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sábado, 20 de abril de 2019

Ravel Morrison y el talento desperdiciado

Lingard, Pogba y Morrison, con la FA CUp Youth 2011 / Getty Images
Hace no mucho, el Manchester United tenía en su cantera una generación dorada de jóvenes talentos llamados a marcar una época. Eran tan superiores a sus rivales y combinaban tan bien, que incluso se llegó a especular con que llegarían a superar a la Class of 92, aquel equipo en el que despuntarían Giggs, Scholes, Beckham, Butt y los hermanos Neville. Era 2011 y los Red Devils acababan de ganar la FA Cup juvenil con una solvencia tremenda. En la plantilla destacaban los nombres de Paul Pogba, Jesse Lingard, Will Keane (Ipswich Town), pero sobre todo, por encima de ellos, estaba Ravel Morrison.

"Nunca he visto un jugador joven con tanto talento como él", admite Río Ferdinand. "Venía a entrenar con nosotros con 16 años y podía jugar a un toque, a dos, se adaptaba a todo lo que le pedía el equipo profesional con facilidad", termina. Tampoco se queda atrás su entonces entrenador y quien le dio la alternativa, Sir Alex Ferguson, quien llegó a situarle por encima de jugadores como Giggs o Rooney en cuanto a talento y quien se refiere a Morrison en su autobiografía. "Hay algunas personas que no son mentalmente fuertes para superar los obstáculos de la vida. Ravel Morrison es posiblemente el caso más triste, porque él poseía tanto talento natural...".

Gary Neville fue el primero en establecer una comparación futbolística que luego se extendió también fuera del campo. "Es como Paul Gascoigne. Un jugador capaz de driblar a uno, a dos, a tres jugadores sin problemas". Y es que, nacido casi en el seno del club, Ravel Morrison fue creciendo bajo la lupa de Old Trafford como uno de los muchachos que podrían llegar a marcar una época. Siendo claramente coronado como el futbolista clave de ese Manchester United juvenil, Morrison brilló con luz propia en todas las categorías inferiores de Inglaterra, desoyendo siempre los cantos de sirena que le llegaban desde Jamaica, donde posee nacionalidad por sus antepasados.

Con 17 años firmó su primer contrato profesional, y solo dos días después empezaron los problemas legales que le han acompañado toda la vida y que han sido el factor determinante para que hoy, en vez de ser una estrella mundial, esté olvidado jugando en Östersund de la Liga de Suecia. Acusado de robo con intimidación cuando entró con un cuchillo en una tienda, salvó de milagro su entrada en un reformatorio y la condena fue menor, pero empezó ya a marcar un expediente que le ha acompañado toda la vida. Hizo 12 meses de servicios sociales y pagó una multa económica.

Morrison creció en Stretford, un barrio muy complicado de Mánchester, junto a su madre soltera y su abuela. Ferguson sabía que para triunfar en el United debía salir de allí, por lo que el club le ofreció varios acomodos distintos. Llegó a debutar con el primer equipo en 2010, apenas con 17 años, y jugó tres partidos más con el club. Pero la falta de oportunidades brindada porque en ese momento estaba poco centrado y tenía problemas legales hizo que con solo 19 años se marchara del club.

Morrison celebra un gol con el
West Ham / Harry Engels/Getty Images
Los pesos pesados del United intentaron disuadirle para que se quedara, pero él solo quería jugar al fútbol. Su agente, algo que él no sabía, estaba pidiendo una suma de dinero ingente por renovar y el Manchester United decidió incluso ponerle en venta antes de que su contrato expirara. La primera gran oferta le llegó del Newcastle, corroborando que el chico tenía muy buen cartel. Morrison le pidió al club que le cediera, pero el Manchester realmente ya le consideraba apto para jugar con ellos en el primer equipo, por lo que las opciones eran quedarse o irse de manera permanente. El United rechazó la oferta del Newcastle y el contrato del mediapunta se terminó ese mismo verano, cuando decidió unirse al West Ham.

Sam Allardyce, entonces a cargo de los de Londres, llamó a Sir Alex Ferguson antes de ofrecerle el contrato. "Se convertirá en un genio, pero solo si es capaz de solventar sus problemas fuera del campo".

Cuenta Ravel Morrison que cometió muchos errores de joven, pero que la mayoría de las veces ya tenía una etiqueta que le catalogaba y que era esa fama que se había granjeado la que le hacía parecer peor de lo que era. Que estaba en el momento menos adecuado en el lugar menos adecuado. Desde ciertos sectores de la voz pública, se le acusó de robar a sus propios compañeros en Old Trafford, de tener mal comportamiento, de meterse en peleas... "Nunca hice nada de eso. Lo único que una vez robé fueron unas botas de fútbol que un compañero ya no iba a usar más. Yo no salía a beber, no fumaba, no cogía el coche borracho, no tomaba drogas... todas esas cosas que sí hacen muchos jugadores, pero yo siempre era el malo. Veía esas miradas de la gente hacia mí, con miedo". "He cometido muchos errores. Pero de eso hace ya casi 10 años. Con 16, 17... Era un niño, pero hoy día me siguen preguntando por todo ello. Nunca nadie me habla de fútbol. No me dejan avanzar".

Poco antes de llegar al West Ham tuvo que lidiar con otro problema, cuando se enzarzó en las redes sociales con un aficionado al que acabó insultando de manera homófoba y siendo castigado por ello por la FA. En la disciplina de los hammers estuvo tres años, aunque durante esa época estuvo en calidad de cedido en el Birmingham, el Cardiff y el QPR, alternando siempre luces y sombras. Y es que en 2014 volvió a vivir un calvario. Su novia y la madre de su novia le acusaron de violencia de género y de amenazas. Supuestamente, Morrison había amenazado en público con desfigurarlas la cara con ácido y luego matarlas. Morrison pasó detenido tres días en prisión para luego salir bajo fianza. Tras un año de juicios, un vídeo de la escena le encontró inocente de todos los cargos que se le imputaban.

