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viernes, 14 de junio de 2019

El curioso caso de Sunsuke Nakamura

Nakamura, en un entrenamiento en el
Mundial 2010 / Mark Kolbe/Getty Images

Enero de 2002. El Real Madrid de Florentino Pérez irrumpe cada mercado con un fichaje tan sorprendente como inesperado, tan sonado como caro. Los autollamados Galácticos asombran al mundo por plantilla y chequera. Zidane y Figo fueron los primeros en unirse a una plantilla en la que ya estaban Raúl, Guti, Morientes, Casillas o Roberto Carlos. Entonces, desde los medios oficiales de la J-League, un anuncio se filtra: El Real Madrid ha fichado al japonés Shunsuke Nakamura del Yokohama Marinos por un año.

La noticia coge a todos por sorpresa. El Yokohama Marinos tiene que salir a hacer un desmentido público, pero solo un día después, el presidente lo confirma. Es oficial. Shunsuke Nakamura se va al Real Madrid en julio, tras el Mundial, y al Madrid le va a costar 3’5 millones de euros tener al jugador un año en sus filas. Si lo quieren de manera permanente, deberán pagar mucho más dinero que ha sido fijado en una cláusula de compra definitiva.

Los veranos en Pekin, los stage en Los Ángeles... El Boom del fútbol ha estallado y el club blanco encuentra en el fichaje del nipón un filón a nivel de marketing. La Copa del Mundo se celebrará ese verano en Corea y Japón y la noticia eleva al Real Madrid al escalón número uno de los clubes más influyentes del mundo, que entonces estaba en poder del Manchester United. En el acuerdo, además, incluía la disputa de un amistoso entre la Selección de Japón y el propio Real Madrid en mayo, que serviría a unos de preparación para el Mundial y a otros como parte de su festín centenario.

Nakamura, entonces, era el niño bonito del país. Aquel jugador talentoso de 23 años que aún no había dado el salto a Europa. Inamoto acababa de llegar al Arsenal y Nakata estaba rompiendo moldes en Italia. Nakamura, mediapunta zurdo de una técnica superdotada, necesitaba ya abandonar el país. Pero no sabía que su fichaje pudiera ser de tales dimensiones.

¿Por qué nunca jugó Nakamura en el Real Madrid? Nunca lo sabremos. Pero la Liga nipona y el presidente de su club lo anunciaron oficial. El caso es que, pese a la cantidad de títulos individuales tanto japoneses como asiáticos, a Nakamura le costó tener presencia en la selección en los Mundiales. Al de 1998 no acudió, con apenas 20 años y falto de experiencia. Tras su gran año 2000 y su buen hacer en la Copa Asia y en los amistosos previos la Copa del Mundo que Japón organizaba, Nakamura se quedó fuera de la lista de 23, para sorpresa de todos. Una misteriosa lesión le apartó de la lista. Quizás eso malogró el acuerdo. La lesión, o que el Real Madrid no se podía permitir firmar a un jugador de un país menor en cuanto a fútbol que ni siquiera fuera al Mundial.

Y es que una rotura muscular le dejó varias semanas en el dique seco, pero mientras el jugador decía que no era grave y que iba a poder estar en el Mundial, desde la Federación el discurso fue otro. La realidad es que Nakamura no acudió al Bernabéu para el partido amistoso por decisión técnica y que no entró en la lista del Mundial por deseo del seleccionador Phillipe Troussier, con quien se especuló tenía serios problemas personales. En realidad, fue el propio Troussier quien nunca casó con nadie en la Federación y aquella decisión estuvo cerca de costarle el cargo antes incluso del Mundial. Pero la Federación, sin querer crear polémicas a poco de su cita, mantuvo todo en orden cortando por el jugador, el eslabón más débil.

Quizás como un cúmulo de cosas y por el pinchazo de esa burbuja, Nakamura no llegó nunca a recalar en el Real Madrid. En cambio, fichó por la Reggina italiana, donde jugó tres años a gran nivel, siendo uno de sus jugadores más destacados y valiéndole su hacer un fichaje por el Celtic de Glasgow, donde fue un ídolo y es considerado uno de los mejores jugadores de todos los tiempos del club. En Escocia demostró la calidad de su zurda y su facilidad para ejecutar goles de falta desde cualquier posición y a cualquier ángulo.

