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martes, 27 de abril de 2021

La madurez de Iheanacho

Andrew Boyers/Imago Images

Me daba muchísima pena cuando veía que el Manchester City no le daba oportunidades a Kelechi Promise Iheanacho. Nunca engañó a nadie, de frente, su primer apellido ya auguraba lo que era: una promesa. Lo cierto es que, escribiendo este artículo y repasando datos, me he dado cuenta que el nigeriano jugó mucho más de lo que mi memoria me decía en el equipo Citizen, pero mucho menos de lo que mi humilde opinión cree que merecía. Es cierto que compartía posición con Agüero, uno de los mejores delanteros del mundo y quizás la mayor estrella de la entidad. Como también que, si no iba a tener sitio a corto plazo por edad y por lo que tenía delante, lo mejor era salir a préstamo para foguearse y volver cuando el Kun ya estuviera para otros menesteres. 

Iheanacho saltó a la fama en un Mundial Sub17 donde él solo dominó el torneo. Nigeria se proclamó campeona y su goleador el Mejor jugador del torneo. Con un estilo ofensivo delicioso más de toque que de potencia, los africanos incluso acabaron llevándose también el premio Fair Play, algo inusual para un equipo que llega a instancias finales y, en este caso, se alza campeón. Nigeria marcó 26 goles en siete partidos, a casi cuatro de media por duelo, y su estrella participó en la mitad. Seis goles y siete asistencias. Lo curioso es que Iheanacho no tenía ni siquiera el sitio asegurado en el once. Venía de haber jugado unos pocos minutos en la Copa África de la categoría y todo hacía indicar que su sitio en el banquillo, pues el delantero titular, Awoniyi (hoy en el Unión Berlín) era inamovible. Un cambio casi de última hora hizo que el hoy futbolista del Leicester jugara todo el torneo desde la banda derecha, una posición que no le era la más natural, pero que le vino como anillo al dedo para ser el generador de peligro constante que se movía con libertad mientras todos fijaban sus miras en el delantero centro africano.

Dos años más tarde, aquel torneo fue otra vez monopolio nigeriano, pero esta vez con un estilo distinto. Víctor Osimhen y Kelechi Nwakali destrozaron a cada rival que se puso en sus caminos. El primero vacunaba y el segundo generaba. Las comparaciones aparecieron entonces entre Osimhen e Iheanacho, siendo dos futbolistas radicalmente distintos y totalmente complementarios, y ambos les siguió una carrera paralela, pues ambos parecieron quedarse estancados en su llegada al profesionalismo, y en los últimos meses ambos están dando que hablar precisamente con argumentos de peso que se reducen al gol en dos de los mejores equipos de las grandes ligas.

Uno no entendió que, en la temporada 2015-2016, Iheanacho tuviera tan pocas oportunidades con respecto a su competencia. Esta no era el Kun, sino más bien Bony. Es cierto que el nigeriano apenas tenía 19 años, y que el marfileño venía con una carta de presentación mejor, pero fue el rendimiento del segundo el que no le dejaba con argumentos de peso para jugar más. Iheanacho fue el mejor del City en los dos torneos de Copa (hizo seis goles y dio tres asistencias en cinco partidos) y cuando Pellegrini le dio la oportunidad en las últimas jornadas de Premier, se salió con cinco dianas y un pase de gol en cuatro partidos. 

Inexplicable es, entonces, que una temporada más tarde la confianza que parecía habían depositado en él se fuera por la borda. El City firmó a Pep Guardiola, pero también se hizo con un delantero prometedor un año menor al nigeriano: Gabriel Jesús. El brasileño fue la alternativa de Guardiola al Kun, siendo además el técnico español muy dado a aquello de jugar sin un delantero fijo, por lo que Iheanacho, que tuvo un protagonismo secundario en el primer tramo de la temporada, desapareció totalmente en el segundo. ¿Se había estancado o simplemente nadie le estaba dando la oportunidad? 

Parecía, entonces, o eso se dejaba vislumbrar, que Kelechi Iheanacho era uno de esos jugadores africanos que deslumbraban en torneos internacionales juveniles y que luego se quedaban por el camino. Saddick Adams, Adama Traoré (no el de los Wolves), Frank Acheampong, Clifford Aboagye... Hay muchos que han corrido esa suerte. ¿Era el nigeriano otro fichaje de futbolista joven que no explotaba como se creía en estrella mundial? Era el Manchester City un equipo dado a encontrarse con ese tipo de jugadores. Caicedo, Jo Alves, Guidetti o Enes Unal saben de lo que hablo.

El caso es que el envite del Leicester tampoco parecía idóneo, aunque sí esperanzador. Iheanacho cambiaba al Kun por Vardy como pareja de baile. Ambos, los mejores jugadores de la historia de sus entidades. Los ídolos. Los héroes. Imposibles de sustituir. Y ahí, al nigeriano le costó, pero más en el segundo año que en el primero, curiosamente. Porque su año de debut fue un poco como en el City (con la diferencia de que ya no era ningún crío y tenía 21 años y un par de experiencia en el país), jugando poco, pero aprovechando al máximo sus oportunidades, sacando un rendimiento de casi un gol generado por partido. Pero se desplomó un poco en el segundo, dando opción a todo tipo de rumores y especulaciones que se prolongaron en la temporada pasada. Y es que, al inicio de la 2019-2020 sus apariciones fueron escasas. Las llegadas de Ayoze y Maddison y la ascensión de Barnes le dejaron en un papel poco protagonista... Hasta que acabó rompiendo el cascarón.

Fueron una serie de problemas musculares de Vardy los que le dieron la alternativa y desde el final de la campaña pasada, Brendan Rodgers quedó encantado con el papel de su nuevo descubrimiento. Tanto, que desde hace varios meses, el técnico no ha dudado en cambiar el esquema de juego para incluir al nigeriano como titular fijo al lado de Vardy en detrimento de quien sea. No importa. Su impacto esta campaña, ya con 24 años, es el que se le esperaba mucho antes. Quizás no fue problema suyo, sino de que nunca nadie le dio continuidad. Hoy, Iheanacho sí es ese jugador que aterró a todo el globo en un mundial juvenil. Juega como delantero al lado de Vardy, pero siempre se deja caer por banda derecha, baja a combinar a la medular y abre espacios para sus compañeros. Sus registros esta temporada están al alcance de muy pocos jugadores. Ha metido 17 goles y dado seis asistencias en solo 1800 minutos de juego, lo que significa que produce un gol cada 78 minutos. Un seguro de vida. Como empezar los partidos con 1-0 siempre. Sus últimos meses ponderan este sentimiento, pues ha metido 14 goles en sus últimos 14 partidos disputados con los foxes. 

Hoy el Leicester es tercero, tiene a cinco puntos el subcampeonato, a cuatro a su máximo perseguidor, y un colchón de siete para sostener su plaza de Champions League para la próxima campaña. Con solo 15 puntos por disputar, sería extraño que el equipo de Brendan Rodgers se quedara el curso que viene sin jugar la máxima competición continental. Un escenario que, sin duda, servirá para aumentar aun más el nivel y el escaparate de un Kelechi Iheanacho que por fin ha roto el cascarón.

sábado, 20 de abril de 2019

Ravel Morrison y el talento desperdiciado

Lingard, Pogba y Morrison, con la FA CUp Youth 2011 / Getty Images
Hace no mucho, el Manchester United tenía en su cantera una generación dorada de jóvenes talentos llamados a marcar una época. Eran tan superiores a sus rivales y combinaban tan bien, que incluso se llegó a especular con que llegarían a superar a la Class of 92, aquel equipo en el que despuntarían Giggs, Scholes, Beckham, Butt y los hermanos Neville. Era 2011 y los Red Devils acababan de ganar la FA Cup juvenil con una solvencia tremenda. En la plantilla destacaban los nombres de Paul Pogba, Jesse Lingard, Will Keane (Ipswich Town), pero sobre todo, por encima de ellos, estaba Ravel Morrison.

"Nunca he visto un jugador joven con tanto talento como él", admite Río Ferdinand. "Venía a entrenar con nosotros con 16 años y podía jugar a un toque, a dos, se adaptaba a todo lo que le pedía el equipo profesional con facilidad", termina. Tampoco se queda atrás su entonces entrenador y quien le dio la alternativa, Sir Alex Ferguson, quien llegó a situarle por encima de jugadores como Giggs o Rooney en cuanto a talento y quien se refiere a Morrison en su autobiografía. "Hay algunas personas que no son mentalmente fuertes para superar los obstáculos de la vida. Ravel Morrison es posiblemente el caso más triste, porque él poseía tanto talento natural...".

Gary Neville fue el primero en establecer una comparación futbolística que luego se extendió también fuera del campo. "Es como Paul Gascoigne. Un jugador capaz de driblar a uno, a dos, a tres jugadores sin problemas". Y es que, nacido casi en el seno del club, Ravel Morrison fue creciendo bajo la lupa de Old Trafford como uno de los muchachos que podrían llegar a marcar una época. Siendo claramente coronado como el futbolista clave de ese Manchester United juvenil, Morrison brilló con luz propia en todas las categorías inferiores de Inglaterra, desoyendo siempre los cantos de sirena que le llegaban desde Jamaica, donde posee nacionalidad por sus antepasados.

Con 17 años firmó su primer contrato profesional, y solo dos días después empezaron los problemas legales que le han acompañado toda la vida y que han sido el factor determinante para que hoy, en vez de ser una estrella mundial, esté olvidado jugando en Östersund de la Liga de Suecia. Acusado de robo con intimidación cuando entró con un cuchillo en una tienda, salvó de milagro su entrada en un reformatorio y la condena fue menor, pero empezó ya a marcar un expediente que le ha acompañado toda la vida. Hizo 12 meses de servicios sociales y pagó una multa económica.

Morrison creció en Stretford, un barrio muy complicado de Mánchester, junto a su madre soltera y su abuela. Ferguson sabía que para triunfar en el United debía salir de allí, por lo que el club le ofreció varios acomodos distintos. Llegó a debutar con el primer equipo en 2010, apenas con 17 años, y jugó tres partidos más con el club. Pero la falta de oportunidades brindada porque en ese momento estaba poco centrado y tenía problemas legales hizo que con solo 19 años se marchara del club.