Morrison, en Atlas / Refugio Ruiz/Getty Images
Morrison quiso salir de Inglaterra y encontró acomodo en la Lazio. Allí donde había brillado Paul Gascoigne y donde otro excéntrico como Di Canio se había metido a la afición en el bolsillo, quizás encontraría su sitio. Nada más lejos de la realidad. Firmó en 2015 y se marchó hace unos meses con apenas cuatro partidos como jugador lazial. Entre medias, volvió al QPR, donde había dejado muy buenas impresiones en su primera etapa y el curso pasado lo hizo jugando en Atlas de México. "Tenía muchas ofertas de equipos de Europa, pero me informé y vi que en el país había buenos jugadores con gran cartel mundial, así que me decidí por ir allí". 

Morrison quería un cambio de aires completo. Un nuevo destino donde se olvidara por fin aquellas fechorías que había cometido siendo aún un adolescente menor de edad. Pero tampoco lo encontró. "El niño rebelde del fútbol inglés", "El delincuente que no triunfó en el Manchester" fue alguno de los titulares con los que se encontró a su llegada. Pero la pasión lo suplió todo. En México realizó muy buenos partidos.

Hace unos meses, liberado ya de su contrato con el equipo romano, Morrison, de 26 años, ha firmado con Östersund, equipo de media tabla de la Liga de Suecia. Quiere empezar de cero."El pasado, pasado está y nadie debería ser juzgado por quien fue en el pasado". En Suecia ha empezado como titular, siendo uno de los jugadores destacados del equipo jugando tanto en la mediapunta como echado en banda izquierda. Dice que lo único que quiere es jugar, que le da igual el nivel o la categoría, que solo busca ser feliz. Admite seguir manteniendo contacto con Pogba y Lingard, que no tiene ni un ápice de envidia de ellos y, además, que es seguidor del Arsenal desde pequeño. Otra historia de alguien que pudo ser y no fue.




viernes, 17 de febrero de 2017

Adrian Doherty, la estrella del Manchester United que nunca pudimos ver

Antes de empezar a leer esta entrada, es importante poner la mente en blanco. Olvidar todos los problemas de la vida y simplemente disfrutar de cada palabra, cada línea, con los versos de fondo de Forever Young de Bob Dylan. Porque así lo habría querido Adrian Doherty, la estrella del Manchester United que nunca pudimos llegar a ver. La leyenda de Old Trafford que el periodista Oliver Kay ha revivido en su libro, titulado del mismo modo que la canción de Dylan, en honor al espíritu y gusto de Doherty.

Dicen los que jugaron al fútbol a su lado que no había nadie con la pelota en los pies como él. Que el talento que Adrian Doherty (10 de junio de 1973, Strabane, Irlanda del Norte) poseía era único y que no ha habido otro como él, ni posiblemente lo habrá. Ryan Giggs, de alguna forma, le da las gracias porque si él no se hubiera lesionado, "nunca habría podido tener una carrera a tan alto nivel, él me habría cerrado la puerta". Matt Bradley, su descubridor, le define como "el mayor talento en un campo de fútbol desde George Best" y Brendan Rodgers, que compartió césped con él en sus inicios como jugador, augura que "Ryan Giggs y los Neville admiten que Doherty era mejor que ellos". 

Cuentan los que le conocieron en profundidad, que Adrian Doherty era mucho más que un futbolista excepcional. Que tenía un aura especial, que estaba tocado con una varita, que todo lo que hacía, lo hacía bien (salvo dibujar, como remarca un amigo suyo de la infancia). Adrian Doherty era ese chico capaz de aprender a tocar la guitarra por sí mismo, de componer canciones y poesía (su gran pasión) como pocos con mucha facilidad. Adrian Doherty era ese chico que, por pura diversión, regalaba sus entradas para ir a Old Trafford y se metía en el metro a tocar la guitarra. Ese chico que, con 13 años, en plena época de violencia en su pueblo por la guerra de las dos Irlandas, fue capaz de apartar a un batallón de soldados de sus quéhaceres y ponerse a jugar con ellos al balón en mitad de la calle. Aquel que "jugaba al fútbol como Ryan Giggs y tocaba la guitarra como Bob Dylan", en palabras de su excompañero en Manchester Sean McAuley.

Adrian Doherty, con el equipo juvenil del Manchester United
"Le veías en el campo y era muy rápido y habilidoso. Un jugador excelente con ambos pies. Adrian era completamente un talento natural, lo hacía todo parecer muy fácil. Trístemente, justo antes de hacer su debut con el primer equipo, se lesionó de su rodilla", se deshace en elogios Sir Alex Ferguson sobre él. "Ferguson era durísimo conmigo. Me gritaba varias veces cada entrenamiento cuando era un juvenil. Y luego, miraba a la otra banda y veía cómo nunca regañaba a Adrian. Claro, que para ser sincero, he de decir que siempre lo hacía todo bien", señala Giggs.

Y es que, casi por encima de los Busby Babys, en Manchester se recuerda a la tan aclamada 'Class of 92', la generación de jugadores entre los que estaban David Beckham, Paul Scholes, Ryan Giggs, Gary y Phil Neville y Nicky Butt, entre otros, como la mejor generación de la historia de los Red Devils, esa que llevó al club a la gloria y que inició el proyecto de lo que hoy es el equipo más laureado del país y uno de los clubes más exitosos de todo el planeta. Han hecho entrevistas, han grabado vídeos y hasta se ha rodado una película-documental contando sus vivencias, pero lamentablemente, nadie recuerda a Adrian Doherty, o como en el seno de Old Trafford se le conocía: The Doc. 

