David de Gea, en el Atlético B (2008)
El verano de 2007, el mundo enteró se paralizó por la Copa del Mundo Sub17. España, en concreto, tenía al fin una nómina de jugadores con las aptitudes necesarias para dominar el continente, aunque fuera en un evento juvenil. El mal sabor de boca que había dejado la cita mundial absoluta un año antes, donde la Selección parecía que podía picar más alto de lo que al final consiguió, hizo centrar las miras de los españoles en un conjunto de muchachos desvergonzados que se quedaron a un pasito de ganar el título. Los Bojan, Aquino, Mérida, Illarramendi, Nacho, De Gea, Falqué, Camacho y compañía parecían elegidos para un relevo nacional esperanzador y al final, cosas del fútbol, la mayoría de los seleccionados no ha llegado al máximo nivel y solo casos contados entre los mencionados han tenido continuidad con los mayores o en una Primera División..

Quizás, la ausencia de Bojan en la final por sanción, líder absoluto del equipo y entonces niño bonito de la Selección y del Barcelona, privó al equipo de colgarse el oro. Pero en el torneo despuntó una figura que no dejó a nadie indiferente. Sadick Adams, delantero centro de Ghana, hizo que los mejores clubes del mundo anotaran su nombre en sus agendas. Adams no fue el mejor jugador de Ghana, ni siquiera el máximo goleador, pero su entrega, su lucha, su pundonor y su regularidad durante los 90 minutos le hicieron ser uno de los focos de la cita. Su selección perdió en semifinales, precisamente ante España y el Atlético de Madrid, que tenía a De Gea, Atienza y Camacho entre los chicos de Santisteban, se enamoró del africano.

World Soccer, 50 adolescentes más prometedores (2007)
Ni siquiera había terminado el torneo cuando el Atlético acordó su fichaje y en noviembre se hizo oficial que jugaría con el club cuando cumpliera los 18 para cumplir así la normativa FIFA sobre el traspaso de menores. Adams llegaba del Ashanti Gold de su país con la carta de libertad bajo el brazo tras haber jugado 19 partidos y marcado 9 goles. Todo un éxito para un jugador de 17 años.

Días después de su fichaje por el Atlético, la prestigiosa revista World Soccer publicó su relación anual de 50 mejores jugadores del mundo Sub18. En ella, Sadick Adams figuraba en cabeza, por delante de Ismail Aissati y Alex Pato, que compartían el podio con el africano y se imponían a jugadores que han terminado con mejor recorrido que ellos. A saber: Bale (6), Agüero (7), Di María (11), Benzema (15), Kroos (27), Mata (28), Özil (37), Alexis Sánchez (42), Rakitic (45) o Walcott (48).

En la nómina, además, aparecen los mexicanos Vela y Gio Dos Santos, el indescriptible Coentrao, la chapuza que acabó siendo Anderson, el petardazo de Lulinha, el propio Bojan o Breno, que acabó en la cárcel por incendiar su casa cuando le había fichado el Bayern Múnich.

Adams y Forlán, tras un entreno (2009)
Adams se pasó todo el primer tramo de 2008 entrenando con el Atlético hasta que empezara la nueva temporada. Para la 2008-2009, estaba totalmente adaptado a Madrid, al equipo, había hecho pretemporada con sus compañeros y era un portento físico. Con todo, no le valió para ser titular en Segunda División B. Compartió equipo con De Gea, Domínguez, Koke, Keko o Rubén Pérez, y luchaba por un puesto con el talentoso Rubén Ramos. Adams jugó 22 partidos, más de la mitad como suplente, pero su potencial se veía tremendo. Tanto, que realizó muchos entrenamientos con el primer equipo siendo el delantero complementario a Agüero y Forlán.

Pero todo se torció ese verano de 2009 cuando Sadick Adams y el Atlético de Madrid recibieron una denuncia de la FIFA. El Atlético había firmado a Adams sin ser jugador libre. Y es que, lo que había sucedido, es que antes de partir al Mundial Sub17 en 2007, Adams había firmado un acuerdo con el Etoile du Sanel egipcio. Un contrato que no tenía validez al ser menor de edad y que debía ser revisado y corroborado por sus padres o por un agente con un poder cedido.

Y mientras Adams jugaba el Mundial, el equipo egipcio se las ingenió para que el padre llegara al país y diera el visto bueno a la operación. Sin saber absolutamente nada, el jugador firmó con el Atlético un preacuerdo durante el Mundial y todo estalló. "Me dijeron que mi contrato con el Etóile no valía sin la autorización de mi padre... Y yo no sabía que mi padre había ido allí durante el Mundial".

La FIFA estimó que Adams tenía que pagar una multa de 160.000 euros y que no podría jugar en los siguientes cuatro meses. Y se acabó. Se quedó sin ficha en el filial, que a su vez vio cómo aparecían las figuras de Germán Pacheco, Borja Bastón, Ibrahima Baldé y Jorge Molino. En invierno se marchó a la Vojvodina, equipo puntero de Serbia, donde no corrió mucha suerte. Los meses sin competir le habían pasado factura en lo anímico y eso se había trasladado a lo deportivo.

Adams, en la actualidad
El Etóile, desesperado por el jugador que se la había jugado años antes, le contrató y allí se salió, logrando un fichaje por el fútbol árabe que llenó sus bolsillos y los del equipo egipcio. Desde entonces, no dejó de recorrer el mundo sin demasiada suerte. Arabia Saudi, Omán, vuelta a Ghana, Túnez, Chipre y regreso a Ghana, donde sigue jugando ahora. En 2017 debutó con la absoluta de Ghana, jugando dos partidos en una ventana internacional y marcando en uno de ellos un tanto. En 2018 firmó por el equipo de su infancia, el Ashanti Gold, donde es el capitán y el ídolo del club. 

Él recuerda que jamás se imaginó por qué lideró aquella lista de jugadores maravilla. No cree que no lo mereciera, pero sabía que había mucho talento ahí. Aún sigue respirando amor por el fútbol, pero no puede olvidar que hubo una época en la que era el jugador más esperanzador del mundo y que por un periodo de tiempo, compartió césped con Forlán y Agüero, quienes le aconsejaron, le enseñaron y con quienes soñó jugar de rojiblanco.


martes, 25 de junio de 2019

¿Alguien se acuerda de Felix Passlack?

Passlack, en la previa de un partido Champions / Maja Hitij/Bongarts Getty Images
En la temporada 2015, un joven futbolista de las categorías inferiores de la selección alemana conquistó a los ojeadores de los mejores equipos del mundo. Capitán de la Mannschaft en la Eurocopa Sub17 y el Mundial de la categoría, Felix Passlack lo tenía todo para convertirse en el próximo niño bonito del fútbol alemán, que vivía una época de bonanza maravillosa. A los Marco Reus, Gotze, Ózil, Draxler y compañía se le unían los talentos de algunos chicos que ya iban despuntando. La selección acababa de conquistar el Mundial y el relevo generacional se antojaba esperanzador. Los Gnabry, Sané, Brandt ya asomaban en la Sub21 como alternativas de futuro, pero todos ellos fueron eclipsados por el talento de Passlack.

Passlack, jugador de banda derecha, veloz, eléctrico, imprevisible. Era capaz de subir y bajar durante los 90 minutos y si la situación lo requería podía jugar por el otro costado o por el centro. Su versatilidad y su liderazgo eran impropios para un jugador de su edad, Elegido en el once ideal del torneo del Europeo juvenil aquel año, el Borussia Dortmund, que empezaba su reconstrucción tras la marcha de algunas de sus estrellas, le dio la alternativa a final de la 2015-2016.

Con solo 17 años debutó en Bundesliga. Su carta de presentación era inmejorable. En los últimos dos años jugando en el filial del equipo de Westfalia, desde la banda (a veces interior y a veces lateral) había marcado más de 40 goles y había dado más de 40 asistencias. Era crucial y así lo pareció también en sus primeros partidos con los mayores.

En el seno del club tomaron la decisión de que Passlack fuera definitivamente lateral. Daba igual el costado, él podía jugar por ambos y así no se pisaba en labores ofensivas donde había futbolistas como Gotze, Reus, Pulisic, Schürrle, Dembelé, Kawaga, Emre Mor o Bruun Larssen. Pero Passlack se quedó. Vaya si se quedó. Schmelzer, Durm, Guerreiro y Piszczeck se lo comieron en todos los frentes y al chico se le pareció olvidar saber jugar.

Tras un año con poco protagonismo, con 19 años y siendo ya internacional Sub21 se marchó cedido al Hoffenheim. Y allí, nada más llegar, el club tomó la decisión de bajarle al filial. No era lo suficientemente bueno como para jugar en Bundesliga. ¿Qué estaba pasando? Apenas jugó 200 minutos con el primer equipo. Esta temporada, en búsqueda de la recuperación del sitio, se ha ido cedido al Norwich City. La Championship quizás podía ser ideal para él, un campeonato muy físico donde desarrollar toda su velocidad... Pero su suerte ha sido otra porque tampoco ha sido válido para la segunda categoría del fútbol inglés. El chico por el que se peleaba toda Europa dos años antes no valía para Championship. Y es que, la temporada ha terminado para él habiendo jugado solo 6 minutos con el primer equipo en Liga.

