lunes, 18 de marzo de 2019
El Clan de los Balcanes y un francés como mediador
La cercanía de Italia con los Balcanes y su Liga de primer nivel, suele acabar desembocando en que la mayoría de los jugadores de esos países acaben aterrizando en la Serie A. No es el caso, en cambio, de aquellos que hoy triunfan en el Eintracht Frankfurt, cuatro tipos hasta hace poco desconocidos y que se están destapando como auténticas joyas por la que los del equipo del río Meno se frota las manos porque todo indica podrán vender por un pastizal.
Son Ante Rebic, Filip Kostic, Luka Jovic y Mijat Gacinovic los protagonistas de una temporada en la que, junto a ellos, sobresale la figura de un Sebastien Haller que tiene como única pega para no ser delantero titular de Francia el no jugar en un equipo grande.
No hay sitio para todos, al menos en un mismo once titular, y eso implica que más o menos, salvo Kostic porque juega en una posición radicalmente distinta, todos vayan rotando entre sí y se vayan manteniendo frescos en una temporada que arrancó muy mal con la pronta eliminación de la Copa (donde defendían título) pero que ahora se encauza con la lucha por la Champions y los cuartos de final de la Europa League.
El Clan de los Balcanes más ese francés que habla serbio, al menos en el campo, suma 58 goles en lo que va de temporada. Además, entre ellos, se han repartido también 38 asistencias. Números de equipo grande. Cifras que, si se repitieran en algún club top europeo, tendría a sus protagonistas en boca de todos.
El primero en llegar fue Ante Rebic (25), rebotado de una Fiorentina donde nunca pareció explotar, intentando reencontrarse en Alemania con aquel jugador que sorprendió en Lezpig cuando el gigante de RedBull aún competía en la segunda categoría. Su pase es un poco incógnita, pues pese a que llegó por solo dos millones de euros (hoy su valor de mercado se ha multiplicado por 20), se dice que el equipo italiano se quedó con el 50% de los derechos. Rebic empezó a despuntar al final de la pasada temporada, abandonando la banda y siendo un peligro al contragolpe, certificando su gran curso destrozando al Bayern Múnich en la final de la DBF Pokal y siendo una de las sensaciones del Mundial con los cuadros de Croacia. Hoy, Rebic es la pieza que suele engranar con las dos de arriba. Suma 9 goles y 3 asistencias, números que han frenado en las últimas semanas por una lesión que le ha dejado KO.
Con él mezcla Gacinovic (24), un perfil muy distinto. Gacinovic, serbio, de aquella generación Sub20 que conquistó el Mundial en 2015 junto a Milinkovic-Savic o Zivkovic, caracolea con suma habilidad entre líneas. Es un jugador de último pase, que puede aparecer por la banda o por el centro. El sistema, donde en los costados juegan carrileros largos, hace que Gacinovic solo pueda aparecer de manera natural desde el eje de la medular. Liberado de tareas defensivas, el balcánico ha logrado 2 tantos y 7 pases de gol y su impacto sin duda ha ido mejorando con el paso de los meses. Un fichaje muy inteligente que apenas superó el millón de euros cuando solo despuntaba en la Vojvodina.
En aquella selección Sub20 no pudo estar Luka Jovic (21) porque una lesión le privó de tener actividad en los últimos meses y Paunovic decidió prescindir del chico que con 17 años entonces habría sido el jugador más joven del torneo. Jovic es quizás la estrella del equipo por su margen de proyección, por su joven irrupción y porque en él ya se han fijado todos los grandes de Europa. Bautizado desde cadete como El Falcao Serbio por sus condiciones y habilidades, no es menos cierto que hubo un momento en su hasta ahora corta carrera en el que pareció que se iba a quedar estancado en su salto al gran fútbol. Y es que no tuvo opciones en Benfica, ni en su primer equipo ni en el filial, y no fue hasta finales del curso pasado cuando empezó a demostrar que estaba en condiciones de tirar la puerta abajo.
Hoy, dice Transfermarkt que su precio de mercado es superior a 50 millones de euros. El Benfica lo fichó por 8, el Eintracht lo tiene en calidad de cedido pero también posee una opción de compra que va a realizar y que no llega a los 10. Su temporada es sensacional y sus registros ascienden a 22 goles y 7 asistencias. Aunque posiblemente, cuando leáis estos, ya los haya engordado. En Bundesliga lleva 15 dianas, a solo tres de Lewandowski, sin lanzar penaltis y habiendo jugado un tercio menos que el polaco en cuanto a minutos.
El último del Clan es Filip Kostic (26), quizás el más tapado de todos porque no juega en una posición tan adelantada para brillar. Todo pulmón, todo físico, el tercer serbio del equipo se ha adaptado desde la posición de extremo a ser un carrilero largo por la izquierda. Su precisión en el pase, su gran disparo y su físico inagotable le hacen ser el jugador nacido para jugar ahí. Sus 6 goles y sus 9 asistencias son su mejor carta de presentación. Su pase pertenece al Hamburgo, hoy en Bundesliga2, pero los de Frankfurt también tienen una opción de compra cercana a los 5 millones de euros.
Pero para orquestar todo ese mejunje, Hutter ha buscado la pieza en un francés espigado, con aspecto de todo menos de futbolista y que cuando se calza las botas es precisamente un fino estilista con alma de asesino. Si uno no ve jugar nunca a Sebastien Haller, puede pensar que es cualquier tipo de jugador menos el que realmente es. Su buen pie recuerda un poco a Kanoute. Haller costó 7 millones y hoy, siempre según Transfermarkt, su precio es de 40. A ello han ayudado sus 19 goles y 12 asistencias esta temporada. El galo parece el jugador perfecto para llevar el peso de la Francia de Deschamps, pero es muy difícil dejar de llevar al jugador con el que has ganado el Mundial, por mucho que no haya marcado un solo gol en el torneo, y más si el recambio que vas a llevar juega en un equipo de tercera fila.