Adrian Doherty no era un futbolista al uso. Pasó algo más de cuatro años de adolescencia siendo jugador del Manchester United, recibiendo una paga semanal por parte del club inglés, y nunca se le vieron visos de grandeza. Doherty no llevaba tatuajes, ni ropa de marca. No le ponía interés a su imagen, no lucía peinados extravagantes. Jamás se le vio con el pelo engominado, la moda de entonces y pasaba por los espejos sin reparar en el reflejo de su imagen. Nada le importaba el qué dirán. Algunos le definían como bohemio. Otros, como hippy. La mayoría concluye que simplemente era Adrian Doherty. El chico que nunca sabía dónde había puesto su traje y la corbata que tenía que llevar los días de concentración. Aquel que con 16 años bajaba a desayunar con los jugadores del primer equipo del United en chanclas y pijama mientras era norma no escrita que se hiciera en chándal y deportivas. Aquel que fue el primer jugador de la historia en firmar un contrato profesional a la edad de 16 años.

Adrian Doherty nació y creció en Strabane, en medio de las revueltas que surgían en las dos Irlandas, inmersas en un proceso de guerra civil que derivó en que el chico viviera entre las recurrentes bombas y los crueles asesinatos que se cometían en su entorno. El segundo de cuatro hermanos, Adrian, o Aiden, como se le conocía en casa, heredó de su padre el gusto por el fútbol y, sobre toda las cosas, por el Manchester United. Jimmy, su progenitor, había jugado para el Derry City, el club local y rápido transmitió sus genes futboleros a su nueva generación.

Las primeras muestras de su habilidad llegaron en la escuela primaria, en el colegio St. Mary. Allí se enroló en el equipo del colegio, con chicos todos mayores que él, pero eso no importó para dejar a todos boquiabiertos al poner en práctica lo que había practicado tantas tardes con su hermano mayor Gareth en el jardín de casa. "Era un crío, era más pequeño que todos, pero ya le veías que era el doble de bueno que el resto", admite su amigo Nial. Una visión que corrobora John Farrell, que solía arbitrar los partidos locales de las categorías infantiles."Incluso a la edad de 8 y 9 años ya le veías que era demasiado bueno. Él cogía el balón y... no puedo describirlo. Era como un lagarto, era una especie de Johan Cruyff". 

Doherty / M. United
Su padre empezó a darse cuenta de las capacidades de su hijo a la edad de once años cuando le veía solo en el jardín, sin la mirada de nadie más y empezaba a disfrutar con el balón, o con lo que fuera. "Empezaba a rematar de cabeza el balón contra el muro de casa. No lo dejaba botar. Le veías hacerlo sin problema 100, 200, 300 veces como si nada y el balón no caía. Entonces, cuando pensabas que lo había hecho todo, dejaba a un lado el balón de fútbol, cogía una pelota de tenis y lo repetía. 100, 200, 300 veces. Y no se le caía, lo hacía como si fuera la cosa más sencilla del mundo". Adrian no lo hacía por lucirse, simplemente, por pura diversión. 

A la edad de 12 años, por primera y última vez, un entrenador se atrevió a quitarle del césped. Fue en un campus de verano y Brian McGillon era el encargado de dirigir a los jóvenes en un partido de fútbol gaélico (ver las normas del deporte y su desarrollo aquí). Adrian no tocaba el balón con las manos, se recorría el campo entero controlando con la cabeza y los pies. 

Volvió entonces a disfrutar del fútbol en el equipo Melvin, donde llevaba desde los 11 años. El entrenador decidió subirle a la categoría Sub15, con chicos tres y cuatro años mayores que él. "Adrian destrozó mi carrera como futbolista", recuerda su hermano mayor. "Tenía cuatro años menos que yo y el míster me había dicho que le iba a subir a nuestra categoría. Él jugaba como jugador de banda derecha, como yo, y después del primer partido yo ya era su suplente". 

Adrian Doherty se dio a conocer públicamente en Irlanda el 5 de mayo de 1983. Con casi 13 años, el Derry City había acordado jugar un partido amistoso con el Nottingham Forest, entonces entrenado por Brian Clough y considerado como uno de los mejores equipos del mundo tras su reciente doble conquista europea. Como teloneros, antes del gran evento, había preparado un partido entre los chicos Sub14 del Derry City y un combinado de jugadores de la categoría de la zona. Ahí, entre ellos, estaba Adrian Doherty, preparado para dejar boquiabiertos a toda una multitud que se había dado cita para ver el plato fuerte de aquel día. 

"Para ser sincero, nadie habló del partido entre el Forest y el Derry City aquel día. En boca de todos solo estaba el chico al que acababan de ver", señala Peter Hutton, jugador-entrenador del equipo local. Y es que Adrian marcó los dos goles de la victoria 2-0 ante el Derry Sub14, que era claramente favorito, de una forma que hoy reconoceríamos como 'estilo Messi'. Los goles, por cierto, pasaron vagamente por Youtube hace unos años, aunque rápidamente fueron censurados por Copyright. En ellos se podía ver a un joven chico con las piernas muy largas regateando a todos los que salían a su búsqueda y con una rapidez y un control de balón impropio para un crío de 13 años. 

Tal fue su exhibición, que Brian Clough quedó anonadado y envió Liam O'Kane, su asistente, a que tuviera un acercamiento con su entorno. Sorpresivamente, O'Kane y Jimmy Doherty habían compartido vestuario años atrás en el Derry City y la 'negociación' fue sencilla: El Nottingham Forest quería a Adrian Doherty a toda costa y se fijó una fecha para hacer una prueba. De forma paralela, Doherty dejó Melvin y pasó a jugar en Moorfield Boys, un club que entrenaba Matt Bradley, scouter profesional que había trabajado para el Celtic y para varios clubes de la Primera División Inglesa. "El momento en el que le vi, sabía que era el mejor chico que había visto desde George Best", admite Bradley. 

