domingo, 29 de marzo de 2015

Fabio Quartararo: aroma de campeón

¿Cómo se puede ser noticia quedando el séptimo en una carrera? Fabio Quartararo lo ha conseguido. En silencio, aunque lleve ya un par de años haciendo ruido, este francés nacido en Niza pero comido y criado en España acaba de tener su puesta de largo en el Campeonato del Mundo de Motociclismo sin siquiera tener 16 años. 

Con la mismo material que usó el año pasado, para proclamarse campeón del CEV por segunda temporada consecutiva, con el que también tuvo mejor ritmo y vueltas más rápidas que muchos de los ganadores de grandes premios del Mundial, Quartararo ha entrado por la puerta grande y sólo los lances de carrera, que bien se pueden traducir en nervios, errores de juventud propios o ajenos y fortuna le han impedido debutar con victoria, lo que habría supuesto además convertirse en el piloto más joven de la historia en ganar una carrera, un galardón que ostenta desde Sachsenring 1998 Marco Melandri, que se subió a lo más alto del cajón con 15 años y 345 días (Fabio lo habría hecho con dos días menos). Ya lo había pronosticado: "la carrera será divertida", dijo el sábado, pero no se imaginaba cuánto. "He disfrutado mucho, no tiene nada que ver con lo que había corrido hasta ahora", confirmaba tras su debut.

Acostumbrado a marcar la pauta, el ritmo y destrozar registros y rivales en categorías menores, la duda era cómo gestionaría el 20 rodar en grupo, con muchas motos a cada lado en rectas en las que se pueden llegar a ver hasta 5 en paralelo, chicos que en su mayoría no llegan a la mayoría de edad y las consecuentes inconsciencias de la adolescencia y errores de la inexperiencia. Y saliendo sexto, no le tembló el manillar en el tercer giro cuando, tras engullir pilotos de dos en dos en cada curva, cogió las riendas de la carrera, se puso Qatar (un circuito totalmente desconocido para él) por montera y decidió marcar el ritmo. Tampoco un par de vueltas después, cuando Isaac Viñales le hizo el afilador y estuvo más cerca del suelo que otra cosa. Frío, calculador, con un empaque impropio para un chico de su edad. 

Fue siempre el objetivo de las miradas, rodando al límite, con un estilo de pilotaje propio poco antes visto. Ataca las curvas cuando ni siquiera están y sale de ellas muy abierto, quizás buscando visibilidad, quizás queriendo espacio para analizar y aprender, quizás rehuyendo de los choques del grupo de cabeza, difícil creer esto último, fue el piloto que más veces acabó en un sándwich. 

Tocaban ya las trompetas, las últimas vueltas asomaban y el francés, ya ojito derecho de todos los amantes de las dos ruedas, se había quedado un poco rezagado en un segundo grupo fruto de uno de esos contactos que tienen las carreras, también de apurar tanto que había terminado pisando la hierba en un par de veces a la entrada en recta perdiendo décimas vitales. No se arrugó y tardó medio circuito en liderar a ese segundo paquete para acabar contactando con los de cabeza. 

Sacó el microscopio y se puso a investigar. Pasó a ser líder, abrió unas décimas de espacio y, dos vueltas antes del cierre del telón, observó que si entraba con ese pequeño margen en la última curva, el rebufo no le sería suficiente a sus perseguidores para arrebatarle la victoria en el debut, algo insólito. Se empezaron a abrir los libros de los récords para editarlos, para inscribir con letras de oro el nombre de este pequeño gran francés que no podría competir en esta categoría por edad de no haber arrasado el año pasado en el CEV como lo hizo y entonces apareció. Su único error, que no fue grave, pero sí le condicionó a acabar séptimo cuando marchaba tercero en una posición muy propicia para la victoria. Un toque con Bagnaia, al que le encanta bailar carenado con carenado entre codazos, lo echó todo al traste. Sonó el himno francés, pero no por el pequeño monstruo, que pese a no subir al podio deja junto con su estela un suave perfume de campeón.

Fabio Quartararo, el sábado / ESTRELLA GALICIA

viernes, 20 de marzo de 2015

El error egipcio de Mou: Mohamed Salah

Parece especialista el Chelsea en deshacerse en los últimos tiempos de aquellos jugadores a los que no encuentra acomodo por un precio elevado que se antoja irrechazable, sobre todo si se mira que aquellos chicos que se marchan pasan más tiempo del que desearían entre la grada y el banquillo. Uno se fija en el rendimiento de cierto delantero que hoy destroza redes en el Everton y de un pelirrojo pecoso con cara de travieso que ha hecho de los campos alemanes su jardín hogareño y se cuestiona hasta qué punto, el dinero da la felicidad y es más importante que los resultados. Y es que ese mediapunta ratonero del Wolfsburgo, que responde al nombre de De Bruyne, cosecha mejores registros (goles y asistencias) que toda la línea de mediapuntas del equipo londinense, por donde acampan Hazard, Oscar y Willian.

Y es ahí donde aparece Mohamed Salah, el último descarte de Mourinho que hoy es, junto a Carlos Tévez, el jugador más en forma de la Liga Italiana. Y es que al técnico portugués se le metió entre ceja y ceja el fichaje de Cuadrado en invierno y para hipotecar dicha incorporación mandó a Schurrle a Alemania. La Fiorentina, que no se contentaba sólo con el dinero tras perder a su jugador con más cartel, preguntó por ese chico egipcio de 22 años con cara de pocos amigos que se sentaba jornada sí y jornada también en la grada y al que sólo los 33 minutos disputados en Liga le diferenciaban de un vulgar utillero. Con lacito, respondió Mou. Pero cedido, por si las moscas.