La competencia en Francia es tremenda, pero en una transición justa, el delantero del Eintracht debería ser el candidato número uno para compartir delantera con Griezmann el próximo lustro hasta que alguien, con argumentos de peso, diga lo contrario. Vive el Eintracht una temporada de ensueño. Puede que solo tenga una bala, porque todo indica que este verano la espantada puede ser tremenda, para alcanzar la Champions y quién sabe si levantar un título Europeo casi 40 años después. De momento, los balcánicos no solo juegan en el campo, sino que son inseparables fuera de él y parecen reacios a romper el grupo abandonando el equipo. Pero cada jornada que pasa, eso se antoja más difícil.
miércoles, 13 de marzo de 2019
Ir a la guerra con príncipes y princesas
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| FILIPPO MONTEFORTE/AFP/Getty Images |
El Atlético tiene la mejor plantilla de su vida, al menos la más talentosa, pero ni de lejos se trata del mejor equipo de sus más de 100 años de historia. El compromiso adoptado por jugadores de la talla de Villa, Raúl García o Tiago y toda su quinta, dista mucho de la situación actual, con futbolistas pensando más en lo personal que en lo individual, con otros con un tira y afloja económico y otros imaginándose ya cómo les quedará su futura camiseta. Todo ello, además, adornado por un sainete de lesiones que no ha sido más que un agujero todo el curso.
El Atlético cemento armado ha desaparecido. El unocerismo bien jugado ya existe con pinzas y lo que sucede cuando los resultados más o menos se van dando sin hacer grandes actuaciones es como cuando tu madre te dice que recojas la basura y acabas poniendo toda la porquería bajo la alfombra. Pues anoche, la Juventus miró debajo y claro, salió toda la suciedad a relucir.
En esa transición que parece obligatoria a jugar bonito por opinión pública, para nada sinónimo de jugar bien, el Atlético se ha perdido entre las carencias ofensivas y los defectos defensivos. Faltan jugadores como Arda Turan que sepan leer el momento del partido con y sin la pelota, o la mejor versión de un Filipe que este año ni está ni se le espera. A otros, como a Juanfran, el inexorable paso del tiempo les ha consumido, mucho más allá de que la temporada del lateral sea de notable alto.
El Atlético no ha encontrado esos jugadores preparados para la batalla de los planteamientos que van con su ADN. Esos que no sufren agazapados en 40 metros y brillan cuando las exigencias del guion lo permiten. El partido de ayer el Atlético lo jugó muchas veces desde que Simeone ha estado en el banquillo. Muy pocas lo perdió, pero en ninguna lo hizo como ayer, totalmente sometido y sin capacidad de reacción. Y hablamos del Barcelona de Messi, Neymar, Xavi e Iniesta o del Bayern también de Guardiola.
La pérdida de los dos capitanes e idiosincrasia del club de manera simultánea, Gabi y Torres, ha sido demasiado mal para un vestuario en el que no se ha sabido transmitir la marca Atleti. Sus salidas han cogido a contrapie a Saúl y Koke, a quienes ha pillado inexpertos, a Godín, que es un líder pero no ha mamado las rayas rojas y blancas y a Griezmann, que pese a ser resolutivo con goles esporádicos dista mucho de ser alguien a quien seguir fervientemente.
El partido de ayer no es sorpresa si uno sigue la tónica de la temporada. El Atleti, al trantran, ha sacado mejores resultados de los que dicen sus sensaciones. El cruce contra el gigante italiano viene de una jornada europea en la que no se supo rematar la primera plaza del grupo ante el Brujas, rival inferior y sin nada en juego; la Copa del Rey se perdió ante el Girona en un duelo de vuelta en el que los catalanes hicieron tres goles en tres tiros y la Liga ha sido un sinfín de tropiezos y empates en plazas donde antes ni uno se pensaba hincar la rodilla.
Los fichajes de Lemar, Gelson o Kalinic no han aportado absolutamente nada. Mención especial la del francés que, siendo el fichaje más caro de la historia del club, a día de hoy no ha demostrado un rendimiento mejor al que pudieran dar jugadores de la talla de Fran Mérida o Miguel de las Cuevas. Otros, como Arias, han sido un continuo de luces y sombras. Correa, y aquí escribe su más fiel defensor, lleva meses estancado en ese torbellino que quiere hacer a cada jugada. Saúl, quizás condicionado por el trabajo multiusos que debe hacer, jugando cada día en una posición e incluso en tres distintas en un mismo partido, está muy lejos de su mejor versión y Griezmann, a quien más responsabilidad se exige, ha aparecido mucho en partidos triviales y poco en envites necesarios.
Lo de anoche, por la trayectoria reciente, más que decepcionante era esperado, aunque no por muy posible deja de ser descorazonador. El Atlético de Simeone, bautizado como el Atleti de los violentos por aquellos a los que molestaba su imbatibilidad, nació para la guerra. Pero con el paso de los años, ha perdido lustre. Han llegado jugadores mejores. O al menos con mejor cartel. Pero muy lejos de ser jugadores aceptables para un sistema de todo o nada. No se puede ir a la guerra con príncipes y princesas.
miércoles, 6 de marzo de 2019
Paradigma Petrucci: un caso excepcional
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| Mirco Lazzari gp/Getty Images |
Y es que los tiempos han cambiado y aunque Stoner y Pedrosa ya se hayan bajado de las dos ruedas, han aparecido muchachos nuevos con mucho hambre, como Maverick Viñales, al que se ha unido un Andrea Dovizioso que ha dado varios pasos adelante cuando ya casi nadie confiaba en él. La familia de Los Fantásticos ha ido ampliándose cada vez más hasta el punto que alguno se ha tenido que quedar sin moto competitiva. Hay tres equipos que brillan con luz propia. Las monturas oficiales de Yamaha, Honda y Ducati son las seis patas negras de pedigrí que separan el grano de la paja y que marcan un poco la línea. Ganar con una que no sea ellas es poco más que utópico siempre que no sea una carrera catastrófica, y a una de ellas se sube hoy Danilo Petrucci, cuyo recorrido hasta ser uno de los firmes candidatos no ha sido para nada el habitual.