Ahora, Passlack tiene que volver al Borussia Dortmund. No entra en la cabeza de nadie que pueda tener sitio en la plantilla de Lucien Favre. Pero tampoco es fácilmente explicable cómo un jugador como él, que tocó el techo con 17 años, ahora, con 21, no tenga sitio en ningún club de una mínima categoría. ¿Alguien será capaz de sacarle todo el fútbol a Felix Passlack?

sábado, 20 de abril de 2019

Ravel Morrison y el talento desperdiciado

Lingard, Pogba y Morrison, con la FA CUp Youth 2011 / Getty Images
Hace no mucho, el Manchester United tenía en su cantera una generación dorada de jóvenes talentos llamados a marcar una época. Eran tan superiores a sus rivales y combinaban tan bien, que incluso se llegó a especular con que llegarían a superar a la Class of 92, aquel equipo en el que despuntarían Giggs, Scholes, Beckham, Butt y los hermanos Neville. Era 2011 y los Red Devils acababan de ganar la FA Cup juvenil con una solvencia tremenda. En la plantilla destacaban los nombres de Paul Pogba, Jesse Lingard, Will Keane (Ipswich Town), pero sobre todo, por encima de ellos, estaba Ravel Morrison.

"Nunca he visto un jugador joven con tanto talento como él", admite Río Ferdinand. "Venía a entrenar con nosotros con 16 años y podía jugar a un toque, a dos, se adaptaba a todo lo que le pedía el equipo profesional con facilidad", termina. Tampoco se queda atrás su entonces entrenador y quien le dio la alternativa, Sir Alex Ferguson, quien llegó a situarle por encima de jugadores como Giggs o Rooney en cuanto a talento y quien se refiere a Morrison en su autobiografía. "Hay algunas personas que no son mentalmente fuertes para superar los obstáculos de la vida. Ravel Morrison es posiblemente el caso más triste, porque él poseía tanto talento natural...".

Gary Neville fue el primero en establecer una comparación futbolística que luego se extendió también fuera del campo. "Es como Paul Gascoigne. Un jugador capaz de driblar a uno, a dos, a tres jugadores sin problemas". Y es que, nacido casi en el seno del club, Ravel Morrison fue creciendo bajo la lupa de Old Trafford como uno de los muchachos que podrían llegar a marcar una época. Siendo claramente coronado como el futbolista clave de ese Manchester United juvenil, Morrison brilló con luz propia en todas las categorías inferiores de Inglaterra, desoyendo siempre los cantos de sirena que le llegaban desde Jamaica, donde posee nacionalidad por sus antepasados.

Con 17 años firmó su primer contrato profesional, y solo dos días después empezaron los problemas legales que le han acompañado toda la vida y que han sido el factor determinante para que hoy, en vez de ser una estrella mundial, esté olvidado jugando en Östersund de la Liga de Suecia. Acusado de robo con intimidación cuando entró con un cuchillo en una tienda, salvó de milagro su entrada en un reformatorio y la condena fue menor, pero empezó ya a marcar un expediente que le ha acompañado toda la vida. Hizo 12 meses de servicios sociales y pagó una multa económica.

Morrison creció en Stretford, un barrio muy complicado de Mánchester, junto a su madre soltera y su abuela. Ferguson sabía que para triunfar en el United debía salir de allí, por lo que el club le ofreció varios acomodos distintos. Llegó a debutar con el primer equipo en 2010, apenas con 17 años, y jugó tres partidos más con el club. Pero la falta de oportunidades brindada porque en ese momento estaba poco centrado y tenía problemas legales hizo que con solo 19 años se marchara del club.

Morrison celebra un gol con el
West Ham / Harry Engels/Getty Images
Los pesos pesados del United intentaron disuadirle para que se quedara, pero él solo quería jugar al fútbol. Su agente, algo que él no sabía, estaba pidiendo una suma de dinero ingente por renovar y el Manchester United decidió incluso ponerle en venta antes de que su contrato expirara. La primera gran oferta le llegó del Newcastle, corroborando que el chico tenía muy buen cartel. Morrison le pidió al club que le cediera, pero el Manchester realmente ya le consideraba apto para jugar con ellos en el primer equipo, por lo que las opciones eran quedarse o irse de manera permanente. El United rechazó la oferta del Newcastle y el contrato del mediapunta se terminó ese mismo verano, cuando decidió unirse al West Ham.

Sam Allardyce, entonces a cargo de los de Londres, llamó a Sir Alex Ferguson antes de ofrecerle el contrato. "Se convertirá en un genio, pero solo si es capaz de solventar sus problemas fuera del campo".

Cuenta Ravel Morrison que cometió muchos errores de joven, pero que la mayoría de las veces ya tenía una etiqueta que le catalogaba y que era esa fama que se había granjeado la que le hacía parecer peor de lo que era. Que estaba en el momento menos adecuado en el lugar menos adecuado. Desde ciertos sectores de la voz pública, se le acusó de robar a sus propios compañeros en Old Trafford, de tener mal comportamiento, de meterse en peleas... "Nunca hice nada de eso. Lo único que una vez robé fueron unas botas de fútbol que un compañero ya no iba a usar más. Yo no salía a beber, no fumaba, no cogía el coche borracho, no tomaba drogas... todas esas cosas que sí hacen muchos jugadores, pero yo siempre era el malo. Veía esas miradas de la gente hacia mí, con miedo". "He cometido muchos errores. Pero de eso hace ya casi 10 años. Con 16, 17... Era un niño, pero hoy día me siguen preguntando por todo ello. Nunca nadie me habla de fútbol. No me dejan avanzar".

Poco antes de llegar al West Ham tuvo que lidiar con otro problema, cuando se enzarzó en las redes sociales con un aficionado al que acabó insultando de manera homófoba y siendo castigado por ello por la FA. En la disciplina de los hammers estuvo tres años, aunque durante esa época estuvo en calidad de cedido en el Birmingham, el Cardiff y el QPR, alternando siempre luces y sombras. Y es que en 2014 volvió a vivir un calvario. Su novia y la madre de su novia le acusaron de violencia de género y de amenazas. Supuestamente, Morrison había amenazado en público con desfigurarlas la cara con ácido y luego matarlas. Morrison pasó detenido tres días en prisión para luego salir bajo fianza. Tras un año de juicios, un vídeo de la escena le encontró inocente de todos los cargos que se le imputaban.

Morrison, en Atlas / Refugio Ruiz/Getty Images
Morrison quiso salir de Inglaterra y encontró acomodo en la Lazio. Allí donde había brillado Paul Gascoigne y donde otro excéntrico como Di Canio se había metido a la afición en el bolsillo, quizás encontraría su sitio. Nada más lejos de la realidad. Firmó en 2015 y se marchó hace unos meses con apenas cuatro partidos como jugador lazial. Entre medias, volvió al QPR, donde había dejado muy buenas impresiones en su primera etapa y el curso pasado lo hizo jugando en Atlas de México. "Tenía muchas ofertas de equipos de Europa, pero me informé y vi que en el país había buenos jugadores con gran cartel mundial, así que me decidí por ir allí". 

Morrison quería un cambio de aires completo. Un nuevo destino donde se olvidara por fin aquellas fechorías que había cometido siendo aún un adolescente menor de edad. Pero tampoco lo encontró. "El niño rebelde del fútbol inglés", "El delincuente que no triunfó en el Manchester" fue alguno de los titulares con los que se encontró a su llegada. Pero la pasión lo suplió todo. En México realizó muy buenos partidos.

Hace unos meses, liberado ya de su contrato con el equipo romano, Morrison, de 26 años, ha firmado con Östersund, equipo de media tabla de la Liga de Suecia. Quiere empezar de cero."El pasado, pasado está y nadie debería ser juzgado por quien fue en el pasado". En Suecia ha empezado como titular, siendo uno de los jugadores destacados del equipo jugando tanto en la mediapunta como echado en banda izquierda. Dice que lo único que quiere es jugar, que le da igual el nivel o la categoría, que solo busca ser feliz. Admite seguir manteniendo contacto con Pogba y Lingard, que no tiene ni un ápice de envidia de ellos y, además, que es seguidor del Arsenal desde pequeño. Otra historia de alguien que pudo ser y no fue.




viernes, 22 de febrero de 2019

Aimar Centeno, al Real Madrid gracias a un reality show

Año 2002. Miles de niños de entre 12 y 17 años aguardan cola rodeando el Campo Argentino de Polo, en Buenos Aires, Argentina. Allí va a tener lugar uno de los eventos más importantes para la sociedad sudamericana de la época moderna: Camino a la Gloria, un reality show dirigido por Mario Pergolini y emitido en Canal 13. En él, un grueso número de críos tendrán que batallar para ganar el gran premio: una prueba con el Real Madrid. ¿La única exigencia?: ser el mejor de todos. Solo podrán formar parte del concurso aquellos que accedan al estadio entre las 7 y las 9 de la mañana.

Aimar Centeno, de 16 años, lleva haciendo cola con sus amigos desde las 4 de la mañana y, aun así, está muy cerca de quedarse fuera. Entra a las 8:50, por los pelos, y es uno de los 12.000 chicos entre 12 y 17 años que formará parte del programa televisivo. Para ello, se ve obligado a dejar sus estudios.

“De entre todos ustedes saldrá la estrella del futuro“, anunciaba Pergolini a los aspirantes, hambrientos de gloria, sedientos de esos talentos en fuga de una Argentina que no vivía su mejor momento social. El gancho del Real Madrid era demasiado bueno para dejarlo escapar, incluso para los que entonces simpatizaban a lo lejos con el Barcelona. A los participantes se les dividió en grupos de 12 y se les dejó únicamente 15 minutos para demostrar su valía. El primer corte lo pasaron pocos, pues de esa primera criba apenas quedaron 2.500 jugadores.

