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martes, 19 de enero de 2016

Ali Dia, el falso primo de George Weah

Ali Dia, en su debut con el Southampton
La Premier League nos ha enseñado que nada es imposible. Que los sueños también se cumplen aunque parezca que el desarrollo de la vida nunca coincida con los pasos normales a seguir para los críos que de pequeños soñaban con jugar en Anfield frente a The Kop, con levantar la FA Cup en Wembley o con compartir terreno de juego con leyendas de la talla de Thierry Henry. Por eso Charlie Austin pudo debutar en la máxima división del fútbol inglés con 24 años, tras un lustro trabajando como obrero en la empresa de su padre, compaginando su vida laboral con su hobby de practicar fútbol amateur. Por eso Jamie Vardy es hoy, con 28 años, el pichichi de una Premier League en la que debutó hace 15 meses, tras haber sido rechazado por infinidad de equipos en su juventud y haber desviado su camino un poco hacia la delincuencia en sus años adolescentes. Por eso Harry Redknapp sacó al campo a Steve Davis, un aficionado del West Ham que desde la banda no dejaba de incordiar y molestar a sus jugadores. Y por eso Ali Dia, un senegalés sin ninguna vinculación al fútbol, debutó hace dos décadas con el Southampton convirtiéndose en una de las historias más bochornosas de toda la competición. 

Corrían tiempos difíciles para el Southampton, que acabaría salvando la categoría en las últimas jornadas. Una plaga de lesiones asolaba al club que dirigía Graeme Souness, exitoso futbolista escocés que en su etapa en activo sobre el campo había levantado un sinfín de títulos, sobre todo con la camiseta del Liverpool. Tanto que, ante un inminente partido ante el Leeds United, apenas contaba el técnico con efectivos suficientes para copar la delantera. Como si del destino se tratase, una fugaz llamada que parecía provenir de Italia podía significar que había luz al final del túnel. George Weah, flamante campeón del Balón de Oro ese año y el mayor enemigo de los porteros de la Serie A, estaba al otro lado del teléfono. O al menos eso parecía. El punta de Liberia recomendó a Souness que fichara a un tal Ali Dia, un primo suyo que jugaba de delantero y que se había quedado sin contrato en el PSG francés. Incluso añadió que había dispuado13 duelos con la selección nacional de Senegal. En aquellos tiempos, no era tan fácil conocer la carrera de un jugador como en la actualidad, nosotros tenemos internet. Por lo que Souness, sobrepasado por la situación de la inmediatez del duelo ante el Leeds, accedió.

A las pocas horas se presentó Ali Dia en la ciudad de la que Le Tissier era, y sigue siendo, Dios (no me lo invento, en el camino de entrada un cartel reza 'Bienvenido a la ciudad de Dios'). El africano firmó un contrato de un mes y realizó un par de entrenamientos, más físicos que otra cosa, en los que casi no tuvo contacto con la pelota. Rehuía de ella en los ejercicios más prácticos. Nadie notó nada. Su puesta de largo, la prueba de fuego, iba a ser un amistoso que tendría lugar contra el Arsenal a mitad de semana, pero el mal tiempo obligó a su suspensión y Dia pudo continuar con su estafa. 

El 23 de noviembre era el día marcado en rojo en el calendario. Souness había plantado un circo y ya le estaban creciendo los enanos pues en el minuto 32 de juego Le Tissier tuvo que retirarse lesionado. El técnico miró al banquillo y decidió que era el momento para que Ali Dia debutara. Fue su primer partido... y el último. Porque lo que se vio sobre el campo fue bochornoso. La consumación de lo que empezó como una broma y acabó como una estafa, de uno de los momentos más sonrojantes del fútbol inglés. Con el número 33 a la espalda, ni los 40.000 espectadores que se dieron cita en Elland Road ni el grueso del banquillo del Soton daba crédito. Obviamente, Ali Dia no era profesional. Por no ser, no era ni futbolista, pues su experiencia se reducía a unos pocos partidos en ligas amateur de barrio tanto en Francia como en Inglaterra y Finlandia. 

George Weah nunca había estado al otro lado del teléfono, sino más bien un amigo de Dia, que le había colado a Souness un gol por toda la escuadra. Torpe con el balón y sin él, corriendo como un pollo sin cabeza de un lado para otro. Pudo incluso marcar gol pues la pelota le llegó en posición franca para ello. Pero no. 53 minutos después de ingresar en el campo, el técnico decidió que era suficiente y decidió retirarle del terreno. 

"Corría por el césped como Bambi sobre el hielo, fue muy vergonzoso de ver", admitía Le Tissier, el hombre por quien había ingresado. "Nunca volví a saber nada de él. Al día siguiente del partido, los fisioterapeutas nos dijeron que estaba tratándose una lesión y no le volví a ver", reconocía el capitán. Y es que Ali Dia fue cortado antes de cumplir las dos semanas de su contrato, cuando aún le quedaban más de 15 días para expirar. Justo el día después de debutar y de mostrar ante todo y ante todos, que es uno de los mayores estafadores de la historia del fútbol inglés. Que pudo cumplir su sueño cuando, sin ninguna experiencia profesional, debutó en la que probablemente es la mejor competición del mundo cuando ya contaba con 30 años. Porque Ali Dia nunca fue el primo malo de Weah, ni tampoco el bueno. Y porque aunque fue Bambi sobre hielo, también puede presumir de haber sido el delantero del Southampton por un día.


miércoles, 25 de noviembre de 2015

Juninho Paulista, cuando el balón sonreía

Edmundo (I), Juninho y Ronaldo (D) en Wembley, en 1995 / GETTY IMAGES
Crecí contemplando un póster a tamaño real (tampoco era muy grande, la verdad) de Juninho Paulista que escondía una de las paredes laterales de mi antigua habitación. Su disposición era tal que cuando abría el armario para coger alguna camiseta, su imagen desaparecía por momentos. No me gustaba abrir ese armario, lo reconozco. Decían los que jugaban con él, que cuando Juninho tocaba la pelota, ésta sonreía, enamorada de la dulzura y el mimo con la que el paulista le trataba.

Oswaldo Giroldo Junior (Sao Paulo, 1973), como se llamaba, como figuraba en el reverso de los cromos que coleccionaba y como mi hermana y yo, que entonces jugábamos a aprendernos los nombres de los jugadores y su dorsal, le llamábamos. Aunque el mundo entero le conocía por Juninho en sus inicios como jugador. Más tarde, por la condición de haber salido de Sao Paulo y por la existencia coetánea de otro Junior que se hacía llamar Juninho Pernambucano, el de mi póster añadió 'Paulista' como su apellido ficticio para darse a conocer al mundo entero con su verdadero nombre artístico: Juninho Paulista.

Juninho nunca llegó a ser ese jugador para el que no había techo que apuntaba a ser tras una gravísima lesión sufrida en 1998, cuando militaba en las filas del Atlético de Madrid. Una entrada criminal de Míchel Salgado, entonces en el Celta de Vigo, le rompió el peroné y los ligamentos del tobillo de la pierna izquierda y marcó un punto de inflexión negativa en su carrera.

Juninho, en su debut con el Sao Paulo / SAO PAULO
Pero vayamos por partes. Con 19 años, una edad bastante tardía si lo comparamos con la actualidad, el modesto Ituano, el equipo de su municipio y que se ha batido siempre entre la tercera y la cuarta división del fútbol brasileño, realizó un papel notable en el Campeonato Paulista gracias a que en sus filas jugaba un extraordinario jugador de sólo 1'65 metros de altura. Sí, Juninho. Su buen hacer bien le valió un fichaje por el Sao Paulo, uno de los mejores equipos brasileños del momento, y pudo jugar en la Serie A a los 20 años. Su tarea no era fácil, pues debía hacer olvidar al magnífico Raí, que acababa de hacer las maletas para enrolarse en las filas del Paris Saint Germain, donde acabaría siendo una estrella. Con él siempre como titular en la mediapunta gracias a la confianza del técnico Telé, el Sao Paulo pudo revalidar la Copa Libertadores y se alzó también con la Copa Sudamericana y la Copa Intercontinental, doblegando en esta última al poderoso Milan de Fabio Capello.