Entonces, el Arsenal estaba siguiendo a McIvor, un compañero de Adrian en Moorfield. El ojeador John Dillon había sido enviado para seguir al jugador, pero tras ver un partido de exhibición, rápido cambió su hoja de ruta y se centró en Doherty. "Esa misma noche nos llamó y nos dijo que el Arsenal quería ficharle", señala Jimmy Doherty. A los pocos días pasó una prueba y al día siguiente ya tenía el acuerdo con el Arsenal preparado para ser cerrado. Matt Bradley, seguidor empedernido del Manchester United, dolido porque le iban a quitar a su perla, escribió una carta a Sir Alex Ferguson. Ya que le iban a quitar a su jugador, que lo hiciera el equipo del que él era hincha. Ferguson no dudó en responder a la petición de su homólogo y mandó a un ojeador a ver jugar a Doherty. Solo hicieron falta 10 minutos para que el Manchester United ofreciera su futuro a Doherty. 

"Hemos observado a su hijo y queremos ofrecerle un contrato", le dijo Sir Alex Ferguson al padre de Adrian cuando llamó a la familia por teléfono. "Cuando evaluamos a un jugador joven, vamos marcando las casillas en las que destaca: Velocidad, coraje, técnica, fuerza, visión y algunas más. Con Adrian hemos marcado todas las casillas, lo que es extremadamente raro". Arsenal y Nottingham Forest no tenían nada que hacer.

Así, con 14 años (aunque llegaría a la entidad de forma oficial meses más tarde), Adrian Doherty se convirtió en jugador del Manchester United, cuya camiseta solo se quitaba para ponerse la de Irlanda del Norte, en cuya selección juvenil jugaba desde hacía tiempo y donde compartía equipo con Brendan Rodgers. En una Irlanda dividida, ser católico aparentaba ser un gran hándicap. Era el único de toda la plantilla en serlo. Eso levantaba ampollas y prejuicios que se esfumaban nada más le veían tocar el balón. No obstante, eso y la incapacidad futbolística de sus compañeros le hizo pensarse en más de una ocasión cambiarse de bando y jugar con República de Irlanda, donde ciertamente sería mejor aceptado y donde podría tener una mejor carrera. 

Poco a poco empezó a integrarse en la vida del Manchester United. Vivía en un centro junto a otros compañeros y hacía largas concentraciones a las que iban todas las categorías de los Red Devils. Le costó adaptarse a vivir fuera de casa, tanto que incluso, un día, pidió al club que le dejaran volver a casa. Ferguson, sabedor del talento que tenía entre manos y que Doherty no era como el resto, le permitió marcharse unos meses. Pero Adrian nunca quiso volver. La morriña que sufría en el Cliff, famoso centro de entrenamiento del United desde 1938,  le impedía sentirse cómodo y el club acabó haciendo una excepción única para que el chico viviera en casa de unos familiares lejanos, que residían relativamente cerca del cuartel del United. 

Los tiempos en Old Trafford eran difíciles. El equipo rozaba el descenso en la temporada 1989/90 y Sir Alex Ferguson estaba en el alambre. Su continuidad como técnico estaba en entredicho y solo el buen hacer del equipo juvenil, que lideraba Doherty por la derecha junto a Giggs por la izquierda, mantenía la posibilidad de un futuro esperanzador. Ferguson le había dedicado mucho tiempo a los juveniles y eso lo sabía la directiva, pero los resultados inmediatos que exigía la grada para el primer equipo no llegaban y eso pesaba demasiado. A la gente descontenta, entonces, se le invitó a acudir a los duelos del equipo juvenil, donde la directiva estaba segura quedarían maravillados.

 FA Cup Youth Semifinal. 1 de abril de 1990. Arriba: Bosnich, Ryan Giggs, Darren Ferguson, Sixsmith, Lydiate, Sean McAuley.  Abajo: Mark Gordon, Craig Lawton, Lee Costa, Tonge y Adrian Doherty / Man. United
Esos partidos los seguía, y los sigue, Tony Park. Park es uno de los aficionados más célebres del Manchester United, conocido por su exhaustivo seguimiento de todas las categorías desde que tenía uso de razón. Su colección de libros del club es inenarrable y guarda recortes, fotos y notas personales de cada partido que pudo disfrutar, que en categoría juvenil, han sido prácticamente todos en los últimos 40 años. "Era un demonio de jugador. Si puedes llegar a imaginarlo... Coge un poco de Ryan Giggs, un poco de Andrei Kanchelskis y un poco de Cristiano Ronaldo. Mézclado todo, y ahí tienes a Adrian Doherty", revela Park, que describe en sus crónicas particulares las hazañas de Doherty con el equipo juvenil. "Él era imparable, recuerdo a un entrenador del equipo decirme que solo había tres jugadores en toda la plantilla que llegarían al primer nivel: Giggs, Scholes y Doherty. Solía decirme que Giggs tenía una zurda magnífica y velocidad y Scholes era control y muy constante en el juego, pero que Doherty lo tenía todo", añade Park.

Gary Neville, que era dos años menor que Doherty y ya de vez en cuando entrenaba y jugaba con su equipo, recuerda: "Tenía un talento fantástico. Tenía mucha facilidad para regatear jugadores, poseía una gran habilidad. No he visto nunca nada como él. Tienes que tener mucho cuidado cuando haces este tipo de comparaciones, pero tenía una habilidad como la de Messi".

Doherty / Man. United
Con 16 años y 287 días, Sir Alex Ferguson incluyó a Adrian Doherty en una concentración con el primer equipo del Manchester United. Era el jugador más joven en hacerlo desde que en 1953 lo hiciera el mítico Duncan Edwards. Varios jugadores de la primera plantilla estaban entre algodones y, de no pasar una prueba física, Adrian haría su debut oficial en una convocatoria. No sucedió, pero el jugador empezó a sumar convocatorias ya con el primer equipo. Ferguson quería que cogiera experiencia, pero de momento rehusaba a darle la alternativa pues el equipo juvenil estaba en las fases finales de la FA Cup y quería que su mejor jugador le diera el título al segundo equipo.

