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jueves, 31 de enero de 2019

Federico Chiesa, en el nombre de papá

Gabriele Maltinti/Getty Images
Enrico Chiesa fue uno de los delanteros más codiciados del fútbol italiano durante la década de los 90 y principios de nuevo siglo. Y, ciertamente, se trataba de un punta distinto a lo que habitaba entonces en el país. Chiesa, que habitualmente jugaba como referencia arriba, no lo era tal, porque donde más disfrutaba y mejor se desenvolvía era acompañando a un ariete más de área, teniendo libertad absoluta para moverse por todo el frente de ataque. Su resistencia, su velocidad, su dinamismo y su mezcla de habilidades le hacía ser un jugador temido por los rivales y su elegancia tanto futbolística como personal le tenía a su vez como el favorito de muchas aficiones y respeto de contrarios.

Enrico vivió sus mejores años entre Sampdoria, Parma y Fiorentina. Con la Samp levantó una UEFA. En el Parma, jugando junto a un elenco de estrellas en ciernes como Crespo, Verón, Cannavaro, Thuram o Buffon, repitió hazaña y añadió una Coppa. En Florencia solo pudo conquistar una Coppa de Italia, pero quizás lo que allí dejó, su legado, es el mayor obsequio de su vida. Porque después de 22 temporadas en la élite, de 171 goles marcados en algo más de 500 partidos y de haber jugado una veintena de encuentros como internacional, Enrico Chiesa, ya retirado de una carrera que le maltrató a lesiones, va camino de ser recordado el resto de su vida como "el padre de Federico Chiesa".

Federico Chiesa nació en 1997, mientras Enrico disfrutaba de una etapa maravillosa en el Parma. Poco después, ficharía por la Fiorentina y Florencia, ciudad enamoradiza por defecto, llegó al corazón de unos Chiesa que decidieron quedarse allí a vivir. Con cinco años y con la pasión del fútbol ya corriendo por sus venas, se apuntó al U.S. Settignanese, equipo del norte de la ciudad que dirigía Kurt Hamrin, quien fuera leyenda del equipo Viola. Y claro, en cuando Federico despuntó un poco, el bueno de Hamrin levantó el teléfono y fue coser y cantar. A los nueve años el pequeño de los Chiesa ya se había enfundado la camiseta de la Fiorentina.

Internacional en todas las categorías inferiores desde la Sub19 de Italia (y ya jugador de la absoluta), Federico Chiesa no tuvo un camino de rosas hasta hacerse profesional. Nunca nadie le abrió las puertas del éxito por su apellido y no destacaba sobre el resto en la cantera de la Fiorentina. De hecho, hasta que no llegó al equipo Primavera (el primer filial), no siempre era titular. Allí, el técnico Federico Guidi cambió el sistema de 4-4-2 a 4-3-3 y eso potenció a un Chiesa que pareció estar desbocado. Sabedor de que el fútbol posiblemente no sería su futuro, se inscribió en la Universidad, en Ciencias del Deporte, tras sacar unas buenas notas en uno de los colegios de élite de la ciudad. Pero se equivocaba.

Ese cambio de sistema le abrió unas puertas aún desconocidas y se empezó a ver a un futbolista con un potencial desmesurado. Digamos que Chiesa no se había desgastado nada en su fase juvenil y toda esa energía guardada se estaba desbordando. Debutó en Serie A con apenas 18 años y lo hizo como titular en un duelo de máxima rivalidad contra la Juventus. ¿Se puede pedir algo más? Junto a Ilicic y Bernardeschi, la Fiorentina se empezó a ilusionar con un tridente de mediapuntas que podrían poner en jaque el fútbol italiano. Y es que Federicho Bernardeschi era entonces el mayor talento del fútbol italiano.

Y claro... Bernardeschi se marchó. Y no lo hizo a otro lugar que no fuera la Juventus. Solo coincidieron un año, pero Chiesa aún estaba lejos del nivel de su tocayo. Entonces llegaron una nueva pretemporada, un nuevo fichaje y un nuevo ascenso del filial: Gio Simeone y Gianis Hagi. Uno jugaba como delantero centro. El otro, como extremo. Sí, los hijos de Enrico Chiesa, Cholo Simeone y Gica Hagi iban a coincidir como titulares en un tridente ofensivo. Descarados, jóvenes y con talento. Pronto se vio que el rumano no estaba al nivel de los otros, que su padre sí exigía los minutos que no habían impuesto los otros dos solo por nombre y la carrera de Hagi en Florencia apenas existió.

Federico Chiesa, que en sus primeros pasitos había despuntado como un extremo resultón y llamativo, y que había fracasado en la cantera en todo lo anterior, empezó a experimentar una transformación brutal hacia el mismo juego que su padre que hoy sigue asombrando. ¿Cómo es posible que un chico de 21 años que apenas lleva destacando tres se haya sabido adaptar a todo? Y es que Chiesa empezó a jugar por todo el frente de ataque y es eso lo que confunde y vuelve locos a sus rivales. Ha abandonado la cal, ya no es un regateador peligroso de banda derecha, sino que es un atacante completo voraz. Sus contragolpes en solitario son como un penalti.

Así, sus cifras goleadoras han aumentado en cantidad en este nuevo curso, su tercero como profesional. La Fiorentina no echa en falta el bloqueo goleador de Simeone (ayer hizo dos siendo suplente) que no está al nivel del curso pasado, pero son el argentino y el italiano una de las parejas más temidas por toda la Serie A. Chiesa, llamado a dirigir el cambio generacional de la Azzurra, ha superado incluso a un Bernardeschi que parecía tener mucho más talento que él y a quien la competencia en Turín está consumiendo poco a poco.