Morrison celebra un gol con el
West Ham / Harry Engels/Getty Images
Los pesos pesados del United intentaron disuadirle para que se quedara, pero él solo quería jugar al fútbol. Su agente, algo que él no sabía, estaba pidiendo una suma de dinero ingente por renovar y el Manchester United decidió incluso ponerle en venta antes de que su contrato expirara. La primera gran oferta le llegó del Newcastle, corroborando que el chico tenía muy buen cartel. Morrison le pidió al club que le cediera, pero el Manchester realmente ya le consideraba apto para jugar con ellos en el primer equipo, por lo que las opciones eran quedarse o irse de manera permanente. El United rechazó la oferta del Newcastle y el contrato del mediapunta se terminó ese mismo verano, cuando decidió unirse al West Ham.

Sam Allardyce, entonces a cargo de los de Londres, llamó a Sir Alex Ferguson antes de ofrecerle el contrato. "Se convertirá en un genio, pero solo si es capaz de solventar sus problemas fuera del campo".

Cuenta Ravel Morrison que cometió muchos errores de joven, pero que la mayoría de las veces ya tenía una etiqueta que le catalogaba y que era esa fama que se había granjeado la que le hacía parecer peor de lo que era. Que estaba en el momento menos adecuado en el lugar menos adecuado. Desde ciertos sectores de la voz pública, se le acusó de robar a sus propios compañeros en Old Trafford, de tener mal comportamiento, de meterse en peleas... "Nunca hice nada de eso. Lo único que una vez robé fueron unas botas de fútbol que un compañero ya no iba a usar más. Yo no salía a beber, no fumaba, no cogía el coche borracho, no tomaba drogas... todas esas cosas que sí hacen muchos jugadores, pero yo siempre era el malo. Veía esas miradas de la gente hacia mí, con miedo". "He cometido muchos errores. Pero de eso hace ya casi 10 años. Con 16, 17... Era un niño, pero hoy día me siguen preguntando por todo ello. Nunca nadie me habla de fútbol. No me dejan avanzar".

Poco antes de llegar al West Ham tuvo que lidiar con otro problema, cuando se enzarzó en las redes sociales con un aficionado al que acabó insultando de manera homófoba y siendo castigado por ello por la FA. En la disciplina de los hammers estuvo tres años, aunque durante esa época estuvo en calidad de cedido en el Birmingham, el Cardiff y el QPR, alternando siempre luces y sombras. Y es que en 2014 volvió a vivir un calvario. Su novia y la madre de su novia le acusaron de violencia de género y de amenazas. Supuestamente, Morrison había amenazado en público con desfigurarlas la cara con ácido y luego matarlas. Morrison pasó detenido tres días en prisión para luego salir bajo fianza. Tras un año de juicios, un vídeo de la escena le encontró inocente de todos los cargos que se le imputaban.

Morrison, en Atlas / Refugio Ruiz/Getty Images
Morrison quiso salir de Inglaterra y encontró acomodo en la Lazio. Allí donde había brillado Paul Gascoigne y donde otro excéntrico como Di Canio se había metido a la afición en el bolsillo, quizás encontraría su sitio. Nada más lejos de la realidad. Firmó en 2015 y se marchó hace unos meses con apenas cuatro partidos como jugador lazial. Entre medias, volvió al QPR, donde había dejado muy buenas impresiones en su primera etapa y el curso pasado lo hizo jugando en Atlas de México. "Tenía muchas ofertas de equipos de Europa, pero me informé y vi que en el país había buenos jugadores con gran cartel mundial, así que me decidí por ir allí". 

Morrison quería un cambio de aires completo. Un nuevo destino donde se olvidara por fin aquellas fechorías que había cometido siendo aún un adolescente menor de edad. Pero tampoco lo encontró. "El niño rebelde del fútbol inglés", "El delincuente que no triunfó en el Manchester" fue alguno de los titulares con los que se encontró a su llegada. Pero la pasión lo suplió todo. En México realizó muy buenos partidos.

Hace unos meses, liberado ya de su contrato con el equipo romano, Morrison, de 26 años, ha firmado con Östersund, equipo de media tabla de la Liga de Suecia. Quiere empezar de cero."El pasado, pasado está y nadie debería ser juzgado por quien fue en el pasado". En Suecia ha empezado como titular, siendo uno de los jugadores destacados del equipo jugando tanto en la mediapunta como echado en banda izquierda. Dice que lo único que quiere es jugar, que le da igual el nivel o la categoría, que solo busca ser feliz. Admite seguir manteniendo contacto con Pogba y Lingard, que no tiene ni un ápice de envidia de ellos y, además, que es seguidor del Arsenal desde pequeño. Otra historia de alguien que pudo ser y no fue.




viernes, 25 de enero de 2019

Wilfried Zaha, la infancia difícil y la fugacidad del tiempo

Zaha saluda a su afición en un partido
 ante el Man City /  Jan Kruger/Getty Images
¿Ser un jugador diferencial en un equipo menor? ¿O ser carne de banquillo en un aspirante a todo? ¿Ser ídolo absoluto de una afición que te idolatrará de por vida? ¿O ser uno más que con el paso del tiempo será olvidado? Wilfried Zaha (Abiyán, Costa de Marfil, 1992) tiene casi más de todo lo primero que de lo segundo. Hay futbolistas nacidos para triunfar y vivir en un entorno del cual se sienten parte, de darlo todo en su pequeño gran ecosistema donde realmente pueden ser y estar.

Nacido en la capital marfileña como el pequeño de una familia de ocho hermanos, los Zaha emigraron a Londres cuando Wilfried tenía solo cuatro años. Se instalaron en el sur de la capital, en un barrio caracterizado por las pequeñas tiendas sin licencia regentadas por inmigrantes y por la cantidad de integrantes africanos en la comunidad. Allí, a solo tres calles de Selhurst Park, el estadio del Crystal Palace, creció y vivió Wilfired Zaha. Cuenta que los días de partido, bastaba con que en casa reinara el silencio para escuchar a la afición de los eagles.

Pero aunque la primera camiseta de fútbol que vistió durante la infancia respondía a las rayas azules y rojas características del Palace, Wilfried Zaha creció venerando al Chelsea y a Didier Drogba, aquel compatriota que estaba poniendo la Premier League patas arriba. Su primera vez en un estadio fue precisamente cuando los blue se acercaron a Selhurst Park en una tarde en la que Drogba acabó dando la victoria a los suyos.

A los 11 años, Zaha ingresó en la academia del Crystal Palace. Tenía mucha habilidad con la pelota, algo que ya había demostrado en las calles de Abiyán cuando apenas levantaba un palmo del suelo, y de eso se dieron cuenta rápido los reclutadores del club de la capital inglesa. Puede decirse que el fútbol le salvó la vida, porque Zaha, en esos momentos de incipiente adolescencia, estaba en un momento difícil, donde desviarse por el camino malo es a veces lo más sencillo y asequible. Su hermano mayor Herve, conocido como Zenke, era (y es) el líder de una pandilla criminal de la zona, responsable de tiroteos, apuñalamientos y robos con violencia por todo Londres. Ha pasado tiempo entre rejas y entonces estaba reclutando gente para su pequeño ejército de maleantes. El bueno de Wilfried se mantuvo al borde, pensando si seguir a su hermano en eso que entonces era la vida fácil o no. Pero el fútbol, los entrenamientos obligatorios casi a diario y los partidos los domingos le alejaron de aquel círculo venenoso. Uno de los que sí entró fue uno de los mejores amigos de la infancia de Wilfried, que acabó muerto tiempo después en una brutal lucha entre bandas en un centro comercial.

Con 17 años, en marzo de 2010, Zaha hizo su debut profesional. Las esperanzas depositadas en él eran altísimas y los tres siguientes cursos, todos ellos en Championship, se convirtió en el jugador más importante del equipo. Por eso, Zaha, ciudadano británico, jugó con Inglaterra Sub19 y Sub21, y por eso también, el día que cumplía 20 años, se unió a la convocatoria de la absoluta. Jugó dos partidos amistosos.

En esa 2012-2013 Zaha fue crucial para que el Crystal Palace ascendiera, después de muchos años en ligas menores, a la Premier League. La Premier entera estaba encandilada con él y fue Sir Alex Ferguson, en el último gran servicio antes de retirarse, quien le convenció para firmar por el Manchester United, que pagó más de 15 millones de libras por él. El acuerdo se cerró en enero, pero las partes decidieron que se quedara hasta final de temporada en Londres.

El cambio fue demasiado brusco para todos. Para Zaha saltar a un club mundial con 20 años y para el United perder a Ferguson y tener como huésped del banquillo a Moyes. Cuentan los pesos pesados del banquillo que Zaha no estaba hecho como persona, que no entrenaba con ganas y que no llevaba vida de profesional. Un asiduo a la fiesta, Zaha había tirado de talento sin saber lo que era el sacrificio y en Manchester no casó desde el primer día.

Rumores de que había sido pillado en la cama con la hija del entrenador acabaron por minar su moral y tras cuatro partidos en cinco meses, Moyes le hizo la cruz y le mandó cedido al Cardiff City. En Gales jugó, pero no destacó y las expectativas que había generado se empezaban a evaporar. ¿Y si había sido jugador flor de un año? ¿Y si solo habían sido fuegos artificiales?

En 2014-2015 se hizo necesario que Zaha volviera a casa. Primero en forma de cesión y luego en forma de traspaso definitivo, porque los primeros meses del marfileño en Selhurst Park fueron tan buenos que los londinenses decidieron recomprar a la joya de su cantera. Desde entonces, Zaha no ha dejado de crecer y sus cifras no han parado de engordar. En 2016, viendo que llevaba ya cuatro años sin ser convocado con Inglaterra, decidió encontrar su futuro internacional en su país natal. Inició los trámites para jugar por Costa de Marfil y pocos meses después lo consiguió, beneficiándose de que nunca había jugado con la absoluta de Inglaterra en partido oficial. Southgate trató de disuadirle, pues era uno de los chicos que tenía en mente, pero no lo consiguió.