Cada lunes, tras la cena, toda Argentina se unía entorno a sus televisores para ver quién seguía y quién no en el Gran Hermano del fútbol. Tras el segundo corte, solo 400 mantuvieron intactas sus esperanzas. A medida que el torneo avanzaba el programa ganaba en audiencia, los supervivientes en ilusión. José Basualdo, Roberto Perfumo, Carlos Mac Allister y Javier Castrilli componían el jurado. Dos futbolistas internacionales con Argentina, un jugador con una experiencia dilatada en Boca Juniors y un árbitro internacional por la FIFA. Ellos decidían quién valía y quién no. Cada semana eliminaban una ingente cantidad de sueños, hasta que decidieron que la suerte iba a quedar en dos chicos: Aimar Centeno y Santiago Fernández.

Un nuevo anuncio fue hecho para promocionar entonces la gran final. Además del Real Madrid, el vencedor tendría como premio un coche y un cheque con una gran cantidad de dinero. El perdedor, que no se podía ir con las manos vacías, sería incluido en la lista de representados de Gustavo Mascardi, junto a Verón, Crespo, Sorín, Palermo, Ayala, el Piojo López, Aimar o Marcelo Salas. Aimar Centeno resultó ser el ganador.

Extremádamente tímido, cuenta Juan Pablo Meneses en su libro Niños Futbolistas, que fue llevado a su pueblo natal, Agustín Roca, en Buenos Aires, donde se le subió en lo alto de un coche descapotable para ir saludando a los cerca de 1000 habitantes que engloba el pequeño municipio. A sus 16 años, ya era la persona más célebre del lugar y, por un corto periodo de tiempo, uno de los más destacados del país entero.

Aimar Centeno, con Míchel
Tomó un avión por primera vez en su vida, junto a su padre y un conglomerado del programa, que iba a grabar el último episodio con todo lo que sucediera en la capital española. La expectación puesta en el chico era desmedida, pero ni él mismo se lo terminaba de creer. “No he podido entrar en Argentinos Juniors… ¿Y voy a pasar una prueba con el Real Madrid?”, llegó a susurrar durante el vuelo a uno de los integrantes de su séquito. Nada más aterrizar empezó toda la parafernalia. Visita al Santiago Bernabéu, donde conoció a Emilio Butragueño y Vicente del Bosque. Tour por el estadio, unas fotos en el museo y directo a la Ciudad Deportiva a entrenar. Sin tiempo de adaptación al clima español, sin descanso tras 15 horas de vuelo, sin tener siquiera en cuenta el jet lag. Iba a pasar su prueba con el segundo equipo, pero como todo estaba siendo grabado y Real Madrid TV también estaba ya en el ajo, Zidane, Figo, Ronaldo y un sinfín de estrellas de la primera plantilla desfilaron para presentarse al chico, mientras los compatriotas Solari y Cambiasso le soltaban algún chascarrillo para calmarle.

El entrenador preparó el partidillo y en la primera pelota que tocó Aimar se desfondó. Quería triunfar y puede que tuviera condiciones. Nada más recibir el balón, condujo bien, con equilibrio, balanceado hasta llegar a poner un centro con el alma en el que sintió un pinchazo. Se quedó cojeando y no pudo terminar el entrenamiento. No había pasado ni un minuto. La producción del programa se planteó hacer como si nada hubiera pasado, pero era imposible. No había otra imagen suya en el campo, había sido la única pelota que había tocado y todo el mundo vería qué había sucedido. Aimar estuvo unos días más entrenando con el Real Madrid, pero junto a los lesionados. “Después de la lesión volví a entrenar con ellos, pero psicológicamente fue demasiado“, admite él. Tuvo sus minutos de gloria en la televisión, donde llegó a compartir programa con un Fernando Torres que estaba emergiendo, apareció en portada tanto en AS como en Marca, pero como futbolista nunca nada más se supo de él.

Volvió a Argentina y allí lo fichó River Plate, también para su equipo reserva, donde compartió equipo con Radamel Falcao y Augusto Fernández. Pero apenas pudo mantenerse en el club unos meses. Fue a Rosario Central, donde volvió a tener un paso fugaz y cada vez bajando menos el listón. Su último intento de ser profesional le llegó cuando fue cortado de Chacarita. Ahí se dio cuenta que nunca iba a poder jugar en Primera División y dejó el fútbol a un lado, solo como hobby. Trabajó de conserje, de tendero, de camionero. Estuvo muchos años encargándose del reparto de Coca Cola en su zona y ahora vuelve a ser camionero. Juega para el equipo de su barrio, Origone FC, donde es la estrella destacada y cuando pasea por Buenos Aires, admite que a veces la gente le sigue reconociendo, aunque haga ya 15 años del programa y él no haya vuelto a ser una persona pública desde entonces.

Aimar, con el equipo de su pueblo


viernes, 17 de febrero de 2017

Adrian Doherty, la estrella del Manchester United que nunca pudimos ver

Antes de empezar a leer esta entrada, es importante poner la mente en blanco. Olvidar todos los problemas de la vida y simplemente disfrutar de cada palabra, cada línea, con los versos de fondo de Forever Young de Bob Dylan. Porque así lo habría querido Adrian Doherty, la estrella del Manchester United que nunca pudimos llegar a ver. La leyenda de Old Trafford que el periodista Oliver Kay ha revivido en su libro, titulado del mismo modo que la canción de Dylan, en honor al espíritu y gusto de Doherty.

Dicen los que jugaron al fútbol a su lado que no había nadie con la pelota en los pies como él. Que el talento que Adrian Doherty (10 de junio de 1973, Strabane, Irlanda del Norte) poseía era único y que no ha habido otro como él, ni posiblemente lo habrá. Ryan Giggs, de alguna forma, le da las gracias porque si él no se hubiera lesionado, "nunca habría podido tener una carrera a tan alto nivel, él me habría cerrado la puerta". Matt Bradley, su descubridor, le define como "el mayor talento en un campo de fútbol desde George Best" y Brendan Rodgers, que compartió césped con él en sus inicios como jugador, augura que "Ryan Giggs y los Neville admiten que Doherty era mejor que ellos". 

Cuentan los que le conocieron en profundidad, que Adrian Doherty era mucho más que un futbolista excepcional. Que tenía un aura especial, que estaba tocado con una varita, que todo lo que hacía, lo hacía bien (salvo dibujar, como remarca un amigo suyo de la infancia). Adrian Doherty era ese chico capaz de aprender a tocar la guitarra por sí mismo, de componer canciones y poesía (su gran pasión) como pocos con mucha facilidad. Adrian Doherty era ese chico que, por pura diversión, regalaba sus entradas para ir a Old Trafford y se metía en el metro a tocar la guitarra. Ese chico que, con 13 años, en plena época de violencia en su pueblo por la guerra de las dos Irlandas, fue capaz de apartar a un batallón de soldados de sus quéhaceres y ponerse a jugar con ellos al balón en mitad de la calle. Aquel que "jugaba al fútbol como Ryan Giggs y tocaba la guitarra como Bob Dylan", en palabras de su excompañero en Manchester Sean McAuley.

Adrian Doherty, con el equipo juvenil del Manchester United
"Le veías en el campo y era muy rápido y habilidoso. Un jugador excelente con ambos pies. Adrian era completamente un talento natural, lo hacía todo parecer muy fácil. Trístemente, justo antes de hacer su debut con el primer equipo, se lesionó de su rodilla", se deshace en elogios Sir Alex Ferguson sobre él. "Ferguson era durísimo conmigo. Me gritaba varias veces cada entrenamiento cuando era un juvenil. Y luego, miraba a la otra banda y veía cómo nunca regañaba a Adrian. Claro, que para ser sincero, he de decir que siempre lo hacía todo bien", señala Giggs.

Y es que, casi por encima de los Busby Babys, en Manchester se recuerda a la tan aclamada 'Class of 92', la generación de jugadores entre los que estaban David Beckham, Paul Scholes, Ryan Giggs, Gary y Phil Neville y Nicky Butt, entre otros, como la mejor generación de la historia de los Red Devils, esa que llevó al club a la gloria y que inició el proyecto de lo que hoy es el equipo más laureado del país y uno de los clubes más exitosos de todo el planeta. Han hecho entrevistas, han grabado vídeos y hasta se ha rodado una película-documental contando sus vivencias, pero lamentablemente, nadie recuerda a Adrian Doherty, o como en el seno de Old Trafford se le conocía: The Doc. 

Adrian Doherty no era un futbolista al uso. Pasó algo más de cuatro años de adolescencia siendo jugador del Manchester United, recibiendo una paga semanal por parte del club inglés, y nunca se le vieron visos de grandeza. Doherty no llevaba tatuajes, ni ropa de marca. No le ponía interés a su imagen, no lucía peinados extravagantes. Jamás se le vio con el pelo engominado, la moda de entonces y pasaba por los espejos sin reparar en el reflejo de su imagen. Nada le importaba el qué dirán. Algunos le definían como bohemio. Otros, como hippy. La mayoría concluye que simplemente era Adrian Doherty. El chico que nunca sabía dónde había puesto su traje y la corbata que tenía que llevar los días de concentración. Aquel que con 16 años bajaba a desayunar con los jugadores del primer equipo del United en chanclas y pijama mientras era norma no escrita que se hiciera en chándal y deportivas. Aquel que fue el primer jugador de la historia en firmar un contrato profesional a la edad de 16 años.

Adrian Doherty nació y creció en Strabane, en medio de las revueltas que surgían en las dos Irlandas, inmersas en un proceso de guerra civil que derivó en que el chico viviera entre las recurrentes bombas y los crueles asesinatos que se cometían en su entorno. El segundo de cuatro hermanos, Adrian, o Aiden, como se le conocía en casa, heredó de su padre el gusto por el fútbol y, sobre toda las cosas, por el Manchester United. Jimmy, su progenitor, había jugado para el Derry City, el club local y rápido transmitió sus genes futboleros a su nueva generación.