En 2006, con Zico bajo el mando de la Selección, Nakamura volvió al Mundial que serviría de despedida de Nakata, que se marchó del mundo fútbol de manera prematura y antes de cumplir los 30. Ver jugar a ambos era una delicia. Dos tipos adelantados a sus compañeros que tocaban las mejores sinfonías en escenarios embarrados y con una orquesta que dejaba mucho que desear.
Nakamura, uno de los mejores tiradores de faltas de la historia, se hizo leyenda en Escocia, donde ganó tres ligas y tres copas en cuatro años, que sumó a un extensísimo palmarés que ya traía del fútbol asiático. Por eso, y pese a su edad y que su fútbol no era muy físico, en 2010 llegó a Espanyol con 32 años. Ese mismo año, Nakamura solo jugó 16 minutos en el Mundial de Sudáfrica, lo que le dio la estocada definitiva.

“¿Cuándo será tu próximo partido con la selección?”, le preguntaron en rueda de prensa. “Nunca”, contestó. “Para mí ha sido mucho dolor no poder ir al Mundial 2002. El hecho de aceptar no jugar ha sido muy duro. Es obvio que la Copa Mundial y yo no nos llevamos muy bien, así que quizás sea el destino”, afirmó.

98 partidos como internacional y 24 goles con los Samurái Blues después, Nakamura dijo basta, pese a que afición, compañeros y directivos trataron de convencerle. Hoy, con 40 años (cumple 41 este mes), Nakamura sigue jugando al fútbol. La calidad que le vino innata en su zurda le permite, cuando el físico ya no llega, seguir brillando en la Primera División del fútbol japonés. Lo hace en el Jubilo Iwata, club que ha vuelto a meterse en la élite del fútbol nipón. No por nada le llaman El Pelusa.

viernes, 22 de febrero de 2019

Aimar Centeno, al Real Madrid gracias a un reality show

Año 2002. Miles de niños de entre 12 y 17 años aguardan cola rodeando el Campo Argentino de Polo, en Buenos Aires, Argentina. Allí va a tener lugar uno de los eventos más importantes para la sociedad sudamericana de la época moderna: Camino a la Gloria, un reality show dirigido por Mario Pergolini y emitido en Canal 13. En él, un grueso número de críos tendrán que batallar para ganar el gran premio: una prueba con el Real Madrid. ¿La única exigencia?: ser el mejor de todos. Solo podrán formar parte del concurso aquellos que accedan al estadio entre las 7 y las 9 de la mañana.

Aimar Centeno, de 16 años, lleva haciendo cola con sus amigos desde las 4 de la mañana y, aun así, está muy cerca de quedarse fuera. Entra a las 8:50, por los pelos, y es uno de los 12.000 chicos entre 12 y 17 años que formará parte del programa televisivo. Para ello, se ve obligado a dejar sus estudios.

“De entre todos ustedes saldrá la estrella del futuro“, anunciaba Pergolini a los aspirantes, hambrientos de gloria, sedientos de esos talentos en fuga de una Argentina que no vivía su mejor momento social. El gancho del Real Madrid era demasiado bueno para dejarlo escapar, incluso para los que entonces simpatizaban a lo lejos con el Barcelona. A los participantes se les dividió en grupos de 12 y se les dejó únicamente 15 minutos para demostrar su valía. El primer corte lo pasaron pocos, pues de esa primera criba apenas quedaron 2.500 jugadores.

Cada lunes, tras la cena, toda Argentina se unía entorno a sus televisores para ver quién seguía y quién no en el Gran Hermano del fútbol. Tras el segundo corte, solo 400 mantuvieron intactas sus esperanzas. A medida que el torneo avanzaba el programa ganaba en audiencia, los supervivientes en ilusión. José Basualdo, Roberto Perfumo, Carlos Mac Allister y Javier Castrilli componían el jurado. Dos futbolistas internacionales con Argentina, un jugador con una experiencia dilatada en Boca Juniors y un árbitro internacional por la FIFA. Ellos decidían quién valía y quién no. Cada semana eliminaban una ingente cantidad de sueños, hasta que decidieron que la suerte iba a quedar en dos chicos: Aimar Centeno y Santiago Fernández.

Un nuevo anuncio fue hecho para promocionar entonces la gran final. Además del Real Madrid, el vencedor tendría como premio un coche y un cheque con una gran cantidad de dinero. El perdedor, que no se podía ir con las manos vacías, sería incluido en la lista de representados de Gustavo Mascardi, junto a Verón, Crespo, Sorín, Palermo, Ayala, el Piojo López, Aimar o Marcelo Salas. Aimar Centeno resultó ser el ganador.