Zaha, padre de un hijo, es a sus 26 años un jugador completo, hecho y maduro como persona. Sigue siendo un asiduo a la noche londinense y los bares y discotecas se frotan las manos cuando aparece por la puerta de sus negocios, pero con mesura y sabiendo medir cuándo puede salir de fiesta y cuándo no. Está comprometido con la comunidad y dona el 10% de su salario a los más necesitados. Desde su vuelta con los eagles, Zaha suma 28 goles y 31 asistencias, unas cifras que se verían altamente mejoradas si el Crystal Palace hubiera dado con un delantero de nivel, pues Benteke no levanta cabeza.

Este último verano, Zaha tuvo la posibilidad de salir. El Chelsea, sobre todo, y el Tottenham, se pusieron en contacto con el Palace para saber las condiciones del jugador. Con 70 millones de libras encima de la mesa por parte del equipo donde Drogba se hizo leyenda, Zaha tuvo la última palabra, y decidió quedarse en casa. Allí donde sabe, puede rendir a su máximo nivel. Donde puede sentirse Wilfried Zaha.

Pero los cantos de sirena nunca dejarán de llegar. Este mismo enero, el Borussia Dortmund le tiene como el primero en la lista de relevos para suplir a Pulisic. Se antoja difícil que la operación llegue a buen puerto pues la cifra que los alemanes han puesto sobre la mesa es inferior a la que el propio jugador rechazó en verano. Pero no es menos cierto que al final, el talento de un jugador que crece por encima de su equipo tiende a obligarle a ser de vez en cuando egoísta y buscar su techo. No brilló en su primera intentona en Mánchester y seguro, que en el fondo, él mismo está deseando volver a retarse y demostrar que no existe mal de altura.

viernes, 17 de febrero de 2017

Adrian Doherty, la estrella del Manchester United que nunca pudimos ver

Antes de empezar a leer esta entrada, es importante poner la mente en blanco. Olvidar todos los problemas de la vida y simplemente disfrutar de cada palabra, cada línea, con los versos de fondo de Forever Young de Bob Dylan. Porque así lo habría querido Adrian Doherty, la estrella del Manchester United que nunca pudimos llegar a ver. La leyenda de Old Trafford que el periodista Oliver Kay ha revivido en su libro, titulado del mismo modo que la canción de Dylan, en honor al espíritu y gusto de Doherty.

Dicen los que jugaron al fútbol a su lado que no había nadie con la pelota en los pies como él. Que el talento que Adrian Doherty (10 de junio de 1973, Strabane, Irlanda del Norte) poseía era único y que no ha habido otro como él, ni posiblemente lo habrá. Ryan Giggs, de alguna forma, le da las gracias porque si él no se hubiera lesionado, "nunca habría podido tener una carrera a tan alto nivel, él me habría cerrado la puerta". Matt Bradley, su descubridor, le define como "el mayor talento en un campo de fútbol desde George Best" y Brendan Rodgers, que compartió césped con él en sus inicios como jugador, augura que "Ryan Giggs y los Neville admiten que Doherty era mejor que ellos". 

Cuentan los que le conocieron en profundidad, que Adrian Doherty era mucho más que un futbolista excepcional. Que tenía un aura especial, que estaba tocado con una varita, que todo lo que hacía, lo hacía bien (salvo dibujar, como remarca un amigo suyo de la infancia). Adrian Doherty era ese chico capaz de aprender a tocar la guitarra por sí mismo, de componer canciones y poesía (su gran pasión) como pocos con mucha facilidad. Adrian Doherty era ese chico que, por pura diversión, regalaba sus entradas para ir a Old Trafford y se metía en el metro a tocar la guitarra. Ese chico que, con 13 años, en plena época de violencia en su pueblo por la guerra de las dos Irlandas, fue capaz de apartar a un batallón de soldados de sus quéhaceres y ponerse a jugar con ellos al balón en mitad de la calle. Aquel que "jugaba al fútbol como Ryan Giggs y tocaba la guitarra como Bob Dylan", en palabras de su excompañero en Manchester Sean McAuley.

Adrian Doherty, con el equipo juvenil del Manchester United
"Le veías en el campo y era muy rápido y habilidoso. Un jugador excelente con ambos pies. Adrian era completamente un talento natural, lo hacía todo parecer muy fácil. Trístemente, justo antes de hacer su debut con el primer equipo, se lesionó de su rodilla", se deshace en elogios Sir Alex Ferguson sobre él. "Ferguson era durísimo conmigo. Me gritaba varias veces cada entrenamiento cuando era un juvenil. Y luego, miraba a la otra banda y veía cómo nunca regañaba a Adrian. Claro, que para ser sincero, he de decir que siempre lo hacía todo bien", señala Giggs.

Y es que, casi por encima de los Busby Babys, en Manchester se recuerda a la tan aclamada 'Class of 92', la generación de jugadores entre los que estaban David Beckham, Paul Scholes, Ryan Giggs, Gary y Phil Neville y Nicky Butt, entre otros, como la mejor generación de la historia de los Red Devils, esa que llevó al club a la gloria y que inició el proyecto de lo que hoy es el equipo más laureado del país y uno de los clubes más exitosos de todo el planeta. Han hecho entrevistas, han grabado vídeos y hasta se ha rodado una película-documental contando sus vivencias, pero lamentablemente, nadie recuerda a Adrian Doherty, o como en el seno de Old Trafford se le conocía: The Doc. 

Adrian Doherty no era un futbolista al uso. Pasó algo más de cuatro años de adolescencia siendo jugador del Manchester United, recibiendo una paga semanal por parte del club inglés, y nunca se le vieron visos de grandeza. Doherty no llevaba tatuajes, ni ropa de marca. No le ponía interés a su imagen, no lucía peinados extravagantes. Jamás se le vio con el pelo engominado, la moda de entonces y pasaba por los espejos sin reparar en el reflejo de su imagen. Nada le importaba el qué dirán. Algunos le definían como bohemio. Otros, como hippy. La mayoría concluye que simplemente era Adrian Doherty. El chico que nunca sabía dónde había puesto su traje y la corbata que tenía que llevar los días de concentración. Aquel que con 16 años bajaba a desayunar con los jugadores del primer equipo del United en chanclas y pijama mientras era norma no escrita que se hiciera en chándal y deportivas. Aquel que fue el primer jugador de la historia en firmar un contrato profesional a la edad de 16 años.

Adrian Doherty nació y creció en Strabane, en medio de las revueltas que surgían en las dos Irlandas, inmersas en un proceso de guerra civil que derivó en que el chico viviera entre las recurrentes bombas y los crueles asesinatos que se cometían en su entorno. El segundo de cuatro hermanos, Adrian, o Aiden, como se le conocía en casa, heredó de su padre el gusto por el fútbol y, sobre toda las cosas, por el Manchester United. Jimmy, su progenitor, había jugado para el Derry City, el club local y rápido transmitió sus genes futboleros a su nueva generación.

Las primeras muestras de su habilidad llegaron en la escuela primaria, en el colegio St. Mary. Allí se enroló en el equipo del colegio, con chicos todos mayores que él, pero eso no importó para dejar a todos boquiabiertos al poner en práctica lo que había practicado tantas tardes con su hermano mayor Gareth en el jardín de casa. "Era un crío, era más pequeño que todos, pero ya le veías que era el doble de bueno que el resto", admite su amigo Nial. Una visión que corrobora John Farrell, que solía arbitrar los partidos locales de las categorías infantiles."Incluso a la edad de 8 y 9 años ya le veías que era demasiado bueno. Él cogía el balón y... no puedo describirlo. Era como un lagarto, era una especie de Johan Cruyff". 

Doherty / M. United
Su padre empezó a darse cuenta de las capacidades de su hijo a la edad de once años cuando le veía solo en el jardín, sin la mirada de nadie más y empezaba a disfrutar con el balón, o con lo que fuera. "Empezaba a rematar de cabeza el balón contra el muro de casa. No lo dejaba botar. Le veías hacerlo sin problema 100, 200, 300 veces como si nada y el balón no caía. Entonces, cuando pensabas que lo había hecho todo, dejaba a un lado el balón de fútbol, cogía una pelota de tenis y lo repetía. 100, 200, 300 veces. Y no se le caía, lo hacía como si fuera la cosa más sencilla del mundo". Adrian no lo hacía por lucirse, simplemente, por pura diversión. 

A la edad de 12 años, por primera y última vez, un entrenador se atrevió a quitarle del césped. Fue en un campus de verano y Brian McGillon era el encargado de dirigir a los jóvenes en un partido de fútbol gaélico (ver las normas del deporte y su desarrollo aquí). Adrian no tocaba el balón con las manos, se recorría el campo entero controlando con la cabeza y los pies. 

Volvió entonces a disfrutar del fútbol en el equipo Melvin, donde llevaba desde los 11 años. El entrenador decidió subirle a la categoría Sub15, con chicos tres y cuatro años mayores que él. "Adrian destrozó mi carrera como futbolista", recuerda su hermano mayor. "Tenía cuatro años menos que yo y el míster me había dicho que le iba a subir a nuestra categoría. Él jugaba como jugador de banda derecha, como yo, y después del primer partido yo ya era su suplente". 

Adrian Doherty se dio a conocer públicamente en Irlanda el 5 de mayo de 1983. Con casi 13 años, el Derry City había acordado jugar un partido amistoso con el Nottingham Forest, entonces entrenado por Brian Clough y considerado como uno de los mejores equipos del mundo tras su reciente doble conquista europea. Como teloneros, antes del gran evento, había preparado un partido entre los chicos Sub14 del Derry City y un combinado de jugadores de la categoría de la zona. Ahí, entre ellos, estaba Adrian Doherty, preparado para dejar boquiabiertos a toda una multitud que se había dado cita para ver el plato fuerte de aquel día. 

"Para ser sincero, nadie habló del partido entre el Forest y el Derry City aquel día. En boca de todos solo estaba el chico al que acababan de ver", señala Peter Hutton, jugador-entrenador del equipo local. Y es que Adrian marcó los dos goles de la victoria 2-0 ante el Derry Sub14, que era claramente favorito, de una forma que hoy reconoceríamos como 'estilo Messi'. Los goles, por cierto, pasaron vagamente por Youtube hace unos años, aunque rápidamente fueron censurados por Copyright. En ellos se podía ver a un joven chico con las piernas muy largas regateando a todos los que salían a su búsqueda y con una rapidez y un control de balón impropio para un crío de 13 años. 