Las primeras muestras de su habilidad llegaron en la escuela primaria, en el colegio St. Mary. Allí se enroló en el equipo del colegio, con chicos todos mayores que él, pero eso no importó para dejar a todos boquiabiertos al poner en práctica lo que había practicado tantas tardes con su hermano mayor Gareth en el jardín de casa. "Era un crío, era más pequeño que todos, pero ya le veías que era el doble de bueno que el resto", admite su amigo Nial. Una visión que corrobora John Farrell, que solía arbitrar los partidos locales de las categorías infantiles."Incluso a la edad de 8 y 9 años ya le veías que era demasiado bueno. Él cogía el balón y... no puedo describirlo. Era como un lagarto, era una especie de Johan Cruyff". 

Doherty / M. United
Su padre empezó a darse cuenta de las capacidades de su hijo a la edad de once años cuando le veía solo en el jardín, sin la mirada de nadie más y empezaba a disfrutar con el balón, o con lo que fuera. "Empezaba a rematar de cabeza el balón contra el muro de casa. No lo dejaba botar. Le veías hacerlo sin problema 100, 200, 300 veces como si nada y el balón no caía. Entonces, cuando pensabas que lo había hecho todo, dejaba a un lado el balón de fútbol, cogía una pelota de tenis y lo repetía. 100, 200, 300 veces. Y no se le caía, lo hacía como si fuera la cosa más sencilla del mundo". Adrian no lo hacía por lucirse, simplemente, por pura diversión. 

A la edad de 12 años, por primera y última vez, un entrenador se atrevió a quitarle del césped. Fue en un campus de verano y Brian McGillon era el encargado de dirigir a los jóvenes en un partido de fútbol gaélico (ver las normas del deporte y su desarrollo aquí). Adrian no tocaba el balón con las manos, se recorría el campo entero controlando con la cabeza y los pies. 

Volvió entonces a disfrutar del fútbol en el equipo Melvin, donde llevaba desde los 11 años. El entrenador decidió subirle a la categoría Sub15, con chicos tres y cuatro años mayores que él. "Adrian destrozó mi carrera como futbolista", recuerda su hermano mayor. "Tenía cuatro años menos que yo y el míster me había dicho que le iba a subir a nuestra categoría. Él jugaba como jugador de banda derecha, como yo, y después del primer partido yo ya era su suplente". 

Adrian Doherty se dio a conocer públicamente en Irlanda el 5 de mayo de 1983. Con casi 13 años, el Derry City había acordado jugar un partido amistoso con el Nottingham Forest, entonces entrenado por Brian Clough y considerado como uno de los mejores equipos del mundo tras su reciente doble conquista europea. Como teloneros, antes del gran evento, había preparado un partido entre los chicos Sub14 del Derry City y un combinado de jugadores de la categoría de la zona. Ahí, entre ellos, estaba Adrian Doherty, preparado para dejar boquiabiertos a toda una multitud que se había dado cita para ver el plato fuerte de aquel día. 

"Para ser sincero, nadie habló del partido entre el Forest y el Derry City aquel día. En boca de todos solo estaba el chico al que acababan de ver", señala Peter Hutton, jugador-entrenador del equipo local. Y es que Adrian marcó los dos goles de la victoria 2-0 ante el Derry Sub14, que era claramente favorito, de una forma que hoy reconoceríamos como 'estilo Messi'. Los goles, por cierto, pasaron vagamente por Youtube hace unos años, aunque rápidamente fueron censurados por Copyright. En ellos se podía ver a un joven chico con las piernas muy largas regateando a todos los que salían a su búsqueda y con una rapidez y un control de balón impropio para un crío de 13 años. 

Tal fue su exhibición, que Brian Clough quedó anonadado y envió Liam O'Kane, su asistente, a que tuviera un acercamiento con su entorno. Sorpresivamente, O'Kane y Jimmy Doherty habían compartido vestuario años atrás en el Derry City y la 'negociación' fue sencilla: El Nottingham Forest quería a Adrian Doherty a toda costa y se fijó una fecha para hacer una prueba. De forma paralela, Doherty dejó Melvin y pasó a jugar en Moorfield Boys, un club que entrenaba Matt Bradley, scouter profesional que había trabajado para el Celtic y para varios clubes de la Primera División Inglesa. "El momento en el que le vi, sabía que era el mejor chico que había visto desde George Best", admite Bradley. 

Entonces, el Arsenal estaba siguiendo a McIvor, un compañero de Adrian en Moorfield. El ojeador John Dillon había sido enviado para seguir al jugador, pero tras ver un partido de exhibición, rápido cambió su hoja de ruta y se centró en Doherty. "Esa misma noche nos llamó y nos dijo que el Arsenal quería ficharle", señala Jimmy Doherty. A los pocos días pasó una prueba y al día siguiente ya tenía el acuerdo con el Arsenal preparado para ser cerrado. Matt Bradley, seguidor empedernido del Manchester United, dolido porque le iban a quitar a su perla, escribió una carta a Sir Alex Ferguson. Ya que le iban a quitar a su jugador, que lo hiciera el equipo del que él era hincha. Ferguson no dudó en responder a la petición de su homólogo y mandó a un ojeador a ver jugar a Doherty. Solo hicieron falta 10 minutos para que el Manchester United ofreciera su futuro a Doherty. 

"Hemos observado a su hijo y queremos ofrecerle un contrato", le dijo Sir Alex Ferguson al padre de Adrian cuando llamó a la familia por teléfono. "Cuando evaluamos a un jugador joven, vamos marcando las casillas en las que destaca: Velocidad, coraje, técnica, fuerza, visión y algunas más. Con Adrian hemos marcado todas las casillas, lo que es extremadamente raro". Arsenal y Nottingham Forest no tenían nada que hacer.

Así, con 14 años (aunque llegaría a la entidad de forma oficial meses más tarde), Adrian Doherty se convirtió en jugador del Manchester United, cuya camiseta solo se quitaba para ponerse la de Irlanda del Norte, en cuya selección juvenil jugaba desde hacía tiempo y donde compartía equipo con Brendan Rodgers. En una Irlanda dividida, ser católico aparentaba ser un gran hándicap. Era el único de toda la plantilla en serlo. Eso levantaba ampollas y prejuicios que se esfumaban nada más le veían tocar el balón. No obstante, eso y la incapacidad futbolística de sus compañeros le hizo pensarse en más de una ocasión cambiarse de bando y jugar con República de Irlanda, donde ciertamente sería mejor aceptado y donde podría tener una mejor carrera. 

Poco a poco empezó a integrarse en la vida del Manchester United. Vivía en un centro junto a otros compañeros y hacía largas concentraciones a las que iban todas las categorías de los Red Devils. Le costó adaptarse a vivir fuera de casa, tanto que incluso, un día, pidió al club que le dejaran volver a casa. Ferguson, sabedor del talento que tenía entre manos y que Doherty no era como el resto, le permitió marcharse unos meses. Pero Adrian nunca quiso volver. La morriña que sufría en el Cliff, famoso centro de entrenamiento del United desde 1938,  le impedía sentirse cómodo y el club acabó haciendo una excepción única para que el chico viviera en casa de unos familiares lejanos, que residían relativamente cerca del cuartel del United. 

Los tiempos en Old Trafford eran difíciles. El equipo rozaba el descenso en la temporada 1989/90 y Sir Alex Ferguson estaba en el alambre. Su continuidad como técnico estaba en entredicho y solo el buen hacer del equipo juvenil, que lideraba Doherty por la derecha junto a Giggs por la izquierda, mantenía la posibilidad de un futuro esperanzador. Ferguson le había dedicado mucho tiempo a los juveniles y eso lo sabía la directiva, pero los resultados inmediatos que exigía la grada para el primer equipo no llegaban y eso pesaba demasiado. A la gente descontenta, entonces, se le invitó a acudir a los duelos del equipo juvenil, donde la directiva estaba segura quedarían maravillados.

 FA Cup Youth Semifinal. 1 de abril de 1990. Arriba: Bosnich, Ryan Giggs, Darren Ferguson, Sixsmith, Lydiate, Sean McAuley.  Abajo: Mark Gordon, Craig Lawton, Lee Costa, Tonge y Adrian Doherty / Man. United
Esos partidos los seguía, y los sigue, Tony Park. Park es uno de los aficionados más célebres del Manchester United, conocido por su exhaustivo seguimiento de todas las categorías desde que tenía uso de razón. Su colección de libros del club es inenarrable y guarda recortes, fotos y notas personales de cada partido que pudo disfrutar, que en categoría juvenil, han sido prácticamente todos en los últimos 40 años. "Era un demonio de jugador. Si puedes llegar a imaginarlo... Coge un poco de Ryan Giggs, un poco de Andrei Kanchelskis y un poco de Cristiano Ronaldo. Mézclado todo, y ahí tienes a Adrian Doherty", revela Park, que describe en sus crónicas particulares las hazañas de Doherty con el equipo juvenil. "Él era imparable, recuerdo a un entrenador del equipo decirme que solo había tres jugadores en toda la plantilla que llegarían al primer nivel: Giggs, Scholes y Doherty. Solía decirme que Giggs tenía una zurda magnífica y velocidad y Scholes era control y muy constante en el juego, pero que Doherty lo tenía todo", añade Park.

Gary Neville, que era dos años menor que Doherty y ya de vez en cuando entrenaba y jugaba con su equipo, recuerda: "Tenía un talento fantástico. Tenía mucha facilidad para regatear jugadores, poseía una gran habilidad. No he visto nunca nada como él. Tienes que tener mucho cuidado cuando haces este tipo de comparaciones, pero tenía una habilidad como la de Messi".