Anoche, Federico Chiesa jugó el mejor partido de su hasta ahora corta carrera. Le hizo tres goles a la Roma y la Fiorentina pasó a semifinales de Coppa. Y se lo dedicó, cómo no, a Davide Astori. "Esto es tuyo, capitán", gritó al cielo en el festejo del tercero mientras dibujaba con su mano el número 31, el del defensa fallecido el curso pasado. Suma siete goles en los últimos cuatro partidos. Esta temporada, en 23 duelos, ha visto puerta 10 veces y ha asistido otras seis. En todo el curso pasado solo hizo seis goles y nueve pases de gol y el año del debut lo cerró con cuatro y tres.

Sin duda, Federico Chiesa es uno de los hombres del momento en la Serie A. Su evolución, a sus 21 años, no conoce el techo aún. Es posiblemente el futbolista más diferencial que ha tenido la Fiorentina en años, pese a que allí triunfara Bernareschi, sorprendieran Ljajic y Jovetic y se destapara durante seis meses Salah. Los Chiesa han como mínimo igualado a los Medici como la familia más querida en la ciudad. Y Federico es el nuevo Príncipe de Florencia.


jueves, 27 de abril de 2017

La madurez tardía del Papu

Papu Gómez se coloca el brazalete de capitán / Marco Luzzani/Getty Images
Con 29 años recién cumplidos, los 14 goles y 10 asistencias que ostenta el Papu Gómez esta temporada, han llevado al Atalanta a su mejor clasificación en más de dos décadas. Los de Bérgamo se sitúan a falta del tramo final del curso en quinta posición y sueñan con volver a competición europea muchos años después.

"Solo saldré del Atalanta si llega una oferta de un club para jugar en Europa League o Champions League", afirmaba Alejandro Gómez (Buenos Aires, 1988) al principio de la campaña, cuando su nivel individual estaba varios peldaños por encima de un Atalanta que vagaba por la zona media baja de la tabla en la Serie A. Entonces, equipos de mejor reputación en el país transalpino y alguno algo más pintón de Europa preguntaron por ese chico que saltaba a jugar con un brazalete de capitán en el que se reflejaban los protagonistas de Supercampeones (Óliver y Benji) con los que toda una generación creció con un sueño común: vivir por y para el fútbol. El balón como tu mejor amigo.

Hubo una época, hace algo más de 10 años, en la que el Papu Gómez era ese niño bajito gambeteador que aterrorizaba las defensas por su precocidad y su velocidad. Ese eterno nuevo Maradona que en Argentina no se cansan nunca de buscar y cuya etiqueta tantas carreras ha destrozado. Su debut llegó con Arsenal de Sarandí con solo 17 años, club que le había visto crecer desde los ocho y su impacto fue tremendo. Tanto, que varios grupos inversores se peleaban por los derechos del jugador que estaba destacando tanto en el campeonato argentino como con la selección Sub20. Aunque, para sorpresa de todos, eso sí, el Papu fue actor secundario en la Copa del Mundo de la categoría en 2007 en la que Agüero brilló por encima de todos en un equipo que contaba con Mauro Zárate, Pablo Piatti, Maxi Morález o Ángel Di María en la parcela ofensiva.

Papu, con el Catania /
Maurizio Lagana/Getty Images
Con Arsenal ganó una Copa Sudamericana, siendo fundamentales sus dos tantos en la final ante América de México y en 2009 emigró a un San Lorenzo que buscaba llenar sus vitrinas. Allí coincidió por primera vez con Simeone y vivió una relación turbia con los dirigentes. Su actuación fue crucial en varios partidos, salvando la cabeza de un Cholo muy cuestionado por los resultados y de un equipo que iba a la deriva hasta que en el verano de 2010 se marchó al Catania, que estaba formando una colonia de jugadores argentinos considerados más bien residuales para según qué equipos nacionales. Allí iban los que no quería nadie. El Papu tuvo ofertas, muchas, pero San Lorenzo, poseedor solo de un porcentaje de sus derechos y sus dirigentes, con quien no había buena relación, decidieron mandarlo allí.

Desde que aterrizó, el Papu se erigió rápido como el mejor jugador de un equipo que iba encaminado a lo peor, con una directiva más pendiente de lo económico y lo extradeportivo que del fútbol (hoy el Catania está en Serie C por amaño de partidos). A ese Catania le cambió el gesto Simeone, que cogió un equipo en la UVI a mitad de temporada y con pocos recursos le acabó dejando en mitad de tabla sin apuros. Sentó las bases para un equipo que dos años después solo siguió en aumento. 111 partidos, 18 goles y 17 asistencias después, el Papu tomaba la decisión más importante de su vida.

El Inter de Milán había llamado a su puerta. Simeone le reclamó para el Atlético de Madrid, que estaba conformando una plantilla que acabaría ganando la Liga Española y también la Fiorentina se acercó a ver su situación. Pero él se fue al fútbol ucraniano y ahí su carrera dio un giro. Justo cuando reclamaba su convocatoria con la absoluta de Argentina, después de tres temporadas al máximo nivel en la Serie A, tomó una decisión que condicionó su futuro. "Tenía ofertas de Inter, Fiorentina y Atlético de Madrid, pero el Metalist fue más persistente. Lo consulté con mi familia y estuvimos de acuerdo", señala, y admite que la posibilidad inmediata de jugar Champions League con los ucranianos le atrae. Nada más aterrizar, la UEFA veta la participación de los ucranianos en torneo continental por amaño de partidos en 2008 y la relación equipo-jugador se empieza a fracturar.