Al final de la temporada 1989/1990, Doherty fue llamado a las oficinas del club. Allí se le ofreció un contrato profesional. A excepción del mencionado Edwards, nunca antes ningún jugador firmó un contrato profesional a tan temprana edad y, además, ninguno había llegado a las cifras que el Manchester le ofrecía a un jugador que ni siquiera había cumplido los 17 años. 200 libras semanales fijas, más bonus por partidos, victorias, goles, más una suma de dinero de cinco cifras que no se quiso revelar al final de cada una de las cinco temporadas que le habían ofrecido.

Doherty, que jugaba al fútbol por divertirse, que no esperaba, ni quería, la admiración del graderío cuando tenía el balón en los pies, que solo quería disfrutar del momento por querer sentirse Forever Young, que, pese a que tenía ambición por ser el mejor jugador del mundo, no perdía un solo minuto que pudiera dedicar a componer canciones y poesía, decidió rechazar el contrato. "No sé dónde quiero estar en los próximos cinco años", se excusó. 

"¿Cuánto quieres firmar?", preguntó Ferguson.

"Un año, quizás dos", contestó Doherty.

"Tienes que pensar bien lo que estás diciendo. Es una buena oferta, hay chicos en tu equipo que darían su brazo derecho por un contrato como esté", sugirió el técnico.

Al final, Adrian Doherty firmó por tres años y ligó su futuro inmediato al Manchester United, que ya estaba preparando el terreno para su debut oficial con el primer equipo. Adrian Doherty fue informado, de forma oficial, de que iba a entrar en una convocatoria en los próximos partidos. Sin tener que esperar a que un compañero no pasara el corte médico, sin tener que aguardar al último momento para saber si iba a estar en el banquillo o en la grada, Adrian Doherty se preparó para el día que estaba marcado en rojo en el calendario de su vida: el 3 de marzo, ante el Everton, iba a ser el día de su debut. Pero llegó el día y, en su lugar, quienes sí debutaron fueron Giggs y Darren Ferguson. Doherty, en cambio, vio el partido desde la grada junto a Steve Bruce, Bryan Robson o Mark Hughes, todos lesionados.

"No te preocupes, llegará pronto", le dijeron los veteranos. Adrian, tocado de su rodilla por un 'pequeño' problema surgido apenas 10 días antes, se cayó de la lista en el último momento. Y es que ese pequeño problema fue más grave de lo que a priori pareció y terminó con la carrera de un futbolista que nunca llegó a jugar un partido profesional, que fue el mejor jugador que nunca pudimos llegar a ver y del que sólo disfrutaron unos pocos afortunados.

"Aún puedo ver, cada día, el partidillo y el momento exacto en el que Adrian se rompió el cruzado, o cualquiera que fuera la lesión que tuvo", admitió Sir Alex Ferguson en 1999 (8 años después de la lesión), mirando desde la ventana de su despacho el campo de entrenamiento donde todo sucedió. Fue el 23 de febrero de 1991, una semana antes del partido contra el Everton que nunca pudo jugar. El Manchester juvenil estaba jugando un partido de entrenamiento contra los chicos del Carlisle cuando la rodilla de Doherty hizo 'BANG'. "No fue falta, simplemente un balón dividido. Fuimos al choque, la rodilla se me torció y yo me caí. No me dolía, me levanté e intenté correr rápido a por el balón, pero no podía andar", explicaba Doherty.

Jim McGregor, fisioterapeuta del club, intuyó que se podía tratar del cruzado. Nadie entró en pánico. La rotura del ligamento cruzado hasta entonces era una lesión prácticamente desconocida. Los esguinces o las distensiones sí estaban más vistas y con algo de reposo y rehabilitación, el jugador podía volver a jugar en unas semanas. Ese fue el primer diagnóstico que se le dio a un Adrian que, ahora sí, admitía sentir un dolor insoportable.

El problema es que ningún médico se ocupó del caso en primera instancia, y McGregor, que solo era un fisio, no puso nunca en los informes que podría ser una lesión de ligamento cruzado. Nadie ordenó hacer un escáner, se concluyó que el chico tenía solo un esguince y que rápido estaría disponible para jugar. Así, el 22 de marzo, su nombre aparecía entre los titulares del partido de FA Cup juvenil ante el Southampton en el folleto que se repartía en la puerta del estadio, aunque nunca llegó a jugar. 

En mayo del mismo año, dos meses y medio después de la lesión, Doherty volvió a los campos. Haciendo rehabilitación por su cuenta, sin asesoramiento del club, Adrian ya estaba de vuelta para jugar el torneo Blue Stars, donde los juveniles de los mejores equipos de Europa medían sus fuerzas en partidos de 40 minutos. En solo 24 horas, Adrian jugó cuatro, todos completos. Cuando terminó el torneo y sin casi tiempo para llegar de Zúrich, Adrian fue convocado para ir con el primer equipo a un doble encuentro amistoso en Trinidad y Tobago. En vista de la situación de fatiga que sentía y de la cercanía de la lesión, le pidió al club que le liberara y tener así algo de descanso. La misiva fue rechazada y Adrian viajó con el equipo para caer lesionado en el primer partido. Esa rodilla no estaba bien.
Adrian Doherty / The Guardian
Se fue entonces de vacaciones, como el resto de la plantilla, y volvió el 24 de julio para preparar la pretemporada. Fue entonces, cinco meses después de la lesión, cuando el cuerpo médico se decidió a hacerle una resonancia magnética en la que se descubrió que tenía una rotura en el ligamento anterior cruzado de su rodilla derecha. Una lesión que no era desastrosa, según Jonathan Noble, el médico que se encargó del caso, que decidió que no era necesario operar. 

El 4 de septiembre de 1991 no había ningún signo de mejora por parte del jugador, por lo que Noble se decidió a practicarle una artroscopia, en la que se descubrió que el jugador tenía también roto el menisco y se corroboró el diagnóstico de la rotura del ligamento, aunque Noble continuó afirmando que no era necesaria una cirugía de reconstrucción del ligamento. 