Doherty / Man. United
Con 16 años y 287 días, Sir Alex Ferguson incluyó a Adrian Doherty en una concentración con el primer equipo del Manchester United. Era el jugador más joven en hacerlo desde que en 1953 lo hiciera el mítico Duncan Edwards. Varios jugadores de la primera plantilla estaban entre algodones y, de no pasar una prueba física, Adrian haría su debut oficial en una convocatoria. No sucedió, pero el jugador empezó a sumar convocatorias ya con el primer equipo. Ferguson quería que cogiera experiencia, pero de momento rehusaba a darle la alternativa pues el equipo juvenil estaba en las fases finales de la FA Cup y quería que su mejor jugador le diera el título al segundo equipo.

Al final de la temporada 1989/1990, Doherty fue llamado a las oficinas del club. Allí se le ofreció un contrato profesional. A excepción del mencionado Edwards, nunca antes ningún jugador firmó un contrato profesional a tan temprana edad y, además, ninguno había llegado a las cifras que el Manchester le ofrecía a un jugador que ni siquiera había cumplido los 17 años. 200 libras semanales fijas, más bonus por partidos, victorias, goles, más una suma de dinero de cinco cifras que no se quiso revelar al final de cada una de las cinco temporadas que le habían ofrecido.

Doherty, que jugaba al fútbol por divertirse, que no esperaba, ni quería, la admiración del graderío cuando tenía el balón en los pies, que solo quería disfrutar del momento por querer sentirse Forever Young, que, pese a que tenía ambición por ser el mejor jugador del mundo, no perdía un solo minuto que pudiera dedicar a componer canciones y poesía, decidió rechazar el contrato. "No sé dónde quiero estar en los próximos cinco años", se excusó. 

"¿Cuánto quieres firmar?", preguntó Ferguson.

"Un año, quizás dos", contestó Doherty.

"Tienes que pensar bien lo que estás diciendo. Es una buena oferta, hay chicos en tu equipo que darían su brazo derecho por un contrato como esté", sugirió el técnico.

Al final, Adrian Doherty firmó por tres años y ligó su futuro inmediato al Manchester United, que ya estaba preparando el terreno para su debut oficial con el primer equipo. Adrian Doherty fue informado, de forma oficial, de que iba a entrar en una convocatoria en los próximos partidos. Sin tener que esperar a que un compañero no pasara el corte médico, sin tener que aguardar al último momento para saber si iba a estar en el banquillo o en la grada, Adrian Doherty se preparó para el día que estaba marcado en rojo en el calendario de su vida: el 3 de marzo, ante el Everton, iba a ser el día de su debut. Pero llegó el día y, en su lugar, quienes sí debutaron fueron Giggs y Darren Ferguson. Doherty, en cambio, vio el partido desde la grada junto a Steve Bruce, Bryan Robson o Mark Hughes, todos lesionados.

"No te preocupes, llegará pronto", le dijeron los veteranos. Adrian, tocado de su rodilla por un 'pequeño' problema surgido apenas 10 días antes, se cayó de la lista en el último momento. Y es que ese pequeño problema fue más grave de lo que a priori pareció y terminó con la carrera de un futbolista que nunca llegó a jugar un partido profesional, que fue el mejor jugador que nunca pudimos llegar a ver y del que sólo disfrutaron unos pocos afortunados.

"Aún puedo ver, cada día, el partidillo y el momento exacto en el que Adrian se rompió el cruzado, o cualquiera que fuera la lesión que tuvo", admitió Sir Alex Ferguson en 1999 (8 años después de la lesión), mirando desde la ventana de su despacho el campo de entrenamiento donde todo sucedió. Fue el 23 de febrero de 1991, una semana antes del partido contra el Everton que nunca pudo jugar. El Manchester juvenil estaba jugando un partido de entrenamiento contra los chicos del Carlisle cuando la rodilla de Doherty hizo 'BANG'. "No fue falta, simplemente un balón dividido. Fuimos al choque, la rodilla se me torció y yo me caí. No me dolía, me levanté e intenté correr rápido a por el balón, pero no podía andar", explicaba Doherty.

Jim McGregor, fisioterapeuta del club, intuyó que se podía tratar del cruzado. Nadie entró en pánico. La rotura del ligamento cruzado hasta entonces era una lesión prácticamente desconocida. Los esguinces o las distensiones sí estaban más vistas y con algo de reposo y rehabilitación, el jugador podía volver a jugar en unas semanas. Ese fue el primer diagnóstico que se le dio a un Adrian que, ahora sí, admitía sentir un dolor insoportable.

El problema es que ningún médico se ocupó del caso en primera instancia, y McGregor, que solo era un fisio, no puso nunca en los informes que podría ser una lesión de ligamento cruzado. Nadie ordenó hacer un escáner, se concluyó que el chico tenía solo un esguince y que rápido estaría disponible para jugar. Así, el 22 de marzo, su nombre aparecía entre los titulares del partido de FA Cup juvenil ante el Southampton en el folleto que se repartía en la puerta del estadio, aunque nunca llegó a jugar. 

En mayo del mismo año, dos meses y medio después de la lesión, Doherty volvió a los campos. Haciendo rehabilitación por su cuenta, sin asesoramiento del club, Adrian ya estaba de vuelta para jugar el torneo Blue Stars, donde los juveniles de los mejores equipos de Europa medían sus fuerzas en partidos de 40 minutos. En solo 24 horas, Adrian jugó cuatro, todos completos. Cuando terminó el torneo y sin casi tiempo para llegar de Zúrich, Adrian fue convocado para ir con el primer equipo a un doble encuentro amistoso en Trinidad y Tobago. En vista de la situación de fatiga que sentía y de la cercanía de la lesión, le pidió al club que le liberara y tener así algo de descanso. La misiva fue rechazada y Adrian viajó con el equipo para caer lesionado en el primer partido. Esa rodilla no estaba bien.
Adrian Doherty / The Guardian
Se fue entonces de vacaciones, como el resto de la plantilla, y volvió el 24 de julio para preparar la pretemporada. Fue entonces, cinco meses después de la lesión, cuando el cuerpo médico se decidió a hacerle una resonancia magnética en la que se descubrió que tenía una rotura en el ligamento anterior cruzado de su rodilla derecha. Una lesión que no era desastrosa, según Jonathan Noble, el médico que se encargó del caso, que decidió que no era necesario operar. 

El 4 de septiembre de 1991 no había ningún signo de mejora por parte del jugador, por lo que Noble se decidió a practicarle una artroscopia, en la que se descubrió que el jugador tenía también roto el menisco y se corroboró el diagnóstico de la rotura del ligamento, aunque Noble continuó afirmando que no era necesaria una cirugía de reconstrucción del ligamento. 

Así, Doherty se enfrentó a días, semanas y meses de recuperación, siempre por su cuenta. Haciendo los mismos ejercicios de fuerza día tras día, hora tras hora, en soledad, mientras en el campo anexo disfrutaban del balón los que ya eran sus compañeros del primer equipo. 

El 7 de diciembre de 1991 Adrian Doherty hizo una nueva aparición con el equipo reserva. Allí, la expectación era máxima por dos motivos: ver al chico norirlandés que estaba en boca de todos de vuelta y comprobar si aquel pelirrojo apellidado Scholes que llevaba semanas jugando a gran nivel era realmente tan bueno. Ian Brunton, un especialista del equipo reserva del Manchester durante años, recuerda su reaparición como "Catastrófica. Él parecía una sombra del jugador que yo había visto antes. Esto suele ser normal en jugadores que han estado mucho sin jugar, pero a él se le veía raro. Ni siquiera su estilo de correr era el mismo". 

11 días después, el 18 de diciembre, el médico Noble pidió una segunda opinión y se decidió a operar al jugador. "O pasas por el quirófano, o no podrás volver a jugar al fútbol de nuevo", le dijo el doctor. Habían pasado 10 meses desde la lesión y el jugador había reaparecido hasta en tres ocasiones distintas, con el ligamento cruzado y el menisco rotos. 

Sin confiar en Noble, que había cambiado de diagnóstico muchas veces en poco tiempo, Adrian y su padre viajaron en búsqueda de una nueva opinión, que recaería en el cirujano McClelland. "Mi sensación era que con la lesión que tenía sería muy difícil volver a jugar al fútbol a nivel profesional. Que incluso ni recuperaría su nivel previo", señaló el doctor. La operación se le practicó en febrero de 1992, un año después de la lesión y durante los siguientes dos meses el jugador tuvo que empezar la rehabilitación en su casa, por su cuenta, sin ninguna supervisión, de forma totalmente rudimentaria. 

En abril retornó a Manchester para empezar ejercicios con los fisioterapeutas y la opinión de McGregor era que la operación no había salido bien, como sí aseguraban los médicos. Un mes después, toda la plantilla y cuerpo técnico se fue de vacaciones. Doherty, que vivía con su amigo Leo en un piso compartido, hizo las maletas y de un momento a otro se plantó en Estados Unidos. De manera simultánea, los únicos en Mánchester que seguían con actividad eran los juveniles, donde Giggs, los Neville, Gillespie, Savagge, Beckham, Nicky Butt y Paul Scholes se alzaban con el título mientras Doherty se dedicaba a tocar sus canciones en locales de poca monta, a recitar sus poemas en los trenes de la Gran Manzana.