Ese mismo diciembre aceptó rebajar su sueldo para llegar a la Fiorentina, pero el club no cedió. En verano, tras las vacaciones, alegando como motivos las revueltas que empieza a sufrir el país y la mala adaptación a su clima, el Papu, como muchos otros, decide salir de Ucrania y los clubes no pueden impedirlo. Recala en Atalanta, un club de categoría similar a lo que era el Catania cuando él estaba. Allí, Alejandro Gómez disputa ahora su tercera temporada, la que está haciéndole ser el centro de atención de la Serie A.

Tanto es así que a petición expresa del seleccionador italiano, Giampiero Ventura, solicitó la doble nacionalidad y es la Federación la que está luchando con FIFA para que el jugador pueda ser seleccionado por Italia. Al no haber jugado nunca un partido oficial con la absoluta albiceleste, la situación parecía ser viable, pero el máximo organismo del fútbol a nivel mundial se lo ha negado, pues alega que debería haber contado con esa doble nacionalidad ya en 2007, cuando disputó el Mundial Sub20 con Argentina.

Fuera como fuere, el Papu ha eclosionado. Jugador eterno de banda izquierda, regateador, gambetero y nunca goleador, la libertad con la que cuenta esta campaña para moverse por todo el frente de ataque le ha brindado de unas cifras que superan a cualquiera que haya logrado durante su carrera. Partiendo casi siempre desde la mediapunta tirado un poco a la izquierda, con la presencia de un delantero de área nato por delante como Petagna, el Papu ha colocado al Atalanta en quinta posición, por delante de equipos como Fiorentina o los dos de Milán y ahora sueña con jugar en Bérgamo la competición europea que nunca jugó en su carrera.

A sus 29 años, Italia no ha podido convocarle, pero Argentina, que necesita una renovación de trasfondo, podría encontrar en el Papu una solución para la parte ofensiva. Simeone, con quien ya coincidió en Catania y San Lorenzo, con quien tiene una gran relación y que ya ha pedido su fichaje para el Atlético de Madrid en varias ocasiones, volverá a poner su nombre encima de la mesa ahora que Gómez está en el mejor momento de su carrera. La camiseta número '10' de Atalanta es la que desde hace un par de años todos los niños llevan en la ciudad de Bérgamo. Y la culpa es del Papu Gómez, ese pequeño gran jugador de 1'65m que un día fue coronado como la nueva esperanza y que ha tenido que esperar a los 29 años para asentar su carrera. Quizás, la madurez llega demasiado tarde y este puede ser el último gran tren de un Papu Gómez que parece contento de seguir muchos años más en Atalanta. Aunque de ser así, no podrá nunca no tener remordimientos por no haberse enganchado a su última oportunidad.

viernes, 7 de abril de 2017

Andrea Belotti, el canto del gallo




Andrea Belotti es de esos jugadores que uno conoce antes por los videojuegos que por el fútbol de la vida real. Delantero por excelencia del Football Manager, de esos que mejoran y progresan hasta límites insospechados y que, en muchas ocasiones, se acaban convirtiendo en algunos de los mejores jugadores en el mundo de carne y hueso. Otros muchos no. Porque igual que en esas caricaturas de la vida triunfaron Falcao, Agüero, Firmino o Coutinho cuando eran absolutamente desconocidos, otros wonderkids como Lulinha o Matías Suárez se quedaron en el camino, o no llegaron a todo lo que apuntaban.

Tuve conciencia de la existencia de Andrea Belotti (20 de diciembre de 1993, Bérgamo) en 2012-2013 cuando me rompió, de manera 'jueguil', el corazón. Entonces yo jugaba al FM con el Catania, con todo lo que eso conlleva: límite salarial bajo, política de fichajes austera, restricciones ilimitadas a la hora de fichar. Todo un hándicap que lograba más o menos solventar con una red de ojeadores que por todo el país me hacían informes de los chicos maravilla. La larga lista de delanteros jóvenes con potencial y de nacionalidad transalpina quedó entonces reducida a un solo nombre: Andrea Belotti, jugador del AlbinoLeffe de la Tercera División italiana. Pero él, con dos ofertas encima de la mesa, decidió rechazar la mía (jugando en Serie A) y fichar por el Palermo, eterno rival siciliano del Catania, de la Serie B. 

No fue hasta entonces cuando conocí fuera de la vida tecnológica a Andrea Belotti. En la vida real, cosa curiosa, también firmó con el equipo rosanero. Y fue esa serie de coincidencias la que me hizo querer saber algo más del chico que me había atormentado en un simple videojuego. Belotti aterrizó en un Palermo que contaba con Abel Hernández como jugador estrella y donde ya asomaban la cabeza Paulo Dybala y Franco Vázquez. También Kyle Lafferty tenía presencia en el ataque y dotaba al equipo de la veteranía y experiencia de la que sus arietes carecían. Nada impidió al reciente fichaje ser importante y, en su primer gran envite, acabar el curso con 10 goles ligueros pese a no llegar a la veintena de años. Una puesta en escena que le dio la razón al propio delantero, que incluso fue capaz de poner 500.000 euros de su bolsillo para llegar al equipo siciliano.

Pero Belotti, que se empezaba entonces a labrar un futuro como delantero, podría haber tenido otro destino bien distinto. Más lógico incluso para la gente como él, llegada de pueblos pequeños donde no se dispone de un gran escenario y la exposición y el alcance es mínimo. Calcinate es la localidad de Bérgamo que vio nacer a Belotti hace 23 años. Con poco más de 5.000 habitantes y sin un solo personaje reconocido en toda su historia, salir de allí y tener éxito, ser una persona reconocida en cualquier ámbito de la vida, parecía una utopía.