Así, Doherty se enfrentó a días, semanas y meses de recuperación, siempre por su cuenta. Haciendo los mismos ejercicios de fuerza día tras día, hora tras hora, en soledad, mientras en el campo anexo disfrutaban del balón los que ya eran sus compañeros del primer equipo. 

El 7 de diciembre de 1991 Adrian Doherty hizo una nueva aparición con el equipo reserva. Allí, la expectación era máxima por dos motivos: ver al chico norirlandés que estaba en boca de todos de vuelta y comprobar si aquel pelirrojo apellidado Scholes que llevaba semanas jugando a gran nivel era realmente tan bueno. Ian Brunton, un especialista del equipo reserva del Manchester durante años, recuerda su reaparición como "Catastrófica. Él parecía una sombra del jugador que yo había visto antes. Esto suele ser normal en jugadores que han estado mucho sin jugar, pero a él se le veía raro. Ni siquiera su estilo de correr era el mismo". 

11 días después, el 18 de diciembre, el médico Noble pidió una segunda opinión y se decidió a operar al jugador. "O pasas por el quirófano, o no podrás volver a jugar al fútbol de nuevo", le dijo el doctor. Habían pasado 10 meses desde la lesión y el jugador había reaparecido hasta en tres ocasiones distintas, con el ligamento cruzado y el menisco rotos. 

Sin confiar en Noble, que había cambiado de diagnóstico muchas veces en poco tiempo, Adrian y su padre viajaron en búsqueda de una nueva opinión, que recaería en el cirujano McClelland. "Mi sensación era que con la lesión que tenía sería muy difícil volver a jugar al fútbol a nivel profesional. Que incluso ni recuperaría su nivel previo", señaló el doctor. La operación se le practicó en febrero de 1992, un año después de la lesión y durante los siguientes dos meses el jugador tuvo que empezar la rehabilitación en su casa, por su cuenta, sin ninguna supervisión, de forma totalmente rudimentaria. 

En abril retornó a Manchester para empezar ejercicios con los fisioterapeutas y la opinión de McGregor era que la operación no había salido bien, como sí aseguraban los médicos. Un mes después, toda la plantilla y cuerpo técnico se fue de vacaciones. Doherty, que vivía con su amigo Leo en un piso compartido, hizo las maletas y de un momento a otro se plantó en Estados Unidos. De manera simultánea, los únicos en Mánchester que seguían con actividad eran los juveniles, donde Giggs, los Neville, Gillespie, Savagge, Beckham, Nicky Butt y Paul Scholes se alzaban con el título mientras Doherty se dedicaba a tocar sus canciones en locales de poca monta, a recitar sus poemas en los trenes de la Gran Manzana.

Con el fin de las vacaciones, la rutina de gimnasio retornó hasta que el 30 de enero de 1993, casi dos años después de la lesión, el momento parecía haber llegado: Adrian Doherty tenía el alta. Volvería a jugar al fútbol. Sus primeras actuaciones fueron totalmente desesperanzadoras. Dicen que antes de la lesión, nunca un lateral pudo arrebatarle el balón cuando Adrian iba en carrera. Ahora parecía otro, totalmente vulnerable, superado siempre por su par. Un jugador mortal con un mal día, pero uno detrás de otro. 

Adrian confirmaba entonces a su entorno que no estaba 100% recuperado de su rodilla pero, con todo, llegó a confesar a su padre que empezaba a sentir las sensaciones positivas del pasado. Lo hizo tras encadenar varias actuaciones notables y su llama del fútbol, esa que llevaba dos años apagadas, pareció por poco brillar. Quizás Adrian Doherty, el chico al que se le había roto el corazón por no haber podido debutar con el Manchester United ante el Everton en marzo de 1991, volvía a sentir el gusanillo del fútbol más de dos años después. 

Poco le duró la alegría, pues el Manchester United decidió no renovarle y ahí acabó su historia, con 20 años, en el que había sido el equipo de su vida, del que era fan desde niño. "No parecía dolido ni enfadado. Desde el primer día pasó página", afirman su padre y su madre. Rápido entendió y aceptó que el fútbol no iba a ser su vida y ni siquiera se molestó en buscar un nuevo equipo. Se dedicó entonces en cuerpo y alma a la composición, a su música, a sus poemas. Y no volvió a hablar del Manchester United, ni de su pasado como jugador, nunca más. 

La sensación de despecho que no tenía él sí se apoderó de su entorno, que no entendía que, tras dos años de lesión, al club le hubieran bastado cinco partidos para decidir que no era un jugador válido, en una lesión que deja importantes traumas psicológicos. Para más inri, ese mismo mes de mayo, según Adrian salía del club por la puerta de atrás, el Manchester United se proclamaba campeón de la Liga Inglesa por primera vez desde 1967. Era el inicio de la era exitosa de Ferguson. Aquel que mantuvo su puesto porque en el equipo juvenil jugaba un Adrian Doherty capaz de sostener, con sus actuaciones, el mal rendimiento del primer equipo, de apaciguar las críticas porque él era el futuro del Manchester United y lideraría una generación esperanzadora. 