Juninho, en los JJOO 96' / GETTY
El 22 de febrero de 1995, el día que cumplía 22 años, el histórico Mario Zagallo le hizo debutar con la selección absoluta como titular ante Eslovaquia en un encuentro amistoso. Aquel día no marcó, pero dio cuatro asistencias en la victoria por 5-0. Con el 9 a la espalda, compartiendo delantera con Bebeto y alineación con otros como Cafú, Branco, Taffarel, Aldair o Dunga, Juninho ya nunca abandonaría la verdeamarela. Con motivo de su destape mundial, ese mismo verano, un histórico inglés como el Middlesbrough desembolsó cerca de seis millones de euros para hacerse con sus servicios. En el Boro militaría dos campañas y realmente sería ahí, en la Premier League, donde se haría adulto y se terminaría de forjar como jugador. En un juego tan duro, a veces violento, donde los defensas llevan en el ADN el 'o pasa el balón o pasa el jugador', Juninho, menudo, con apariencia de débil, aprovechó su buen tren inferior y de su desventaja física sacó una virtud: ser más listo que el rival. Con su velocidad de piernas, sobre todo de arranque, no importaba que el brasileño, que jugaba como segundo delantero, fuera frágil en el aspecto físico y su estrategia era no usarlo. Se despegaba siempre del rival, buscaba el regate, la imaginación, la velocidad que le caracterizaba para, una vez controlada la pelota, ser imparable. Entre medias de ese primer año y el segundo, en el verano de 1996, voló a Atlanta para jugar con la selección brasileña el torneo de fútbol de los Juegos Olímpicos. Allí, con compañeros de la talla de Rivaldo, Ronaldo, Flavio Conciençao o Bebeto, logró la medalla de bronce. Las marcas se peleaban por él y fue Nike quien consiguió su imagen, haciendo de él una estrella mediática.

Juninho, con el Middlesborugh / GETTY IMAGES
Tras un primer año de adaptación, que fue muy bueno, con el equipo en mitad de tabla todo el curso, en su segunda campaña destapó el frasco de las esencias, si bien fue un año para olvidar para el club del noreste de Inglaterra por el destino final, aunque a nivel de resultados la campaña hubiera sido de las más exitosas de la entidad. Y es que el Boro descendió a Segunda División en la última jornada y perdió la final de la FA Cup y de la Capital One Cup, la última incluso en un replay. Ravanelli y Juninho se entendieron a las mil maravillas y formaron una delantera letal que no pudo salvar del caos al Middlesbrough y el brasileño, que marcó 13 tantos en la competición doméstica, se llevó el premio al mejor jugador de la temporada, un galardón que a día de hoy han conquistado algunos futbolistas como Shearer, Owen, Vieira, Bale, Hazard, Rooney, Henry o Van Nistelrooy, Cristiano Ronaldo, Lampard o Luis Suárez. Además, es el único jugador que lo ha alzado en la misma temporada en la que su equipo desciende de categoría.

Juninho, con Kiko y Vieri en el Atlético
Como la 1997/98 era una temporada crucial para el Mundial de 1998 de Francia, Juninho emigró en busca de minutos de calidad para no quedarse atrás en la lucha por un puesto con la selección y su destino fue España. Aterrizó en el Atlético de Madrid, petición expresa de Radomir Antic. El Atlético, que había conquistado el doblete de Liga y Copa un par de campañas antes, se adelantó a clubes como Real Madrid, Barcelona o Milan (en palabras del propio Jesús Gil) y se hizo con los servicios del sudamericano por una cifra cercana a los 15 millones de euros. El interés mostrado por el técnico balcánico (quien sólo había sido más insistente con Pantic dos años antes que con Juninho) sedujo mucho al brasileño, que se convirtió en uno de los jugadores más caros en llegar al equipo de la capital y aterrizó en España al lado de Vieri. Juninho jugó como enganche en un esquema en rombo por detrás del propio italiano y de Kiko, a quien cataloga como "uno de los jugadores con más calidad del momento". Su puesta de largo no pudo ser mejor y a los 15 minutos de debutar ya había marcado. Para más inri, la víctima había sido el Real Madrid en el partido inaugural de la temporada. Se metió a la afición en el bolsillo. El Atlético logró engrasar la máquina tras un inicio dubitativo y al inicio de la segunda vuelta ya había remontado hasta la cuarta plaza, a sólo siete puntos del Barcelona, líder. Los siete meses de Juninho como rojiblanco invitaban a pensar que, de la mano de uno de los mejores talentos del mundo, volverían los títulos al Manzanares. El 1 de febrero de 1998 el equipo colchonero visitaba Vigo, se medía a un Celta que disfrutaba de jugadores como Dutruel, Mostovoi o Karpin. Pero también estaba Michel Salgado...

Con 1-1 en el marcador y en el ecuador de la segunda parte, Juninho realizó la internada más cara de su vida. Como solía hacer él, entrando desde atrás sorprendiendo, aprovechando los espacios libres, los huecos, con una velocidad inalcanzable para las defensas rivales. Juninho se coló entre la zaga, condujo el balón como un rayo hasta la portería del Celta y cuando estaba cerca de marcar, Michel Salgado, sin posibilidad alguna de jugar el balón, le destrozó la pierna izquierda: Rotura del peroné y rotos todos los ligamentos del tobillo izquierdo. Y ahí se acabó la historia estelar de Juninho, que dejó de ser un jugador superlativo para, una vez recuperado, convertirse en un mortal con tendencia a las lesiones. Un jugador de cristal. El colegiado no señaló ni falta (aunque a instancias de su linier posteriormente sí lo hizo), pero lo que más molestó al brasileño fue la actitud de Salgado, que se levantó diciendo que había tocado el balón. (Advertencia, el vídeo puede herir la sensibilidad). 


"Estaba en el mejor momento de mi carrera (era el mediapunta titular de la selección brasileña, portador del histórico número 10) hasta esa entrada desleal. El balón lo tenía muy lejos, no tenía intención de ir a por él. Es un buen jugador, le he visto varias veces, pero es violento. Siempre lo ha sido. Para mí fue muy doloroso, truncó parte de mi carrera", admite, y añade que nunca podrá perdonar a Salgado. "En ese momento no quería saber nada de él, no quise aceptar sus disculpas. Esa lesión terminó con mi etapa en el Atlético". Un Salgado que, en realidad, nunca se pudo disculpar, Juninho no le dejó. "He llamado a Juninho para disculparme, no para arrepentirme porque no tengo que hacerlo. Pero no se ha querido poner", afirmó el defensa. En aquel momento, lo que más preocupaba al brasileño era el Mundial. Cuando el Doctor Villalón lo llevó a los vestuarios, lo único que salía de la boca de Juninho era: "Doctor, ¿y el Mundial?". Las primeras exploraciones indicaban que tardaría cinco meses en recuperarse y que, obviamente, se perdería la cita internacional. Cuando le comunicaron que había que operar, no logró mantenerse firme y, ya ingresado en un hospital, junto a su padre, rompió a llorar. La primera noche de muchas en soledad, tristeza, melancolía y lágrimas. Sabedor de lo que pudo ser y no fue. "No quiero hablar sobre la jugada. Si lo hago diría cosas que no iban a gustar a Michel", señaló justo nada más salir del quirófano, preguntado por los medios.

Desde el Atlético, en cambio, no se entendía que el colegiado no hubiera amonestado a Michel Salgado. "Alguien me tendrá que explicar cómo tengo un jugador con la pierna rota", puso leña al fuego un enfadado Radormir Antic. El Comité de Competición entró de oficio y con carácter excepcional, suspendió al jugador durante cuatro jornadas. La decisión no fue bien acogida en Vigo y desde el club se instó a la afición a realizar una manifestación para luchar por eso que consideraban como injusto. El Comité de Apelación le retiró la sanción, y a Salgado le salió bien barato acabar con la carrera de un jugador. "Mi sensación es la de un hombre al que se le ha hecho justicia. Se ha demostrado que yo tenía razón. Esto es fútbol, unas veces uno se lesiona y otras no", argumentó Salgado tras conocer su indulto.

Juninho, apartado en el Cerro del Espino / MARCA
Volvió a los seis meses y en su puesta en escena, en un partido de pretemporada contra el Chelsea, anotó dos goles en la goleada (4-0) ante los londinenses. Por un momento, pareció como si nunca se hubiera ido, como si esos seis meses de terror nunca hubieran existido. La realidad era bien distinta. Y es que Radomir Antic ya no seguía como entrenador del Atlético, Vieri se había esfumado y Kiko, que se rompió los dos tobillos, no pudo jugar más que 10 partidos en todo el año. Arrigo Sacchi era el nuevo técnico y desde el primer día su mala relación fue notoria. A Sacchi, ultradefensivo, no le gustaba la alegría de Juninho ni su concepto del fútbol. Más de un entrenamiento y de dos acabó apartado, aunque terminaba recurriendo a él por falta de efectivos. El brasileño acabó con ocho tantos en Liga, sólo a uno de Jose Mari, que fue máximo goleador aquella temporada y deleitó con jugadas de calidad como esta que hoy conocemos como Joaquininha. Juninho fue pionero en ejecutarla en nuestro fútbol.