Belotti celebra un gol haciendo el Gallo / AFP
Belotti cambió ese destino sin quererlo. Es ya conocido en toda Italia como El Gallo por la forma que tiene de celebrar los goles, haciendo de su mano una cresta y fingiendo ser uno. Hay quien dice que es porque cuando apenas era un crío se pasaba horas y horas correteando detrás de los que tenía su tía en el corral de su casa aunque, en realidad, es en honor a su amigo de la infancia, casi como su hermano, que de nombre se llama Juri y tiene como apellido Gallo. Hay celebraciones que van siempre acompañadas de la imagen de un jugador. Como aquella palma que Alan Shearer no se cansó de enseñar, como el gesto con los dedos que hacía Ronaldinho, como las orejas de Juan Román Riquelme o como aquel saltito '¡toma!' de Rivaldo. El Gallo de Belotti parece haberse unido al clan.

En esta su segunda temporada en el Torino, Belotti se ha destapado como el talentoso goleador que ya apuntaba a ser hace muchos años. Con 25 goles y cuatro asistencias en 30 partidos, se ha convertido en el jugador capital del equipo del toro, que cimenta todo su juego en el Gallo, que lidera junto a Dzeko la lista de máximo goleador de la Serie A y presenta su candidatura a la Bota de Oro que con 27 tantos gobierna Messi. Belotti ha tirado abajo la puerta de la selección italiana sin siquiera llamar a ella y ha obligado a base de goles a Ventura a incluirle en las últimas convocatorias de una azzurra que parece estar en construcción y haber encontrado a su delantero de la próxima década. Con la camiseta nacional, El Gallo ha jugado cuatro partidos oficiales, logrando tres goles y dos asistencias.

Pero de Belotti no solo asombra su calidad para con el balón, que no es poca. Su altruismo, su bondad, ese sentimiento de agrado por el chico que juega por pura diversión, que siente lo mismo que cuando jugaba en aquellas plazas inhóspitas de Calcinate. Pura pasión. Varios de los grandes de Europa ya han preguntado por él en épocas en las que el gol escasea y el Torino, sabedor no solo de la perla que tiene entre manos si no de las locuras que hoy se cometen, le ha tasado como intransferible. O, de otro modo, de no negociable y salvo locura de 100 millones de euros (su cláusula de rescisión para clubes extranjeros), El Gallo seguirá siendo un toro.

Distinta podría ser la situación de llegar por él una oferta de un equipo del país. En ese ímpetu de la Serie A por seguir creciendo como Liga y de cerrar las puertas a exportaciones a ligas como la Premier o la Española, los todopoderosos transalpinos podrían hacerse con el niño maravilla del Torino por algo menos de esos 100 millones de euros, aunque la jugada seguiría sin salir barata. Tirándose de los pelos estarán en Atalanta, el club más poderoso de su zona natal al que su abuelo iba a ver en bicicleta, el que le rechazó cuando solo era un crío por el simple hecho de que no le veían cualidades. "Ser rechazado por el Atalanta me hizo daño", sigue afirmando él entre goles.

Quizás su futuro está más cerca de Milán, donde admite tener una simpatía clara desde pequeño, sobre todo gracias a Shevchenko. "Mi hermano es un gran fan del Milan. Me llevaba a verle de pequeño y yo me hice también hincha. Aunque ahora, como jugador profesional, esa pasión ya no es como entonces. Sé que me debo al equipo en el que juego", señala, con cabeza, un jugador reconocido por su sus cualidades humanas. Parece tener los pies en la tierra y la cabeza amueblada. Quizás la cualidad que le ha llevado más lejos, incluso por encima de su capacidad para marcar goles.

Y es que su sencillez para marcar goles es inusual. Ver jugar a Belotti es ver a ese tipo que remata pese a que le están agarrando. Es ver a ese chicuelo que se tira en plancha y se deja las rodillas en el césped por un gol por el que los demás ni imaginan. Es ver a un '9' metiendo el pie en un un lugar en la que el resto de los mortales no desearía ver ni a su mayor enemigo. Es ver cómo un delantero se eleva por encima de su par, pareciendo un gigante contra un enano. Es ver el hambre de gol, el afán de superación. Belotti es pelear cada balón como si fuera el último; es chutar, fallar y coger el mismo rebote; Belotti es estar siempre bien colocado y si no, apañárselas para aparecer de la nada; es el oportunismo, el remate al primer toque, el control de espaldas y el choque cuerpo a cuerpo con el defensa. Belotti es un derroche de adrenalina. Es ese delantero que no necesita de compañeros para hacer un gol de la nada. Jugar contra Belotti es quedarte encerrado en una jaula con un león hambriento. Belotti es gol. Es ese delantero que aterroriza las defensas del Calcio y que pronto lo hará en toda Europa. Jugar contra Belotti es venir de una batalla de guerra. Es ese gallo preparado para la pelea.

lunes, 16 de enero de 2017

Gio Simeone, el Cholito continúa con la saga

Gio Simeone celebra un gol / TULIO M. PUGLIA / GETTY IMAGES
Cuando Diego Pablo Simeone aterrizó en Pisa hace casi 30 años, muy pocos imaginaban la carrera que iba a lograr a sus espaldas. Primero como jugador y luego como técnico. Sobre el verde italiano, el Cholo disputó ocho temporadas repartidas entre Pisa, Lazio e Inter de Milán. Luego, como técnico, hizo su primera aparición en un banquillo europeo a mandos del Catania, al que acabó librando con holgura de un descenso que parecía inevitable. Al final, dejó a los catanesi casi más cerca de Europa que de la zona de peligro.