Salah, con la Fiorentina / GETTY IMAGES
El huracán africano que se ha desatado desde entonces en la angelical ciudad de Florencia no hace más que alimentarse con el paso de los días. Cuadrado, encasillado, reconocido por los rivales y con el hambre de ir a un equipo con mejores expectativas, no estaba cumpliendo con su cometido y el egipcio ha revitalizado a un equipo que camina con paso firme en Europa League y esprinta en esa carrera de fondo por acabar entre los tres primeros en el Calcio. Y es que Montella le ha sacado el mayor de los partidos. Le da libertad por detrás de un punta nato e incluso le permite jugar, en ocasiones, como hombre más adelantado. Cuando cae a bandas, sin importar el perfil, sus diagonales son sinónimo de pena de muerte y es capaz de llevar él sólo un contragolpe haciendo parecer que en vez de un sólo hombre a la portería rival se dirige una manada de bisontes.

Seis goles y dos asistencias le avalan en los 700 minutos que ha disputado en tierras italianas. Allí luce el dorsal 74 como homenaje a la cifra de víctimas que se cobró en 2012 la batalla de Port Said, un altercado entre dos hinchadas en la final del campeonato con un trasfondo político que dejó también más de 1000 heridos. Se ha erigido como el líder de la Viola y ha hecho creer a sus tiffosi que con él todo es posible. 

El Chelsea le conoció en 2013 cuando, en las filas del Basilea, el egipcio sacó de sus casillas al conjunto inglés y cerca estuvo de privarle de jugar la final de la Europa League que a la postre conquistó y sólo seis meses después, con Mourinho ya en el banquillo, ejecutaron la usual técnica florentiniana de encapricharse de todo aquello que a uno le pinta la cara. Aunque en Londres, la presencia del africano ha sido más bien como la del Perro del Hortelano, pues ni ha comido ni le han dejado comer. Ahora, Italia se rinde a la nueva estrella de su Liga. En Florencia resuenan tambores de guerra cada vez que el chico que no pierde la sonrisa engancha la pelota, ya sea en campo propio, en la frontal o en las bandas. Y Mou, que se tira de los pelos porque duele que otros aprovechen lo que tú no has podido, aún se ríe en la sombra porque sabe que le tiene bien atado en corto.

Salah, a punto de jugar bajo la mirada de Mou / GETTY IMAGES


jueves, 19 de marzo de 2015

Pellegrini firma el finiquito

No será aquí donde se cuestione lo buen entrenador que es Manuel Pellegrini. El gran problema es que no basta con serlo sólo algunas veces para entrar en la élite, para ganar títulos, y cada vez se le está poniendo al chileno una cara wengeriana que él mismo comprueba cuando se mira al espejo. No sólo sirve hacer poesía con equipos modestos y plantillas menores si con los más grandes nombres y con los jugadores más galardonados los renglones salen torcidos, y eso es a lo que está acostumbrando, cada día más, el Ingeniero.

Es precioso hacer sentirse grandes a los hinchas del Villarreal llegando a estar entre los cuatro mejores equipos de Europa. Maravillosas sensaciones que repitieron, en un escalón inferior, los del Málaga unos años después. Un fútbol atrevido, coral y musical que hacía pensar al respetable qué sería este técnico cuando cogiese las mejores naves. Y es ahí cuando el quiero y no puedo se torna en puedo y no quiero, cuando la sensación de jugar con presión le sobrepasa y sueña, desea, con volver a hacerlo sin ella para simplemente disfrutar. 

Ya sea montado en canoa con 11 hombres que reman por y para él, o en el mejor de los cruceros, navegando a toda vela, el chileno y sus equipos parecen condenados a cruzar los mares más difíciles para acabar muriendo en la orilla. Afronta su tercera temporada en un equipo grande y su bagaje de títulos es pobre, pero peor lo son las sensaciones que ha dejado. Sentirse siempre sobre pasado por la situación, llevando una nave con muchos botones sin saber para qué sirven muchos de ellos exactamente.

El último ridículo lo hizo anoche en el Camp Nou ante el Barcelona. A su cuestionable planteamiento de la ida se unieron las decisiones absurdas en territorio catalán. Con un equipo necesitado de hacer dos goles para empatar la eliminatoria, el chileno sólo tenía sobre el campo al Kun Agüero y los ingleses no sólo no mordían para buscar el gol, sino que parecían hasta satisfechos con el resultado. Para más sacrilegio, Jesús Navas, que estaba siendo el mejor de los citizens en los 45 minutos que jugó, no encontraba nunca los faros referentes, Dzeko y Bony, que aguardaban en el banquillo. Que dé gracias al rubio que tiene bajo palos, porque de no haber estado él quizás el resultado de la ronda se podría haber aumentado incluso hasta los dobles dígitos. Sobrepasado siempre por la situación, con planteamientos erróneos y poco entendibles y malgastando plantillas cuyos presupuestos ascienden a varios centenares de millones de euros.