Tal fue su exhibición, que Brian Clough quedó anonadado y envió Liam O'Kane, su asistente, a que tuviera un acercamiento con su entorno. Sorpresivamente, O'Kane y Jimmy Doherty habían compartido vestuario años atrás en el Derry City y la 'negociación' fue sencilla: El Nottingham Forest quería a Adrian Doherty a toda costa y se fijó una fecha para hacer una prueba. De forma paralela, Doherty dejó Melvin y pasó a jugar en Moorfield Boys, un club que entrenaba Matt Bradley, scouter profesional que había trabajado para el Celtic y para varios clubes de la Primera División Inglesa. "El momento en el que le vi, sabía que era el mejor chico que había visto desde George Best", admite Bradley. 

Entonces, el Arsenal estaba siguiendo a McIvor, un compañero de Adrian en Moorfield. El ojeador John Dillon había sido enviado para seguir al jugador, pero tras ver un partido de exhibición, rápido cambió su hoja de ruta y se centró en Doherty. "Esa misma noche nos llamó y nos dijo que el Arsenal quería ficharle", señala Jimmy Doherty. A los pocos días pasó una prueba y al día siguiente ya tenía el acuerdo con el Arsenal preparado para ser cerrado. Matt Bradley, seguidor empedernido del Manchester United, dolido porque le iban a quitar a su perla, escribió una carta a Sir Alex Ferguson. Ya que le iban a quitar a su jugador, que lo hiciera el equipo del que él era hincha. Ferguson no dudó en responder a la petición de su homólogo y mandó a un ojeador a ver jugar a Doherty. Solo hicieron falta 10 minutos para que el Manchester United ofreciera su futuro a Doherty. 

"Hemos observado a su hijo y queremos ofrecerle un contrato", le dijo Sir Alex Ferguson al padre de Adrian cuando llamó a la familia por teléfono. "Cuando evaluamos a un jugador joven, vamos marcando las casillas en las que destaca: Velocidad, coraje, técnica, fuerza, visión y algunas más. Con Adrian hemos marcado todas las casillas, lo que es extremadamente raro". Arsenal y Nottingham Forest no tenían nada que hacer.

Así, con 14 años (aunque llegaría a la entidad de forma oficial meses más tarde), Adrian Doherty se convirtió en jugador del Manchester United, cuya camiseta solo se quitaba para ponerse la de Irlanda del Norte, en cuya selección juvenil jugaba desde hacía tiempo y donde compartía equipo con Brendan Rodgers. En una Irlanda dividida, ser católico aparentaba ser un gran hándicap. Era el único de toda la plantilla en serlo. Eso levantaba ampollas y prejuicios que se esfumaban nada más le veían tocar el balón. No obstante, eso y la incapacidad futbolística de sus compañeros le hizo pensarse en más de una ocasión cambiarse de bando y jugar con República de Irlanda, donde ciertamente sería mejor aceptado y donde podría tener una mejor carrera. 

Poco a poco empezó a integrarse en la vida del Manchester United. Vivía en un centro junto a otros compañeros y hacía largas concentraciones a las que iban todas las categorías de los Red Devils. Le costó adaptarse a vivir fuera de casa, tanto que incluso, un día, pidió al club que le dejaran volver a casa. Ferguson, sabedor del talento que tenía entre manos y que Doherty no era como el resto, le permitió marcharse unos meses. Pero Adrian nunca quiso volver. La morriña que sufría en el Cliff, famoso centro de entrenamiento del United desde 1938,  le impedía sentirse cómodo y el club acabó haciendo una excepción única para que el chico viviera en casa de unos familiares lejanos, que residían relativamente cerca del cuartel del United. 

Los tiempos en Old Trafford eran difíciles. El equipo rozaba el descenso en la temporada 1989/90 y Sir Alex Ferguson estaba en el alambre. Su continuidad como técnico estaba en entredicho y solo el buen hacer del equipo juvenil, que lideraba Doherty por la derecha junto a Giggs por la izquierda, mantenía la posibilidad de un futuro esperanzador. Ferguson le había dedicado mucho tiempo a los juveniles y eso lo sabía la directiva, pero los resultados inmediatos que exigía la grada para el primer equipo no llegaban y eso pesaba demasiado. A la gente descontenta, entonces, se le invitó a acudir a los duelos del equipo juvenil, donde la directiva estaba segura quedarían maravillados.

 FA Cup Youth Semifinal. 1 de abril de 1990. Arriba: Bosnich, Ryan Giggs, Darren Ferguson, Sixsmith, Lydiate, Sean McAuley.  Abajo: Mark Gordon, Craig Lawton, Lee Costa, Tonge y Adrian Doherty / Man. United
Esos partidos los seguía, y los sigue, Tony Park. Park es uno de los aficionados más célebres del Manchester United, conocido por su exhaustivo seguimiento de todas las categorías desde que tenía uso de razón. Su colección de libros del club es inenarrable y guarda recortes, fotos y notas personales de cada partido que pudo disfrutar, que en categoría juvenil, han sido prácticamente todos en los últimos 40 años. "Era un demonio de jugador. Si puedes llegar a imaginarlo... Coge un poco de Ryan Giggs, un poco de Andrei Kanchelskis y un poco de Cristiano Ronaldo. Mézclado todo, y ahí tienes a Adrian Doherty", revela Park, que describe en sus crónicas particulares las hazañas de Doherty con el equipo juvenil. "Él era imparable, recuerdo a un entrenador del equipo decirme que solo había tres jugadores en toda la plantilla que llegarían al primer nivel: Giggs, Scholes y Doherty. Solía decirme que Giggs tenía una zurda magnífica y velocidad y Scholes era control y muy constante en el juego, pero que Doherty lo tenía todo", añade Park.

Gary Neville, que era dos años menor que Doherty y ya de vez en cuando entrenaba y jugaba con su equipo, recuerda: "Tenía un talento fantástico. Tenía mucha facilidad para regatear jugadores, poseía una gran habilidad. No he visto nunca nada como él. Tienes que tener mucho cuidado cuando haces este tipo de comparaciones, pero tenía una habilidad como la de Messi".

Doherty / Man. United
Con 16 años y 287 días, Sir Alex Ferguson incluyó a Adrian Doherty en una concentración con el primer equipo del Manchester United. Era el jugador más joven en hacerlo desde que en 1953 lo hiciera el mítico Duncan Edwards. Varios jugadores de la primera plantilla estaban entre algodones y, de no pasar una prueba física, Adrian haría su debut oficial en una convocatoria. No sucedió, pero el jugador empezó a sumar convocatorias ya con el primer equipo. Ferguson quería que cogiera experiencia, pero de momento rehusaba a darle la alternativa pues el equipo juvenil estaba en las fases finales de la FA Cup y quería que su mejor jugador le diera el título al segundo equipo.

Al final de la temporada 1989/1990, Doherty fue llamado a las oficinas del club. Allí se le ofreció un contrato profesional. A excepción del mencionado Edwards, nunca antes ningún jugador firmó un contrato profesional a tan temprana edad y, además, ninguno había llegado a las cifras que el Manchester le ofrecía a un jugador que ni siquiera había cumplido los 17 años. 200 libras semanales fijas, más bonus por partidos, victorias, goles, más una suma de dinero de cinco cifras que no se quiso revelar al final de cada una de las cinco temporadas que le habían ofrecido.

Doherty, que jugaba al fútbol por divertirse, que no esperaba, ni quería, la admiración del graderío cuando tenía el balón en los pies, que solo quería disfrutar del momento por querer sentirse Forever Young, que, pese a que tenía ambición por ser el mejor jugador del mundo, no perdía un solo minuto que pudiera dedicar a componer canciones y poesía, decidió rechazar el contrato. "No sé dónde quiero estar en los próximos cinco años", se excusó. 

"¿Cuánto quieres firmar?", preguntó Ferguson.

"Un año, quizás dos", contestó Doherty.

"Tienes que pensar bien lo que estás diciendo. Es una buena oferta, hay chicos en tu equipo que darían su brazo derecho por un contrato como esté", sugirió el técnico.

Al final, Adrian Doherty firmó por tres años y ligó su futuro inmediato al Manchester United, que ya estaba preparando el terreno para su debut oficial con el primer equipo. Adrian Doherty fue informado, de forma oficial, de que iba a entrar en una convocatoria en los próximos partidos. Sin tener que esperar a que un compañero no pasara el corte médico, sin tener que aguardar al último momento para saber si iba a estar en el banquillo o en la grada, Adrian Doherty se preparó para el día que estaba marcado en rojo en el calendario de su vida: el 3 de marzo, ante el Everton, iba a ser el día de su debut. Pero llegó el día y, en su lugar, quienes sí debutaron fueron Giggs y Darren Ferguson. Doherty, en cambio, vio el partido desde la grada junto a Steve Bruce, Bryan Robson o Mark Hughes, todos lesionados.

"No te preocupes, llegará pronto", le dijeron los veteranos. Adrian, tocado de su rodilla por un 'pequeño' problema surgido apenas 10 días antes, se cayó de la lista en el último momento. Y es que ese pequeño problema fue más grave de lo que a priori pareció y terminó con la carrera de un futbolista que nunca llegó a jugar un partido profesional, que fue el mejor jugador que nunca pudimos llegar a ver y del que sólo disfrutaron unos pocos afortunados.

"Aún puedo ver, cada día, el partidillo y el momento exacto en el que Adrian se rompió el cruzado, o cualquiera que fuera la lesión que tuvo", admitió Sir Alex Ferguson en 1999 (8 años después de la lesión), mirando desde la ventana de su despacho el campo de entrenamiento donde todo sucedió. Fue el 23 de febrero de 1991, una semana antes del partido contra el Everton que nunca pudo jugar. El Manchester juvenil estaba jugando un partido de entrenamiento contra los chicos del Carlisle cuando la rodilla de Doherty hizo 'BANG'. "No fue falta, simplemente un balón dividido. Fuimos al choque, la rodilla se me torció y yo me caí. No me dolía, me levanté e intenté correr rápido a por el balón, pero no podía andar", explicaba Doherty.