Tanto tiempo después, es Giovanni, su hijo mayor, el que ha empezado a labrar su futuro en la Serie A, dando el salto directamente desde Argentina. Gio Simeone (Madrid, 1995) ha vivido su corta carrera tras la sombra de su padre. Años y años siendo siempre el máximo goleador de la categoría en la que jugase en las inferiores de River Plate nunca le sirvieron y la losa de quién fue, y es, su padre, parece pesarle más de lo merecido. Hasta su llegada hace seis meses a Italia, Gio era más conocido por ser el hijo del Cholo que por ser uno de los delanteros con mejor puntería cara al gol en los últimos años de la Primera División Argentina. Y claro, eso sigue siendo así hasta que se enfunda su camiseta número nueve y sale al campo. Y los goles se le caen de los bolsillos.

Siempre tuvo las cosas claras. Por eso, imberbe, con apenas 15 años, ya apuntaba que su sueño pasaba por ganar la Liga de Campeones con el Atlético de Madrid y el Mundial con Argentina. De ideas fijas. De cabezota que consigue lo que quiere por pura insistencia.

Giovanni Simeone no será un prodigio con la pelota en los pies. Digamos incluso que es limitado, comparándolo en este nuevo fútbol de nueves de salón con un manejo de pies excelente como Dzeko, Benzema o Giroud. Es más Morata que Karim, más Torres que Griezmann, más Mandzukic que Dybala. Pero tiene algo que no se negocia, herencia de familia, y unas ganas de comerse el mundo que difícilmente se pagan. Por eso, Simeone, con 19 años, fue petición expresa de Almeyda para Banfield. El ex de River le había dado la alternativa en su época con los millonarios y pensó en el Cholito para su proyecto. Y claro, Simeone, con quien en el Monumental nunca fueron justos, tuvo que demostrar fuera que lleva el gol en las venas. Hizo 12 tantos en algo más de 30 partidos jugando incluso más alejado del área, donde campaba un tipo más experimentado como Santiago Silva. 

Gio Simeone, ante el Pescara / ANSA
Su ímpetu, además, le llevó a ser el máximo goleador del Sudamericano Sub 20 de 2015, logrando nueve tantos y convirtiéndose en el mejor anotador histórico del torneo. Nada de esto pasó desapercibido en Italia y el Genoa, que no vive su mejor momento, decidió apostar por él. Hubo ofertas de España, hubo ofertas para seguir en Argentina, pero el Cholito decidió dar el gran salto y cruzar el charco como ya lo hiciera su padre, al fútbol transalpino.

Giovanni Simeone nunca será Batistuta. Tampoco Crespo. Jugadores con gol y además, un gran talento para con el balón. El Cholito, como ellos, es un jugador puro de área, un nueve, un cazagoles que se caracteriza por estar siempre en el momento idóneo en el lugar perfecto. Su remate al primer toque es su principal virtud, su facilidad para ganar a su par en estático le nutre de goles y hace del remate de cabeza su arma más peligrosa. 

Por eso, tras empezar como suplente la temporada, Ivan Juric se vio obligado rápidamente a cambiar su sistema y ponerle junto a Pavoletti. Ahora, sin él (fichado por el Nápoles), Simeone puede engordar incluso más sus cifras gracias a una titularidad que ya parece asegurada hasta final de temporada. Y es que ningún equipo se puede permitir el lujo de prescindir de un jugador que se deja el alma en cada partido, que exige siempre al rival una acción más, que fuerza los errores con su presión y que es capaz de contagiar al resto con su ímpetu. 

A Gio Simeone, pese lo que se pueda imaginar, nadie le ha regalado nada. Por eso lleva ya siete tantos en una liga tan competitiva como la Serie A, donde los espacios brillan por su ausencia, y tiene un ratio de un gol cada dos partidos. A sus 21 años, el Cholito sólo ha salido del cascarón y ahora tendrá que consolidar su fútbol, sus goles. Ya se escuchan cantos de sirena de equipos con mejor situación, y el mismo Lazio quiere tener la segunda saga de Simeone. Pero el Cholito debe ser inteligente. En Genoa, en su primera experiencia fuera de su país, ha encontrado un lugar donde sentirse cómodo y rayar a gran nivel. Son muchos los que, por la toma de decisiones poco meditadas, han terminado con su carrera a temprana edad. 

A Simeone le encanta bajar a recibir el balón, caer a banda para tener otra visión y moverse y corretear por allá donde esté el cuero. Y aunque no sea su fuerte salir del área, digamos que está entendiendo cada vez más cómo jugar cuando el rival te lo pone difícil. Es por eso que él y Pavoletti, dos puntas de un corte muy similar, se han complementado tan bien en toda esta primera vuelta jugando juntos.