Extremádamente tímido, cuenta Juan Pablo Meneses en su libro Niños Futbolistas, que fue llevado a su pueblo natal, Agustín Roca, en Buenos Aires, donde se le subió en lo alto de un coche descapotable para ir saludando a los cerca de 1000 habitantes que engloba el pequeño municipio. A sus 16 años, ya era la persona más célebre del lugar y, por un corto periodo de tiempo, uno de los más destacados del país entero.

Aimar Centeno, con Míchel
Tomó un avión por primera vez en su vida, junto a su padre y un conglomerado del programa, que iba a grabar el último episodio con todo lo que sucediera en la capital española. La expectación puesta en el chico era desmedida, pero ni él mismo se lo terminaba de creer. “No he podido entrar en Argentinos Juniors… ¿Y voy a pasar una prueba con el Real Madrid?”, llegó a susurrar durante el vuelo a uno de los integrantes de su séquito. Nada más aterrizar empezó toda la parafernalia. Visita al Santiago Bernabéu, donde conoció a Emilio Butragueño y Vicente del Bosque. Tour por el estadio, unas fotos en el museo y directo a la Ciudad Deportiva a entrenar. Sin tiempo de adaptación al clima español, sin descanso tras 15 horas de vuelo, sin tener siquiera en cuenta el jet lag. Iba a pasar su prueba con el segundo equipo, pero como todo estaba siendo grabado y Real Madrid TV también estaba ya en el ajo, Zidane, Figo, Ronaldo y un sinfín de estrellas de la primera plantilla desfilaron para presentarse al chico, mientras los compatriotas Solari y Cambiasso le soltaban algún chascarrillo para calmarle.

El entrenador preparó el partidillo y en la primera pelota que tocó Aimar se desfondó. Quería triunfar y puede que tuviera condiciones. Nada más recibir el balón, condujo bien, con equilibrio, balanceado hasta llegar a poner un centro con el alma en el que sintió un pinchazo. Se quedó cojeando y no pudo terminar el entrenamiento. No había pasado ni un minuto. La producción del programa se planteó hacer como si nada hubiera pasado, pero era imposible. No había otra imagen suya en el campo, había sido la única pelota que había tocado y todo el mundo vería qué había sucedido. Aimar estuvo unos días más entrenando con el Real Madrid, pero junto a los lesionados. “Después de la lesión volví a entrenar con ellos, pero psicológicamente fue demasiado“, admite él. Tuvo sus minutos de gloria en la televisión, donde llegó a compartir programa con un Fernando Torres que estaba emergiendo, apareció en portada tanto en AS como en Marca, pero como futbolista nunca nada más se supo de él.

Volvió a Argentina y allí lo fichó River Plate, también para su equipo reserva, donde compartió equipo con Radamel Falcao y Augusto Fernández. Pero apenas pudo mantenerse en el club unos meses. Fue a Rosario Central, donde volvió a tener un paso fugaz y cada vez bajando menos el listón. Su último intento de ser profesional le llegó cuando fue cortado de Chacarita. Ahí se dio cuenta que nunca iba a poder jugar en Primera División y dejó el fútbol a un lado, solo como hobby. Trabajó de conserje, de tendero, de camionero. Estuvo muchos años encargándose del reparto de Coca Cola en su zona y ahora vuelve a ser camionero. Juega para el equipo de su barrio, Origone FC, donde es la estrella destacada y cuando pasea por Buenos Aires, admite que a veces la gente le sigue reconociendo, aunque haga ya 15 años del programa y él no haya vuelto a ser una persona pública desde entonces.

Aimar, con el equipo de su pueblo


miércoles, 7 de octubre de 2015

Rafa Benítez y el lío de la capitanía

Siempre me gustó Benítez como entrenador. Con matices, eso sí. Su capacidad para mantenerlo todo dispuesto sobre el campo, sus once jugadores bien situados siguiendo todos el mismo compás, me parece un gran ejercicio de saber estar y manejar el curso de los partidos. Rafa Benítez no es un entrenador defensivo, más bien lo definiría como un técnico que prefiere no arriesgar demasiado si en la balanza el porcentaje de salir perjudicado es alto. Es selectivo. Es decir, si una victoria por la mínima se puede amarrar, mucho mejor eso que alterar el resultado yendo a por más goles cuando eso puede suponer que perforen tu propia portería. Mi parecer, sin embargo, cambia al analizar poco a poco cómo ha sido el devenir de los equipos que ha dirigido y los enemigos que se ha creado. Es decir, me gusta cómo lo hacen los 11 jugadores que Rafa pone en el campo, pero no todo lo que hay detrás.