La carrera hasta las motos grandes suele ser siempre más o menos la misma. 125cc y 250cc de antesala a la lucha con los mejores, convertida desde hace años en Moto3 y Moto2. Por ahí pasaron los ya citados Rossi, Márquez, Dovizioso, Pedrosa, Viñales o Lorenzo, logrando por lo general entorchados en todas las cilindradas. De los 22 pilotos que habrá el domingo en parrilla, en el primer gran premio de la temporada, todos salvo cuatro se habrán fogueado en todas las categorías inferiores antes de dar el gran salto: Crutchlow, Miller, Syahrin y Petrucci. Si bien, en el caso del malayo y el australiano, la cosa es un poco a medias, pues el primero entró al Mundial directamente en Moto2 y el aussie saltó desde Moto3 a la máxima categoría en una historia que también es difícil de ver.
Por su parte, Crutchlow encontró acomodo directamente desde las Superbikes, tras ser campeón de Supersport en 2009 y lograr un quinto puesto en 2010 en SBK en una fórmula que sí hemos visto más a menudo con las llegadas directamente desde el otro campeonato de pilotos como Toseland, Vermeulen, Hopkins, Ben Spies o Colin Edwards.
Antes de cumplir los 17 años, Petrucci se inició en el Campeonato europeo de Superstock 600. Y todo sea dicho, sus números no fueron los mejores, logrando solo cuatro victorias en los tres años que estuvo. Las consiguió todas en el último año, lo que le dio pie a escalar algún peldaño más y entrar a formar parte de la FIM Superstock en 2010, la antesala de las Superbikes. En su segundo año mantuvo una lucha maravillosa con su compatriota Davide Giugliano, que al final acabó haciéndose con el título y logrando quizás el que fuera mejor premio: un asiento en Superbikes, con la Ducati oficial como compañero de un Carlos Checa que venía de ser campeón. Vamos, la moto más competitiva de la categoría.
Petrucci, olvidado porque nadie se acuerda del subcampeón, buscó suerte en el campeonato de MotoGP, en el equipo Ioda, subiéndose a lomos de una Aprilia en lo que era un proyecto totalmente experimental que parecía no iría ir a ningún sitio. El italiano acabó el Mundial 19º, con 27 puntos, y desde entonces no ha hecho más que crecer. Nadie le ha regalado nada. Continuó así dos años más, peleando en el fondo de la parrilla y logrando resultados claramente por encima de la montura que llevaba, hasta que en 2015 Ducati y su equipo satélite llamaron a su puerta. Y eso que parecía condenado firmemente a hundirse durante un par de años en el fondo de la parrilla hasta desaparecer, como Alex Hoffoman, James Ellisson o Andrew Pitt. Pero no.
Heredando la moto que dejaba Andrea Iannone, que subía al equipo oficial, Petrucci iba a montar siempre una Desmosedici anterior al año natural pero con la que Iannone había demostrado se podían hacer cosas interesantes. Y así, en su primer año, el salto de Danilo fue mayúsculo, logrando un segundo puesto en Silverstone en una carrera bien pasada por agua en la que incluso pudo haber ganado al mismo Rossi.
En cuatro años en el equipo B de Ducati, Petrucci ha subido seis veces al cajón (cuatro veces segundo y dos veces tercero) pero todavía nunca ha conseguido ganar. Su ascenso ha sido tan notorio, que en los dos últimos años ha llevado la misma montura que los pilotos oficiales de la marca y ahora, tras cuatro años trabajando en la sombra, le ha llegado la oportunidad. Por primera vez en su vida, Danilo Petrucci, a sus 28 años, tendrá una moto pata negra, una Ducati oficial. Nadie le ha regalado nada, su camino hasta MotoGP ha sido un camino de espinas y difícil de repetir y esta temporada todas las miradas se van a centrar en él, el chico que fue capaz de bajar del sillín a uno de los fantásticos y cuyo rendimiento y regularidad todas las semanas con los mejores aún está por ver.
viernes, 22 de febrero de 2019
Aimar Centeno, al Real Madrid gracias a un reality show
Año 2002. Miles de niños de entre 12 y 17 años aguardan cola rodeando el Campo Argentino de Polo, en Buenos Aires, Argentina. Allí va a tener lugar uno de los eventos más importantes para la sociedad sudamericana de la época moderna: Camino a la Gloria, un reality show dirigido por Mario Pergolini y emitido en Canal 13. En él, un grueso número de críos tendrán que batallar para ganar el gran premio: una prueba con el Real Madrid. ¿La única exigencia?: ser el mejor de todos. Solo podrán formar parte del concurso aquellos que accedan al estadio entre las 7 y las 9 de la mañana.
Aimar Centeno, de 16 años, lleva haciendo cola con sus amigos desde las 4 de la mañana y, aun así, está muy cerca de quedarse fuera. Entra a las 8:50, por los pelos, y es uno de los 12.000 chicos entre 12 y 17 años que formará parte del programa televisivo. Para ello, se ve obligado a dejar sus estudios.
“De entre todos ustedes saldrá la estrella del futuro“, anunciaba Pergolini a los aspirantes, hambrientos de gloria, sedientos de esos talentos en fuga de una Argentina que no vivía su mejor momento social. El gancho del Real Madrid era demasiado bueno para dejarlo escapar, incluso para los que entonces simpatizaban a lo lejos con el Barcelona. A los participantes se les dividió en grupos de 12 y se les dejó únicamente 15 minutos para demostrar su valía. El primer corte lo pasaron pocos, pues de esa primera criba apenas quedaron 2.500 jugadores.