Es por eso, que en una liga en la que los delanteros brillan por su esfuerzo, Simeone puede llegar a triunfar. Maxi López, Mauricio Pinilla, Mandzukic, Destro o Matri son jugadores de su mismo corte. Un ímpetu que lleva al éxito. Y Gio, cansado ya de contrariar a sus detractores, ha iniciado una carrera que cómo poco aventura a ser una pelea continua. Ya lo dice su Twitter, donde (se) describe: "El hierro antes de hacerse duro, pasa por el fuego para hacerse aún más duro" y "Cuando nadie cree en ti, tú eres el único capaz de demostrar lo contrario". Gio Simeone, mientras tanto, no puede dejar de marcar.




lunes, 7 de diciembre de 2015

El Calcio está de moda, Italia presume de delanteros

Hace ya mucho tiempo que el Calcio dejó de ser vistoso, pero eso está cambiando. Durante años, sólo el Milan pareció dar la talla en las grandes competiciones a excepción de una histórica temporada del Inter de Milán de José Mourinho. El fútbol italiano quedó herido de muerte con el Moggigate cuando la Juventus tuvo que descender de categoría por amaño de partidos y otros tantos equipos transalpinos fueron sancionados. La muerte se certificó hace ya cuatro años, cuando la UEFA notificaba que, por los resultados en las últimas campañas, el Calcio perdía el derecho a una plaza Champions que iba en favor del fútbol alemán. Manda el ranking UEFA, determinado por los resultados de los equipos en los últimos cinco años en competición europea.

Un campeonato asentado en la mediocridad del que se aprovechó la Juventus de Conte primero, y posteriormente de Allegri. Supo entender que ante el mal momento de forma de los dos equipos de Milán (18 títulos cada uno) debía gobernar el campeonato con mano de hierro. Y así lo hizo. Conte armó una máquina perfecta de competir que nunca encontró rival en Italia. En los últimos cuatro años, la Vecchia Signora ha levantado cuatro títulos de Liga, uno de Copa y tres Supercopas del país. Nápoles, Roma y Lazio, animadores del campeonato, nunca encontraron la regularidad necesaria para disputar siquiera un campeonato doméstico. Pero desde el curso pasado algo ha cambiado. El Inter de Milán, con la vuelta de Mancini, ha logrado sentar las bases de un equipo práctico. El mismo estilo que dominó Italia entre 2005 y 2010 (cinco campeonatos seguidos). La Juventus va de menos a más, tras perder a varios de sus jugadores clave, y tras un inicio dubitativo ha cogido carrerilla para lograr situarse en las plazas de honor. No le van mal las cosas a la Fiorentina con la llegada de Sousa. El equipo juega bien, bonito, vistoso. La plantilla es profunda y sólo el baile de rotaciones puede generar algo de desconcierto en algunos partidos. El Nápoles, ya sin Benítez ha soltado los frenos. El equipo juega bien, llega al área rival con comodidad y sólo flaquea en la zaga, cuyos integrantes no dejan de dispararse a sus propios pies. La Roma vuelve a ser atractiva pero se ha encontrado rivales que no esperaba. Las bajas le impiden volar del todo y ese aire de segundón que sobrevuela sobre ellos les penaliza más de lo que debería. 

Todo ha cambiado en Italia, de verdad. Hay vida más allá del Milan, para los que usan a los rossoneri como vara de medir el campeonato. El Calcio, rompiendo estereotipos, fue el campeonato de los cuatro grandes donde más goles se marcaron la temporada pasada: 1024 tantos por los 1005 que vimos en España o los 975 que se marcaron en la Premier en los mismos partidos. Una Premier que, por cierto, ya ve peligrar su cuarta plaza Champions, que iría a parar para la Liga Italiana si todo sigue como hasta ahora. Goles son amores. Y como de dianas vive el fútbol, en el Calcio están algunos de los delanteros más determinantes.

Dybala celebra un tanto contra el Milan / GETTY IMAGES
Enamora Paulo Dybala en Turín. Los 32 millones de euros (más ocho en objetivos) que le costó el fichaje a la Juventus hicieron dudar a todos de que el chico maravilla del Palermo podría coger el testigo del Apache Tévez. 14 jornadas después, nadie tiene una sola pega, y eso que le costó en el arranque. Dybala, que convirtió el primer balón que tocó como bianconero en un trofeo (hizo el tanto que le dio la Supercopa Italiana en su debut), se vio relegado a la suplencia en una dura competencia entre Mandzukic, Morata y Simone Zaza. Ahora, como pareja del croata, la Vecchia Signora rompe moldes. Dybala es bueno, bonito y, como siga así, va a haber sido hasta barato. A sus 22 años, el argentino es un continuo dolor de cabeza para la zaga rival. Dybala no es un llegador ni un rematador al uso, es un segunda línea que disputa todos los balones, que está en contacto con el balón durante todo el encuentro, que se mueve por zonas peligrosas durante los 90 minutos. A los ocho goles que lleva hay que sumarle cuatro asistencias. Precisamente ese fue el hecho que le hizo ser fundamental en el Palermo. No mete todos los goles, no da todas las asistencias, pero siempre es uno de los actores principales en el gol, anotando o fabricando. A su lado juega Mandzukic, que se ha visto favorecido por la movilidad del nuevo ídolo turinés. Combinan, se entienden. Son como el agua y el aceite. Uno rápido, versátil, técnico. Otro lento, estático, de difícil asociación. Pero lo hacen, y lo hacen como nadie. Juventus tiene a su Zipi y Zape y con ellos comienza la remontada.

Higuaín, tras marcar gol / GETTY IMAGES
Vive Gonzalo Higuaín el mejor momento de su vida como futbolista. Con 14 goles en 15 partidos (marca cada 90 minutos), el argentino ha pasado del infierno al cielo. Y hablo de infierno porque el pasado verano bien cerca estuvo de abandonar la disciplina napolitana. Con el equipo fuera de Champions, al ex del Real Madrid le entraron aires de grandeza y se puso en el mercado para decepción (y amenazas) de sus tifossi. Esos no eran los planes del presidente, que fichó a Sarri para construir un equipo en torno a él. Y así ha sido. Ya sin Benítez, el Nápoles respira buen fútbol. El español, peleado con media plantilla, antepuso su orgullo y su ego a una plantilla a la que nunca supo exprimir al máximo, pese a las finales jugadas. Ahora, de la mano de Sarri e Higuaín vuelta también Insigne, en su explosión definitiva y madurez como futbolista. Pero el Pipa es el Pipa, no vamos a descubrirle ahora. Capaz de lo mejor y de lo peor. Anotador de cuatro goles en un partido pero errando el penalti decisivo. Por eso cobra importancia la figura de Insigne, alguien con quien repartirse las responsabilidades. El Nápoles es un serio aspirante al título, a esta pelea tan divertida que tiene pinta de alargarse hasta el final. Si bien no con cinco o seis aspirantes, sí con tres o cuatro. Ojalá. 