Ese primer matiz radica en la grandeza de sus éxitos y de los equipos que dirige. Es de sobra conocido que el hoy entrenador del Real Madrid se dio a conocer en el Tenerife, pese a que antes estuvo dirigiendo sin mucha fortuna a equipos de menor entidad, como el Extremadura, el Valladolid o el filial del propio conjunto blanco. Su carrera se catapultó tras su paso por Valencia, de donde se fue en tres años con dos Ligas Españolas y una Copa de la Uefa bajo el brazo. Y es ahí donde Benítez muestra todo su esplendor. Capaz de sacar el máximo rendimiento a equipos de segundo nivel con plantillas de jugadores notables, se pierde cuando le toca lidiar con clubes que son primeras espadas en los que dispone de futbolistas sobresalientes. 

En Liverpool o Valencia lo importante era el grupo, nadie por encima, algo que no supo extender en el Chelsea, el Inter o el Nápoles y parece que le cuesta en el Real Madrid. No había un jugador por encima del resto, todos remaban en una misma dirección para recoger lo sembrado, fueran alabanzas (casi siempre) o críticas. Así, los Aimar, Vicente, Ayala, Baraja, Torres, Baros o Luis García se sintieron importantes, respaldados por sus compañeros, sabedores de que la exigencia y la presión se repartía, que si uno fallaba, el resto saltaría a resolver su error. Así se forjó el Valencia campeón, el Liverpool de la gesta de Estambul. Muy distinto fue cuando tuvo que coger el Inter de Milán que había levantado todos los títulos en un año, donde no duró más que unos meses, o el Chelsea, donde pese a conquistar la hoy llamada Europa League, salió por la puerta de atrás con resultados desiguales en según qué competición.

La segunda variable, quizás matriz, es toda la excentricidad que parece rodear al club, que no sólo al equipo, que dirige. Ese tener todo dibujado al milímetro, totalmente controlado, planeado, que le hace rozar la locura. Por ejemplo, las instalaciones de Melwood, una miniciudad deportiva donde entrenaba y prácticamente vivían los jugadores del Liverpool, fueron remodeladas al 100% con la llegada de Benítez. Un hecho que unido al ego y la capacidad de mando que parecer creer tener produce encontronazos con los jugadores importantes de las plantillas que dirige. Quizás Valencia, donde hizo luz la oscuridad, sea el único lugar donde Benítez no dejó enemigos. Hoy es con Ramos con quien parece haber iniciado una guerra tras pocos meses en el cargo, ayer fue con Hamsik y antes de ayer le sucedió con Gerrard, Materazzi, Terry o Diego Milito.

Su primera polémica de tronío la tuvo con Xabi Alonso. La historia trae cola. En marzo de 2008 el tolosarra pidió el día libre por el nacimiento de su hijo. El Liverpool tenía partido de Champions y Benítez le denegó la ausencia, lo que desencadenó primero que el jugador se negara a viajar a Italia, donde se medirían al Inter, y después que el técnico le apartara del grupo para sorpresa de todos. Meses después, el donostiarra aterrizó en el Real Madrid y la situación nunca quedó clara. Mientras Benítez, en su día, afirmó que le habían vendido porque no estaba en su mejor forma, Alonso declaró que se quería marchar porque el club había pensado en un jugador para que cumpliese su rol como era Gareth Barry. Hace unos días, el técnico confirmó que el motivo de su mala relación (ellos se refieren a ella como profesional, de entrenador-jugador y nada más) fue porque le declaró como transferible.