Cada lunes, tras la cena, toda Argentina se unía entorno a sus televisores para ver quién seguía y quién no en el Gran Hermano del fútbol. Tras el segundo corte, solo 400 mantuvieron intactas sus esperanzas. A medida que el torneo avanzaba el programa ganaba en audiencia, los supervivientes en ilusión. José Basualdo, Roberto Perfumo, Carlos Mac Allister y Javier Castrilli componían el jurado. Dos futbolistas internacionales con Argentina, un jugador con una experiencia dilatada en Boca Juniors y un árbitro internacional por la FIFA. Ellos decidían quién valía y quién no. Cada semana eliminaban una ingente cantidad de sueños, hasta que decidieron que la suerte iba a quedar en dos chicos: Aimar Centeno y Santiago Fernández.
Un nuevo anuncio fue hecho para promocionar entonces la gran final. Además del Real Madrid, el vencedor tendría como premio un coche y un cheque con una gran cantidad de dinero. El perdedor, que no se podía ir con las manos vacías, sería incluido en la lista de representados de Gustavo Mascardi, junto a Verón, Crespo, Sorín, Palermo, Ayala, el Piojo López, Aimar o Marcelo Salas. Aimar Centeno resultó ser el ganador.
Extremádamente tímido, cuenta Juan Pablo Meneses en su libro Niños Futbolistas, que fue llevado a su pueblo natal, Agustín Roca, en Buenos Aires, donde se le subió en lo alto de un coche descapotable para ir saludando a los cerca de 1000 habitantes que engloba el pequeño municipio. A sus 16 años, ya era la persona más célebre del lugar y, por un corto periodo de tiempo, uno de los más destacados del país entero.
Tomó un avión por primera vez en su vida, junto a su padre y un conglomerado del programa, que iba a grabar el último episodio con todo lo que sucediera en la capital española. La expectación puesta en el chico era desmedida, pero ni él mismo se lo terminaba de creer. “No he podido entrar en Argentinos Juniors… ¿Y voy a pasar una prueba con el Real Madrid?”, llegó a susurrar durante el vuelo a uno de los integrantes de su séquito. Nada más aterrizar empezó toda la parafernalia. Visita al Santiago Bernabéu, donde conoció a Emilio Butragueño y Vicente del Bosque. Tour por el estadio, unas fotos en el museo y directo a la Ciudad Deportiva a entrenar. Sin tiempo de adaptación al clima español, sin descanso tras 15 horas de vuelo, sin tener siquiera en cuenta el jet lag. Iba a pasar su prueba con el segundo equipo, pero como todo estaba siendo grabado y Real Madrid TV también estaba ya en el ajo, Zidane, Figo, Ronaldo y un sinfín de estrellas de la primera plantilla desfilaron para presentarse al chico, mientras los compatriotas Solari y Cambiasso le soltaban algún chascarrillo para calmarle.
El entrenador preparó el partidillo y en la primera pelota que tocó Aimar se desfondó. Quería triunfar y puede que tuviera condiciones. Nada más recibir el balón, condujo bien, con equilibrio, balanceado hasta llegar a poner un centro con el alma en el que sintió un pinchazo. Se quedó cojeando y no pudo terminar el entrenamiento. No había pasado ni un minuto. La producción del programa se planteó hacer como si nada hubiera pasado, pero era imposible. No había otra imagen suya en el campo, había sido la única pelota que había tocado y todo el mundo vería qué había sucedido. Aimar estuvo unos días más entrenando con el Real Madrid, pero junto a los lesionados. “Después de la lesión volví a entrenar con ellos, pero psicológicamente fue demasiado“, admite él. Tuvo sus minutos de gloria en la televisión, donde llegó a compartir programa con un Fernando Torres que estaba emergiendo, apareció en portada tanto en AS como en Marca, pero como futbolista nunca nada más se supo de él.
Volvió a Argentina y allí lo fichó River Plate, también para su equipo reserva, donde compartió equipo con Radamel Falcao y Augusto Fernández. Pero apenas pudo mantenerse en el club unos meses. Fue a Rosario Central, donde volvió a tener un paso fugaz y cada vez bajando menos el listón. Su último intento de ser profesional le llegó cuando fue cortado de Chacarita. Ahí se dio cuenta que nunca iba a poder jugar en Primera División y dejó el fútbol a un lado, solo como hobby. Trabajó de conserje, de tendero, de camionero. Estuvo muchos años encargándose del reparto de Coca Cola en su zona y ahora vuelve a ser camionero. Juega para el equipo de su barrio, Origone FC, donde es la estrella destacada y cuando pasea por Buenos Aires, admite que a veces la gente le sigue reconociendo, aunque haga ya 15 años del programa y él no haya vuelto a ser una persona pública desde entonces.
Aimar Centeno, de 16 años, lleva haciendo cola con sus amigos desde las 4 de la mañana y, aun así, está muy cerca de quedarse fuera. Entra a las 8:50, por los pelos, y es uno de los 12.000 chicos entre 12 y 17 años que formará parte del programa televisivo. Para ello, se ve obligado a dejar sus estudios.
“De entre todos ustedes saldrá la estrella del futuro“, anunciaba Pergolini a los aspirantes, hambrientos de gloria, sedientos de esos talentos en fuga de una Argentina que no vivía su mejor momento social. El gancho del Real Madrid era demasiado bueno para dejarlo escapar, incluso para los que entonces simpatizaban a lo lejos con el Barcelona. A los participantes se les dividió en grupos de 12 y se les dejó únicamente 15 minutos para demostrar su valía. El primer corte lo pasaron pocos, pues de esa primera criba apenas quedaron 2.500 jugadores.