Una lucha que, por cierto, lidera el Inter de Milán de Mancini. Un Inter rácano por momentos, brillante en otros muchos. Cimentado en una defensa que casi no recibe goles (curioso que siempre esté en ellas el brasileño Miranda) y con un ataque que optimiza al máximo cada tanto. Porque curiosamente, el líder del Calcio es el que más falto está de dianas (ha ganado ocho de sus 10 partidos por 1-0). El más erróneo de cara a puerta. Los neroazzurri sólo han visto puerta en 18 ocasiones en estos 14 encuentros, cifras que mejoran hasta 10 equipos en el campeonato (del 2º al 9º clasificado, entre otros). Una situación que tiene su origen en el mal momento de forma de Mauro Icardi. Icardi es un estado de ánimo constante. Un jugador que vive en una permanente situación de esquizofrenia, que igual marca tres goles y se encara con la grada. El argentino, a quienes los 22 goles que marcó el año pasado le dieron el galardón de Capocannoniere, se ocupa más de lo que hace fuera del campo que dentro. Y eso se traduce en momentos de bajón y picos de forma, una montaña rusa viviente. Nadie va a poner en duda la calidad del 9 del Inter, pero parece que los elogios recibidos el curso pasado, los trofeos individuales, la mejora de contrato y la capitanía se le han subido a la cabeza. Icardi es uno de los mejores jugadores de la Liga, quizás entre los tres o cuatro más determinantes, pero cuando no hay nadie al mando del cerebro a veces pasan estas cosas. Sólo lleva cuatro goles. Lo peor es que Mancini no le encuentra sitio al lado de Jovetic. El montenegrino, uno de los chicos más talentosos que ha pasado por Italia en la última década, inexplicable que no le dieran oportunidades en Manchester, es el nuevo ídolo de la grada partiendo desde la banda izquierda. La sociedad que iba a formar con el argentino se antojaba terrible. La realidad es que Mancini aún no les ha hecho funcionar en conjunto y sólo brilla el balcánico. Peor para el argentino, el Inter jugó su partido más rico visualmente del año este fin de semana, cuando Icardi no disputó ni un sólo minuto. Luego, encima, le robaron un reloj valorado en 40.000 euros a la salida del estadio. No fue su día y no está contento. Y es una bomba de relojería.
Icardi realiza su celebración favorita tras anotar / AFP
Kalinic, en su presentación / Andi Shtylla
En estado de incredulidad viven en Florencia. La salida de Montella en verano no gustó a casi nadie. Con el italiano el equipo jugaba bien, excelente por momentos. Aunque no se encontraba de igual manera el camino del gol, se había asentado con comodidad entre los cinco primeros, viajando por la Europa League, y se había logrado la regularidad. Con Paulo Sousa la Fiorentina no le teme a nada ni a nadie. Le gana la posesión a cualquier rival y vive los 90 minutos en el área contraria. Y así, los goles acaban llegando. Y eso que Sousa, con una trayectoria como manager extraña, dispar, irregular, fue cuestionado desde el primer día. Al segundo se disiparon las dudas cuando la Fiorentina, en un amistoso de pretemporada, doblegó al Barcelona en un auténtico partidazo de Bernardeschi y repitió días después con el Chelsea. Nadie en el campeonato ha logrado más goles que el equipo viola (30), y eso radica en parte gracias a la aportación de Kalinic, otro que fue discutido a su llegada por su pobre bagaje goleador en cursos anteriores (y porque eso suponía la marcha de Mario Gómez). Pero a sus 27 años el croata vive en un momento dulce, es tercero en la clasificación por el pichichi con nueve tantos y de ser el ejecutor de los penaltis bien podría estar ya a la altura de Higuaín, pues Ilicic ha anotado ya cinco desde los once metros. También aporta asistencias, hasta cinco lleva ya con la camiseta morada y es titular indiscutible para el técnico. Su teórico suplente, Babacar, lleva ya cuatro dianas y anota cada 90 minutos. El gol está de suerte en el Artemio Franchi. Aunque con la profundidad de plantilla y la exigencia de partidos, Sousa ha desquiciado al equipo algo más de lo debido haciendo rotaciones en momentos importantes que han supuesto la pérdida de algunos puntos importantes en la carrera del título. Sea como fuere, la Fiorentina parece clara candidata al título, mantiene una regularidad que no se recuerda en la ciudad desde hace décadas y es siempre superior a su rival. Incluso cuando pierde. Y a ese piropo no puede rehuir Federico Bernardeschi, uno de los más destacados del equipo a sus 21 años y que en un futuro no muy lejano apunta a ser mejor jugador italiano del mundo. Hagan sus apuestas.