Con el fin de las vacaciones, la rutina de gimnasio retornó hasta que el 30 de enero de 1993, casi dos años después de la lesión, el momento parecía haber llegado: Adrian Doherty tenía el alta. Volvería a jugar al fútbol. Sus primeras actuaciones fueron totalmente desesperanzadoras. Dicen que antes de la lesión, nunca un lateral pudo arrebatarle el balón cuando Adrian iba en carrera. Ahora parecía otro, totalmente vulnerable, superado siempre por su par. Un jugador mortal con un mal día, pero uno detrás de otro. 

Adrian confirmaba entonces a su entorno que no estaba 100% recuperado de su rodilla pero, con todo, llegó a confesar a su padre que empezaba a sentir las sensaciones positivas del pasado. Lo hizo tras encadenar varias actuaciones notables y su llama del fútbol, esa que llevaba dos años apagadas, pareció por poco brillar. Quizás Adrian Doherty, el chico al que se le había roto el corazón por no haber podido debutar con el Manchester United ante el Everton en marzo de 1991, volvía a sentir el gusanillo del fútbol más de dos años después. 

Poco le duró la alegría, pues el Manchester United decidió no renovarle y ahí acabó su historia, con 20 años, en el que había sido el equipo de su vida, del que era fan desde niño. "No parecía dolido ni enfadado. Desde el primer día pasó página", afirman su padre y su madre. Rápido entendió y aceptó que el fútbol no iba a ser su vida y ni siquiera se molestó en buscar un nuevo equipo. Se dedicó entonces en cuerpo y alma a la composición, a su música, a sus poemas. Y no volvió a hablar del Manchester United, ni de su pasado como jugador, nunca más. 

La sensación de despecho que no tenía él sí se apoderó de su entorno, que no entendía que, tras dos años de lesión, al club le hubieran bastado cinco partidos para decidir que no era un jugador válido, en una lesión que deja importantes traumas psicológicos. Para más inri, ese mismo mes de mayo, según Adrian salía del club por la puerta de atrás, el Manchester United se proclamaba campeón de la Liga Inglesa por primera vez desde 1967. Era el inicio de la era exitosa de Ferguson. Aquel que mantuvo su puesto porque en el equipo juvenil jugaba un Adrian Doherty capaz de sostener, con sus actuaciones, el mal rendimiento del primer equipo, de apaciguar las críticas porque él era el futuro del Manchester United y lideraría una generación esperanzadora. 

Cuando las noticias de su salida de Old Trafford llegaron a Irlanda, rápido en las filas del Derry City se empezó a trabajar para intentar fichar al jugador. Adrian se había asentado en Preston ya entonces, y el club le ofreció no entrenar y acudir solamente a los partidos los fines de semana. Como simple hecho de diversión, pues la Liga Irlandesa no era profesional, y por defender los colores que una vez había llevado su padre, Adrian aceptó la oferta. Roy Coyle, entonces a cargo del Derry, llamó a Ferguson para preguntarle por el estado del chico, temiéndose entonces que llegara un crío con aires de grandeza que alterara el vestuario. "Si él consigue estar sano, centrado y motivado, puede jugar a cualquier nivel", contestó Ferguson. 
Adrian Doherty y Liam Coyle en el Derry City

Lo que se presentó aquel día en Irlanda fue totalmente lo contrario de lo que Coyle auguraba. Un chico con ropas anchas de segunda mano, despeinado, con una guitarra a cuestas y un par de botas de fútbol viejas. "Todo lo contrario de lo que te puedes imaginar de un adolescente que ha hecho dinero jugando en el Manchester United". Tras su primer entrenamiento, nadie tuvo ya dudas, su toque de balón seguía intacto. "Tú no debes estar aquí. Eres demasiado bueno para nosotros. Tienes que estar aterrorizando defensas en la Premier League", le dijo Coyle al segundo día. Ciertamente, el entrenador quería que Doherty acabara firmando con ellos mucho tiempo, pero sentía que tenía el deber de convencerle para que volviera a la Premier League, donde cualquier equipo que no fuera el Manchester estaría dispuesto a ficharle. 

El caso es que, tras la disputa de cuatro partidos, Adrian Doherty decidió dejarlo. Se sentó con el entrenador y le confirmó que no podía seguir jugando. "Me dijo que no se divertía ya jugando al fútbol y que el dolor que él sufría cuando jugaba en su rodilla era insoportable. Que se quería dedicar a tocar la guitarra". Y ahí acaba la carrera como futbolista profesional de Adrian Doherty, que se puede resumir en un puñado de partidos amistosos con el primer equipo del Manchester United y cuatro como jugador del Derry City.

Y eso, cantar, fue lo que hizo. Dicen que no se le daba nada bien (se le puede ver micrófono en mano en varios locales en vídeos de Youtube) eso de entonar, que lo suyo ciertamente era la composición, para lo que era un dotado. Aunque por su faceta de showman, fue capaz de ir poco a poco logrando espectáculos, que la gente se divirtiera con él y vivir de ello durante un tiempo. Trabajó también en una fábrica de chocolate, como botones en un hotel, en una panadería, como cartero y en una fábrica de metal. Nunca le dijo a nadie quién era, ni de dónde venía. No mencionaba que había sido jugador del Manchester United, y que llegó a ser considerado el mejor talento de Irlanda y el futuro mejor jugador del mundo. 

John O'Connell, el dueño del hotel que le contrató como portero, le dejó una habitación en su casa para vivir. "Yo siempre veía el fútbol. Era la época en la que Manchester United y Newcastle se jugaban todos los títulos. Siempre intentaba que Adrian viera el fútbol conmigo, pero nunca mostró ningún interés en ello", señala. "Me dijo que había trabajado en muchas cosas antes, pero no mencionó nada de su pasado como futbolista". 

Su vida acabaría prematuramente de la forma más trágica posible. Tras vivir dos años y medio en Preston y cuatro en Galway, Adrian Doherty puso rumbo a Holanda, donde le había llegado una oferta de trabajo. Quería probar nuevas experiencias y no dudó en hacer las maletas. 

El 7 de mayo del 2000 un paciente entró en coma en un hospital de La Haya. presentaba graves daños cerebrales y había estado expuesto a una alta falta de oxígeno tras haberse caído a un canal y haber quedado inconsciente. No tenía documentos de identificación y lo único que se sabía de él, por su apariencia, era que podía ser escocés o irlandés y que presentaba una cantidad enorme de marcas y cicatrices en su rodilla derecha. Adrian Doherty, que no sabía nadar y le tenía pánico al agua, estuvo cinco días sin identificar hasta que su familia, preocupada porque no daba señales de vida, consiguió dar con él. 

Adrian Doherty murió el 9 de junio del 2000, justo un día antes de su 27º cumpleaños. Ese mismo año, el Manchester United había vuelto a ganar la Premier League y justo un año antes, los Neville, Beckham, Scholes y Ryan Giggs, esa generación que él estaba llamado a liberar, se había alzado con la Liga de Campeones tras remontar un duelo apasionante al Bayern Múnich en el tiempo de descuento. La policía determinó, tras una larga investigación, que su muerte fue accidental (cerca de 100 personas pierden la vida al año en Holanda por la misma causa) al ir corriendo a coger un tren para ir a trabajar, resbalar y caer al canal. Los médicos aseguraron que, de haber sobrevivido, podría haber sufrido daños cerebrales irreparables.

En su funeral, su hermano pequeño, a quien Adrian había enseñado a tocar la guitarra, tocó para él 'Forever Young', de Bob Dylan, que era su cantante favorito. El Manchester United propuso la creación del Adrian Doherty Trophy, un memorial a jugar cada año que su familia rechazó y en 2007 sacó un artículo en su programa prepartido que contaba la historia del jugador, titulado 'Adrian Doherty: The star we never saw'. "Iba a tener una carrera asombrosa. Tenía un talento terrible, era un jugador habilidoso, no era débil en ningún aspecto", admitió Gary Neville al ser abordado, justo al final de su exitosa carrera. 

La historia de Adrian Doherty pasará de padres a hijos, de generación en generación, como la historia de lo que pudo ser y nunca fue. Una lesión de rodilla nos apartó de ver a un jugador que todos tildaban como superlativo. Un chico del que, todos los que habían jugado con él, admitían era el mejor jugador que habían visto jugar. El ojito derecho de Sir Alex Ferguson, cuya carrera salvó jugando incluso en el equipo juvenil. Ryan Giggs, David Beckham o Paul Scholes eran meros teloneros, acompañantes, de un chico que podía jugar con la derecha, con la izquierda, correr, cambiar de ritmo cuando quería o regatear en corto sin flaquear. 

Cuando Brendan Rodgers llegó en 1990 al Reading, allí estaba Jim Leighton, cedido por el Manchester United. Se pusieron a hablar sobre la vida en Old Trafford y en Cliff Ground y entonces la conversación se desvió. "Le pregunté si conocía a un chico juvenil del equipo, del que me habían hablado muy bien, y me dijo que no. La misma respuesta que recibí al hablar de otro", apuntaba Rodgers. "Entonces, mencioné que conocía a un chico norirlandés llamado Adrian. ¿El Doc? me dijo, El Doc es como una leyenda".

-Agradecimientos a Oliver Kay. Gran parte de lo que aquí se narra está sacado de su libro 'Forever Young', que puedes comprar aquí. 

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Lulinha, la caída de un proyecto

Lulinha, con Brasil Sub17 / GETTY IMAGES
Hubo una época en la que en Brasil, el Lula más famoso de todos no era el ex Presidente de la República. Curiosamente, sucedió entre 2007 y 2009, coincidiendo con los últimos años de mandato del político que en 2010 acabara entregando el país a las manos de Dilma Rousseff. Su impostor, por así llamarlo, se llamaba Luiz Marcelo Morais dos Reis (10 de abril de 1990, Brasil), pero era conocido por todos como Lula primero y como Lulinha después. Nunca un jugador en torneos de categorías inferiores me impactó tanto. Y mira que los ha habido, como Pato, Maxi Moralez, Agüero, Sahin, Banega o Gio dos Santos y más recientemente Nico López, Pogba o Sergio Díaz.