Ahora afronta una temporada de travesía, eliminado en octavos de Champions y con opciones muy remotas en Liga (a seis puntos y con un partido más que el Chelsea, líder), doblegado en FA Cup por el Boro en un nuevo alcorconazo y en Capital One Cup por un Newcastle repleto de reservas y canteranos. Un guión que bien podría estar escrito la pasada temporada, aunque pequeños matices cambiaron el resultado final. Y es que el curso pasado, Pellegrini se hizo con su primera Premier League en su año de debut, sí, pero lo hizo teniendo enfrente al peor Manchester United de la historia, a un Chelsea en construcción y sólo pudo ser campeón por los disparos en el propio pie que se pegó un Liverpool que cuajó una temporada heroica luchando con los titanes, unos como los que una vez fueron los red.

El ridículo en Europa fue quizás mayor, cayendo ante un Barcelona en horas bajas y quedando en evidencia delante de las cámaras tras el último partido de grupo, donde afirmó que no sabía que con un gol más habrían sido líderes de grupo, jugando ante un Bayern de Múnich que acabó con un jugador menos, algo que sin duda habría allanado el camino. Lograron la Capital One Cup (el torneo menor de Inglaterra) y cayeron en la FA ante el Wigan.

Su otro gran fracaso lo hizo en el Bernabéu, también cayendo en Champions en octavos de final ante un Lyon que no debería haber supuesto una amenaza y avergonzando al madridismo en Copa ante un Segunda B que se impuso, y de qué manera, a doble partido a los merengues. Curiosamente, Real Madrid y Manchester City, los dos equipos que más dinero han gastado en fichajes en los últimos 7 años. Plantillas confeccionadas para ganar títulos que con el chileno, no llegan. La directiva de los ingleses ayer tomó nota, no valen los nombres que sólo sean figuritas sin un mentor que les ordene. Gastar por gastar no conduce a ningún sitio y de poco sirve salir campeón por ser el menos fallón de tus rivales. Y es que de 12 títulos que ha disputado Pellegrini con Real Madrid y Manchester City, sólo ha ganado 2. Y lo peor es que en los otros 10, salvando uno o dos, ha hecho el ridículo en el resto de ellos. Y hoy, sí, la culpa también es de Pellegrini.

Pellegrini, con el M. City / REUTERS

lunes, 9 de febrero de 2015

Adrian Doherty, la estrella que nunca vimos

"Imagina un poco de Giggs, un poco de Andrei Kanchelskis (uno de los mejores extremos de la década de los 90) y un poco de Cristiano Ronaldo. Después, mézclalo todo. Eso era Doherty". Así define Tony Park a Adrian Doherty. Park es un veterano curtido en mil batallas que trabaja ojeando a los jugadores jóvenes del Manchester United desde hace más de 40 años, una de las voces más autorizadas del vestuario de los red devils y uno de los hombres de confianza que tuvo en su día Sir Alex Ferguson.

Y es que hoy, que está tan de moda la llamada Class of 92, el nombre que recibe la hornada de jugadores canteranos del Manchester United que acabó dando tardes de gloria en Old Trafford, es imposible no acordarse de aquel chico nacido en Irlanda del Norte que estaba destinado a liderarla y a quien el destino se empeñó en impedírselo. Ryan Giggs (entonces conocido como Wilson), Paul Scholes, David Beckham, Nicky Butt y los hermanos Phil y Gary Neville son los seis protagonistas que componen este grupo mítico de juveniles que se convirtieron en estrellas a los que incluso les dedicaron un documental hace algo más de un año. Con ellos jugaba Doherty, fichado por el club de Sir Alex Ferguson a los 14 años (venía de un club de Irlanda del Norte) y considerado la mayor promesa de aquella brillante camada. 

"Durante todas estas décadas sólo he estado seguro de cuatro chicos que llegarían a triunfar: Norman Whiteside, Paul Scholes, Ryan Giggs y Adrian Doherty", reconocía Park, que recordaba. "Uno de los entrenadores del club solía decir que Giggs tenía rapidez y una prodigiosa pierna izquierda; Scholes podía utilizar ambos pies sin que se notaran diferencias, pero Doherty lo tenía todo".
Class of 92. De izquierda a derecha: Ferguson, Giggs, Butt, Beckham,
Gary Nevile, Phil Neville, Paul Scholes / OFFSIDE / MIRRORPIX
¿Dónde quedó su carrera entonces? Donde quiso su rodilla. Sir Alex Ferguson le convocó con 16 años, en marzo de 1990, cuando empezó a entrenar con el primer equipo. No debutó, pero despertó la curiosidad de aquellos que no conocían a Doherty, la mayoría, empezando por la propia directiva, que desconocía cómo iba la parcela de desarrollo del club y no miraban más que los resultados del primer equipo. Cuando se enteraron de la perla que tenían entre sus manos, trataron de presionar por todos los medios a Ferguson para se decidiera a darle la oportunidad. Estaban convencidos del impacto que tendría su aparición y tenían la seguridad de tener en sus manos al nuevo George Best, el mejor jugador de la historia del Manchester. Incluso recibió la llamada del seleccionador de Irlanda Sub21 para un partido, pero Ferguson, siempre protector de sus jóvenes, no dejó marchar al chico al considerarle demasiado pequeño.

Alguien que bien conoce la historia de Doherty es Brendan Rodgers, hoy entrenador del Liverpool. Nacidos los dos el mismo año y siendo ambos de Irlanda del Norte, compartieron varias tardes de juego y algún equipo menor. "Todos le llamaban El Doc", decía. Cuando Rodgers llegó en 1990 al Reading, allí estaba Jim Leighton, cedido por el Manchester United. Se pusieron a hablar sobre la vida en Old Trafford y entonces la conversación se desvió. "Le pregunté si conocía a un chico juvenil del equipo, del que me habían hablado muy bien, y me dijo que no. La misma respuesta que recibí al hablar de otro", apuntaba Rodgers. "Entonces, mencioné que conocía a un chico norirlandés llamado Adrian. ¿El Doc? me dijo, El Doc es como una leyenda".