Tras decirle que no tenía ritmo para el fútbol europeo, que era blando y que nunca se adaptaría al fútbol español, Sacchi le puso en el mercado invernal. Cerca estuvo el Aston Villa de ficharlo, pero el jugador decidió permanecer en el Atlético. Los rojiblancos no estaban pasando un buen momento, Sacchi estaba en el alambre y con un cambio de entrenador (que se produjo nada más cerrarse el mercado invernal) podría tener una oportunidad de volver a brillar en un fútbol más adecuado al suyo. Primero Carlos Aguiar y luego la vuelta de Antic, Juninho volvió poco a poco a sentirse futbolista en esquemas más a su antojo. El balcánico logró salvar la categoría de un Atlético que ya estaba gestando su descenso a Segunda, que no tardaría en producirse. No contentos con el hacer de Sacchi, los rojiblancos contrataron a Ranieri en la 1999-2000. Más de lo mismo. Lo primero que hizo el italiano nada más llegar fue declarar transferible al brasileño, que se acabó marchando cedido al Vasco de Gama en su país. Le había entrado morriña. "En el Vasco recuperé todo el tiempo perdido. Volví a ser importante en mi país y regresé a la selección".

El Atlético, por su parte, descendió a Segunda y, aunque él se ofreció a jugar en el infierno, la idea del club seguía siendo la de hacer caja con él y liberarse de las fichas más altas. El Flamengo se interesó por él, pero a última hora el Middlesbrough consiguió hacerse con sus servicios para que volviera a la Premier League. Era año de Mundial, nuevamente, y aunque había desaparecido de la primera plana mundial, Scolari no se olvidó de él cuando confeccionó su lista para la cita de Corea y Japón. Había sido el jugador que había marcado las diferencias en años anteriores y, aunque otros talentos de su generación como Rivaldo o Ronaldo estaban por delante, Felipao le quiso brindar la oportunidad de jugar el Mundial del que le habían privado cuatro años antes.

Juninho y Ronaldo en el Mundial
2002 de Corea y Japón / GETTY
Con 29 años, aunque ya visiblemente cascado físicamente, Juninho fue un jugador fundamental en aquella Copa del Mundo, la última conquistada por Brasil. Titular en los cuatro primeros partidos (tres de grupo y los octavos de final) y con minutos en la final, jugó en el doble pivote junto a Gilberto Silva. "No jugaba en mi posición, no brillaba, pero yo lo que quería era ayudar". Tras su coronación, varios equipos quisieron contratarle, aunque por su cabeza, hasta que no le dijeran lo contrario, pasaba seguir siendo jugador del Atlético. "Si al Atlético le interesa la vuelta de Juninho, a él también le interesa volver", señalaba su padre y representante. "A él siempre le gustó el equipo, pero por una determinada situación se vio forzado a salir", añadía. No obstante, el club rojiblanco, recién retornado a Primera, decidió hacer caja con él y prescindir de la que era ficha más elevada de la plantilla. Retornó al Middlesbrough por tercera vez, donde estuvo una campaña con sabor agridulce, pues una grave lesión se volvió a topar en su camino. Nada más comenzar la pretemporada, se rompió el ligamento cruzado de su rodilla. Fue la segunda lesión grave de su carrera. Con 31 años se mudó a Escocia para heredar el 7 de Henrik Larsosn en el Celtic de Glasgow. Estaba comenzando el fin de su época como futbolista. Dos años más en Brasil (en Palmeiras) como antesala del fútbol exótico. Se marchó a Sydney con 34 años. Su calidad le daba de sobra para ser el mejor jugador de la Liga, pero su físico le dijo basta.

Decidió entonces dejarlo y volver a Ituano, a presidir el equipo donde todo había empezado 15 años atrás. El mal hacer del equipo y la poca profundidad de plantilla hicieron que en 2010, ya con 38 años, decidiera calzarse las botas por última vez. Alternó la administración con el césped y se convirtió en presidente-jugador para disputar el Campeonato Paulista de ese año. En la última jornada, con todo casi perdido, el Ituano debía ganar a la Portuguesa a domicilio para lograr la permanencia. Tras irse al descanso perdiendo 2-0, en la segunda mitad los chicos de Juninho le dieron la vuelta al marcador logrando el objetivo. Y así, sin más, pasaron por delante casi 20 años de su vida como futbolista. Un jugador de otra época, de otra galaxia. Que vivió del éxito en su juventud, que llevaba con orgullo la camiseta número 10 de Brasil, el jugador llamado a liderar a la verdeamarela en el Mundial de Francia, aquel que pelearía por Balones de Oro y de cuyo techo no se tenía constancia. El mismo que desapareció una fatídica tarde en Vigo por una grave lesión. No recuerdo a nadie que de verdad viera jugar a Juninho y que no le considerase como uno de los mejores jugadores de la época. Salvo Sacchi, claro.

lunes, 9 de febrero de 2015

Adrian Doherty, la estrella que nunca vimos

"Imagina un poco de Giggs, un poco de Andrei Kanchelskis (uno de los mejores extremos de la década de los 90) y un poco de Cristiano Ronaldo. Después, mézclalo todo. Eso era Doherty". Así define Tony Park a Adrian Doherty. Park es un veterano curtido en mil batallas que trabaja ojeando a los jugadores jóvenes del Manchester United desde hace más de 40 años, una de las voces más autorizadas del vestuario de los red devils y uno de los hombres de confianza que tuvo en su día Sir Alex Ferguson.

Y es que hoy, que está tan de moda la llamada Class of 92, el nombre que recibe la hornada de jugadores canteranos del Manchester United que acabó dando tardes de gloria en Old Trafford, es imposible no acordarse de aquel chico nacido en Irlanda del Norte que estaba destinado a liderarla y a quien el destino se empeñó en impedírselo. Ryan Giggs (entonces conocido como Wilson), Paul Scholes, David Beckham, Nicky Butt y los hermanos Phil y Gary Neville son los seis protagonistas que componen este grupo mítico de juveniles que se convirtieron en estrellas a los que incluso les dedicaron un documental hace algo más de un año. Con ellos jugaba Doherty, fichado por el club de Sir Alex Ferguson a los 14 años (venía de un club de Irlanda del Norte) y considerado la mayor promesa de aquella brillante camada. 

"Durante todas estas décadas sólo he estado seguro de cuatro chicos que llegarían a triunfar: Norman Whiteside, Paul Scholes, Ryan Giggs y Adrian Doherty", reconocía Park, que recordaba. "Uno de los entrenadores del club solía decir que Giggs tenía rapidez y una prodigiosa pierna izquierda; Scholes podía utilizar ambos pies sin que se notaran diferencias, pero Doherty lo tenía todo".
Class of 92. De izquierda a derecha: Ferguson, Giggs, Butt, Beckham,
Gary Nevile, Phil Neville, Paul Scholes / OFFSIDE / MIRRORPIX
¿Dónde quedó su carrera entonces? Donde quiso su rodilla. Sir Alex Ferguson le convocó con 16 años, en marzo de 1990, cuando empezó a entrenar con el primer equipo. No debutó, pero despertó la curiosidad de aquellos que no conocían a Doherty, la mayoría, empezando por la propia directiva, que desconocía cómo iba la parcela de desarrollo del club y no miraban más que los resultados del primer equipo. Cuando se enteraron de la perla que tenían entre sus manos, trataron de presionar por todos los medios a Ferguson para se decidiera a darle la oportunidad. Estaban convencidos del impacto que tendría su aparición y tenían la seguridad de tener en sus manos al nuevo George Best, el mejor jugador de la historia del Manchester. Incluso recibió la llamada del seleccionador de Irlanda Sub21 para un partido, pero Ferguson, siempre protector de sus jóvenes, no dejó marchar al chico al considerarle demasiado pequeño.

Alguien que bien conoce la historia de Doherty es Brendan Rodgers, hoy entrenador del Liverpool. Nacidos los dos el mismo año y siendo ambos de Irlanda del Norte, compartieron varias tardes de juego y algún equipo menor. "Todos le llamaban El Doc", decía. Cuando Rodgers llegó en 1990 al Reading, allí estaba Jim Leighton, cedido por el Manchester United. Se pusieron a hablar sobre la vida en Old Trafford y entonces la conversación se desvió. "Le pregunté si conocía a un chico juvenil del equipo, del que me habían hablado muy bien, y me dijo que no. La misma respuesta que recibí al hablar de otro", apuntaba Rodgers. "Entonces, mencioné que conocía a un chico norirlandés llamado Adrian. ¿El Doc? me dijo, El Doc es como una leyenda".