Gerrard y Benítez, con la Champions 2005 / M. OZER / AFP
Su lista de enemigos en Inglaterra no termina con Alonso, pues para sorpresa de todos, Steven Gerrard no guarda buen recuerdo de él. El gran mito de Anfield, el ídolo de The Kop, aquel que levantó la orejona en la ya histórica final de Estambul ante el Milan, cargó duramente contra el que fue su ex entrenador y con el que consiguió el mayor éxito personal en su biografía 'Steven Gerrard, my story'. Compartieron vestuario durante seis años y nunca se tragaron el uno al otro. "Rafa Benítez es el mejor entrenador que he tenido en lo táctico en toda mi carrera" desvelaba el eterno 8 red, pero añadía: "No me gusta como persona. No sé por qué, pero es la sensación que tengo después de todos estos años. Puedo llamar a cada uno de los entrenadores que he tenido menos a él. No sé explicarlo. Compartimos la mejor noche de nuestras vidas, en Estambul 2005, y sin embargo no tenemos ningún vínculo que nos une". No se quedó ahí Steven, pues denunció una serie de favoritismos entre los jugadores de la plantilla y un trato negativo hacia él. "A mí me trataba distinto, siempre me llamaba por el apellido, nunca me puso un apodo, era raro, sólo lo hacía conmigo, pues se dirigía a los demás por su nombre de pila. Nuestra relación fue fría, profesional, éramos como el hielo y el fuego" se sinceraba, y terminaba con un capítulo que no le gustó el día que se conocieron. "Houllier le presentó a Benítez a mi madre y lo único que le hizo fue preguntarle si a mí me gustaba el dinero. Rafa quería todo el poder, todo el control, y eso no es bueno", terminaba Steven.

Benítez, que no quiso entrar al trapo con todas las revelaciones de Gerrard en su autobiografía, simplemente se limitó a confesar que eran declaraciones para vender más ejemplares, pues él estaba ahora en el Real Madrid y eso vendía más. "Cuando el entrenador no te dice nada y tú estás bien, sin problemas físicos, y entrenando bien, no te queda otra cosa que pensar que se debe a algo personal", llegó a decir Riera en los micrófonos de Radio Marca en referencia a sus ausencias del club inglés. Jamie Carragher, en cambio, sólo tiene buenas palabras para el que fuera su técnico, al que desea éxitos y agradece el trabajo hecho juntos. Algo que sucede también con otros jugadores como Aimar o Fernando Torres.

Mourinho y Materazzi, en el Inter / AP
Su aterrizaje en el Inter de Milán tampoco fue idílico. Los resultados no llegaron nunca y desde el primer día, un equipo que lo había ganado todo con Mourinho empezó a caer en picado. Su relación con el técnico luso nunca fue buena y se enturbió más aun cuando años después de dejar el club de Milán una cámara le captó refiriéndose a Benítez como 'El Gordo'. Marco Materazzi, capitán entonces del equipo italiano, tenía en su taquilla recortes de periódico con sus victorias más sonadas y en ellas aparecían Lippi y el propio Mourinho. "El primer día llegó y me las arrancó", desvelaba el defensa en un programa de televisión italiano, que no ha dejado de criticar al madrileño siempre que ha podido. "Benítez era un guardia de tráfico con un Fórmula 1, y si somos un coche necesitamos un piloto, no un policía. Somos campeones del mundo y queremos crecer, no debilitarnos", expuso sólo unos meses después de su despido como entrenador del Inter; y el verano pasado deseó, con sorna, suerte al Real Madrid por su nueva adquisición para los banquillos. 

Pero en la ciudad milanesa sus polémicas no quedaron sólo con el siempre controvertido Materazzi. Benítez tuvo roces con Zanetti, Cambiasso y Diego Milito. Al segundo, incluso se le criticó de intentar echar al entrenador mientras que con el tercero la situación es similar a la que hoy vive con Karim Benzemá. El punta argentino, entonces uno de los delanteros más determinantes del panorama mundial, siempre salía sustituido fuera cual fuera el resultado, algo que no le gustaba ni a él ni a una afición que le consideraba el auténtico héroe del Triplete, con el doblete en la final de Champions incluido. 