El Man. United en un partido de FA Cup (Juvenil). Doherty (abajo a la
derecha) en el mismo equipo que Giggs (segundo por arriba) / MAN. UNITED
"Extremadamente tímido, un juvenil de primer año pero que puede regatear a la máxima velocidad y disparar con las dos piernas", escribían los tabloides británicos aquel día de su primera convocatoria. Pero sólo unos días después de ello, cuando por fin iba a debutar con el primer equipo, recibió la peor de las noticias: se había roto los ligamentos de su rodilla. Quizás la peor de las lesiones hoy en día, ni imaginar puedo cómo era hace cinco lustros. Muchos de los jugadores que sufrían este percance ni siquiera podían volver a pisar un campo.

Siete meses se pasó apartado, ayudado de muletas más de la mitad de los días y con la esperanza de volver a jugar algún día. Justo cuando estaba totalmente recuperado, a unos días de recibir el alta médica, el drama se volvió a topar con él. Misma lesión y esta vez más de un año apartado de los terrenos. Nunca se recuperó ni física ni mentalmente. Su carrera se consumió en una sala de fisioterapia y su maltrecha rodilla no le permitió más que vagar un tiempo en el equipo juvenil del Manchester primero y tres partidos en el Derry City después, un equipo cercano a su ciudad de nacimiento. Tras darse cuenta en esos tres encuentros de su incapacidad para volver a jugar al fútbol, decidió retirarse a la edad de 19 años. Nunca llegó a debutar con el primer equipo del Manchester. Su padre, Jimmy, criticó al club alegando que no habían hecho todo lo posible desde la rehabilitación para que su hijo volviera a jugar al fútbol. 

A. Doherty / DERRY JOURNAL
Intentó ganarse la vida con su otra pasión, la música. Decían de él que era un tipo distinto, bohemio y que siempre tenía un hueco entre entrenamiento y entrenamiento para reflexionar, filosofar y dar rienda suelta a su mente, alimentando diariamente su cerebro. Solía acudir a los entrenamientos con su guitarra bajo el brazo y Robbie Savage, que estaba en la academia del Manchester pero jugaba en el equipo de los que eran un año mayores, recuerda escuchar sus melodías sinfónicas desde el vestuario de al lado. "Era un tipo que prefería escribir poemas antes que ir al pub a beber cerveza", señalaba. "Era un jugador habilidoso, fuerte y valiente pero lo que más recuerdo es su personalidad y su inteligencia. Le encantaba hablar sobre música, libros y poesía", añadía a la historia Brian McClair, antigua estrella de los red devils. "La verdad es que nunca se sintió una superestrella, ni se le subió el ego. Él no estaba interesado en los cortes de pelo, el look o los coches, como los chicos de su edad y categoría", apuntaba su padre. Y es que al Doc era habitual verle sentado en el acantilado (antiguo campo de entrenamiento del Manchester) viendo el atardecer británico, siempre acompañado de su guitarra, llevando jerséis holgados y anticuados y escribiendo nuevos versos en su libreta. 

Pero nunca triunfó tampoco con la música. Su don era el fútbol y se lo habían arrebatado. Brendan Rodgers recuerda que tenía muchas ganas de entrar de verdad en el mundo de la música, pero no lo consiguió. Su banda, con la que versionaba letras de grandes artistas como hacía en las fiestas navideñas del Manchester, nunca llegó más allá de su pueblo y decidió abandonarlo. Trabajó un tiempo en una fábrica de chocolate hasta que decidió mudarse a vivir a Ámsterdam.

Era el año 2000 y abril, el mes elegido para ir a trabajar a una empresa de muebles de la capital holandesa. A la vez que él viajaba hacia la ciudad tulipán, sus ex compañeros levantaban la sexta Premier League en ocho años y defendían el título de la Champions League que habían obtenido sólo unos meses antes ante el Bayern de Múnich en la final mágica de Barcelona. Giggs, Butt, Beckham, Scholes y los Neville, los mismos seis que habían compartido con él vestuario y aquellos de los que se decía que eran los complementos ideales para Doherty, el verdadero futuro. No llevaba más que unas semanas trabajando en aquella fábrica de muebles cuando una fría mañana, de camino al tren, la tragedia se volvió a apoderar de él, esta vez para siempre. Resbaló y cayó al canal, estuvo un mes en coma. Falleció el 9 de junio del 2000, un día antes de su 27º cumpleaños. 

Ahí acabó su historia, de la que muchos quisieron ser parte. Antes de recibir la primera llamada del Manchester, el Arsenal había tenido la oportunidad de firmarle, pero no lo hizo. Pat Rice (más de 15 años como segundo de Wenger y toda una vida ligada al club gunner) definió el error de no ficharle como "una mancha en el currículum". También le quiso Brian Clough, que afrontaba sus últimos años como técnico del Nottingham Forest. Matt Bradley, su descubridor en Irlanda y el hombre que alertó al Manchester United de la joya que tenía entre manos, afirmó en su día que con 14 años, era "el mejor jugador que había visto en Irlanda en los más de 30 años que llevaba como entrenador".