Cada lunes, tras la cena, toda Argentina se unía entorno a sus televisores para ver quién seguía y quién no en el Gran Hermano del fútbol. Tras el segundo corte, solo 400 mantuvieron intactas sus esperanzas. A medida que el torneo avanzaba el programa ganaba en audiencia, los supervivientes en ilusión. José Basualdo, Roberto Perfumo, Carlos Mac Allister y Javier Castrilli componían el jurado. Dos futbolistas internacionales con Argentina, un jugador con una experiencia dilatada en Boca Juniors y un árbitro internacional por la FIFA. Ellos decidían quién valía y quién no. Cada semana eliminaban una ingente cantidad de sueños, hasta que decidieron que la suerte iba a quedar en dos chicos: Aimar Centeno y Santiago Fernández.
Un nuevo anuncio fue hecho para promocionar entonces la gran final. Además del Real Madrid, el vencedor tendría como premio un coche y un cheque con una gran cantidad de dinero. El perdedor, que no se podía ir con las manos vacías, sería incluido en la lista de representados de Gustavo Mascardi, junto a Verón, Crespo, Sorín, Palermo, Ayala, el Piojo López, Aimar o Marcelo Salas. Aimar Centeno resultó ser el ganador.
Extremádamente tímido, cuenta Juan Pablo Meneses en su libro Niños Futbolistas, que fue llevado a su pueblo natal, Agustín Roca, en Buenos Aires, donde se le subió en lo alto de un coche descapotable para ir saludando a los cerca de 1000 habitantes que engloba el pequeño municipio. A sus 16 años, ya era la persona más célebre del lugar y, por un corto periodo de tiempo, uno de los más destacados del país entero.
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| Aimar Centeno, con Míchel |
El entrenador preparó el partidillo y en la primera pelota que tocó Aimar se desfondó. Quería triunfar y puede que tuviera condiciones. Nada más recibir el balón, condujo bien, con equilibrio, balanceado hasta llegar a poner un centro con el alma en el que sintió un pinchazo. Se quedó cojeando y no pudo terminar el entrenamiento. No había pasado ni un minuto. La producción del programa se planteó hacer como si nada hubiera pasado, pero era imposible. No había otra imagen suya en el campo, había sido la única pelota que había tocado y todo el mundo vería qué había sucedido. Aimar estuvo unos días más entrenando con el Real Madrid, pero junto a los lesionados. “Después de la lesión volví a entrenar con ellos, pero psicológicamente fue demasiado“, admite él. Tuvo sus minutos de gloria en la televisión, donde llegó a compartir programa con un Fernando Torres que estaba emergiendo, apareció en portada tanto en AS como en Marca, pero como futbolista nunca nada más se supo de él.
Volvió a Argentina y allí lo fichó River Plate, también para su equipo reserva, donde compartió equipo con Radamel Falcao y Augusto Fernández. Pero apenas pudo mantenerse en el club unos meses. Fue a Rosario Central, donde volvió a tener un paso fugaz y cada vez bajando menos el listón. Su último intento de ser profesional le llegó cuando fue cortado de Chacarita. Ahí se dio cuenta que nunca iba a poder jugar en Primera División y dejó el fútbol a un lado, solo como hobby. Trabajó de conserje, de tendero, de camionero. Estuvo muchos años encargándose del reparto de Coca Cola en su zona y ahora vuelve a ser camionero. Juega para el equipo de su barrio, Origone FC, donde es la estrella destacada y cuando pasea por Buenos Aires, admite que a veces la gente le sigue reconociendo, aunque haga ya 15 años del programa y él no haya vuelto a ser una persona pública desde entonces.
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| Aimar, con el equipo de su pueblo |
jueves, 14 de febrero de 2019
Allan Saint-Maximin y el control de la potencia
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| YANN COATSALIOU/AFP/Getty Images |
En el cuarto partido, las cosas marchaban bien para Los Verdes, aunque el Girondins de Burdeos, a quien se iban imponiendo por 2-0, estaba siendo un incordio y era cuestión de tiempo que recortaran distancias y quién sabe si no dieran la vuelta al marcador. Christope Galtier tomó una decisión. Miró al banquillo y llamó al chaval, ese de 16 años que había ido a completar convocatoria y que se movía con desparpajo por la banda derecha en los entrenamientos. Aquel día, Allan Saint-Maximin haría su debut como delantero pese a ser extremo por el perfil diestro. "Con su velocidad en las contras podemos matarles", debió pensar.
Apenas jugó cinco partidos en aquella temporada, pero el Saint Etienne acabó en una meritoria cuarta posición y Saint-Maximin dejó su sello. Iba para grande. El curso siguiente, si bien tampoco fue un jugador habitual, empezó a jugar más, siguió siendo clave en las categorías inferiores de Francia y buscó, sin suerte, su primer gol profesional. Ya estaba maduro, le tocaba dar el salto a la titularidad indiscutible con los 18 años recién cumplidos, pero entonces llegó el Mónaco, que se interesó por sus servicios y, pagando cinco millones de euros, se llevó al muchacho en su plena etapa de reconstrucción y crecimiento como club para hacerle frente al PSG.
A su llegada, el francés se encontró con la competencia voraz de un equipo que venía de haber llegado a los cuartos en Champions League. Bernardo Silva, Mbappé, Bischillia, Carrillo, Pasalic, Rony Lopes, Helder Costa e incluso Martial, que hasta final de verano no se marchó, era la competencia que aquel niño francés de 18 años tenía por delante. Por eso, tanto el club como Jardim decidieron que lo mejor era que se marchara a Alemania, al Hannover 96 para foguearse un año.
En tierras alemanas se encontró con un equipo en una dinámica malísima de resultados que perdió 23 de los 34 partidos de Liga y que descendió siendo colista con meses por terminar el campeonato. No sabía el idioma y en tan poco tiempo, ninguno de los tres entrenadores que tuvo le supo sacar rendimiento, aunque allí sí consiguió estrenarse como goleador. Alternó ambas bandas, la delantera y la mediapunta, nunca encontró estabilidad y se acabó hundiendo con el resto del equipo. La experiencia fue tan negativa que al terminar el curso y sabedor que tenía que volver a salir cedido, prefirió quedarse en Francia aunque en un equipo menor como el Bastia.