Jim McGregor, fisioterapeuta del club, intuyó que se podía tratar del cruzado. Nadie entró en pánico. La rotura del ligamento cruzado hasta entonces era una lesión prácticamente desconocida. Los esguinces o las distensiones sí estaban más vistas y con algo de reposo y rehabilitación, el jugador podía volver a jugar en unas semanas. Ese fue el primer diagnóstico que se le dio a un Adrian que, ahora sí, admitía sentir un dolor insoportable.

El problema es que ningún médico se ocupó del caso en primera instancia, y McGregor, que solo era un fisio, no puso nunca en los informes que podría ser una lesión de ligamento cruzado. Nadie ordenó hacer un escáner, se concluyó que el chico tenía solo un esguince y que rápido estaría disponible para jugar. Así, el 22 de marzo, su nombre aparecía entre los titulares del partido de FA Cup juvenil ante el Southampton en el folleto que se repartía en la puerta del estadio, aunque nunca llegó a jugar. 

En mayo del mismo año, dos meses y medio después de la lesión, Doherty volvió a los campos. Haciendo rehabilitación por su cuenta, sin asesoramiento del club, Adrian ya estaba de vuelta para jugar el torneo Blue Stars, donde los juveniles de los mejores equipos de Europa medían sus fuerzas en partidos de 40 minutos. En solo 24 horas, Adrian jugó cuatro, todos completos. Cuando terminó el torneo y sin casi tiempo para llegar de Zúrich, Adrian fue convocado para ir con el primer equipo a un doble encuentro amistoso en Trinidad y Tobago. En vista de la situación de fatiga que sentía y de la cercanía de la lesión, le pidió al club que le liberara y tener así algo de descanso. La misiva fue rechazada y Adrian viajó con el equipo para caer lesionado en el primer partido. Esa rodilla no estaba bien.
Adrian Doherty / The Guardian
Se fue entonces de vacaciones, como el resto de la plantilla, y volvió el 24 de julio para preparar la pretemporada. Fue entonces, cinco meses después de la lesión, cuando el cuerpo médico se decidió a hacerle una resonancia magnética en la que se descubrió que tenía una rotura en el ligamento anterior cruzado de su rodilla derecha. Una lesión que no era desastrosa, según Jonathan Noble, el médico que se encargó del caso, que decidió que no era necesario operar. 

El 4 de septiembre de 1991 no había ningún signo de mejora por parte del jugador, por lo que Noble se decidió a practicarle una artroscopia, en la que se descubrió que el jugador tenía también roto el menisco y se corroboró el diagnóstico de la rotura del ligamento, aunque Noble continuó afirmando que no era necesaria una cirugía de reconstrucción del ligamento. 

Así, Doherty se enfrentó a días, semanas y meses de recuperación, siempre por su cuenta. Haciendo los mismos ejercicios de fuerza día tras día, hora tras hora, en soledad, mientras en el campo anexo disfrutaban del balón los que ya eran sus compañeros del primer equipo. 

El 7 de diciembre de 1991 Adrian Doherty hizo una nueva aparición con el equipo reserva. Allí, la expectación era máxima por dos motivos: ver al chico norirlandés que estaba en boca de todos de vuelta y comprobar si aquel pelirrojo apellidado Scholes que llevaba semanas jugando a gran nivel era realmente tan bueno. Ian Brunton, un especialista del equipo reserva del Manchester durante años, recuerda su reaparición como "Catastrófica. Él parecía una sombra del jugador que yo había visto antes. Esto suele ser normal en jugadores que han estado mucho sin jugar, pero a él se le veía raro. Ni siquiera su estilo de correr era el mismo". 

11 días después, el 18 de diciembre, el médico Noble pidió una segunda opinión y se decidió a operar al jugador. "O pasas por el quirófano, o no podrás volver a jugar al fútbol de nuevo", le dijo el doctor. Habían pasado 10 meses desde la lesión y el jugador había reaparecido hasta en tres ocasiones distintas, con el ligamento cruzado y el menisco rotos. 

Sin confiar en Noble, que había cambiado de diagnóstico muchas veces en poco tiempo, Adrian y su padre viajaron en búsqueda de una nueva opinión, que recaería en el cirujano McClelland. "Mi sensación era que con la lesión que tenía sería muy difícil volver a jugar al fútbol a nivel profesional. Que incluso ni recuperaría su nivel previo", señaló el doctor. La operación se le practicó en febrero de 1992, un año después de la lesión y durante los siguientes dos meses el jugador tuvo que empezar la rehabilitación en su casa, por su cuenta, sin ninguna supervisión, de forma totalmente rudimentaria. 

En abril retornó a Manchester para empezar ejercicios con los fisioterapeutas y la opinión de McGregor era que la operación no había salido bien, como sí aseguraban los médicos. Un mes después, toda la plantilla y cuerpo técnico se fue de vacaciones. Doherty, que vivía con su amigo Leo en un piso compartido, hizo las maletas y de un momento a otro se plantó en Estados Unidos. De manera simultánea, los únicos en Mánchester que seguían con actividad eran los juveniles, donde Giggs, los Neville, Gillespie, Savagge, Beckham, Nicky Butt y Paul Scholes se alzaban con el título mientras Doherty se dedicaba a tocar sus canciones en locales de poca monta, a recitar sus poemas en los trenes de la Gran Manzana.

Con el fin de las vacaciones, la rutina de gimnasio retornó hasta que el 30 de enero de 1993, casi dos años después de la lesión, el momento parecía haber llegado: Adrian Doherty tenía el alta. Volvería a jugar al fútbol. Sus primeras actuaciones fueron totalmente desesperanzadoras. Dicen que antes de la lesión, nunca un lateral pudo arrebatarle el balón cuando Adrian iba en carrera. Ahora parecía otro, totalmente vulnerable, superado siempre por su par. Un jugador mortal con un mal día, pero uno detrás de otro. 

Adrian confirmaba entonces a su entorno que no estaba 100% recuperado de su rodilla pero, con todo, llegó a confesar a su padre que empezaba a sentir las sensaciones positivas del pasado. Lo hizo tras encadenar varias actuaciones notables y su llama del fútbol, esa que llevaba dos años apagadas, pareció por poco brillar. Quizás Adrian Doherty, el chico al que se le había roto el corazón por no haber podido debutar con el Manchester United ante el Everton en marzo de 1991, volvía a sentir el gusanillo del fútbol más de dos años después. 

Poco le duró la alegría, pues el Manchester United decidió no renovarle y ahí acabó su historia, con 20 años, en el que había sido el equipo de su vida, del que era fan desde niño. "No parecía dolido ni enfadado. Desde el primer día pasó página", afirman su padre y su madre. Rápido entendió y aceptó que el fútbol no iba a ser su vida y ni siquiera se molestó en buscar un nuevo equipo. Se dedicó entonces en cuerpo y alma a la composición, a su música, a sus poemas. Y no volvió a hablar del Manchester United, ni de su pasado como jugador, nunca más. 

La sensación de despecho que no tenía él sí se apoderó de su entorno, que no entendía que, tras dos años de lesión, al club le hubieran bastado cinco partidos para decidir que no era un jugador válido, en una lesión que deja importantes traumas psicológicos. Para más inri, ese mismo mes de mayo, según Adrian salía del club por la puerta de atrás, el Manchester United se proclamaba campeón de la Liga Inglesa por primera vez desde 1967. Era el inicio de la era exitosa de Ferguson. Aquel que mantuvo su puesto porque en el equipo juvenil jugaba un Adrian Doherty capaz de sostener, con sus actuaciones, el mal rendimiento del primer equipo, de apaciguar las críticas porque él era el futuro del Manchester United y lideraría una generación esperanzadora. 

Cuando las noticias de su salida de Old Trafford llegaron a Irlanda, rápido en las filas del Derry City se empezó a trabajar para intentar fichar al jugador. Adrian se había asentado en Preston ya entonces, y el club le ofreció no entrenar y acudir solamente a los partidos los fines de semana. Como simple hecho de diversión, pues la Liga Irlandesa no era profesional, y por defender los colores que una vez había llevado su padre, Adrian aceptó la oferta. Roy Coyle, entonces a cargo del Derry, llamó a Ferguson para preguntarle por el estado del chico, temiéndose entonces que llegara un crío con aires de grandeza que alterara el vestuario. "Si él consigue estar sano, centrado y motivado, puede jugar a cualquier nivel", contestó Ferguson. 
Adrian Doherty y Liam Coyle en el Derry City

Lo que se presentó aquel día en Irlanda fue totalmente lo contrario de lo que Coyle auguraba. Un chico con ropas anchas de segunda mano, despeinado, con una guitarra a cuestas y un par de botas de fútbol viejas. "Todo lo contrario de lo que te puedes imaginar de un adolescente que ha hecho dinero jugando en el Manchester United". Tras su primer entrenamiento, nadie tuvo ya dudas, su toque de balón seguía intacto. "Tú no debes estar aquí. Eres demasiado bueno para nosotros. Tienes que estar aterrorizando defensas en la Premier League", le dijo Coyle al segundo día. Ciertamente, el entrenador quería que Doherty acabara firmando con ellos mucho tiempo, pero sentía que tenía el deber de convencerle para que volviera a la Premier League, donde cualquier equipo que no fuera el Manchester estaría dispuesto a ficharle. 

El caso es que, tras la disputa de cuatro partidos, Adrian Doherty decidió dejarlo. Se sentó con el entrenador y le confirmó que no podía seguir jugando. "Me dijo que no se divertía ya jugando al fútbol y que el dolor que él sufría cuando jugaba en su rodilla era insoportable. Que se quería dedicar a tocar la guitarra". Y ahí acaba la carrera como futbolista profesional de Adrian Doherty, que se puede resumir en un puñado de partidos amistosos con el primer equipo del Manchester United y cuatro como jugador del Derry City.