El Manchester United le homenajeó en 2007, en un número especial de su revista Inside United. En ella, Giggs, el chico al que eclipsaba por la otra banda cuando eran unos adolescentes, le definía como "formidable". "Ryan Giggs y los Neville te admitirán que El Doc era el mejor de todos ellos", afirmaba Brendan Rodgers y Gary (Neville) añadía que era "un chico bonachón, que no se metía en problemas y no quería nunca llamar la atención". Hace varios meses se planeó la idea de hacer un libro que cuente su historia, que ya está en camino, y contará con aportaciones de calidad. Ferguson tendrá un capítulo y Rodgers otro, y seguro que el elenco principal de esa generación que él lideraba aportará su granito de arena. Porque Doherty, que terminó su carrera sin antes empezarla y perdió la vida cuando estaba encendiendo la llama, nunca será olvidado por aquellos que le vieron tocar alguna vez la pelota. Era una superestrella sin querer serlo. Concretamente, la que nunca pudimos ver.

Doherty, con el juvenil del Manchester United / ROSS KINNAIRD / EMPICS

miércoles, 28 de enero de 2015

El delincuente que fue capaz de eclipsar a Messi

Hoy en día, con cuatro Balones de Oro de oro bajo su brazo, suena a utopía hablar que hubo una vez, hace muchos años, un equipo donde Leo Messi no era la estrella. Donde era el escudero perfecto de un muchacho un año mayor que él que jugaba por la derecha y relegaba al pequeño Leo a una posición algo más incómoda para él. Hay que remontarse al año 2000, cuando el hoy jugador del Barça tenía 13 años y Gustavo Rodas era el líder del equipo con un añito más. 

Rodas, con el León / DIFUSIÓN
Entonces jugaban en Newells Old Boys y, por esa pequeña diferencia de edad, no todos los años compartían equipo. Billy, como apodaban a Rodas, era la joya de la corona de la cantera de los leprosos, el jugador diferente, aquel que marcaba las diferencias y sobre el que se contaban historietas de qué llegaría a ser y cuántos títulos lograría alcanzar. 

Cuando el Barcelona llamó a la puerta del club rosarino buscando una nueva promesa, los directivos 'escondieron' a Rodas y le ofrecieron al club catalán la figura de Messi. Y es que la Pulga tenía un serio problema de crecimiento y debía recibir un tratamiento de hormonas tan costoso que el equipo argentino no se podía permitir (unos 1.000 euros al mes). Así, poniendo a Messi en el escaparate, no sólo se quedaban con Rodas, sino que se aseguraban no tener que hacer frente al tratamiento tan caro de Leo y se quitaban un gran peso de encima. "No hay problema, que se vaya Messi, aquí se queda el mejor: Gustavo Rodas", se sigue contando hoy en el seno del club que afirmó el por entonces presidente de Newells, Eduardo López.

Hoy, uno es una estrella mundial, el jugador con más trofeos individuales de prestigio de la historia, campeón de innumerables ligas españolas, de varias Champions y de tantos títulos que no se pueden contar con los dedos de las manos; mientras que el otro se entrena en solitario, desempleado tras acabar su periplo en su último equipo, CA Talleres, en la Tercera División del fútbol argentino. Su cabeza y el entorno que le rodeaba formaron una mezcla explosiva perfecta que acabó tirando todo su talento por el retrete ¿Quién sabe si la historia hubiera sido bien distinta de no haber jugado al escondite el día que el club catalán pasó por Argentina?

Rodas, con la Sub17 Argentina / TELAM
Rodas debutó con 16 años en Primera División de Argentina defendiendo la camiseta de Newells, marcando además en el día de su puesta de largo. Rompió entonces con registros de precocidad siendo el jugador del club más joven en debutar (ahora superado por Ezequiel Ponce) y fue uno de los jugadores con menos edad en debutar en la historia del campeonato al hacerlo con unos meses más de los que tenía Maradona en su época. Lideró a la selección Sub17 de Argentina (con el 10 a la espalda) que se proclamó campeona en el Sudamericano Sub17 en Bolivia en 2003 siendo el jugador estrella del campeonato, un torneo al que Messi no llegó a acudir. Pronto acecharon los interesados, como hienas, que se acercaron a él por quién podía llegar a ser y no por quién era. Y acabó desviándose por el mal camino, que en el fútbol sudamericano te corrompe hasta límites insospechados, que deriva en caos, violencia y malas artes. Una vía que incluso le llegó a plantearse la retirada con sólo 16 años, cuando sólo había debutado, para llevar otro estilo de vida. Se destrozó la vida. Más si es un caso como el suyo, que vivía sólo desde los 13 años, cuando sus padres se separaron y se tuvo que hacer cargo de todos sus hermanos.

"Era un malandro (delincuente). Me pegaba con todo el mundo e incluso llegué a manipular un arma. Me faltó poco para robar", admitía el propio Rodas hace un par de años, ya más maduro e intentando asentar la cabeza. No obstante, aún sin la mayoría de edad y con unos cuantos episodios oscuros ya en su curriculum, recibió la llamada de la Selección Sub21. Pero él tenía otros planes. Conoció a una mujer mayor, se fue con ella y no acudió a la convocatoria con la albiceleste, que decidió no volver a contar con él nunca más. 