Parecía, sin duda, que Saint-Maximin había dado un gran paso atrás en su carrera, por no decir dos. Solo 12 meses antes era uno de los mejores proyectos del país y, aunque Francia seguía contando con él para el Mundial Sub20 y estaba en nómina en el Mónaco, quizás la mejor idea hubiera sido seguir jugando para el Saint Etienne. Pero no. En el Bastia, al fin con regularidad, se destapó. Jugó prácticamente todos los partidos, evolucionó físicamente y se hizo un nombre en la Liga.
Así, el Mónaco lo quería entre sus jugadores para el siguiente curso, pero él tenía otros planes. Simplemente, quería jugar y no estaba dispuesto a tener que pelear con otros jugadores que habían costado un pastizal y lo que quería pasar su bien propio era esa experiencia que te da el ser titular indiscutible. No se podía quedar un año en el dique seco y, viendo que los monegascos firmaban jugadores de la talla de Jovetic o Keita, pidió al club ser traspasado.
Contando los billetes de las fugas de Bernardo Silva, Mendy, Carrillo o Bakayoko, entre otros, muy pocos repararon en que Saint-Maximin se había marchado al Niza por 10 millones de euros. Rápido formó un tridente terrible con Plea y Balotelli. A veces en 4-4-2 y otras en 4-3-3, el francés, jugando prácticamente siempre en la banda derecha, se destapó por fin en un equipo que aspiraba a mucho más que a estar en mitad de la tabla y que seguro lo hubiera logrado de no ser por las lesiones y sanciones de Balotelli y el estado físico de un Sneijder que no pudo dar lo que se le pidió.
Pero ha sido este año, ya sin Balotelli en la plantilla, cuando Saint-Maximin ha despegado del todo. Hasta ahora había demostrado ser un portento físico de la naturaleza. Un regateador exquisito con gran cantidad de trucos pero que solía preferir tirar por lo sencillo, un simple cambio de ritmo y que su naturaleza física hiciera el resto. Y es que, el salto que ha pegado también en la definición de su cuerpo es mayúsculo. Toda esa potencia está regida ahora por una carrocería imparable.
Sin Supermario, Saint-Maximin está jugando arriba con total libertad, acompañando a un nueve más de área pero siendo él quien caracolea por todas partes del campo. Esa libertad casa a la perfección con su naturaleza de caballo desbocado. A sus 21 años, obviamente está en el mejor momento de forma conocido, pero ni de lejos está en el máximo nivel de su carrera, pues esto solo es el principio. En apenas curso y medio en Niza, el galo ha metido 11 goles y ha dado 12 asistencias.
Si bien puede que la llamada de la selección no esté cerca, pues la competencia en los puntas y jugadores de banda en Francia es voraz, Saint-Maximin sí está ya para dar el salto, o bien a uno de los grandes del país, donde salvo PSG debería ser titular indiscutible en todos, o bien a equipos con mejores aspiraciones en las ligas Top de Europa. Eso, obviamente, facilitaría también su convocatoria con la campeona del mundo. El propio Plea, que el año pasado fue su compañero, ha volado al Borussia MonchenGladbach, donde se está saliendo, pero es que el nivel de Saint-Maximin a día de hoy es incluso superior al mejor que alcanzara Plea en Niza.
En el Mónaco consideran que es una de las peores operaciones que han hecho en años. Un equipo acostumbrado a sacar gran rendimiento económico en su balance de compras y ventas que ha visto cómo uno de sus mejores activos apenas se iba por 5 millones más de lo invertido. Balotelli, por cierto, ya aseguró que en un par de años jugaría en el Real Madrid y que si no lo hacía no sería por falta de calidad. Su explosividad le hace ser diferencial. No tiene miedo.
viernes, 1 de febrero de 2019
Derrick Rose, un retorno incompleto
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| Harry How/Getty Images |
Creció en Englewood, uno de los barrios más marginales de Chicago, lo que provocaba el temor de una madre que vivía asomada a la ventana vigilando cómo su muchacho jugaba hasta las tantas en la cancha que había frente a su casa. Sin un referente paterno y con su abuela y su madre como inspiración, Rose construyó una adolescencia autodirigida al éxito.
Tras un año en la Universidad, los Bulls le eligieron con el primer pick del Draft en 2008. Chicago había tirado una temporada entera para ganar esa elección y a Rose, que idolatraba a Jordan, de repente le cayó encima la losa de ser el niño prodigio que devolviera a la franquicia al éxito.
Su precocidad no conoció límites. Ganó el Rookie del año y en su segunda temporada recibió la llamada del All Star. Todo iba sobre ruedas en el tercer curso cuando Pooh (apodo que le puso su abuela por su parecido con Winnie the Pooh cuando apenas era un bebé) rompió los esquemas y acabó logrando ser el MVP más joven de la historia, con apenas 22 años. Los Bulls alcanzaron las 62 victorias en temporada regular y los 25 puntos, 8 asistencias y 4 rebotes por partido del base eran su mejor carta de presentación para unos playoffs que acabaron siendo muy dolorosos. LeBron, Miami y su Big Three se cargaron a los chicos de Chicago en la final de Conferencia.
Ellos lo tomaron como una lección, para coger experiencia y volver con más fuerza a por el anillo. Porque así son los proyectos en la NBA, duraderos, no es sencillo hacerlo todo a la primera. Ni siquiera con Derrick Rose. El ‘1’ se convirtió en la gran esperanza y la Ciudad del Viento se volvió a ilusionar como no lo hiciera desde que Air Jordan se retirara.