El Man. United en un partido de FA Cup (Juvenil). Doherty (abajo a la
derecha) en el mismo equipo que Giggs (segundo por arriba) / MAN. UNITED
"Extremadamente tímido, un juvenil de primer año pero que puede regatear a la máxima velocidad y disparar con las dos piernas", escribían los tabloides británicos aquel día de su primera convocatoria. Pero sólo unos días después de ello, cuando por fin iba a debutar con el primer equipo, recibió la peor de las noticias: se había roto los ligamentos de su rodilla. Quizás la peor de las lesiones hoy en día, ni imaginar puedo cómo era hace cinco lustros. Muchos de los jugadores que sufrían este percance ni siquiera podían volver a pisar un campo.

Siete meses se pasó apartado, ayudado de muletas más de la mitad de los días y con la esperanza de volver a jugar algún día. Justo cuando estaba totalmente recuperado, a unos días de recibir el alta médica, el drama se volvió a topar con él. Misma lesión y esta vez más de un año apartado de los terrenos. Nunca se recuperó ni física ni mentalmente. Su carrera se consumió en una sala de fisioterapia y su maltrecha rodilla no le permitió más que vagar un tiempo en el equipo juvenil del Manchester primero y tres partidos en el Derry City después, un equipo cercano a su ciudad de nacimiento. Tras darse cuenta en esos tres encuentros de su incapacidad para volver a jugar al fútbol, decidió retirarse a la edad de 19 años. Nunca llegó a debutar con el primer equipo del Manchester. Su padre, Jimmy, criticó al club alegando que no habían hecho todo lo posible desde la rehabilitación para que su hijo volviera a jugar al fútbol. 

A. Doherty / DERRY JOURNAL
Intentó ganarse la vida con su otra pasión, la música. Decían de él que era un tipo distinto, bohemio y que siempre tenía un hueco entre entrenamiento y entrenamiento para reflexionar, filosofar y dar rienda suelta a su mente, alimentando diariamente su cerebro. Solía acudir a los entrenamientos con su guitarra bajo el brazo y Robbie Savage, que estaba en la academia del Manchester pero jugaba en el equipo de los que eran un año mayores, recuerda escuchar sus melodías sinfónicas desde el vestuario de al lado. "Era un tipo que prefería escribir poemas antes que ir al pub a beber cerveza", señalaba. "Era un jugador habilidoso, fuerte y valiente pero lo que más recuerdo es su personalidad y su inteligencia. Le encantaba hablar sobre música, libros y poesía", añadía a la historia Brian McClair, antigua estrella de los red devils. "La verdad es que nunca se sintió una superestrella, ni se le subió el ego. Él no estaba interesado en los cortes de pelo, el look o los coches, como los chicos de su edad y categoría", apuntaba su padre. Y es que al Doc era habitual verle sentado en el acantilado (antiguo campo de entrenamiento del Manchester) viendo el atardecer británico, siempre acompañado de su guitarra, llevando jerséis holgados y anticuados y escribiendo nuevos versos en su libreta. 

Pero nunca triunfó tampoco con la música. Su don era el fútbol y se lo habían arrebatado. Brendan Rodgers recuerda que tenía muchas ganas de entrar de verdad en el mundo de la música, pero no lo consiguió. Su banda, con la que versionaba letras de grandes artistas como hacía en las fiestas navideñas del Manchester, nunca llegó más allá de su pueblo y decidió abandonarlo. Trabajó un tiempo en una fábrica de chocolate hasta que decidió mudarse a vivir a Ámsterdam.

Era el año 2000 y abril, el mes elegido para ir a trabajar a una empresa de muebles de la capital holandesa. A la vez que él viajaba hacia la ciudad tulipán, sus ex compañeros levantaban la sexta Premier League en ocho años y defendían el título de la Champions League que habían obtenido sólo unos meses antes ante el Bayern de Múnich en la final mágica de Barcelona. Giggs, Butt, Beckham, Scholes y los Neville, los mismos seis que habían compartido con él vestuario y aquellos de los que se decía que eran los complementos ideales para Doherty, el verdadero futuro. No llevaba más que unas semanas trabajando en aquella fábrica de muebles cuando una fría mañana, de camino al tren, la tragedia se volvió a apoderar de él, esta vez para siempre. Resbaló y cayó al canal, estuvo un mes en coma. Falleció el 9 de junio del 2000, un día antes de su 27º cumpleaños. 

Ahí acabó su historia, de la que muchos quisieron ser parte. Antes de recibir la primera llamada del Manchester, el Arsenal había tenido la oportunidad de firmarle, pero no lo hizo. Pat Rice (más de 15 años como segundo de Wenger y toda una vida ligada al club gunner) definió el error de no ficharle como "una mancha en el currículum". También le quiso Brian Clough, que afrontaba sus últimos años como técnico del Nottingham Forest. Matt Bradley, su descubridor en Irlanda y el hombre que alertó al Manchester United de la joya que tenía entre manos, afirmó en su día que con 14 años, era "el mejor jugador que había visto en Irlanda en los más de 30 años que llevaba como entrenador".

El Manchester United le homenajeó en 2007, en un número especial de su revista Inside United. En ella, Giggs, el chico al que eclipsaba por la otra banda cuando eran unos adolescentes, le definía como "formidable". "Ryan Giggs y los Neville te admitirán que El Doc era el mejor de todos ellos", afirmaba Brendan Rodgers y Gary (Neville) añadía que era "un chico bonachón, que no se metía en problemas y no quería nunca llamar la atención". Hace varios meses se planeó la idea de hacer un libro que cuente su historia, que ya está en camino, y contará con aportaciones de calidad. Ferguson tendrá un capítulo y Rodgers otro, y seguro que el elenco principal de esa generación que él lideraba aportará su granito de arena. Porque Doherty, que terminó su carrera sin antes empezarla y perdió la vida cuando estaba encendiendo la llama, nunca será olvidado por aquellos que le vieron tocar alguna vez la pelota. Era una superestrella sin querer serlo. Concretamente, la que nunca pudimos ver.

Doherty, con el juvenil del Manchester United / ROSS KINNAIRD / EMPICS

jueves, 17 de octubre de 2013

Henrik Larsson, el 9 perfecto

-Papá, quiero que me compres esa camiseta, porfa porfa porfa.
-¿Esa? ¡Ni loco, vamos!

Se me cayó el mundo al suelo. Corría el año 2001 y con mis 10 primaveras en una tarde-noche veraniega, sin saber cómo, empezó mi pasión por coleccionar camisetas de fútbol de distintos equipos y países. No habíamos hecho más que entrar en la típica tienda playera con souvenirs en la que vendían réplicas de los equipos más laureados y mis ojos sólo se centraron en una. Aquella rayada que alternaba horizontalmente el verde y el blanco, con el 7 de Larsson a la espalda, me dejó encandilado. Pero mi padre había sido rotundo. Seguí mirando varias. Me gustaba mucho la de Vieri, que había prendado a todos los hinchas del Atleti años antes. Sin embargo, al fondo del todo, en la última percha, la neroazzurra de Crespo sacó en mí una pequeña sonrisa. Con el "9" serigrafiado, Hernán Crespo, del Inter de Milán, me hizo comenzar una colección que hoy suma unas cuantas decenas de réplicas.

A Crespo le conocía, recuerdo que me gustaba mucho. Hoy me sigue pareciendo uno de los mejores rematadores de la época contemporánea. Vieri tenía su punto romántico. Pichichi con el Atleti, jugador de unas dimensiones enormes y del Inter, que por aquellos entonces me tiraba bastante, sólo por detrás de la Fiorentina que acababa de abandonar Batistuta. Pero de Larsson no sabía nada. Sólo recuerdo a los veraneantes británicos fácilmente reconocibles, en la playa, que iban caminando por el paseo marítimo con esa camiseta. Había varios nombres para elegir si eras del Real Madrid, Barcelona, Milán, Manchester o Liverpool. Pero si alguien se ponía ante tus ojos con una camiseta del Celtic, en el reverso estaba Larsson.

Descubrí que era una especie de Dios en Escocia para unos, mientras que era muy odiado por otros que iban vestidos de azul. Entendí que Celtic y Rangers tenían una relación especial en el mundo del fútbol. Se odiaban, pero a la vez no podrían vivir el uno sin el otro. Empecé a investigar sobre él. Larsson me gustaba, lo reconozco. Sólo su físico tenía algo que me encandilaba. De esos que entran por los ojos. Y sin siquiera saber cómo, me topé con una información que decía que había marcado 53 goles en 50 partidos en esa última temporada. Alucinaba. Quería su camiseta, de verdad. ¿Qué le habría hecho a mi padre?

A ritmo de Complicated de Avril Lavigne -canción del FIFA 2003, la única edición en la qu eno disfruté del PES-, recuerdo que siempre tenía un hueco para Larsson en mi Atleti formando un tridente temible junto a Torres y Correa. Me dolía por Movilla, porque Larsson le quitaba el 7 y a él le ponían el 16. Y recuerdo cómo se tiraba de rodillas cuando marcaba un gol en el videojuego. Acababa las temporadas con un porrón de goles. Nunca quise ver con más ansia a un jugador en el Atleti.