El caso es que en Brasil, Lulinha era una especie de heredero de la corona, un príncipe con honores nombrado a ser el sucesor de los Kaka' y Ronaldinho en el trono del Balón de Oro. El primero, entonces en el Milan, era su ídolo, el modelo en el que se fijaba y con quien se comparaba, pero todo el mundo lo asemejaba al ex del Barcelona. "Me parezco a Kaka en la forma de sacar el balón jugado", admitía él, mientras los tabloides sudamericanos le nombraban como 'El nuevo Ronaldinho' ya desde 2004, cuando sólo tenía 14 años. Su sonrisa, siempre presente, invitaba a aumentar el símil. 

El torneo que marcó un antes y un después en su figura y que lo lanzó al estrellato fue el Sudamericano Sub 17 de 2007. Allí, Lulinha despuntó como nunca nadie lo había hecho en un torneo juvenil, marcó 12 tantos (vio puerta en todos los partidos menos dos) y llevó a una Brasil que capitaneaba Fabio (el hermano gemelo de Rafael) al título. Paradójicamente, en aquel torneo Lulinha no fue galardonado como el mejor jugador de la cita, que fue para el peruano Reimond Manco, y se tuvo que conformar con la plata.

Corinthians, su club, y Wagner Ribeiro, su agente, se frotaban los ojos con billetes cuando el Barcelona, el Real Madrid y el Inter de Milán llamaban a su puerta preguntando por la situación del jugador. Aunque el que más interés mostró fue el otro equipo milanés, el AC Milan, donde jugaba su ídolo Kaka y que se acababa de hacer con una promesa similar como Alexandre Pato. Ribeiro, representante entre otros de algunos talentos como Neymar, Robinho, Hulk o Lucas Moura, desoyó ofertas y propuestas esperando que el Mundial Sub 17, que se celebraba entre agosto y septiembre, multiplicara la cuantía económica de las misivas que venían sin cesar de Europa. La propia FIFA, en su web, le tildaba como el mejor jugador del torneo antes de que empezara, titulaba que iba a ser 'El nuevo Ronaldinho' y le definía como "un jugador de 17 años con una mezcla explosiva de cualidades, entre las que están la astucia, habilidad en el regate, pases milimétricos capaces de quebrar la defensa más férrea y una excelente puntería". Añadía que "su calidad ha dejado de ser un secreto" y hacía un recorrido por toda la infancia del jugador, que había ido copando todos los torneos que había disputado, como los 25 goles en 17 partidos en el Campeonato Paulista Sub17, líder de la selección Sub15 y un sinfín de galardones. No obstante, una Brasil pobre, con una carencia de calidad evidente, sólo pudo llegar a octavos del torneo, donde fueron eliminadas por la Ghana de un Saddick Adams que ha caído aun más en picado que el brasileño. 

El golpe fue tan duro para la verdeamarelha que desde Europa se dudó de la calidad real de la estrella del equipo. Corinthians, que nunca bajó el precio marcado en la etiqueta del jugador pese al descalabro nacional, se encontró con una retirada de ofertas en estampida y con un jugador que terminaba contrato en nueve meses. Un verdadero problema. El Chelsea fue el que a río revuelto intentó pescar la mejor pieza. Llegó a ofrecer hasta cinco millones de euros por el pase del sudamericano, una cifra que el club brasileño tildó de irrisoria. Los londinenses le pasaron la pelota tanto al jugador como al Corinthians. Había interés, pero no iban a tirar la casa por la ventana por un chico por el que podían negociar gratis en tres meses y que acababa de fracasar en el último torneo Sub17. Lulinha entonces se encontró en la encrucijada de renovar por el club de su vida, donde llevaba desde los ocho años y condicionar un futuro traspaso, o dar el salto a Europa. Decidió lo primero, amplió su vínculo con Corinthians hasta 2012 y se quedó con el 25% de sus propios derechos a cambio de una cláusula de rescisión de 35 millones de euros. Fue su gran error. 

Lulinha, lesionado tras caer por el
túnel de vestuarios / NILTON FUKUDA
Al fin y al cabo, no dejaba de ser un jugador que, con 17 años y un par de meses, acababa de debutar en la Serie A brasileña. Jugó unos partidos más tras el Mundial Sub17, pero después su progresión empezó a cortarse. En parte por una lesión tras una dura caída en mitad de un partido en la que acabó estrellándose con las escaleras que dan acceso al túnel de vestuarios, en parte por el culebrón que suponía su incierto futuro. Sea como fuere, en 2008 el jugador vio cómo el año pasaba por delante sin apenas tener oportunidades en el primer equipo mientras su compañero Dentinho, un año menor, ganaba más presencia en la plantilla. A esto se unió su gran otro pero: su físico. Pequeño, apenas de 1'70, nunca terminó de desarrollar la musculatura necesaria para ser futbolista profesional y en Brasil, sin medios tan cualificados, no hicieron lo posible porque esto sucediera, cosa que sí habría logrado en Europa. Su preció se devaluó poco a poco y en 2009, año en que sí jugó y lo hizo de forma normal, sin destacar, bajó varios escalones en su lista de pretendientes. 

Sólo tenía 19 años y el futuro aún no estaba truncado, por lo que desde Corinthians se plantearon rápidamente la opción de cederle a Europa para que un buen rendimiento suyo les acabara proporcionando un buen pico de dinero. Celta y Deportivo de la Coruña preguntaron por él, pero el chico tenía una ficha muy alta. Corinthians paga bien a sus cracks. El tercero en discordia y que acabó llevándose al jugador fue el Estoril de la Segunda División de Portugal. El idioma y la cantidad de jugadores brasileños en Portugal animó a los dirigentes del Corinthians a pensar que Estoril sería una opción más cómoda para su estrella aletargada. Lulinha jugó bien en Europa. Muy bien por momentos y, aunque físicamente era débil comparado con el resto, su técnica y astucia dejaban a las claras que la Liga se le quedaba pequeña. Dio un pasito más en su carrera firmando por Olhanense, también en calidad de cedido, la siguiente campaña. En la Primera División de Portugal su rendimiento fue irregular. Descubrió que la hoy llamada Zon Sagres es una de las más duras físicamente del panorama europeo y nunca se hizo con un puesto de titular, pese a que sus inicios fueron esperanzadores. 

Con más pasos hacia atrás que hacia adelante, volvió a Brasil, a Bahía, donde permaneció a préstamo hasta 2012 que terminó su contrato con Corinthians, que acabó dándose cuenta que era demasiado tarde y que nunca se convertiría en el jugador que prometía cuando era sólo un adolescente, en parte por culpa de una serie de catastróficas desdichas que pueden destrozar la carrera de los más talentosos. Lulinha se ha convertido en un jugador del montón, en lo que pudo ser y no fue, en un quiero y no puedo que perdió los poderes que Dios le había dado para jugar con el balón. Para el recuerdo, siempre estará aquel Sudamericano Sub 17, todos los récords que ha batido. Nadie tiene más goles con las categorías inferiores de Brasil que él, con 17 tantos. Ni Neymar, ni Coutinho, ni Pato, ni Coutinho, ni Douglas Costa, ni Ronaldinho, ni Ronaldo...

Ahora, tras lograr la Segunda División Brasileña con el Botafogo, donde ha sido realmente importante, se ha quedado libre, sin equipo, esperando las mejores ofertas. Volverá a la Serie A, pues parece complicado que salte a Europa, aunque sea a una división inferior, pero en el recuerdo de los que le vieron siempre quedará el regusto amargo de no haber podido disfrutar de todo el potencial en el profesionalismo que Lulinha, el de verdad, prometía cuando sólo era un crío y no dejaba de sonreír orgulloso de su ortodoncia.  El chico que se convertía en Balón de Oro en el Football Manager, el simulador más realista de fútbol, que lideraba listas para conseguir el de verdad y que, por diversos motivos, cayó en el baúl de los juguetes rotos. 



Lulinha, otros vídeos:

martes, 1 de septiembre de 2015

Dani Carvalho, cuando el fútbol no lo es todo

Se suele decir que un futbolista pasa por su mejor etapa a los 27-28 años. Es el momento en el que mezcla la experiencia suficiente con una plenitud física y unas pequeñas dosis de madurez que, aunque luego va en aumento, es inversamente proporcional a las condiciones a las que el cuerpo te permite rendir en todo su esplendor. Siempre decía Jorge Valdano que el fútbol era "la cosa más importante de las cosas menos importantes". Para Dani da Cruz Carvalho (noviembre de 1976) fue siempre más lo segundo que lo primero.

Hoy, este portugués nacido en Lisboa tendría 38 años y bien podría seguir dando patadas al balón. Muchos lo hacen. Algunos deciden emigrar a ligas exóticas como Catar, la India o Estados Unidos. Otros se quitan el gusanillo con el fútbol sala o el fútbol playa. Algunos se retiran del profesional y se dedican a jugar en amateur. Sin duda, la clase innata de Dani le habría permitido jugar hasta la vejez sin siquiera mover su cuerpo, sólo con un gesto de tobillo. No es el caso y es que precisamente Dani Carvalho hace ya 11 años que dejó el fútbol, cuando sólo tenía 27.