Y eso, cantar, fue lo que hizo. Dicen que no se le daba nada bien (se le puede ver micrófono en mano en varios locales en vídeos de Youtube) eso de entonar, que lo suyo ciertamente era la composición, para lo que era un dotado. Aunque por su faceta de showman, fue capaz de ir poco a poco logrando espectáculos, que la gente se divirtiera con él y vivir de ello durante un tiempo. Trabajó también en una fábrica de chocolate, como botones en un hotel, en una panadería, como cartero y en una fábrica de metal. Nunca le dijo a nadie quién era, ni de dónde venía. No mencionaba que había sido jugador del Manchester United, y que llegó a ser considerado el mejor talento de Irlanda y el futuro mejor jugador del mundo. 

John O'Connell, el dueño del hotel que le contrató como portero, le dejó una habitación en su casa para vivir. "Yo siempre veía el fútbol. Era la época en la que Manchester United y Newcastle se jugaban todos los títulos. Siempre intentaba que Adrian viera el fútbol conmigo, pero nunca mostró ningún interés en ello", señala. "Me dijo que había trabajado en muchas cosas antes, pero no mencionó nada de su pasado como futbolista". 

Su vida acabaría prematuramente de la forma más trágica posible. Tras vivir dos años y medio en Preston y cuatro en Galway, Adrian Doherty puso rumbo a Holanda, donde le había llegado una oferta de trabajo. Quería probar nuevas experiencias y no dudó en hacer las maletas. 

El 7 de mayo del 2000 un paciente entró en coma en un hospital de La Haya. presentaba graves daños cerebrales y había estado expuesto a una alta falta de oxígeno tras haberse caído a un canal y haber quedado inconsciente. No tenía documentos de identificación y lo único que se sabía de él, por su apariencia, era que podía ser escocés o irlandés y que presentaba una cantidad enorme de marcas y cicatrices en su rodilla derecha. Adrian Doherty, que no sabía nadar y le tenía pánico al agua, estuvo cinco días sin identificar hasta que su familia, preocupada porque no daba señales de vida, consiguió dar con él. 

Adrian Doherty murió el 9 de junio del 2000, justo un día antes de su 27º cumpleaños. Ese mismo año, el Manchester United había vuelto a ganar la Premier League y justo un año antes, los Neville, Beckham, Scholes y Ryan Giggs, esa generación que él estaba llamado a liberar, se había alzado con la Liga de Campeones tras remontar un duelo apasionante al Bayern Múnich en el tiempo de descuento. La policía determinó, tras una larga investigación, que su muerte fue accidental (cerca de 100 personas pierden la vida al año en Holanda por la misma causa) al ir corriendo a coger un tren para ir a trabajar, resbalar y caer al canal. Los médicos aseguraron que, de haber sobrevivido, podría haber sufrido daños cerebrales irreparables.

En su funeral, su hermano pequeño, a quien Adrian había enseñado a tocar la guitarra, tocó para él 'Forever Young', de Bob Dylan, que era su cantante favorito. El Manchester United propuso la creación del Adrian Doherty Trophy, un memorial a jugar cada año que su familia rechazó y en 2007 sacó un artículo en su programa prepartido que contaba la historia del jugador, titulado 'Adrian Doherty: The star we never saw'. "Iba a tener una carrera asombrosa. Tenía un talento terrible, era un jugador habilidoso, no era débil en ningún aspecto", admitió Gary Neville al ser abordado, justo al final de su exitosa carrera. 

La historia de Adrian Doherty pasará de padres a hijos, de generación en generación, como la historia de lo que pudo ser y nunca fue. Una lesión de rodilla nos apartó de ver a un jugador que todos tildaban como superlativo. Un chico del que, todos los que habían jugado con él, admitían era el mejor jugador que habían visto jugar. El ojito derecho de Sir Alex Ferguson, cuya carrera salvó jugando incluso en el equipo juvenil. Ryan Giggs, David Beckham o Paul Scholes eran meros teloneros, acompañantes, de un chico que podía jugar con la derecha, con la izquierda, correr, cambiar de ritmo cuando quería o regatear en corto sin flaquear. 

Cuando Brendan Rodgers llegó en 1990 al Reading, allí estaba Jim Leighton, cedido por el Manchester United. Se pusieron a hablar sobre la vida en Old Trafford y en Cliff Ground y entonces la conversación se desvió. "Le pregunté si conocía a un chico juvenil del equipo, del que me habían hablado muy bien, y me dijo que no. La misma respuesta que recibí al hablar de otro", apuntaba Rodgers. "Entonces, mencioné que conocía a un chico norirlandés llamado Adrian. ¿El Doc? me dijo, El Doc es como una leyenda".

-Agradecimientos a Oliver Kay. Gran parte de lo que aquí se narra está sacado de su libro 'Forever Young', que puedes comprar aquí. 

domingo, 11 de diciembre de 2016

Dwight Gayle llama a la puerta de Southgate



Si mandas un balón al espacio, ahí estará Dwight Gayle. Si dejas un balón muerto en el área, ahí estará Dwight Gayle. Si sobrevuela un balón aéreo, ahí estará Dwight Gayle. Si pones un balón en el centro de la zaga rival, donde no hay hueco ni para una hormiga, ahí estará Dwight Gayle.

Muy pocos entendieron el fichaje de Dwight Gale (Londres, 1990) en verano por el Newcastle. Gayle abandonaba el Crystal Palace, de Premier y donde le habían brindado la confianza los últimos años, por un Newcastle de Championship, donde tendría que disputar un puesto en la delantera con Mitrovic, que tras un año de adaptación se postulaba como titular. Hoy, 16 partidos y 16 goles después, todo ha cambiado y las piezas encajan. Sólo los pocos que en su día intuyeron que el cambio iba para bien pueden presumir de vislumbrar lo que está sucediendo.

Dwight Gayle nunca fue un delantero muy dotado de nada que no fuera lucha y garra. Y eso que muchas veces, sus mejores armas se iban de vacaciones y quedaba sobre el verde un jugador desalmado, de esos que se suelen llamar pechofríos. Con Rafa Benítez en el banquillo y con la exigencia de no relajarse porque detrás hay un serbio hambriento de gol, Gayle lleva el 9 del Newcastle con honor. Hay pocos dorsales relacionados con equipos más representativos que la zamarra 9 de las urracas. Esa que llevaron Jackie Milburn, Les Ferdinand o Alan Shearer, algunos de los máximos artilleros de la historia de la Liga Inglesa. 

El inicio de temporada del punta británico ha sido huracanado y con sólo 1282 minutos disputados en Liga (repartidos en 16 duelos), ha logrado ya ver puerta en 16 ocasiones. Gayle marca un gol cada 80 minutos. Para ponerlo en perspectiva, Messi lo hace cada 85 minutos, Ronaldo cada 95, Agüero cada 101 y Diego Costa cada 110. Mitrovic, su suplente, por cierto, lo hace cada 120. Nada mal.

Su facilidad para ver puerta esta campaña es abrumadora, tanto que en sólo cuatro de meses de competición ya ha logrado superar las cifras goleadoras que tenía sumando todos sus goles conseguidos en las tres campañas anteriores, con el Crystal Palace: 15. Su olfato, además, se reparte en casi todos los aspectos del juego y Gayle ha conseguido anotar de todas las formas posibles. Ha demostrado ya que le encanta moverse entre la defensa, superarla por velocidad y correr al espacio balones que casi siempre sale ganando, muy al estilo Jamie Vardy. Ha sido un baluarte en balones aéreos y de sus 16 dianas, varias son imponiéndose de cabeza a sus marcajes. Ha sabido estar en el momento oportuno, recogiendo rechazos dentro del área, saliendo beneficiado de rebotes. Y hasta de falta directa. Su primer toque es letal.

Todo esto hace que Gayle encabece la lista goleadora de la Championship y los equipos ingleses, siempre con la chequera preparada, ya han puesto sus ojos en él para el próximo verano sacar los millones a pasear. Coincide su gran momento de forma con el declive de los puntas ingleses. Si bien Rooney ha perdido comba en el Manchester United, donde ya ni es titular, Harry Kane parece haber perdido sus poderes y se ha contagiado del mal inicio liguero de los Spurs. Más allá, Daniel Sturridge vuelve a no estar, siendo la última opción de Klopp en la ofensiva y Jamie Vardy, que ayer recordó un poco quien era, no se acerca ni de lejos al ariete que el curso pasado asombró al mundo. 

Todo esto provoca un ecosistema idílico para que Gareth Southgate, técnico provisional de la selección de Inglaterra, se atreva a convocar al punta del Newcastle con los pross. Si uno suma los goles logrados, en Liga, por los cinco delanteros que acudieron a la Eurocopa (Rooney, Rashford, Kane, Vardy y Sturridge) en lo que va de temporada, el resultado es de 16 dianas. Las mismas que ha logrado Gayle. A la selección, se supone, que acuden los jugadores en forma y Gayle, que nunca ha representado a Inglaterra en ninguna categoría, está tirando la puerta abajo para recibir la llamada. Vale que su escenario no es la Premier, sino la Championship, pero goles son goles y la forma que ahora mismo tiene el magpie es envidiable. 

Con cuatro dobletes y tres hattrick, sus cifras son las mejores del panorama europeo. Su último encuentro, ante el Birmingham, fue la confirmación del éxito. Gayle logró tres tantos y dio la asistencia del otro en la victoria 4-0 del Newcastle ante el equipo del sur de las Islas. Ha conseguido que la grada, que tenía como favorito a Mitrovic, sienta un amor especial por su nuevo delantero centro. Y no, Gayle no puede parar de marcar.

domingo, 21 de agosto de 2016

La llegada de un ídolo decapitado


Hubo un tiempo, hace no mucho, en el que la selección de Bélgica no era lo que es hoy. Ni Hazard, ni Lukaku, ni Carrasco, ni De Bruyne, ni Courtois ni Alderweireld, sólo por mencionar algunos, formaban parte de los Diablos Rojos entonces. Vincent Kompany, hoy capitán, acababa de debutar con el primer equipo y una joven promesa llamada Steven Defour acaparaba todas las miradas en el país belga. Su buen hacer en las inferiores, su impacto en sus primeros partidos como profesional, su fichaje por el Standard de Lieja y su determinación sobre el campo, pese a ser apenas un imberbe, le proyectaron como uno de los tesoros más codiciados del mercado. 