Y verano tras verano, esperaba con muchas ganas la entrada a una de esas tiendas repletas de camisetas en la que siempre estaba la de Henrik Larsson, ya fuera la primera a la vista, ya fuera escondida, o hecha un burruño tras una montaña. Aquello era para mí lo que para los niños normales era entrar en la tienda de chuches. Pero papá nunca cedía. Yo no lo entendía. Totti, Nesta, River... ninguna me convencía. Lo intenté por última vez.

"Papá...Quiero la de Larsson", le clamé, pese a conocer ya la respuesta. "¡Que te he dicho que no!", contestó ya algo harto. Fue entonces cuando me lo explicó. En 1974, el Atleti y el Celtic se habían jugado algo más que un puesto en la Final de la Copa de Europa en dos partidos de semifinal que quedarán para la historia. Ayala, Reina, Gárate y compañía repartieron en el césped, durante los 180 minutos. Lo peor fue la batalla que se formó en Escocia, con hooligans y policía arremetiendo contra jugadores y seguidores del Atleti, en clara minoría y desprotegidos. Sinceramente, no lo entendí. Había pasado mucho tiempo y yo no lo había vivido. Y además, ni Larsson ni yo teníamos la culpa de aquello. ¿Qué demonios importaba un partido de hacía 30 años?

Hoy lo comprendo. Y me apena que el sueco se hiciera uno de los mejores delanteros del mundo en el segundo peor rival de mi equipo. Con todo, le seguí de cerca. Y cuanto más le veía, más me gustaba, más me dolía. Más sabía que nunca le iba a ver de rojiblanco.

Sus goles en plancha, sus cabalgadas infinitas, su oportunismo para hacerse con los rechazos, su olfato goleador. Pero sobre todo, su trabajo. Su carácter. Eso fue lo que le llevó, con 33 años, a ser fichado por el FC Barcelona. Eso fue lo que le llevó a reponerse a un año en blanco tras una rotura de ligamentos y con 34, hacerse con más minutos de los que nadie hubiera siquiera imaginado en un conjunto en el que Giuly, Eto'o y Ronaldinho brillaban con luz propia y donde Iniesta y Messi estaban dando sus primeros pasitos. Eso fue lo que le llevó a olvidarse de su edad y anotar 15 goles en 42 partidos -repito, con 34 años y saliendo muchos ratitos de reserva- y ser crucial en aquella histórica final de Champions League que cambió el rumbo de la historia del que es hoy el mejor equipo del mundo. Porque salir unos minutos y dar dos asistencias de gol está a la altura de muy pocos. 

Se hizo como delantero en Holanda. Ese país que no deja de sacar artilleros y más artilleros del gol. Triunfó en Escocia. Dejó anonadados a todos en Barcelona, y volvió a Suecia para retirarse. Hasta que le llamó Sir Alex Ferguson. Y claro, a uno de los mejores entrenadores de la historia no se le puede decir que no. Cuestión de cortesía. Con 35 años hizo las maletas y se fue para ayudar 10 semanas a los Red Devils a ganar la Premier League. 

Y es que aquel 2001, pese a elegir a Crespo, Larsson acabó como Bota de Oro seguido por el argentino. Un dato que desconocía y que realmente descubrí hace poco, que me hizo recordar mi infancia y que me ha hecho escribir este artículo. Bota de Oro, Medalla al honor como Caballero del Imperio Británico, 11 ideal de la Eurocopa 2004 y un sinfín de premios después de 20 años, Larsson colgó las botas y cogió la libreta de entrenador. Si es la mitad de bueno de lo que lo fue dentro del terreno, acabará haciendo carrera.

Recuerdo que un día, por sólo unos segundos, se me pasó por la cabeza que quería la camiseta de Juninho, aquel menudo brasileño que había jugado en el Atlético de Madrid y que por aquellos entonces vestía del verde y blanco del Celtic, recogiendo además el número 7 de Larsson. Menos mal que no llegué a comentarlo.


lunes, 7 de octubre de 2013

Un mago de oro olvidado en una Tacita de Plata

"Diego, tío, quiero que me consigas la camiseta de Mágico González, el que jugó en el Cádiz hace años." Eso es lo que me ha dicho ya más de un par de veces mi amigo Jesús. Un tipo que no colecciona réplicas como yo y que las tiene contadas. De hecho, no le recuerdo más que una de Riquelme y otra de Del Piero. Mal gusto no tiene. Y es que, cuando empezamos a hablar de fútbol, a ver jugadas de Messi, tacones de Cristiano, jugadas maradonianas de Ben Arfa o la magia que hacen Ricardinho y Falcao en una cancha de fútbol sala, Jesús siempre saca a Mágico. 

Nunca el nombre de un país definió mejor al hombre que llegó de él. Jorge Alberto González nació en el Salvador a finales de los años 50, en un país que hoy no está nada desarrollado y que en esa época lo estaba aún menos. Y más que Salvador, era un auténtico Dios como le veían en su región. Ídolo, santo y seña del combinado nacional, se dio a conocer al mundo entero jugando para la clasificación del Mundial 82 que se celebró en España.

"El Mago es diferente en todo. Desde que le ves entrar por la puerta hasta que le ves vestirse. Pero sobre todo cuando coge la pelota. Lo del Mago y la pelota es algo que yo no he vuelto a ver", señaló Onésimo, compañero de delantera del centroamericano en el Cádiz y uno de los mejores extremos de la historia española. 

"Tenía cosas que no tenían otros. Yo no he visto a nadie hacer lo que le he visto a hacer a él. Pero había que estar pinchándole constantemente, encima de él", se refería Juan Carlos Pedraza al delantero de la ciudad andaluza. 

Y es que Cádiz fue para él algo más que una casa. La Tacita de Plata fue su vida y el Carranza su garaje, donde hacía y deshacía sus obras cual manufacturero empedernido. ¿Su obra favorita? el balón. Aunque quizás la siesta y las mujeres estaban por delante en sus prioridades.

"Yo no soy un santo, me gusta divertirme porque es importante para desenvolverte bien y mantener tus responsabilidades en condiciones", dijo de sí mismo en una entrevista al ser preguntado si esa fama que se había ganado tenía fundamentos.

"¿Qué prefiere usted, ser Mago o ser Mágico?", le preguntaron cuando ya estaba consolidado en España. "Prefiero ser Jorge", contestó. Humilde, no necesitaba más. Se conformaba con lo poco que tenía. ¿Para qué jugar en otro club si en Cádiz ya estaba contento y le valía? Ambición cero. Y es que Mago era como le llamaban en su país de origen. Mágico como se le renombró en España por una serie de circunstancias léxicas que le explicaron un día pero que él nunca llegó a entender. Probablemente ni siquiera lo intentó.

Para entender su historia hay que contar uno de sus primeros episodios con mayor celebridad. Todavía jugando en continente americano, el París Saint Germain se fijó en el jugador salvadoreño para hacerse con sus servicios y continuar con un proyecto vencedor que acababa de hacerse con la Copa de la Liga y que en los siguientes años levantaría dos trofeos más, además de una liga derrotando al todo poderoso Saint Etienne de aquella época. Tras cerca de cuatro horas esperando en una cafetería céntrica de la ciudad de San Salvador, los directivos del club galo decidieron marcharse sin ver al jugador. Mágico, perezoso por naturaleza y siestero empedernido, no acudió a la cita alegando que jugar en ese club era "demasiado compromiso". "Creo recordar que estaba durmiendo la siesta", recordó un familiar cuando se le preguntó por la fecha.

En Cádiz no todos conocen esta historia. Pero la ciudad en su totalidad si se alegra hoy en día de la decisión del que fue nombrado mejor jugador de la historia del club amarillo. Decidió fichar por un equipo de segunda división -al que le bastó un año para subirlo a la máxima categoría- y estuvo allí la mayor parte de su carrera, aunque dividida en dos etapas. Allí coincidió, entre muchos otros, con Onésimo, célebre por sus regates eléctricos partiendo de los costados. "Hacía cosas que yo no podía siquiera imaginar. Nos quedábamos los dos después del entrenamiento a hacer cositas y un día me apostó a que metía 10 de 10 goles de córner directo por la escuadra. ¡10 de 10! Y lo hizo, vaya si lo hizo", recordaba, aún anonadado pese al paso de los años, el habilidoso extremo pucelano.  