Terry, en el banquillo / JULIAN FINNEY / GETTY IMAGES
Tras un par de años en el paro, el Chelsea recurrió de urgencia a los servicios de Benítez. Allí consiguió enderezar más o menos un barco sin rumbo aunque la magnitud de la plantilla pedía más de lo conseguido. Y cómo no, también anduvo a la gresca con los dos capitanes. Como hiciera con Materazzi, quizás por su apego a Mourinho, su trato con Terry y Lampard nunca fue igual que con el resto. Al primero le sentó, asegurando que no podía jugar dos partidos seguidos por su edad (algo que el defensa le reprochó cuando ganó la Liga años más tarde siendo titular indiscutible) y con el segundo nunca tuvo buena relación. "Por sus duros métodos y su poca cercanía y comprensión con los jugadores era difícil mantener una relación con él", admitía el hoy jugador del New York City. Con todo, Benítez nunca se cansó de repetir que tenía muy buena relación con todos sus jugadores, algo que ellos no se cansan de desmentir. Para su suerte, la tercera cabeza del club londinense, Drogba, no estaba por aquellos entonces en Stamford Bridge pues se encontraba experimentando por tierras turcas. Y es que con Drogba, a quien nunca entrenó, tuvo problemas cuando dirigía al Liverpool desde los micrófonos. En la previa de un partido ante los blue, Benítez arremetió contra la actitud del marfileño en los campos, a quien acusó de piscinero y teatrero, algo que al africano le llevó a "perder todo el respeto por Benítez". 

Su penúltima parada fue de nuevo en Italia, en Nápoles, donde dejó muchos más enemigos que amigos. Al menos, de renombre. Cierto es que en dos temporadas levantó dos títulos, pero la magnitud de la plantilla, el fondo de armario y sobre todo el paupérrimo nivel de una Liga en la que sólo destacaba la Juventus hizo que la afición nunca fuera partidaria del técnico madrileño, bien distinto de la opinión que tenía el presidente, quien quiso renovarlo antes de su marcha al Real Madrid. Sus problemas con Marek Hamsik, capitán, santo y seña no sólo del club, sino de la ciudad, trajeron cola. 
Hamsik y Benítez / GIUSEPPE BELLINI / GETTY I.

Delante de los micrófonos, el técnico sólo tenía palabras de agradecimiento y positivas para su mediocentro, mientras que en el interior del vestuario bien debía ser distinto. "Marek Hamsik vale más que Gareth Bale", llegó a insinuar cuando el galés fichó por el Real Madrid. "En el mercado de fichajes los clubes llegan y pagan altos precios por esos jugadores, pero el precio de Hamsik es incalculable", afirmó. Estaría bien preguntarle hoy quién vale más. Fuera como fuere, la relación entre los dos cambió de forma radical en su última temporada. Tras haber ganado la Copa y la Supercopa de Italia con el eslovaco como protagonista, de pronto dejó de ser titular indiscutible. Curiosamente, su presencia en el banquillo coincidía con tropezones del equipo, aunque el técnico no parecía creer verlo. El eslovaco, que guardó silencio mientras trabajaban juntos, no se ha mordido la lengua ahora que han separado sus trayectorias, pues no le ha perdonado que le sentara en gran parte del que quizás fuera su mejor temporada a nivel individual. Las cifras lo corroboran. "Con Sarri trabajamos más que con Benítez, tanto en lo físico como en lo táctico. Somos un equipo mucho más dinámico y compacto. Jugamos mucho más con el balón comparado con el año pasado, donde nos centrábamos en los balones largos y pelotazos", desvelaba el '17' napolitano que, no obstante, considera a Benitez un "buen entrenador", aunque no el ideal para él. "Con Sarri me entiendo más, me hace jugar de cara a la portería en el medio y no de espaldas como hacía Benítez". 

Tampoco fue la relación con Mertens la mejor de todas. Jugando casi siempre por la izquierda, el belga probó en demasiadas ocasiones las mieles del banquillo para lo que su nivel sobre el campo requería. La misma situación que sufrió Insigne, hoy jugador más en forma del equipo, a quien incluso llegó a apartar del grupo, aunque el italiano no le guarde rencor y admita que le "debe mucho a Benítez, pero con Sarri me siento más cómodo". Incluso Callejón, que sí fue titular indiscutible, que logró el nivel más alto de su carrera e incluso acabó en la selección, tuvo sus cosas con el hoy técnico del Madrid por una supuesta falta de compromiso. 

El penúltimo en esta criba fue Higuain, otro conocedor de la casa blanca. El argentino, como su compatriota Milito y como su homólogo Benzema, no perdonaba el ser sustituido cuando el partido aún estaba abierto. Hoy, Sergio Ramos y el propio Benzema se suman a esta lista de jugadores desconformes con las maneras del entrenador. Sea bueno, sea malo, deje títulos o no, Benítez nunca ha guardado buena relación los capitanes y pesos pesados de su vestuario.