Dani, con Portugal Sub 20, en semifinales ante Brasil
Se iba a comer el mundo. Nadie dudaba de ello. Nunca han disfrutado en el Sporting de Lisboa de una zurda igual, y eso que fue un visto y no visto. Carlos Queiroz le hizo un hombre con sólo 17 años y le puso al lado de figuras como Figo en la primera plantilla para los partidos de Copa y alguno de Liga. Su impacto fue tal que con sólo 17 años y 204 días debutó con la selección absoluta de Portugal, batiendo un récord que aún posee y que, de momento, parece difícil alguien bata. Aquel mismo verano, el imberbe Dani, aún menor de edad, se marchó con la Sub 20 a Catar para intentar llevar el título a casa. En una selección un pobre nivel en la que sólo Nuno Gomes llegó al primer nivel como profesional, Dani se erigió como auténtico líder. Hizo lo que quiso, campó a sus anchas y llevó a los lusos hasta un magnífico tercer puesto, venciendo a la España de Raúl, Salgado, De la Peña, Etxeberría y Morientes en la final de consolación.

Hizo cuatro goles en la cita, cada cual mejor que el anterior. Para el recuerdo, una maravilla ante Argentina (que a la postre sería campeona y que sólo perdió ese partido) en fase de grupos, otro de bella factura contra Honduras, uno de córner directo ante Holanda (minuto 1.20 en este vídeo), donde también dio una pilla asistencia en un saque de falta, y un último de clase total ante España, picando la pelota ante López Vallejo, que igualó aquella final de consolación. 

Fue Bota de Plata del torneo y acabó elegido como segundo mejor jugador del evento y siempre se dijo que de haber jugado, al menos, la final, nadie le habría arrebatado el segundo trofeo. Regresó a Portugal como héroe y el Sporting, que decidió vender ese verano a Figo al Barça, le nombró sucesor y líder del vestuario cuando ni siquiera había cumplido la mayoría de edad. Las expectativas estaban muy altas en un crío que con sólo 17 años iba a empezar a ver el final de su carrera deportiva cuando en realidad ni la había empezado.

Dani era elegancia pura con el balón. Conducciones de zancada larga equiparables a las del mejor Kaka (el de su primera etapa en Milan), regates imprevisibles que hoy aún no se han vuelto a ver sobre el césped, salida por los dos costados, improvisación, una facilidad para la definición sólo al alcance de los mejores killers y un remate de cabeza notable, quizás lo que más llamaba la atención para un jugador de sus características, tan frío como fino. Pero la fama le jugó una mala pasada. Entró en el mundo de la moda y compaginó pasarelas con entrenamientos. A veces en ese orden. Se prometió a sí mismo aprovechar de la vida nocturna de Lisboa, y es que pese a no tener siquiera la edad para entrar en varias discotecas, su cara y su carnet de futbolista le abrían las puertas de cualquier sitio. Era un honor tener al niño bonito de la selección pasando un buen rato en tu local.

Dani, con el West Ham
Sus primeros contactos con los excesos le llevaron a su primer gran revés. El Sporting, buscando educación y una carrera enderezada, le envió en enero al disciplinado fútbol inglés, a que un entrenador de armas tomar como Harry Redknapp le hiciera un hombre maduro en su West Ham. La bienvenida del técnico inglés no pudo ser más calurosa, pues tras el primer entrenamiento, no se escondió: "Dani es tan guapo que no sé si ponerlo a jugar o follármelo", señaló literalmente el entrenador. Sin saber lo que le esperaba, Dani, creyéndose dueño del mundo, no cejó en su empeño por disfrutar cuando la luna asomaba. Su rendimiento en una plantilla donde estaban Peter Shilton, Río Ferdinand o Frank Lampard fue notable en lo poco que pudo demostrar. Y es que, en su enésima salida nocturna, Dani tuvo un pequeño gran percance. Se dejó ver y fotografiar. La fiesta había sido tan fuerte que al día siguiente no acudió a entrenar. Cuando Redknapp se enteró de los motivos de su ausencia y vio las fotos lo despidió de inmediato. También se lavaron las manos en Lisboa, donde tras varios avisos, decidieron dejar marchar a su gran perla. De nada sirve jugar bien con los pies si no lo haces con la cabeza.

Lejos de volver avergonzado o con el rabo entre las piernas, el portugués aprovechó al máximo sus días libres, esperando a que su representante le buscara el destino mejor. Cuando le hablaron de la posibilidad de jugar en el Ajax, a él sólo se le pasó por la cabeza la oportunidad de vivir en Ámsterdam. Y claro, ni se lo pensó. Van Gaal, un enamorado de los chicos jóvenes, pensó que podría recuperar al portugués y convertirle en la estrella mundial que sus pies sabían que podía ser. Nunca congeniaron y sólo la salida del holandés del equipo con destino Barcelona permitió que Dani se quedara en el Ajax. En Holanda mostró un gran nivel en los 4 años que estuvo. Aunque, para ser su primera gran experiencia con continuidad, fue bastante intermitente. Alternó verdaderas exhibiciones con partidos en los que ni siquiera entraba en contacto con el juego. Claro, que ¡Ay cuando esa zurda de seda tocaba el balón! Entonces se hacía la magia.

Bien lo saben en el Calderón, pues un gol de este Adonis del fútbol, de los que se preocupaba más de atusarse el pelo que de ponerse las espinilleras, echó al Atlético de Madrid de la Champions League en los Cuartos de Final de la 96/97 con un soberbio gol desde lejos que aún escuece recordar en la ribera del Manzanares. Tanto que ocupa el mejor puesto en el Top10 de goles que siempre marcó el luso con la camiseta del Ajax según el propio club.

Tal fue su exhibición que el Atlético lo contrató en cuanto pudo. En el 2000 el Ajax decidió venderle y el Atlético, entonces recién descendido en Segunda División, lo intentó. A él le sedujo más volver a Portugal, en este caso al Benfica. De vuelta en su ciudad, recuperó el tiempo perdido con entorno de siempre, pese a que nunca había abandonado esa vida de excesos, y su nivel volvió a decrecer tanto que en 3 meses estaba puesto de patitas en la calle. Ahora, entonces sí, el Atlético lo contrató. Llegó recomendado por Paulo Futre, histórica estrella del club y a él le encantó la idea de compartir vestuario con su compañero Hugo Leal, otro talento desaprovechado.

Dani, en su primer año de rojiblanco
En el Atlético se convirtió en un jugador supremo, a ratos. Dani se hizo más grande jugando con los pequeños y, tras dos años de intentos, aportó su granito de arena para devolver al club rojiblanco a la Primera División. Pero con los más grandes, fue él quien se hizo pequeño y en la máxima categoría su presencia fue testimonial. No llegó a contar, pese a haber sido un jugador más que importante en Segunda con el mismo entrenador, Luis Aragonés. Y ahí acabó su carrera. Terminó contrato con el Atlético y nadie quiso ficharle. Tampoco él mostró empeño en encontrar equipo. Se dedicó a las pasarelas más que nunca. Un futbolista con gesto de niño guapo, niño bien y niño mimado que en realidad nunca quiso triunfar en aquello del balón. Jugaba porque se le daba bien, porque le abría las puertas del mundo, le daba las llaves del universo y le conseguía lo que una vida terrenal no le habría dado. Pero no porque le divirtiese. Dani, que se había prometido aprovechar la fugacidad de la vida en su juventud, no podía desperdiciar tiempo con entrenamientos, concentraciones y restricciones porque su entrenador se lo ordenase. Había llevado una vida loca como futbolista que le había hecho padecer lesiones musculares (mala alimentación, excesos con la bebida, falta de puesta a punto...) y al fin tenía ante sí la oportunidad de dejar su sufrimiento para vivir sólo del placer.

Y aunque como futbolista se vivía bien, porque se cobraba bien y a él le habían mimado más que al resto por su zurda de museo, no le molestaba el hecho de no tener nunca más que preocuparse por levantarse e ir a entrenar. Tenía sólo 27 años. "Si llega una oferta brutal bien, y si no, a vivir", debió pensar. Tan montaña rusa era su vida que en febrero de 2004 llegó a ofrecerse en público a los equipos para sólo una semana después oficializar su retirada. Le contrataron para ser presentador de televisión. Siempre tuvo el porte, se desenvolvía bien ante la cámara y en Portugal encontraron un hueco para que desmembrara los entresijos de los vestuarios poco antes de la Eurocopa que se celebraría en el país luso. Hasta que pasó la fecha y este guapo con cara de telenovela dejó el fútbol hasta por televisión, aunque siguió ligado a la pequeña pantalla en otras temáticas.

Y eso fue Dani Carvalho, una fugaz carrera, meteórica, que lamentablemente no pudimos disfrutar al máximo. Porque él quiso. Su zurda, probablemente, hoy tendría calidad suficiente para seguir jugando a un bajo nivel. Sus pases eran caramelos. Cada zancada suya era elegancia, arte, una escultura en movimiento. Dani bailaba con la pelota en los pies, regateaba de una forma que aún, hoy en día, no se ha vuelto a ver. Escondía el balón como pocos, ideaba como ninguno, improvisaba cuando quería y nunca defraudaba. Pero no se divertía. No le apasionaba dejar rivales a su espalda con un cambio de ritmo, no disfrutaba cuando, con un movimiento con el cuerpo, la cintura de su par se partía en mil pedazos. Tampoco cuando picaba el balón por encima del portero, cuando rozaba con su bien más preciado el balón de espuela o de exterior. Dani era poesía dentro del campo, rock 'n roll fuera de él. Un mediapunta de dibujos animados que nunca quiso ver su nombre reflejado en los mejores créditos de la historia. Muchos dicen que Guti habría sido uno de los mejores jugadores de la historia si él hubiera querido. Ellos no conocieron a Dani Carvalho.