Maradona (I) y Mágico González (D)
Íntimo amigo de Maradona, el argentino no dejó nunca su empeño por jugar a su lado. En el verano del 84, Mágico estuvo de gira con el FC Barcelona por petición expresa del Pelusa. Pero hubo un hecho que truncó su fichaje. Una noche, en el lujoso hotel californiano en el que se alojaba el club catalán, la alarma de incendios saltó a todo volumen causando el pánico y el caos entre la expedición azulgrana. Todos abandonaron sus habitaciones y como un resorte salieron a la parte exterior del hotel. Todos, menos Mágico. Cuando la situación se calmó, los técnicos encontraron al salvadoreño dormido profundamente en su habitación con la compañía de una señorita. "¿No había ningún incendio no? Siempre he sido muy vago y esa noche no me apetecía levantarme", contestó años después. Enfadó a Maradona como ninguna patada de ningún defensa lo hizo en su carrera por su actitud de poder serlo todo y de no querer ser más. "El Mago es mejor que yo. Yo vengo del planeta Tierra, pero él es de otra galaxia", se refirió al salvadoreño más de una vez el nombrado mejor jugador de todos los tiempos, Diego Armando Maradona.

Su fichaje nunca llegó y las cosas se enfriaron en Cádiz, donde la fama se apoderó del jugador y los técnicos decidieron no contar con él cediéndole al Valladolid. Una vez llegado allí, su carrera cayó en picado. "Empecé a perder las fuerzas y a hacer cosas que un profesional no debe hacer" se confesaba.

Pero volvió a Cádiz un año después con más fuerza que nunca. Volvió para marcar un gol antológico al Racing de Santander. un gol en el que Pedro Alba, portero del equipo cántabro, se hizo famoso por quedarse aplaudiendo la obra de arte que Mágico acababa de hacer hasta que sus compañeros sacaron de centro. Un genio que, cuando el Atalanta italiano le hizo una prueba para ficharle, decidió jugar realmente mal a propósito con el único objetivo de quedarse en Cádiz, donde estaba más que asentado, feliz y a gusto.


"Si a Mago le coge alguien con 11 años como el Barça cogió a Messi, habría sido uno de los 3 más grandes de la historia sin ninguna duda", justificaba un Onésimo más que convencido.

Como bien señala Rubén Uría en su magnífica obra Hombres que pudieron reinar, "alternaba actuaciones espectaculares con resacas interminables. Jugaba de noche, y también de día. Igual regalaba un gol de córner directo que se pasaba dos días en paradero desconocido".

La última anécdota corre a cargo de David Vidal, entrenador en el equipo andaluz durante años. Jorge había llegado tarde a los entrenamientos -una vez más- y el entrenador le había castigado. Se quedó sólo, sentado en una esquina del vestuario mientras el técnico daba la pertinente charla táctica. Pero nadie atendía al míster y el propio Vidal tuvo que interrumpir su discurso al quedarse fascinado con lo que estaba viendo. "Le miraba y no me lo podía creer. Estaba haciendo toques con un paquete de tabaco Marlboro. Pudo hacer 20 ó 30, quizás más, antes de darse cuenta de que le estábamos observando anonadados. Era normal verle hacerlo con una naranja. Una naranja es redonda, ¡pero un paquete de tabaco es rectangular!, era asombroso. La sensibilidad que Dios nos ha dado a los humanos en las manos, a Jorge se la dio en los pies", recordaba un aún incrédulo David Vidal, que hizo un alto en su enfado con el delantero ante tal acto.

No sé si alguna vez Jesús conseguirá esta camiseta. A veces, cuanto más buscas una cosa, más difícil es encontrarla. Otras veces, sucede todo lo contrario. Mágico consiguió ser una estrella sin querer ser una estrella. "Nadie se imagina lo que me costaba ir a los entrenamientos. Vengo de un país subdesarrollado, con otra cultura distinta, y por mi forma de ser no era capaz de concienciarme de ir a entrenar a diario. Sufría mucho. Lo hacía por mis compañeros, por respeto a ellos, aunque a veces me retrasaba uno o dos minutos. Jugaba para divertirme y si hubiera sido más profesional no lo habría hecho, señalaba el jugador que había encandilado a Cádiz pero que no se había enamorado siquiera de sí mismo. "Respeté al fútbol, pero no me respeté a mí".

jueves, 3 de octubre de 2013

Andy van der Meyde, la botella antes que el balón

Cada semana que pasa en Inglaterra es una odisea cuando aparece en los medios la figura de Paul Gascoigne o bien tirado en una cuneta, o bien detenido por tener duras y toscas peleas con civiles o agentes de la ley a causa de sus excesos con el alcohol y otras drogas más duras. Con sólo 46 años, los problemas de Gazza -que iluminó el fútbol británico durante años- se han convertido en orden del día a nivel nacional. Hasta el punto que se ha dado la orden en todos los bares del país de no servir alcohol a uno de sus mayores 'local heros' de todos los tiempos. 

Muchas son las promesas que acaban con sus brazos levantando copas, y no precisamente referidas a títulos. ¿Quién no se acuerda de Adriano, aquel emperador del Inter que conquistó 2 años los mejores campos del mundo para acabar haciéndose dueño y señor de las barras de los bares? El problema surge, además, cuando ese mal mundo no se queda sólo en una simple borrachera.

Andy van der Meyde, uno de los niños bonitos del fútbol holandés, escribió su propia historia rodeado de alcohol, cocaína y excesos que le costaron el no haber disfrutado de una brillante carrera como sus inicios hacían prever. Salido de la siempre exitosa cantera del Ajax, debutó con el equipo de la capital a los 18 años de edad. Una bala en la banda derecha, un recurso en la izquierda. Se decía de él que iba a mejorar al mítico Rep, estrella de la Máquina Naranja durante años. Era vertical, determinado y decidido. Imparable con el balón en los pies. Estaba condenado a liderar una generación ajaccied -tras la que había ganado todo en 1995- junto a jugadores jóvenes como Pienaar, Chivu, Maxwell, Ibrahimovic, Sneijder o van der Vaart.


Jóvenes con dinero, afamados y siendo los mejores en lo suyo. Acababan de conseguir ganar la liga y la copa en 2002 y tenían el mundo a sus pies. O al menos, eso creía. El holandés, sabedor de su gran oportunidad perdida y que hay trenes que pasan sólo una vez en la vida, no dudó en escribir una autobiografía para sincerarse una vez retirado. 

"Competíamos en carreras de coches por la noche por el anillo de la A10 de Ámsterdam. Zlatan tenía un Mercedes SL y Mido a veces corría con un Ferrari y otras con un BMW Z8”, señala en una parte del libro Andy, que además no ocultó que empezó a fumar en un mundo que le descubrió el checo Tomás Gálasek, santo y seña del club y que posteriormente fue capitán. Tras haber debutado y coger experiencia con el primer equipo, su paso trampolín por el Twente como cedido le devolvió a Ámsterdam con más confianza aún.

Se sentía Dios, el hombre más importante sobre La Tierra y con la capacidad y posibilidad de hacer lo que quisiera cuando quisiera. "Tenía dinero y podía comprar todo lo que me viniera en gana y estar con las mujeres que me propusiera. Hacía lo que me apetecía en cualquier momento, desde el día que debuté. Ahora pienso cómo podía hacer eso y echar a perder de esa forma mi carrera..."

Pero en el campo, rendía. Tanto que el Inter de Milán se fijó en él y pagó la nada desdeñable cifra de 12 millones -ahora no nos acordamos de lo que suponía ese precio hace 10 años- por su traspaso. Sólo fueron dos años. Tiempo más que suficiente para que Zaccheroni primero y Mancini después no le dieran bola en el terreno. Él ya disfrutaba bastante fuera de él. Y llegó una oferta de Liverpool, del Everton concretamente para que Andy llegara al club toffee.

"Me ofrecían el doble de lo que me pagaban en el Inter, y ni me lo pensé. Lo primero que hice nada más llegar a Liverpool fue comprarme un Ferrari y emborracharme en uno de los sitios más famosos de la ciudad". 

Antes, en Milán, se escondía detrás de la botella en su infinita mansión en las afueras de la ciudad para ocultar los problemas deportivos. Pero cada vez eran más frecuentes las disputas con su novia, así que se buscó otro lado en el que vivir-beber. "Salía los sábados y los domingos. Pero también los lunes, los martes, los miércoles... Bebía a todas horas. Era una forma de no pensar en nada. Luego llegaba a casa y no me sentía cómodo. Tenía un zoo allí. Había loros, caballos, perros, tortugas. Una vez llegué y encontré que mi novia había comprado un camello."

Por aquellos entonces, Marco van Basten, ídolo en la ciudad italiana, fue nombrado seleccionador holandés en lo que supuso el principio del fin de su carrera internacional. Conocedor del entorno en el que se movía Andy, van Basten le condenó al ostracismo de la oranje.