El base acababa de firmar una extensión de contrato por el máximo cuando, en la temporada 2011-2012, su calvario apareció. Esguince en un dedo del pie, tendinitis, esguince de tobillo y rodilla… La temporada no marchaba bien cuando, en primera ronda de playoffs, ante los Sixers, se rompió el ligamento cruzado de la rodilla.
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| Mike Stobe/Getty Images |
Los Bulls intentaron aprender a vivir sin Derrick Rose, a quien se le estimó un periodo de baja cercano a un año. Al final, la lesión fue mucho más allá. Rose, explosivo, un huracán físico, fuerte al choque, traspasaba a sus rivales para llegar a canasta. Muchas veces no pensaba y sus anotaciones salían fruto de una improvisación en la que era absolutamente imparable.
Pero la lesión de rodilla, que le dejó físicamente destrozado, le tocó también aspecto mental. En un deporte con tantos impactos en la rodilla, Rose moría de miedo cada vez que pensaba en una nueva lesión de rodilla. Por eso, no jugó ni un solo partido en la 2013-2014. Adidas sacó un comercial especial que contaba cómo estaba siendo su recuperación y un culebrón sensacionalista que no le ayudó en nada se formó en torno a él y a su presencia a diario vestido de traje en la banda del pabellón.
En la 2014-2015, Rose volvió, pero sin chispa. Su talento le sobraba para ser diferencial, pero si su nivel habitual era de sobresaliente, el notable con el que rayaba no servía entonces para calmar las ansias de aquel público que había entonado cada noche el entrañable “MVP, MVP”. Tras el All Star, una exploración al jugador por unas molestias en su rodilla descubrió que tenía roto el menisco y que tenía que pasar por quirófano. Los fantasmas volvían a aparecer.
Su fama en la enfermería se acrecentó un curso después cuando jugó parte de la temporada con máscara debido a una lesión facial. Cada vez que los Bulls anunciaban que Rose era duda o que entrenaba con precaución, saltaban las alarmas. En 2016, los Knicks adquirieron al jugador. El cambio de aires se hacía necesario. Rose estaba estancado, no había logrado llevar a los Bulls al anillo y todas las partes tenían que encontrar una vía de escape que aireara la situación.
Rose ganó confianza en un nuevo equipo, pero ese punto explosivo que le caracterizaba se perdió. No le acompañaba tampoco el acierto. Hizo los peores números de su carrera desde la línea de tres y en abril se volvió a romper el menisco, pero de la otra rodilla. El calvario no se iba a acabar nunca.
LeBron James, que de baloncesto sabe un rato, le reclutó para los Cavaliers con el objetivo de vencer a los Warriors por el anillo. Rose, destruido psicológicamente, firmó por el mínimo de veterano y se unió a un equipo al que no iba como titular, donde estaban Isaiah Thomas y José Calderón y cuyo vestuario era un polvorín. Pese a un buen inicio de temporada en su nuevo rol, a finales de noviembre se retiró al exilio con permiso del club para replantearse su futuro. Esguinces y otros problemas le estaban frustrando, no podía jugar sin sentir dolor y estuvo muy cerca de abandonar para siempre.
Volvió a los dos meses, pero los Cavs entraron en plena revolución y lo mandaron a los Jazz, que lo cortaron nada más llegar. Ahí aparecieron Minnesota y Thibodeau, el técnico que había sacado lo mejor de él en Chicago. Y Derrick Rose volvió a nacer.
Bajo el pretexto de ser suplente, Rose juega tantos minutos como un titular. Sabedor de su nuevo rol, busca ser Mejor Sexto Hombre y en camino de ello está. Las lesiones, de momento, le están respetando, aunque su tobillo sea de vez en cuando una lacra, y está promediando 18 puntos, 5 asistencias y 3 rebotes por partido. Unos números que se acercan bastante a sus mejores guarismos si tenemos en cuenta que juega unos 29 minutos por noche.
El punto de inflexión le llegó en el partido contra Utah Jazz cuando logró anotar 50 puntos (su mejor actuación de siempre) y acabó llorando en mitad del pabellón ante los micrófonos de Fox Sports mientras el público le coreaba, muchos años después, “MVP, MVP”. Dice sentirse mejor jugador que nunca. “Ahora soy más maduro, más inteligente, tomo mejores decisiones”. Se ha reciclado como jugador y, si bien por momentos parece recuperar ese punto físico que le hacía ser diferencial, se le nota mucho más calmado cara al aro.
La recompensa, a estas alturas de la temporada, le podía haber llegado en forma de All Star, pues para el voto público sería incluso titular y los números invitaban a pensar que podría ser llamado. Pero no. Un partido de las estrellas que había jugado ya en tres ocasiones y que no disputa desde 2012, cuando sufrió aquella primera trágica lesión. La que más daño le hizo. Rose, jugador que cae bien entre el público neutral, ha recibido también los halagos de sus rivales por su reciente estado de forma. Wade, LeBron, Curry, Durant, Vince Carter o Chris Paul han sido algunos de los profesionales que han mostrado en redes sociales su alegría por volver a ver a gran nivel a un grande.
Derrick Rose nunca volverá a ser el jugador de 2011. Pero verle jugar es alegría, es baloncesto. Si Rose disfruta con el balón, el pabellón entero lo hace. Porque no hay mayor reconocimiento que ver cómo la hinchada rival se alegra por que a uno le vayan bien las cosas. Y a la vez, no es sencillo lograrlo. Pero Rose puede conseguir lo que quiera. Y a este hombre, la NBA le debe un anillo. El que ya tendría si no se hubiera roto tantas veces en mil pedazos.
jueves, 31 de enero de 2019
Federico Chiesa, en el nombre de papá
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| Gabriele Maltinti/Getty Images |
Enrico vivió sus mejores años entre Sampdoria, Parma y Fiorentina. Con la Samp levantó una UEFA. En el Parma, jugando junto a un elenco de estrellas en ciernes como Crespo, Verón, Cannavaro, Thuram o Buffon, repitió hazaña y añadió una Coppa. En Florencia solo pudo conquistar una Coppa de Italia, pero quizás lo que allí dejó, su legado, es el mayor obsequio de su vida. Porque después de 22 temporadas en la élite, de 171 goles marcados en algo más de 500 partidos y de haber jugado una veintena de encuentros como internacional, Enrico Chiesa, ya retirado de una carrera que le maltrató a lesiones, va camino de ser recordado el resto de su vida como "el padre de Federico Chiesa".