Cuando las noticias de su salida de Old Trafford llegaron a Irlanda, rápido en las filas del Derry City se empezó a trabajar para intentar fichar al jugador. Adrian se había asentado en Preston ya entonces, y el club le ofreció no entrenar y acudir solamente a los partidos los fines de semana. Como simple hecho de diversión, pues la Liga Irlandesa no era profesional, y por defender los colores que una vez había llevado su padre, Adrian aceptó la oferta. Roy Coyle, entonces a cargo del Derry, llamó a Ferguson para preguntarle por el estado del chico, temiéndose entonces que llegara un crío con aires de grandeza que alterara el vestuario. "Si él consigue estar sano, centrado y motivado, puede jugar a cualquier nivel", contestó Ferguson. 
Adrian Doherty y Liam Coyle en el Derry City

Lo que se presentó aquel día en Irlanda fue totalmente lo contrario de lo que Coyle auguraba. Un chico con ropas anchas de segunda mano, despeinado, con una guitarra a cuestas y un par de botas de fútbol viejas. "Todo lo contrario de lo que te puedes imaginar de un adolescente que ha hecho dinero jugando en el Manchester United". Tras su primer entrenamiento, nadie tuvo ya dudas, su toque de balón seguía intacto. "Tú no debes estar aquí. Eres demasiado bueno para nosotros. Tienes que estar aterrorizando defensas en la Premier League", le dijo Coyle al segundo día. Ciertamente, el entrenador quería que Doherty acabara firmando con ellos mucho tiempo, pero sentía que tenía el deber de convencerle para que volviera a la Premier League, donde cualquier equipo que no fuera el Manchester estaría dispuesto a ficharle. 

El caso es que, tras la disputa de cuatro partidos, Adrian Doherty decidió dejarlo. Se sentó con el entrenador y le confirmó que no podía seguir jugando. "Me dijo que no se divertía ya jugando al fútbol y que el dolor que él sufría cuando jugaba en su rodilla era insoportable. Que se quería dedicar a tocar la guitarra". Y ahí acaba la carrera como futbolista profesional de Adrian Doherty, que se puede resumir en un puñado de partidos amistosos con el primer equipo del Manchester United y cuatro como jugador del Derry City.

Y eso, cantar, fue lo que hizo. Dicen que no se le daba nada bien (se le puede ver micrófono en mano en varios locales en vídeos de Youtube) eso de entonar, que lo suyo ciertamente era la composición, para lo que era un dotado. Aunque por su faceta de showman, fue capaz de ir poco a poco logrando espectáculos, que la gente se divirtiera con él y vivir de ello durante un tiempo. Trabajó también en una fábrica de chocolate, como botones en un hotel, en una panadería, como cartero y en una fábrica de metal. Nunca le dijo a nadie quién era, ni de dónde venía. No mencionaba que había sido jugador del Manchester United, y que llegó a ser considerado el mejor talento de Irlanda y el futuro mejor jugador del mundo. 

John O'Connell, el dueño del hotel que le contrató como portero, le dejó una habitación en su casa para vivir. "Yo siempre veía el fútbol. Era la época en la que Manchester United y Newcastle se jugaban todos los títulos. Siempre intentaba que Adrian viera el fútbol conmigo, pero nunca mostró ningún interés en ello", señala. "Me dijo que había trabajado en muchas cosas antes, pero no mencionó nada de su pasado como futbolista". 

Su vida acabaría prematuramente de la forma más trágica posible. Tras vivir dos años y medio en Preston y cuatro en Galway, Adrian Doherty puso rumbo a Holanda, donde le había llegado una oferta de trabajo. Quería probar nuevas experiencias y no dudó en hacer las maletas. 

El 7 de mayo del 2000 un paciente entró en coma en un hospital de La Haya. presentaba graves daños cerebrales y había estado expuesto a una alta falta de oxígeno tras haberse caído a un canal y haber quedado inconsciente. No tenía documentos de identificación y lo único que se sabía de él, por su apariencia, era que podía ser escocés o irlandés y que presentaba una cantidad enorme de marcas y cicatrices en su rodilla derecha. Adrian Doherty, que no sabía nadar y le tenía pánico al agua, estuvo cinco días sin identificar hasta que su familia, preocupada porque no daba señales de vida, consiguió dar con él. 

Adrian Doherty murió el 9 de junio del 2000, justo un día antes de su 27º cumpleaños. Ese mismo año, el Manchester United había vuelto a ganar la Premier League y justo un año antes, los Neville, Beckham, Scholes y Ryan Giggs, esa generación que él estaba llamado a liberar, se había alzado con la Liga de Campeones tras remontar un duelo apasionante al Bayern Múnich en el tiempo de descuento. La policía determinó, tras una larga investigación, que su muerte fue accidental (cerca de 100 personas pierden la vida al año en Holanda por la misma causa) al ir corriendo a coger un tren para ir a trabajar, resbalar y caer al canal. Los médicos aseguraron que, de haber sobrevivido, podría haber sufrido daños cerebrales irreparables.

En su funeral, su hermano pequeño, a quien Adrian había enseñado a tocar la guitarra, tocó para él 'Forever Young', de Bob Dylan, que era su cantante favorito. El Manchester United propuso la creación del Adrian Doherty Trophy, un memorial a jugar cada año que su familia rechazó y en 2007 sacó un artículo en su programa prepartido que contaba la historia del jugador, titulado 'Adrian Doherty: The star we never saw'. "Iba a tener una carrera asombrosa. Tenía un talento terrible, era un jugador habilidoso, no era débil en ningún aspecto", admitió Gary Neville al ser abordado, justo al final de su exitosa carrera. 

La historia de Adrian Doherty pasará de padres a hijos, de generación en generación, como la historia de lo que pudo ser y nunca fue. Una lesión de rodilla nos apartó de ver a un jugador que todos tildaban como superlativo. Un chico del que, todos los que habían jugado con él, admitían era el mejor jugador que habían visto jugar. El ojito derecho de Sir Alex Ferguson, cuya carrera salvó jugando incluso en el equipo juvenil. Ryan Giggs, David Beckham o Paul Scholes eran meros teloneros, acompañantes, de un chico que podía jugar con la derecha, con la izquierda, correr, cambiar de ritmo cuando quería o regatear en corto sin flaquear. 

Cuando Brendan Rodgers llegó en 1990 al Reading, allí estaba Jim Leighton, cedido por el Manchester United. Se pusieron a hablar sobre la vida en Old Trafford y en Cliff Ground y entonces la conversación se desvió. "Le pregunté si conocía a un chico juvenil del equipo, del que me habían hablado muy bien, y me dijo que no. La misma respuesta que recibí al hablar de otro", apuntaba Rodgers. "Entonces, mencioné que conocía a un chico norirlandés llamado Adrian. ¿El Doc? me dijo, El Doc es como una leyenda".