Toda vez que llegó a Liverpool se desató más, si es que eso era aún posible. La cocaína se convirtió en parte fundamental de su vida. David Moyes, el hoy técnico del Manchester United, llevaba ya 3 años en Goodison Park y pensó que podría recuperar a van der Meyde para la causa. Pero el intento fue fallido. "Íbamos de fiesta en fiesta. A veces iba a casa a por ropa y le decía a mi novia que nos íbamos de concentración a un hotel, cuando en realidad lo que pasaba era que la fiesta continuaba. Bebía sin parar y consumir cocaína estaba a la orden del día. No podía controlarlo. Luego, para dormir, necesitaba muchas pastillas o no era capaz de hacerlo. Había cosas un poco más fuertes que sólo se podían conseguir con recetas médicas y entonces lo que hacía era robárselas al médico del club".

Se pasó toda la primera temporada de las tres que estuvo en Liverpool lesionado con problemas musculares. Los rumores acerca de sus excesos empezaron a ver la luz y a mitad de 2006 fue ingresado en el hospital de urgencia por problemas respiratorios y se dejó entrever que había sido a causa de mezclar distintas sustancias entre las que estaban el alcohol y la cocaína. Moyes le apartó del equipo, le relegó una campaña entera al equipo reserva cuando su paciencia se terminó después de que el extremo faltase dos veces al entrenamiento, multa incluida. 

En su último año en Inglaterra pudo reconducir su vida. Abandonó los malos hábitos, pero ya era demasiado tarde. No llegó a disputar ni 30 minutos en la última temporada. Tenía 29 años y ya no le quedaba nada de lo que disfrutar junto a un balón. Se fue de Goodison Park, consiguió una prueba en el PSV pero no llegó siquiera a debutar para acabar dejando el fútbol por la puerta de atrás, retirándose con sólo 30 años y quedando toda su calidad relegada a un equipo amateur de barrio.

"Tenía mucho talento, era rápido y con mucha calidad y le daba igual la banda, podía cambiar el signo de cualquier partido donde jugara, lo tenía todo y se quedó sin nada. Una auténtica pena. No llegó a lo que podía y todos creíamos, pero es que verle en los entrenamientos era increíble.", señaló Reiziguer, compañero de selección. 

Sería posible resumir su carrera en una frase que él mismo publicó en su libro: "Fui una vez a Manchester de fiesta. Me bebí una botella de ron entera yo sólo y llegué justo a la hora del entrenamiento sin tiempo para descansar. Hice los mejores tiempos, pero todo el mundo sabía de mi estado. No podía esconder que iba borracho". Lo tenía todo y se quedó sin nada. Andy van der Meyde, un futbolista que dejó toda su calidad encerrada en una botella. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Alan Shearer: Local Hero

"Sólo existe un Sherarer, un Alan Shearer, nosotros caminamos cantando esta canción, caminamos en el maravilloso mundo de Alan Shearer". Así es como recibían cada domingo los aficionados del Newcastle a su última gran estrella. Dicen que los reyes gobiernan a sus anchas a todo un pueblo que trabaja para ellos. Shearer era el rey de reyes, venerado por todos y cada unos de los seguidores del toon. Pero a diferencia de otros, él era quien trabajaba para hacer felices a miles de personas que vestían rayas blancas y negras y se hacían llamar con mucho orgullo, urracas.

260 goles en la Liga Inglesa le contemplan. O lo que es lo mismo, el máximo goleador de toda la historia de la Premier League: El "9" del Newcastle. Allí fue donde nació hace casi 43 años con un único sueño: Jugar algún día con la camiseta número 9 del equipo de su vida, el Newcastle United. Un sueño que se truncó en los inicios, cuando el equipo del noreste de Inglaterra le rechazó en las jornadas de pruebas en las que se presentó. Para su suerte, por allí andaban ojeadores del Southampthon que le ofrecieron recorrer toda la isla para enrolarse en las categorías juveniles del equipo rojo y blanco del sur de Inglaterra. No se lo pensó. Sólo tenía 16 años y un nuevo camino se le acababa de abrir delante.


Alto, delgado, veloz y espigado, rápido comenzó a alternar entrenamientos con el primer equipo y con las inferiores. Su progresión meteórica le valió para entrar con cuentagotas en la primera plantilla en la temporada 1998. Y con sólo 17 años y 240 días consiguió su primer gran trofeo al convertirse en el jugador más joven de la historia en anotar un Hat Trick -ante el Arsenal-, superando un récord que contemplaba el mítico Jimmy Greaves durante más de 30 años. En el equipo liderado por Jimmy Case y Matt Le Tissier, Alan comenzó jugando como mediapunta, siendo más asistente que goleador y con escasos minutos hasta la temporada 90/91 -en la que fue elegido mejor jugador del equipo- debido a su juventud y a la competencia.

Y en ese verano de 1991, su historia dio un giro de 180 grados. Fue elegido para dirigir a la selección Sub 21 del país en el famoso Torneo de Toulon, llevando al equipo a ganar el título con 7 goles en 4 partidos. Esa temporada, en liga, anotó 14 goles, lo que le sirvió para ser convocado con la selección absoluta y jugar la Eurocopa de aquel año.

Manchester United, Liverpool, Leeds United... Todos los grandes suspiraban por Shearer De hecho, los Reds Devils habían lanzado el verano anterior una oferta por el delantero inglés que, con mucho criterio, rechazó la ofensiva por la histórica rivalidad entre el equipo de Old Trafford y su equipo de toda la vida, el Newcastle. Pero tras su gran temporada, ya estaba preparado para ir a un mejor club. En este caso, el Blackburn Rovers. Un equipo que venía de la segunda división pero que tenía un proyecto llamativo.

En su primera temporada con el equipo de azul y blanco (92/93), Shearer anotó 16 goles en 21 partidos llevando al equipo a ser 4º en Liga, además de 6 goles en 5 partidos de Copa. Y sólo un año más tarde, sin lesiones de por medio, pudo disputar la primera gran temporada completa, llegando a anotar 34 goles en 48 partidos, siendo 31 de ellos en liga sólo superado por el delantero del Newcastle Andy Cole. Además, el Blackburn fue segundo en liga por detrás del Manchester United.


En la 94/95, el Blackburn se alzó campeón de liga con un punto de diferencia con respecto al anterior campeón, el Manchester United. Y el delantero inglés tuvo gran parte de culpa gracias a sus 34 goles en la competición doméstica. Su sociedad en la delantera con Chris Sutton hacía estragos en las defensas rivales y rápido la pareja fue bautizada como 'SAS' -Shearer and Sutton-. Además del campeonato, Alan obtuvo el premio del máximo goleador de la liga y el galardón al mejor jugador de la Premier en esa temporada.

Con el equipo centrado en Champions, la mira en los objetivos ligueros decayeron y el Blackburn sólo consiguió ser 7º en la 95/96. Fue su última temporada como Rover y anotó 31 goles, alzándose por segunda vez consecutiva con el premio del máximo goleador.

"He cumplido el sueño de toda mi vida, vestir la camiseta número 9 del Newcastle. Marcar goles en St. James Park era lo único que quería hacer". Así comenzó su discurso en el partido homenaje que le hizo el Newcastle en su despedida, en St. James Park ante el Celtic de Glasgow. Un sueño que consiguió en el verano de 1996, cuando las urracas pagaron 22 millones de Euros por el delantero inglés, en lo que era hasta entonces la mayor cantidad de dinero pagada por un jugador.

Fue probablemente el mejor año de su vida. Feliz por haber firmado con los magpies, acudió a la Eurocopa como líder de su país, al que llevó a la semifinal. Sólo los penaltis fueron capaces de vencer a los pross, que se quedaron sin final en el partido previo ante Alemania desde la fatídica tanda de los 11 metros. Los 5 goles que anotó durante el torneo le valieron para hacerse con la bota de oro, y además, ser elegido en el 11 ideal del torneo.

Empezó en el Newcastle (96/97) como un huracán. El baño de masas que se había dado el día de su presentación bien se estaba justificando domingo tras domingo en el templo magpie. Tales eran sus actuaciones que fue nombrado como 3 mejor jugador del mundo en la entrega del Balón de Oro -Balón de Bronce para él- superado por Sammer y Ronaldo, y como 3º mejor jugador en la gala del FIFA World Player por detrás de Ronaldo y George Weah. Y las urracas volvieron a quedar subcampeonas de liga gracias en parte a los 25 goles de su delantero, que se alzó por tercera vez consecutiva con el premio al máximo goleador.