Federico Chiesa nació en 1997, mientras Enrico disfrutaba de una etapa maravillosa en el Parma. Poco después, ficharía por la Fiorentina y Florencia, ciudad enamoradiza por defecto, llegó al corazón de unos Chiesa que decidieron quedarse allí a vivir. Con cinco años y con la pasión del fútbol ya corriendo por sus venas, se apuntó al U.S. Settignanese, equipo del norte de la ciudad que dirigía Kurt Hamrin, quien fuera leyenda del equipo Viola. Y claro, en cuando Federico despuntó un poco, el bueno de Hamrin levantó el teléfono y fue coser y cantar. A los nueve años el pequeño de los Chiesa ya se había enfundado la camiseta de la Fiorentina.
Internacional en todas las categorías inferiores desde la Sub19 de Italia (y ya jugador de la absoluta), Federico Chiesa no tuvo un camino de rosas hasta hacerse profesional. Nunca nadie le abrió las puertas del éxito por su apellido y no destacaba sobre el resto en la cantera de la Fiorentina. De hecho, hasta que no llegó al equipo Primavera (el primer filial), no siempre era titular. Allí, el técnico Federico Guidi cambió el sistema de 4-4-2 a 4-3-3 y eso potenció a un Chiesa que pareció estar desbocado. Sabedor de que el fútbol posiblemente no sería su futuro, se inscribió en la Universidad, en Ciencias del Deporte, tras sacar unas buenas notas en uno de los colegios de élite de la ciudad. Pero se equivocaba.
Ese cambio de sistema le abrió unas puertas aún desconocidas y se empezó a ver a un futbolista con un potencial desmesurado. Digamos que Chiesa no se había desgastado nada en su fase juvenil y toda esa energía guardada se estaba desbordando. Debutó en Serie A con apenas 18 años y lo hizo como titular en un duelo de máxima rivalidad contra la Juventus. ¿Se puede pedir algo más? Junto a Ilicic y Bernardeschi, la Fiorentina se empezó a ilusionar con un tridente de mediapuntas que podrían poner en jaque el fútbol italiano. Y es que Federicho Bernardeschi era entonces el mayor talento del fútbol italiano.
Y claro... Bernardeschi se marchó. Y no lo hizo a otro lugar que no fuera la Juventus. Solo coincidieron un año, pero Chiesa aún estaba lejos del nivel de su tocayo. Entonces llegaron una nueva pretemporada, un nuevo fichaje y un nuevo ascenso del filial: Gio Simeone y Gianis Hagi. Uno jugaba como delantero centro. El otro, como extremo. Sí, los hijos de Enrico Chiesa, Cholo Simeone y Gica Hagi iban a coincidir como titulares en un tridente ofensivo. Descarados, jóvenes y con talento. Pronto se vio que el rumano no estaba al nivel de los otros, que su padre sí exigía los minutos que no habían impuesto los otros dos solo por nombre y la carrera de Hagi en Florencia apenas existió.
Federico Chiesa, que en sus primeros pasitos había despuntado como un extremo resultón y llamativo, y que había fracasado en la cantera en todo lo anterior, empezó a experimentar una transformación brutal hacia el mismo juego que su padre que hoy sigue asombrando. ¿Cómo es posible que un chico de 21 años que apenas lleva destacando tres se haya sabido adaptar a todo? Y es que Chiesa empezó a jugar por todo el frente de ataque y es eso lo que confunde y vuelve locos a sus rivales. Ha abandonado la cal, ya no es un regateador peligroso de banda derecha, sino que es un atacante completo voraz. Sus contragolpes en solitario son como un penalti.
Así, sus cifras goleadoras han aumentado en cantidad en este nuevo curso, su tercero como profesional. La Fiorentina no echa en falta el bloqueo goleador de Simeone (ayer hizo dos siendo suplente) que no está al nivel del curso pasado, pero son el argentino y el italiano una de las parejas más temidas por toda la Serie A. Chiesa, llamado a dirigir el cambio generacional de la Azzurra, ha superado incluso a un Bernardeschi que parecía tener mucho más talento que él y a quien la competencia en Turín está consumiendo poco a poco.
Anoche, Federico Chiesa jugó el mejor partido de su hasta ahora corta carrera. Le hizo tres goles a la Roma y la Fiorentina pasó a semifinales de Coppa. Y se lo dedicó, cómo no, a Davide Astori. "Esto es tuyo, capitán", gritó al cielo en el festejo del tercero mientras dibujaba con su mano el número 31, el del defensa fallecido el curso pasado. Suma siete goles en los últimos cuatro partidos. Esta temporada, en 23 duelos, ha visto puerta 10 veces y ha asistido otras seis. En todo el curso pasado solo hizo seis goles y nueve pases de gol y el año del debut lo cerró con cuatro y tres.
Sin duda, Federico Chiesa es uno de los hombres del momento en la Serie A. Su evolución, a sus 21 años, no conoce el techo aún. Es posiblemente el futbolista más diferencial que ha tenido la Fiorentina en años, pese a que allí triunfara Bernareschi, sorprendieran Ljajic y Jovetic y se destapara durante seis meses Salah. Los Chiesa han como mínimo igualado a los Medici como la familia más querida en la ciudad. Y Federico es el nuevo Príncipe de Florencia.
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