Ese fue su punto de inflexión, pero para mal. Pensó que todo valía si sabía jugar con la pelota, que el mundo iba a girar en torno a él hasta que quisiera y cuando se dio cuenta, no tenía nada, salvo dos hijos a los que criar con sólo 19 años. Había puesto al fútbol como la última de sus prioridades, se saltó entrenamientos y partidos y se le gastó la llama. Newells se cansó de su niño maravilla y con 20 años abandonó la disciplina rosarina. Pasó las dos siguientes temporadas dando bandazos en equipos de la segunda y la tercera categoría del fútbol argentino, donde tampoco cuajó. 

Probó fortuna en la liga colombiana, sin éxito. Vio cómo se truncaban innumerables traspasos a distintos puntos del mundo, fue rechazado en multitud de pruebas y le rompieron a última hora un fichaje por un equipo de Venezuela, Carabobo, con quien llegó a entrenar y donde estuvo unas semanas hasta que le dieron puerta. Se marchó al fútbol peruano y tras unos meses en Coronel Bolognesi, acabó sin contrato, entrenando en solitario y buscando una oportunidad que parecía nunca iba a llegar. Tenía 23 años y en sólo tres temporadas le habían desechado de cinco equipos menores. Había pasado de ser la mayor promesa del país a no valer siquiera para jugar en la peor categoría de éste. 

Pensó en la retirada. Declaró que el fútbol se había acabado para él y, tras unos meses de inactividad, León de Huanuco, otro equipo de Perú, le reclamó. Allí, de la mano del técnico Franco Navarro dio su mejor versión. Se hizo con premios al mejor jugador de la Liga y la selección peruana preguntó a la FIFA para nacionalizarle y que jugara para ellos. "Me encantaría defender su camiseta. Tengo muchas ganas de ganar cosas con ellos, porque aquí me dieron la oportunidad. Yo estaba a punto de retirarme y aquí en Perú me ayudaron mucho, me hicieron creer en mí". Nunca pudo, pues ni siquiera le concedieron la nacionalidad peruana.

Pero tras una buena temporada, el club terminó vendiéndole a una potencia del fútbol sudamericano, el Deportivo Quito. Volvió a perder su estabilidad, nunca se adaptó y en sólo seis meses se fue a probar suerte al fútbol chino. Tampoco cuajó y el León de Huanuco le volvió a firmar un contrato. Pero ya no era el mismo que había pasado por allí hacía dos años. Su última experiencia fue en Talleres, el equipo contra el que había debutado con sólo 16 años, pero 13 años después, en la Tercera División del fútbol argentino. Un club que, entrado el 2015, decidió prescindir de sus servicios. 

Ahora Billy Rodas se encuentra sin equipo, entrenando en solitario en Rosario esperando que algún día le llegue la oportunidad que desaprovechó en su día, soñando con cambiar el pasado para vivir un gran futuro pues no le gusta su presente. Echa la vista atrás y siente melancolía y muestra agradecimiento, aunque se deja ver triste por lo que pudo ser y no fue, porque Messi es el espejo en el que se mira cada día y no puede evitar pensar que, con las decisiones correctas y las dosis de fortuna necesarias, él estaría en su lugar. Aunque es de los pocos que, habiendo coincidido con los dos, no se creía superior a Leo."Casi siempre jugábamos de titulares juntos, él no era mi suplente. Pienso que viendo todo aquello, podría haber llegado a jugar mucho mejor, pero es de mayor cuando eso se ve, y Messi es el mejor del mundo", señala y añade: "Mi problema no era en la cancha, sino lo que pasaba fuera. Hacía las cosas muy mal, llevaba mi vida desordenada".

Rodas, con el emblema del León / MARTÍN HERRERA


martes, 27 de enero de 2015

¿Condenado al fracaso?

Es hoy, en tiempos de Odegaard, cuando a la cabeza se vienen ineludiblemente los nombres de Freddy Adu, Lulinha o, más de cerca, Bojan Krkic, que seis años después de despuntar y cinco tras caer en el olvido, se ha lesionado de gravedad ahora que parecía haber encontrado su sitio en el Stoke. El chico de doble nacionalidad, española y serbia, que debutó, como Munir, con la absoluta de nuestro país en partido oficial son sólo 18 años para espantar posibles cantos de sirena de otro combinado. Méritos había hecho, claro está, aunque siempre se intentó quemar etapas en su conversión a profesional. Y es Luis intentó convencerle meses antes para que acudiera a la Eurocopa que nos catapultó al primer nivel mundial, pero su fatiga tras dar el salto al primer equipo del Barcelona con sólo 17 años y problemas de ansiedad que admitió después, cortaron una progresión que parecía no tener techo. Además, acusó a varias personas de intentar hacerle demasiado rápido como jugador. "Mi salud no estaba para ir a la Eurocopa y es un mensaje que muchas personas no han querido que saliera".

Fue así, de la noche a la mañana, cuando Bojan dejó de brillar con luz propia y se concluyó en que, con esas 17 primaveras, había hecho ya la mejor temporada que haría en toda su carrera. Cierto es que disfrutó de tres campañas más en el Barcelona, pero nunca llegó a encajar en el sistema de Guardiola y acabó siendo la última opción en el ataque. Desde entonces, su fútbol no ha dejado de dar bandazos bajo camisetas históricas como Roma, Milán o Ámsterdam, donde no ha hecho más que desgastarse todavía más. Hasta que Mark Hughes se cruzó en su camino.