Dzeko, con la Roma / www.imagephotoagency.it
No se puede negar que junto a Icardi, la decepción del momento está en Edin Dzeko. Los dos arietes, junto a Higuaín, lideraban en favoritismo en las casas de apuestas para ser máximos artilleros del campeonato, pero de momento sólo el del Nápoles responde a lo esperado. El bosnio no pasa por su mejor momento, igual que una Roma que se ha visto superada por Fiorentina, Nápoles y por el retorno del Inter. No hacen justicia los tres tantos que ha marcado en Liga el ex jugador del Manchester City a su sueldo, pues con 4'5 millones de euros limpios, es el tercer futbolista mejor pagado de la Liga. Influye mucho el estilo de juego del equipo de la capital, con muchos jugadores entrando desde segunda línea, rematando desde atrás, con los extremos jugando por dentro y no por fuera y con la lesión de Salah, su mejor socio en pretemporada y en los primeros compases del curso.

Vive Italia de delanteros. Sonríen Higuaín, Kalinic, Dybala, Éder (10 tantos, segundo en el Pichichi), e incluso Paloschi, aquella eterna promesa del Milan que se ha quedado en jugador cumplidor, aseado, un ariete de equipo de la parte baja de la tabla. También Mandzukic. Sufren Icardi y Luca Toni, vigentes ganadores del máximo goleador de un trofeo compartido, y Morata, relegado al banquillo. En tierra de nadie se queda Bacca quien, con seis dianas, no logra ayudar a despegar a un Milan vive en un estado de letargo profundo. Tocar fondo de manera constante. Crece Italia, crece el Calcio, que rompe estereotipos. Sus equipos juegan bien, llegan los resultados y dentro de poco los reconocimientos. Del hacer de los equipos alemanes e ingleses en Europa se decidirá quién pierde la plaza Champions que cada día parece más cercana a recuperar Italia. Y lo merecen. Nunca estuvo más vivo el Catenaccio.

viernes, 20 de marzo de 2015

El error egipcio de Mou: Mohamed Salah

Parece especialista el Chelsea en deshacerse en los últimos tiempos de aquellos jugadores a los que no encuentra acomodo por un precio elevado que se antoja irrechazable, sobre todo si se mira que aquellos chicos que se marchan pasan más tiempo del que desearían entre la grada y el banquillo. Uno se fija en el rendimiento de cierto delantero que hoy destroza redes en el Everton y de un pelirrojo pecoso con cara de travieso que ha hecho de los campos alemanes su jardín hogareño y se cuestiona hasta qué punto, el dinero da la felicidad y es más importante que los resultados. Y es que ese mediapunta ratonero del Wolfsburgo, que responde al nombre de De Bruyne, cosecha mejores registros (goles y asistencias) que toda la línea de mediapuntas del equipo londinense, por donde acampan Hazard, Oscar y Willian.

Y es ahí donde aparece Mohamed Salah, el último descarte de Mourinho que hoy es, junto a Carlos Tévez, el jugador más en forma de la Liga Italiana. Y es que al técnico portugués se le metió entre ceja y ceja el fichaje de Cuadrado en invierno y para hipotecar dicha incorporación mandó a Schurrle a Alemania. La Fiorentina, que no se contentaba sólo con el dinero tras perder a su jugador con más cartel, preguntó por ese chico egipcio de 22 años con cara de pocos amigos que se sentaba jornada sí y jornada también en la grada y al que sólo los 33 minutos disputados en Liga le diferenciaban de un vulgar utillero. Con lacito, respondió Mou. Pero cedido, por si las moscas.

Salah, con la Fiorentina / GETTY IMAGES
El huracán africano que se ha desatado desde entonces en la angelical ciudad de Florencia no hace más que alimentarse con el paso de los días. Cuadrado, encasillado, reconocido por los rivales y con el hambre de ir a un equipo con mejores expectativas, no estaba cumpliendo con su cometido y el egipcio ha revitalizado a un equipo que camina con paso firme en Europa League y esprinta en esa carrera de fondo por acabar entre los tres primeros en el Calcio. Y es que Montella le ha sacado el mayor de los partidos. Le da libertad por detrás de un punta nato e incluso le permite jugar, en ocasiones, como hombre más adelantado. Cuando cae a bandas, sin importar el perfil, sus diagonales son sinónimo de pena de muerte y es capaz de llevar él sólo un contragolpe haciendo parecer que en vez de un sólo hombre a la portería rival se dirige una manada de bisontes.

Seis goles y dos asistencias le avalan en los 700 minutos que ha disputado en tierras italianas. Allí luce el dorsal 74 como homenaje a la cifra de víctimas que se cobró en 2012 la batalla de Port Said, un altercado entre dos hinchadas en la final del campeonato con un trasfondo político que dejó también más de 1000 heridos. Se ha erigido como el líder de la Viola y ha hecho creer a sus tiffosi que con él todo es posible. 

El Chelsea le conoció en 2013 cuando, en las filas del Basilea, el egipcio sacó de sus casillas al conjunto inglés y cerca estuvo de privarle de jugar la final de la Europa League que a la postre conquistó y sólo seis meses después, con Mourinho ya en el banquillo, ejecutaron la usual técnica florentiniana de encapricharse de todo aquello que a uno le pinta la cara. Aunque en Londres, la presencia del africano ha sido más bien como la del Perro del Hortelano, pues ni ha comido ni le han dejado comer. Ahora, Italia se rinde a la nueva estrella de su Liga. En Florencia resuenan tambores de guerra cada vez que el chico que no pierde la sonrisa engancha la pelota, ya sea en campo propio, en la frontal o en las bandas. Y Mou, que se tira de los pelos porque duele que otros aprovechen lo que tú no has podido, aún se ríe en la sombra porque sabe que le tiene bien atado en corto.

Salah, a punto de jugar bajo la mirada de Mou / GETTY IMAGES