Y en el mejor momento de su vida, todo estuvo a punto de torcerse. En el verano de 1997, en un partido de pretemporada frente al Everton, Shearer se rompió los ligamentos de su rodilla, quedando en el dique seco durante 5 meses. Llegó a un equipo roto y fuera de forma para ayudar a mantenerlo en una zona más o menos tranquila. Su contribución en el final de la temporada pasada le sirvió para volver a ser elegido como mejor jugador de la liga. Su cartel era tan importante en el mundo entero, que Sir Bobby Robson -que más tarde sería entrenador del Newcastle-, intentó fichar al jugador para el FC Barcelona en aquel invierno, pese a estar lesionado. Se hizo oficial una oferta de 26 millones de euros que tanto Shearer como Dalglish -entrenador del equipo inglés- rechazaron. Se decía que el técnico del Barcelona estaba obsesionado con el "9" inglés y que uno de los motivos por los que dirigió al Newcastle posteriormente fue por tenerle a sus órdenes.

Con el miedo en el cuerpo aún, Shearer acudió como capitán al Mundial 98 donde Argentina dejó fuera por penaltis a los pross en el torneo que dio a conocer a Michael Owen como estrella mundial. En liga, volvió a superar la cirfa de los 30 partidos, anotando sólo 14 goles en una de las peores temporadas de su vida.

Con la llegada de Bobby Robson en el banquillo, la Toon Army soñaba con volver a los puestos cabeceros tras dos años de penurias. y Shearer sabía que era él el hombre que debía liderar al equipo. Para ello, decidió abandonar la Selección, con sólo 30 años, y dedicarse al equipo de sus amores. Volvió, por fin, a cosechar sus cifras estratosféricas de goles, olvidando por completo su lesión. Fueron 23 goles, pero el Newcastle volvió a quedar en la segunda mitad de la tabla. Y una nueva lesión de ligamentos le volvió a dejar en blanco a la siguiente temporada, privando también al equipo de alcanzar cotas más altas.

Con ansias de títulos, Alan volvió en la 2001/2002  con más ganas que nunca y el Newcastle sacó la chequera a pasear para fichar, entre otros, a Laurent Robert, Jermaine Jenas y Craig Bellamy. Además de la incursión de un jovencísimo Chopra que empezaba a despuntar con las inferiores y a asomar el hocico en el primer equipo. Con 27 goles, el Newcastle finalizó 4º, en un puesto que daba opciones a Champions y que catapultó la economía del club para la siguiente temporada.

Una temporada (02/03) en la que el equipo volvió a acabar en puestos de Liga de Campeones, esta vez como tercero en liga y con un Shearer encendido que hizo 25 goles. Tenía ya 33 años, pero su físico portentoso y su facilidad para estar siempre en el punto crítico le permitía seguir cosechando goles a raudales.

Pero ya tenía una edad, y aunque seguía jugando casi todos los partidos cada temporada, el retiro estaba más próximo que lejano. En una liga tan física, con tanta dureza, los magpies temían el día en que su Dios colgara las botas. Con 34 años, volvió a rozar los 28 goles en una temporada, llevando a su equipo a las semifinales de la Copa de la Uefa, una de las mejores actuaciones del Newcastle en la historia, donde el todopoderoso Olimpique Marsella de Drogba venció a los ingleses.

Aquel verano se empezó a rumorear con su retirada. Nadie imaginaba cómo un hombre que había hecho casi 30 goles y seguía dando tardes de gloria al fútbol inglés podía colgar las botas. No lo hizo. El Newcastle firmó a un delantero centro para competir con él. Era Patrick Kluivert. Fue entonces cuando volvió a recordar de dónde vino: de la mediapunta. Sin dar asistencias, se convirtió en la pareja perfecta para el holandés. Ambos se abrían espacios y combinaban para acabar marcando. El inglés sólo hizo 7 goles en 28 partidos de liga. Un fracaso para lo que tenía acostumbrado a su afición. Pero el equipo, con una plantilla pobre, no acompañaba y terminó en 14º posición. Eso sí, en la Copa de la Uefa, el equipo volvió a dar la cara llegando a Cuartos de Final y el delantero inglés terminó como máximo goleador del torneo con 11 goles en 9 partidos.

Y entonces llegó. Llegó el día en que anunció que se retiraba. Lo anunció meses antes. "Dejaré el fútbol al final de temporada", dijo. Todos lloraron y él no. Él lloró más tarde, cuando de verdad lo dejó. Y lo dejó en lo más alto. Sólo llevaba 7 goles en 30 partidos de liga. Llegaba el Wigan a St. James Park y en el minuto 5 ya estaba ganando, privando a las urracas de terminar en posiciones europeas. Fue entonces cuando se echó el equipo a las espaldas y de golpe y porrazo viajó en el tiempo para rejuvenecer unos años y dar la vuelta al partido con dos goles delante de su afición. Sus dos últimos goles en St. James Park. Pero no el último de su carrera. Se guardaba lo mejor, la visita al Estadio de La Luz. Sólo dos días después, el Newcastle cruzó el río Tyne para jugar, al otro lado del condado del Tyne-Wear con el eterno rival, el Sunderland, en uno de los derbis más apasionantes de todo el panorama futbolístico. 

Los Black Cats empezaron ganando aquel partido en el que se jugaban a vida o muerte sus últimas opciones de mantener la categoría. Rápido Chopra empató, y Shearer, desde los 11 metros, mandó el balón a la red por última vez en su vida como profesional, poniendo el 1-2 un marcador que terminaría con 1-4 y sepultaría a los de Sunderland. Unas pequeñas molestias le retiraron en el minuto 71 dando entrada a Albert Luque en lo que iban a ser sus últimos minutos en la Premier. Nunca volvió.

Último gol en su carrera, frente al Sunderland
Aún lesionado, Shearer tuvo un partido homenaje en su casa, St. James Park ante las más de 50.000 personas que llenaron el estadio. El rival elegido fue el Celtic de Glasgow. En él, viejas glorias como Lee o Ferdinand se vistieron de corto mientras el eterno "9" veía el partido desde el banquillo esperando el momento. Su momento, cuando el árbitro señaló los 11 metros, se despojó de la sudadera y saltó al verde entre un estruendo rival para marcar, ahora sí, el último gol de su vida. 

Último gol, en su partido homenaje
Mosaico en su partido homenaje


St. James Park por fuera, el día del partido homenaje
Después, su discurso. Unas palabras directas y claras en las que mencionó a Jackie Milburn -2º máximo goleador del Newcastle detrás de Shearer- para darle las gracias por haber sido una leyenda del equipo que amaba. En un homenaje que se celebró el 11 de mayo de 2006, cuando Milburn habría cumplido 82 años si un cáncer no se lo hubiera impedido. Y aunque se mantuvo todo el discurso sereno y compacto, se terminó derrumbando entre lágrimas una vez dejó el micrófono. "Thank You Alan".

Estatua de Milburn y Shearer
Entre sus trofeos, además del Balón de Bronce (1996), el 3º puesto en el Fifa World Player (1996), La liga Inglesa (94-95) y los títulos a mejor jugador de la temporada (1995 y 1997), Alan Shearer figura como delantero en el equipo ideal de los últimos 10 y los últimos 20 años de la Premier. Pelé le eligió en una lista oficial FIFA como uno de los 100 mejores jugadores de la historia. Fue dos veces máximo goleador de la UEFA y estuvo en el 11 ideal de la Eurocopa 1996, en la que además ganó la Bota de Oro. Obtuvo 3 veces -consecutivas- el trofeo al máximo goleador de la liga inglesa y tiene el récord de goles en una temporada de 42 partidos (34 goles9 y de 38 (31). Es el máximo goleador de la historia del Newcastle y de la Premier League y fue introducido en el Hall de la Fama de Inglaterra en 2004. 

Además, en 2007 comenzó un proyecto para que dos estatuas fueran construidas en los aledaños de St. James Park. Jackie Milburn con un balón en los pies asistiendo a Alan Shearer, recibiendo con su palma en alto. Los dos mejores jugadores de la historia del club. Un proyecto que si bien estaba casi terminado, nunca se concretó cuando el nuevo dueño, Mike Ashley, llegó al club.

Este era Alan Shearer, el mayor artillero en la historia de Inglaterra. El delantero más completo que dieron las islas. Alto y rápido, empezó siendo un imberbe espigado para terminar siendo un hombre hecho y derecho con una fuerza y una potencia brutal. Con un golpeo exquisito con ambas piernas y un manejo del balón parado como pocos. A colocar o a romper, le daba igual. Dicen que nunca falló un penalti. Dicen que siempre estaba ahí para recoger la basura y mandar el balón a guardar. No sólo lo dicen. Su palma en alto  cada vez que marcaba encandiló a todos. Fueron 260 veces en Liga, aunque en realidad marcó 409 en su carrera. Este era Alan Shearer, uno de los delanteros más completos que estos ojos pudieron llegar a ver. Sus números no engañan. "There's only one Alan Shearer".