Así, a su debut con el Standard, le siguió la consecución de dos Ligas de Bélgica, trofeo que que no ganaba el equipo desde hacía 25 años, otro par de Copas del país y una Supercopa. A los 19 años se le acreditó como el mejor jugador de la Liga, obtuvo la Bota de Oro belga por ello y los grandes de Europa pusieron las miradas en él. Cada mercado, la prensa española lo calificaba como la opción B del Real Madrid, siendo la A gente del tronío de Lampard o Gerrard. El caso es, que con 21 años recién cumplidos, Steven Defour se rompió el pie y esa lesión cambió absolutamente todo para el jugador que hoy, es el nuevo fichaje del Burnley y al fin aterriza en la Premier League. 

Sir Alex Ferguson, aún entrenador del Manchester United, se puso en contacto con el jugador, con quien no tenía ningún tipo de relación, por quien no se había interesado como fichaje pero al que conocía y apreciaba futbolísticamente, sobre todo por su prometedor futuro. "Querido Steven. Me acaban de comunicar sobre su lesión grave durante uno de sus partidos y me gustaría desearle una pronta recuperación de parte de toda la familia del Manchester United. Estoy seguro que está bastante bajo de moral, preguntándose todo lo malo que ha pasado y va a pasar, o cuánto tiempo va a estar sin volver a pisar un campo. [...] Es un trabajo duro, pero va a volver. Estoy seguro que lo sabe. Voy a prestar atención en cómo va a progresar y le pediré información a su club sobre su recuperación para apoyarle [...]. Buena suerte Steven. Confío que esté de buen humor y listo para recorrer el largo camino hacia la recuperación".

Steven Defour volvió a los terrenos casi cinco meses después, pero sus mejores trenes ya habían pasado. Decidió abandonar Bélgica y dar un salto hacia adelante, pero se quedó a medio camino entre lo que pudo haber sido y lo que fue. Su destino fue el Oporto, donde militó con luces y sombras durante tres temporadas. Su mala relación con parte de la grada, con el staff y los pocos minutos que a veces le brindaban, le obligaron a buscar una salida. Y claro, cuando la ventana de escape fue el Anderlecht, eterno enemigo del Standard Lieja, se armó el taco.

Defour, sangre caliente, siempre se ha caracterizado por tener un punto de locura y extravagancia, un cable escondido que se pela poco pero que cuando lo hace no quiera nadie estar cerca. Un pequeño aprendiz de Bad Boy que encierra una diestra magistral. Una capacidad descomunal para generar y organizar juego, para canalizar cada balón que le llega y devolverlo en condiciones óptimas, un golpeo con la derecha envidiable. Un líder. Y es por eso que, en su vuelta al estadio del Standard con la camiseta del Anderlecht, no volvía uno más. Ya en la previa, los hinchas locales desplegaron una pancarta visible para el belga a su bajada del autobús. "De héroe a nada". 

No era más que la preparación para lo que venía: Camisetas quemadas y tiradas a la basura, cánticos en contra del mediocentro y un tifo cuidadósamente preparado donde un hombre encapuchado sostenía un machete en una mano y en la otra tenía la cabeza cortada del belga, al lado del lema 'Rojo o muerte'. Defour jamás jugó aquel partido, pues ya le habían sacado de él antes de saltar siquiera al campo. Se vio sobrepasado por la situación, encolerizado por una afición que no le perdonaba su decisión y que le abucheaba cada balón que tocaba. Así, pasada la media hora vio la primera amarilla. Nada más arrancar la segunda mitad, un jugador del Standard cayó lesionado. El balón le llegó a Defour y, según iniciaba la carrera hacia el lateral, el árbitro hizo sonar su silbato. Tan a punto que Defour, enfadado, encolerizado con lo que estaba viviendo, había decidido 'echar el balón fuera' pegando un zapatazo con toda su fuerza que alcanzó la grada con gran violencia. La respuesta fue la roja y el triunfo del Standard sobre el verde, que venció a un Anderlecht al que la grada había expulsado.

Ahora, con 28 años, a Defour se le presenta al fin la oportunidad de jugar en la Premier, el sueño de toda su vida. Lo hará en el Burnley, en modesto club recién ascendido y tendrá que sustituir a otro Bad Boy como Joey Barton, que se ha mudado a Glasgow para jugar con los Rangers. El Burnley ha pagado 9 millones de euros por él, la cifra más cara de toda su historia y de momento, el belga ya se ha destapado como lo que es, un jugón. En su debut, los clarets sorprendieron a todo un Liverpool que había sido la sensación de la jornada inaugural con una participación exquisita de un Defour que ya es el ídolo de la grada. Le llega tarde, pero le llega. Una segunda madurez que puede mostrarnos la mejor versión del belga. No a todos les manda una carta Sir Alex.



viernes, 10 de junio de 2016

¿Por qué Mitrovic debe quedarse en el Newcastle?

Cuando Aleksandar Mitrovic tenía 18 años y apenas acababa de ver la luz como jugador del primer equipo del Partizán, su compañero Markovic, en una entrevista que se hicieron el uno al otro para el canal del club serbio, le preguntó en qué equipo soñaba con jugar, su respuesta dejó a todos boquiabiertos: "Newcastle United", dijo sin siquiera pensarlo, casi cortando a un Markovic que ejercía con criterio de periodista. Podía haber elegido Real Madrid o Barcelona, como casi todos, o en caso de soñar con disputar la Premier League, el Manchester aún de Ferguson ganaba a todo y a todos, el vecino tenía el dinero y el Chelsea siempre era un atractivo. Pero no, no titubeó al nombrar al equipo que juega en St. James Park. Acababa de cumplir los 18, un futbolista ambicioso, extravagante, de esos a los que el ego a veces no les cabe en el pecho que se ha ganado más de un apelativo del estilo El Ibrahimovic Serbio. Tenía todo el derecho del mundo a soñar con jugar en el mejor club del mundo, en el que más dinero le pagase o en el que pudiera ser más famoso, pero eligió el Newcastle, entonces 17º clasificado de la Premier, un equipo a la deriva a un par de puntos del descenso.

Para su disgusto, fue el Anderlecht belga el que se hizo con sus servicios al pagar cinco millones de euros tras poco más de medio año rayando a gran nivel en Partizán. Dos temporadas y 36 goles después, el Newcastle se hizo con Mitrovic y se cumplió un sueño. Dicen muchos que la temporada del controvertido jugador serbio ha sido un desastre. Y es que las urracas, que pagaron 18'5 millones de euros por el punta, han terminado descendiendo a Segunda División. Uno de los fichajes más caros de la historia del club. Sería injusto quedarse sólo con esa cifra sin analizar bien la temporada del serbio. Nueve goles en 34 partidos (y cuatro asistencias), jugando sólo 22 de titular, que le dan un bagaje de un gol cada 235 minutos. Nada mal para un conjunto que sólo ha hecho 44 en toda la campaña. Es decir que, siendo titular sólo en más o menos la mitad de los partidos y jugando los tramos finales de la otra mitad, Mitrovic produce más del 25% de los goles del Newcastle. Hay jugadores que tienen mala fama y el serbio es uno de ellos. Con el cartel de polémico, extravagante, duro, agresivo y hasta en ocasiones antideportivo, Mitrovic sólo tardó 15 segundos en ver la tarjeta amarilla en su debut en la Premier League. Los árbitros, avisados desde el inicio de la temporada de aquellos jugadores marcados con una X, no le pasaron ni una. En su segundo duelo tardó un poco más, y fueron casi dos los minutos que aguantó hasta ver la amonestación. Ahora, con el Newcastle en Championship, es la hora de apretarse el cinturón. El recorte económico por jugar en la segunda categoría del fútbol inglés se deberá traducir en la venta de aquellos jugadores con el sueldo más alto. Y Mitrovic, al que además le acompaña un gran cartel en el panorama internacional ya no sólo por lo que es, sino por lo que será, es uno de los candidatos a hacerlo. Con caché suficiente como para recuperar lo invertido en él el verano pasado, las puertas se le abren de par en par junto a jugadores como Wijnaldum o Janmaat.

Mitrovic llegando al aeropuerto / TWITTER
Es ahora cuando entra en juego la voluntad de un jugador que ha mostrado compromiso con un club cuando ni siquiera era el suyo. Que está cumpliendo el sueño de jugar en el equipo de sus amores. Porque él no quería ganar la Liga ni la Champions, él quería jugar en St. James Park de negro y blanco. El curso pasado, con una oferta interesante de la Roma y acercamientos fuertes sin concretar de Benfica (donde había entonces un puñado de balcánicos) y Oporto, Mitrovic paralizó todo cuando se inmiscuyó en las negociaciones el Newcastle. No quiso saber nunca nada de nadie más, ni de los romanos, con quienes estuvo muy cerca de rubricar su firma. Inquieto, nervioso, saltarín desde que se confirmó que las conversaciones con las urracas estaban muy cerca, dicen en su entorno que se enfundó una zamarra blanca y negra y ni siquiera se la quitó para dormir la noche antes de viajar al noreste de Inglaterra. Y así se presentó en el aeropuerto, bajándose ya del avión enfundado en la que iba a ser su nueva camiseta incluso antes de estampar su nombre en el contrato. Con una sonrisa de oreja a oreja, dejando ver todos sus tatuajes y relojes, dos de sus pasiones. 

Es por todo ello que Mitrovic no es uno de esos que dice jugar en el club de sus amores tras fichar para ganarse a la afición. Curiosamente, el serbio se ha deshecho en halagos a las urracas más cuando no ha estado que ahora que al fin forma parte de ellos. Es por eso que, aunque no inglés, Mitrovic es un miembro más de la Army Toon. Y uno de los favoritos de ésta, por cierto. Newcastle es tierra histórica de delanteros. Jackie Milburn, Les Ferdinand, Alan Shearer o Michael Owen dan testimonio de ello. También un Andy Carroll al que obligaron a salir por la puerta de atrás y que nunca pudo hacer historia. El amor de Mitrovic por los magpies se remonta a los años noventa, cuando siendo sólo un crío, soñaba con ser Alan Shearer. "Nunca lo he escondido. Lo sabe mi familia, lo saben mis compañeros, lo he dicho en muchas entrevistas. De todos los clubes del mundo, siempre he querido jugar en el Newcastle. Me encantaba Alan Shearer", decía aquel a quien miraban como el raro en su país por no ser fanático de ningún equipo nacional. 