Ya le había intentado fichar cuando dirigía al Manchester City y cuando aún estaba en la cresta de la ola, allá por 2008. Este verano volvió a llamar a su puerta y Bojan, que tenía el teléfono echando humo tras recibir propuestas de Betis, Deportivo y similares, cogió el primer vuelo hacia la ciudad inglesa. Y es ahí, en una pequeña localidad cercana a Manchester, en el anonimato y cuando ya nadie esperaba nada de él, cuando ha estado a punto de volver a tocar el cielo. Lo ha rozado, de hecho, hasta que una rotura de ligamento cruzado se ha topado en su camino. Y eso que su inicio no fue fácil tampoco en Inglaterra y se antojaba fácil prever otro fracaso. Se pasó un mes trabajando en el gimnasio sin ver su nombre en las convocatorias y pensó en abandonar antes de tiempo. Hasta que ganó músculo y desde que lo ha hecho, sólo esta desafortunada lesión le ha parado. A los 24 años le llegó la madurez, acompañada de una dosis de confianza y Bojan al fin explotó, convirtiéndose en el jugador franquicia del Stoke en sólo tres meses. Mezclando fuerza, liderazgo, determinación y goles y asistencias, que al fin y al cabo es lo que cuenta, Bojan había vuelto al panorama internacional e incluso sonaban campanas de selección para él.

Ahora deberá esperar hasta la próxima temporada para volver a jugar al fútbol, porque en una sola acción ha derribado el trabajo que llevaba seis años construyendo. Hay algunos jugadores que nacen para esto, y Bojan pareció ser uno de ellos en su día. Pero hay otros que no cuentan con la fortuna suficiente como para acabar triunfando, y ese parece ser el español hoy. El fútbol ya le ha esperado una vez, ahora sólo falta saber si podrá afrontar este nuevo revés. Tendrá que hacer más del doble que los demás para conseguir la mitad de reconocimiento. Al fin y al cabo, el fútbol es ser bueno, pero también es suerte. Regatear las lesiones y que te pongan, sobre todo, que te pongan.

Bojan celebra un gol anotado al Arsenal / REUTERS


martes, 20 de enero de 2015

El 'Nuevo Del Piero' tenía magia

Dicen que la gente de Macedonia empezó a temer la muerte de Alejandro Magno mucho antes de que sucediera. Cuentan también, que su miedo residía en quién sería el líder de aquel imperio y en cuáles serían las represalias de aquellos a los que El Grande había derrotado, que no eran pocos; en si podrían hacer frente a todas las adversidades sin uno de los hombres más importantes, temidos y respetados de la historia. Su primogénito, sucesor en cuanto a títulos, apenas un recién nacido, no sólo no pudo sostener todo lo que había levantado su padre, sino que vio la muerte cuando apenas acababa de cumplir la docena de años.

Algo parecido sucedió unos 2400 años después en Italia, concrétamente hace una década. La Juventus apenas había vuelto a la categoría reina tras los escándalos de compra de arbitrajes cuando, en la 2007-2008, su Alessandro particular tocó el cielo con los dedos. Del Piero, santo, seña y ídolo de la institución, Acababa de cerrar su año más prolífico con la Vecchia Signora. Tenía 33 años, los mismos que iba a cumplir el otro Alejandro, Magno,  cuando falleció. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de los tifossi juventinos cuando pensaron cómo sería la vida sin su capitán. 

Giovinco celebra un título cuando
era sólo un niño / JUVENTUS
La respuesta medía 1'64 metros, tenía 20 años y respondía al nombre de Sebastián Giovinco, aunque también solía contestar cuando alguien preguntaba por La Hormiga Atómica. Llevaba desde los 9 años enrolado en la Juventus, equipo por el que confiesa amor profundo y eterno y ya había debutado con los mayores en algunos minutos en los que había dado muestras de su enorme talento e inagotable magia. Y es que, a la par que la llama de Del Piero se apagaba, la directiva del equipo bianconero se aseguraba el futuro del club y un recambio de garantías para su capitán renovando a Giovinco hasta 2013 en octubre de 2008. Y aunque el joven italiano, que lideraba entonces a su selección sub21, quisiera rechazar cualquier parecido con Del Piero, las coincidencias (y otras no tan fortuitas) quisieron que Giovinco se colgara para siempre el cartel del 'Nuevo Del Piero'. Ambos compartían a Pasqualin como agente y un movimiento de la dirección deportiva quiso que Giovinco cerrara su renovación y jurase lealtad al equipo de Turín en el Due Spade de Sandrigo, el mismo restaurante donde años antes Del Piero se había casado con la Juventus para un matrimonio de casi dos décadas de duración.

Giovinco, con el Parma / CLAUDIA VILLA
La presión que tuvo que soportar entonces fue terrible. Impropia para un nuevo adulto. Deschamps comenzó a darle galones fuera de su sitio, escorado en alguna de las bandas porque a Del Piero aún le quedaba algo de cuerda, incluso más de la que parecía. Tuvo que abandonar, entre lágrimas, el sueño de su vida, triunfar en la Juventus, y se enroló en las filas del Parma. Allí otro joven italiano como Candreva daba sus primeros pasos en el fútbol profesional y un histórico del club como Hernán Crespo convertía los últimos goles de su carrera antes del retiro. Precisamente el argentino fue el mejor socio de Giovinco en el primer curso, pues en el segundo, para sorpresa de todos, este pequeño italiano de 164 centímetros jugó como delantero centro referencia.