Ya vestido de negro y blanco, nunca rehuyó de la comparación con el inglés ni con los arietes del Newcastle. "Para un delantero es un orgullo jugar aquí. Es muy especial. Todos los que marcan aquí se acaban convirtiendo en leyendas", señalaba, en referencia a loa ya antes citados. Mitrovic no se puede ir del Newcastle, porque además de todo lo ya dicho, es que es muy bueno. Y más que lo va a ser. Que no está 100% hecho es una realidad. Le falta serenidad, templanza, leer mejor los partidos. Le falta experiencia, la que suele necesitar un chico de sólo 21 años. Le falta adaptación. Nada que no se solucione con el tiempo y el correr de los partidos. Puede que no sea lo idóneo para su evolución jugar un año en Segunda, pero en el club no pueden desprenderse de un valor tan grande a la primera oportunidad. 

El serbio tiene que ser pieza capital para el proyecto de Rafa Benítez y liderar desde el campo a una plantilla que necesita volver a la Premier en el menor tiempo posible. ¿Qué mejor entrenador que el español para conducir los inicios de la carrera de Mitrovic? Y si de delanteros va la historia, no es necesario decir que a su lado deberá estar Adam Armstrong, el canterano al que la League One se le está quedando pequeña y al que de momento no se le están dando oportunidades. 

Y es que cuando a Mitrovic le preguntan por su futuro, por su posible traspaso o por seguir jugando en la Premier, él lo tiene claro. Aparca las preguntas, las reconduce y las lleva por el camino que él quiere. "Tengo 21 años. Shearer llegó aquí con 26 y estuvo 10 temporadas para hacer 204 goles. Yo soy más joven, tengo tiempo para llegar a ellos", se ilusionaba, ambicioso, con superar al máximo goleador de la historia de la Premier. Cuando llegó al Partizán, Nemanja Kojic llevaba el 9, así que a Mitrovic se le ocurrió ponerse el 45, pues la suma de sus cifras, daba el 9 de su ídolo Shearer. Un dorsal que no ha abandonado ya (salvo en la selección, donde la elección es limitada) y que admite, sólo volvería a cambiar en caso de que se quedara libre la camiseta número 9 del Newcastle. Ahora, Papiss Cissé, portador del dorsal, tiene las horas contadas en el club. La duda, en Newcastle, debe ser qué número llevará el serbio y no si seguirá o no. Él lo ha dejado claro, como lleva haciendo desde que es un niño. Soñaba con jugar en el Newcastle, en Premier, en Championship o en campos embarrados. Y ahora cumple un sueño. Déjenle que sea él quien nos devuelva a la grandeza.

Mitrovic celebra su gol al WBA / GETTY IMAGES

jueves, 12 de mayo de 2016

Newcastle United FC: cómo descender tras gastar 100 millones de euros


No existe nada más doloroso para un seguidor del Newcastle que perder la categoría en favor del Sunderland. Que una victoria de tu máximo rival, al que por cierto llevas casi una decena de partidos sin ganar, te lleve de cabeza a la Championship (Segunda División inglesa). Dejar la máxima categoría en dos ocasiones en menos de siete años no es casualidad, sino más bien causalidad. Y para un equipo con la historia y el nivel económico del Newcastle, sin olvidar todo lo que es como institución, es una vergüenza y una catástrofe de una magnitud similar a cuando le sucedió al Atlético de Madrid en el año 2000.

Dice Transfermarkt que, en cuanto a valor de mercado, los magpies son el noveno mejor equipo de la Premier League. En el panorama mundial, sólo siete equipos gastaron más dinero esta temporada que el Newcastle en reforzar sus plantillas (108 millones de euros en fichajes invertidos por tan sólo cinco ingresados con las ventas) y se erigen más despilfarradores que clubes como Inter de Milan, Chelsea, AC Milan, Mónaco, Real Madrid, Bayern de Múnich, Barcelona o Tottenham. Esos más de 100 millones invertidos suponen, por goleada, la mayor cantidad gastada por el club en una temporada, doblando casi la anterior, cifrada en 60 cuando al equipo llegaron Owen y Albert Luque, entre otros. Y para más inri, cinco de los nueve fichajes más caros de la historia del club han tenido lugar este curso. A saber: Wijnaldum (20 millones de euros), Mitrovic (18'5M€), Thauvin (18'5M€), Shelvey (16M€) y Townsend (15M€).

Desde que Mike Ashley se hiciera con la presidencia del club, en 2007, el Newcastle no ha sido más que una empresa de compra-venta de jugadores. El equipo ha perdido su espíritu y le han robado el alma y sólo la afición mantiene el tipo de una institución histórica que se ha echado a perder. El dueño de las urracas no ha dejado de utilizar la imagen del club para potenciar su empresa personal (Sport Direct) y engrosar su bolsillo. Hace y deshace a su manera, sin tener ni la más mínima idea de fútbol y ficha y vende sin el consentimiento de sus entrenadores, simples marionetas.

Mike Ashley, en el palco de ST. James Park
Y esta temporada, tras coquetear con los puestos de peligro en las pasadas, el Newcastle ha vuelto a descender. Por segunda vez desde que Ashley cogiera al club. Y nada parece importarle. Las urracas han deambulado por la Premier desde que el hombre cuya mayor preocupación durante los partidos es que no se acabe la cerveza del palco sin rumbo y han estallado decenas de polémicas entre la plantilla que no habrían sucedido en un club grande: la pelea entre Carroll y Steven Taylor en la que ambos acabaron lesionados, el bullying a Ben Arfa para que acabara dejando el equipo, la expulsión del club del capitán Joey Barton por unas declaraciones en Twitter, etc. Ni que decir tiene que el Newcastle ha vuelto a descender con jugadores capacitados para jugar en Europa haciendo un paralelismo con el anterior descenso, que se vivió tras configurar una plantilla que iba a buscar el título en la que había jugadores de la talla de Michael Owen, Damian Duff, Obafemi Martins, Kevin Nolan, Coloccini, Given, N'Zogbia, James Milner, Alan Smith, Mark Viduka, Geremi, Nicky Butt, Joey Barton o Jonás Gutiérrez.


Steve McClaren nunca fue el idóneo para el puesto y que el equipo no iba a gozar de buena salud era algo que se sabía desde la primera jornada, por muy lustrosos e ilusionantes que fueran los fichajes. La Army Toon (hinchada del Newcastle), cansada de su dirigente, lleva años en una eterna lucha pidiendo la cabeza de un Ashley que cada campaña tiene más y más poder en la institución y no se cree ya los cuentos chinos. Obvio que siempre es mejor tener estrellas que jugadores del montón, pero da igual tener 16 jugadores internacionales habituales con sus selecciones como tienen las urracas, que ni por esas. El equipo, desalmado desde la primera jornada, arrastrando un mal que lleva años gestando, ganó partidos y sacó puntos por el talento individual de sus jugadores. Los Ayoze, Wijnaldum o Mitrovic lograron tantos decisivos, puntos esenciales que a la postre se han antojado insuficientes.

Si quedaba algún resquicio de esperanza, todo se torció cuando a principios del curso Tim Krul cayó lesionado. El Newcastle, el equipo que peor defiende de la Liga, el club menos trabajado en la faceta defensiva de todo el panorama mundial, sostenía gran parte de sus esperanzas en el meta holandés, capaz de atajar lo imposible. Con sus 10 años en el club, Tim Krul era el sostén de un equipo que hacía aguas por todos lados. Uno de esos capitanes sin brazalete. Dentro de una espiral negativa de resultados, la llegada de Rafa Benítez bien pudo mejorar algo el equipo, pero no fue nunca suficiente. Más tardía que otra cosa, si el español hubiera llegado un mes antes seguro que habría podido mantener la permanencia y volver a poner una tirita a una herida mal curada que se volvería a abrir con el tiempo.

Si con McClaren el club jugó 29 partidos, logró 28 goles y encajó 53, el buen hacer del español desde su llegada se vio en estas estadísticas. 8 partidos, 11 goles a favor y 11 en contra. Potenció el gol a favor y cortó la sangría de tantos recibidos, pero ni por esas. Cierto que cogió al equipo a un punto del descenso, pero la gran diferencia radica en la mejoría descomunal que sí ha demostrado el Sunderland, empeñado en ganar cada partido para evitar ser relegado. 


¿Y ahora qué?

Dos opciones que en realidad son tres, aunque una no se contemple. Sería esta una venta del club, reestructuración del organigrama y empezar de cero. Como esa es imposible, sólo quedan dos: hacer un buen año y retornar rápido a la máxima categoría, como ya se hizo en 2010; o seguir deambulando por la categoría de plata y acabar en una división aún más baja, situación que ha vivido recientemente el Boltón, por ejemplo. Rafa Benítez es el entrenador idóneo para preparar el asalto a la Championship. Puede rescindir su contrato de forma unilateral, pero hasta el domingo no se sabrá nada. Si es verdad que Mike Ashley le ha dado plenos poderes, cosa que asegura la prensa inglesa y que hay que poner en seria duda, Benítez se quedará y hará un proyecto bueno y bonito a corto-medio plazo, con la llegada posiblemente de muchos españoles. ¿Qué harán los Mitrovic, Wijnaldum o Mbemba? Jugadores contrastados tiene el Newcastle a raudales. Hasta 16 internacionales en la primera plantilla. Se antoja cobran demasiado para una Segunda División y alguno se negará a jugar en una categoría inferior. Difícilmente habrá desbandada, aunque sí saldrá algún que otro jugador importante casi seguro. La materia prima abunda, aunque hay que retocar alguna pieza de mitad de campo para arriba y cambiar por completo la defensa. Quizás sólo Janmaat valga para un equipo que quiere jugar en Premier. No se necesita mucho más. Trabajo, trabajo y trabajo. Aislamiento de la plantilla con respecto a la cúpula directiva y dejar que la mejor afición del país lleve en volandas al equipo donde merece. Joey Barton, antiguo capitán del equipo, tiene la llave: "La directiva no es digna del club".