Su inteligencia para ganar pelotas divididas con defensores que le sacaban más de 20 centímetros en altura y varios cuerpos, su habilidad para caracolear y girar sobre sí mismo cuando controlaba la pelota, su polivalencia y los 27 goles convertidos en esas dos campañas le devolvieron la oportunidad de soñar. La Juventus llamó a su puerta y el segundo tren estaba a punto de salir de la estación. La decisión era compleja: seguir haciéndose un nombre en Italia, siendo la estrella de un equipo menor (al que dejó a pocos puntos de ir a Europa) y con las convocatorias con la selección aseguradas, o arriesgar para ir al equipo de su vida. Ese que no le había permitido disfrutar en la primera ocasión, el que le había exigido ser Del Piero cuando él sólo era Giovinco. El amor, que todo lo puede, acabó con Giovinco volviendo a Turín, aunque esta vez al Juventus Stadium, recién cambiado por el viejo Delle Alpi. La decisión, con todo, fue la más difícil de su carrera.

Llegando a la ciudad se encontró como saliendo del Due Spade de Sandrigo por segunda vez. Del Piero acababa de emigrar a Australia y el clamor popular, que había seguido las hazañas parmesinas de La Hormiga Atómica, le pidió que escogiese el dorsal número 10, el que Pinturicchio acababa de dejar vacante y que era el favorito del propio Giovinco (lo había llevado en el Empoli, en el Parma y en todas las categorías de la Selección de Italia). Él, queriendo regatear las comparaciones, intentando no tropezar con la misma piedra de nuevo, desmarcándose de tan odioso símil sorteó el 10 y escogió el 12. "No soy Del Piero, soy Giovinco. No quiero se Del Piero, quiero ser Giovinco". Un mensaje que sólo unos pocos entendieron. 

Antonio Conte, el creador de la nueva Juventus, sabedor de los mimos que necesitaba, fue su mayor valedor. Le dio minutos, galones y sobre todo, confianza y libertad. Entendió que jugar como segundo punta era su predilección y le acompañó del trabajo de Matri. Ahí Giovinco brilló y fue parte vital de la plantilla que consiguió ganar la Liga, tras nueve años sin hacerlo. El problema llegó un año más tarde, que fue la campaña pasada. No sólo llegaron Llorente y Tévez como principales refuerzos en el ataque, sino que Conte dotó a su equipo de un estilo mucho más físico y trabajador, algo para lo que la genética de Giovinco no estaba preparada. Alternó el banquillo con el césped y se terminó desquiciando él sólo tras pasar del éxito al ostracismo en tan poco tiempo. 

Giovinco, con la Juventus / AFP
El punto de inflexión llegó en un partido contra el Chievo Verona. Tras un mal encuentro en lo personal, Conte decidió sacar a Giovinco del terreno para dar entrada a Tévez. El jugador italiano se llevó los abucheos de la grada y una sonora pitada que le provocaron el llanto y la histeria mientras abandonaba el terreno. Conte, como un padre, salió a buscar al chico que caminaba cabizbajo. Lo abrazó, animó y se encaró con todo el Juventus Stadium por el gesto que acababan de cometer con un chico cuyo mayor delito era amar a unos colores, una ciudad y un club que había puesto expectativas equivocadas en él. 

Ese día Giovinco entendió que el amor no era recíproco, que el matrimonio no era eterno y pidió facilidades para salir cuanto terminara su contrato. La Juventus, desde su presidencia hasta su último aficionado, sabedores de haber condicionado la trayectoria de este talento de la naturaleza, no dudó en aceptar su petición de 'dejar morir en paz'. "Mientras defienda esta camiseta lo daré todo por ella", afirmaba tras haber firmado con el Toronto, su próximo equipo a partir de junio.

Y es que Giovinco, con sólo 27 años, se va a hacer las américas. Tiene seis millones de motivos para ello, los mismos millones de euros que cobrará por cada una de las cinco temporadas que ha firmado. Aunque la cuestión tiene más que ver con el desamor que con el dinero. Cerca estuvo de tropezar con la piedra por tercera vez, como ese enamorado que duda qué hacer cuando tiene enfrente a su amor imposible, porque estuvo a sólo un paso de firmar una renovación que al final rechazó. La llegada de Morata y la irrupción del canterano Coman, más competencia, le hizo abrir los ojos más incluso que cuando los celebraba. Sin duda, la salida de Conte le convenció para tomar la decisión de irse. Apalabró su fichaje con la Fiorentina, un histórico venido a menos necesitado de alegría, magia y calidad, un mejunje que Giovinco posee y que mezcla con ilusión. Pero los de Florencia, en un acto de cobardía, consiguieron la contratación de Diamanti y le cerraron las puertas a un Giovinco que, acostumbrado a que le rompan el corazón, se acogió al primer amante que vino y le aseguró estabilidad.

Y es que Toronto es una ciudad bonita, llamativa y fría. Su proyecto, con jugadores de la talla de Bradley, Altidore y Caldwell es llamativo para una MLS que cada día crece más y es todo lo atractivo que puede ser yéndose a una liga menor. Sea como fuere, nadie podrá nunca negar que Giovinco, que no el 'Nuevo Del Piero' tenía magia y que, aunque no supone el retiro, ha abandonado el fútbol mucho antes de lo que le tocaba. Hoy el fútbol de verdad llora la pérdida de uno de los suyos, de un ilusionista del tamaño de un crío que movía la pelota como la mayoría sólo sueña con llegar a hacerlo. 

Giovinco celebra un gol con la Juve / MARCO LUZZANI / GETTY IMAGES