-Agradecimientos a Oliver Kay. Gran parte de lo que aquí se narra está sacado de su libro 'Forever Young', que puedes comprar aquí. 

domingo, 9 de agosto de 2015

La última gran oportunidad de Sergio Romero

Supe que iba a triunfar desde la primera vez que lo vi, allá en el verano de 2007. Fue en el famoso Mundial Sub 20 de Canadá que encumbró a un imberbe Sergio Agüero y donde una generación de argentinos que parecía que iba a comerse el mundo, entre los que estaban Emiliano Insúa, Garay, Fazio, Ever Banega o Mauro Zárate, se proclamó campeona con holgura. También sobresalió el papel de Maxi Morález, hoy en Atalanta y a quien un paso por las ligas de los petrodólares cortó la progresión y sobre todo Matías Sánchez, un todoterreno para todo que probó suerte en el filial del Atlético pero que por unas cosas o por otras no terminó de dar el gran salto. En aquella portería estaba Sergio Romero, un chico de 20 años y 1'92 m, cuya envergadura ocupaba todo el alto de la portería sin siquiera tener que brincar, que ya había debutado en Primera Argentina con Racing y que iba a hacer un torneo espléndido. Tenía, además, el referente de Óscar Ustari, la gran esperanza albiceleste que acababa de aterrizar bien joven en España, consagrado como uno de los mejores porteros del continente americano, y a quien las lesiones acabaron por destrozar mental y futbolísticamente.

Lo que más llamó la atención de Romero, a quien apodaban 'Chiquito' con gran carga de ironía desde la adolescencia, fue sin duda su saque, tanto con la mano como con el pie. Capaz de llegar a media cancha con su guante derecho y de poner la pelota casi en área rival con el pie antes del primer bote. Con esa edad, con tanto por mejorar, se antojaba fácil pensar que podía tener ahí un arma asistente si se trabajaba en esa faceta. Tras el gran torneo que hizo, donde sólo encajó dos tantos, el AZ Alkmaar holandés se hizo con sus servicios por cerca de 2 millones de euros. En Holanda, donde empezó como suplente para acabar robándole la titularidad a su homólogo Waterman, se hizo un nombre y un nombre. Sus actuaciones le valieron para ir con Argentina a los JJOO de 2008 en Pekín, donde con él bajo los palos tras la rotura de ligamentos de Ustari, la albiceleste se colgó el Oro. 

Romero, durante el Mundial 2010 / MEXSPORTS
Debutó con la absoluta sólo unos meses después, con 22 años y ya de ahí no le ha movido nadie. Su buen hacer en la Eredivisie, donde se llevó el título en la 2008-2009 con Louis van Gaal como técnico, le hizo permanecer siempre bajo los palos de Argentina. Fue uno de los señalados en la nefasta etapa de Diego Maradona como técnico y ya nunca se ha quitado ese cartel de portero mediocre para el pueblo, algo que no le hace justicia.

Su altura, su zancada, su potencia de salto, su buen juego de pies, sus reflejos, su rapidez en la toma de decisiones, ese punto de locura (el mismo que le llevó a, en 2009, golpear con todas sus fuerzas con el puño un palo de su portería tras caer eliminado en Copa y quedarse 5 jornadas fuera de los terrenos por lesión), todo un mix que hacen de él uno de los mejores porteros del mundo, como bien fue nombrado el pasado año (sexto concretamente), pero que no tiene reconocimiento en la afición, sobre todo la argentina. Y es que ese Mundial de 2010, donde Tévez, Messi, Mascherano y compañía parecían tener una edad propicia para levantar el Mundial, hizo mucho daño en Romero y en cómo se le ha mirado, con lupa, desde entonces. El hecho de que es un portero con mala fama y de que una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad (como la de que es un portero mediocre) se comprueba por el hecho de que se le tilda como 'eterno suplente', cuando en 10 años de carrera profesional sólo un curso (en Mónaco) lo fue. 

Tampoco ayudó el propio Romero en apagar esa mala fama, pues con ofertas de todo tipo, decidió incomprensiblemente abandonar Holanda para irse a jugar a la Sampdoria, recién descendida a la Segunda División. Rápido subieron y con él bajo los palos, la Samp cuajó dos grandes temporadas. Otra vez se había vuelto a colocar en el panorama mundial cuando de nuevo una decisión extraña volvió a acrecentar su leyenda de mediocre. El Mónaco, nuevo rico de Europa, pidió su cesión dejando un buen dinero en las arcas italianas y el argentino se pasó toda la temporada sentado en el banquillo del Principado, tras la estela de Subasic. El año en blanco sentó fatal en una Argentina que pidió desesperadamente que Romero no defendiera la portería albiceleste en el Mundial de Brasil y en su lugar jugara un Willy Caballero que al final ni siquiera fue convocado.

Romero, incansable en su acto de dar títulos a la selección, de callar a los que le critican, cuajó un Mundial soberbio. Mandó a Holanda a casa con una tanda de penaltis (los once metros, uno de sus fuertes) a casa el día en que Mascherano le convencía que se iba a convertir en héroe minutos antes de hacerlo. Y como todo va por modas, Argentina se subió al carro del Romerismo, al mismo que se subió una Rihanna que incluso llegó a pedirle permiso a la mujer del argentino para tener una cita con él. 
En el encuentro ante Holanda del Mundial 2014 / REUTERS

Tras una temporada irregular en la Sampdoria, Romero vuelve a ser hoy protagonista. A su condición de jugador libre se apuntaron Roma, Real Madrid, Atlético de Madrid y Manchester United, que intentaron hacerse con sus servicios. Se decantó por el Manchester United, mostrando que no teme al peligro de luchar por un puesto en una portería en la que ya están, de momento, Víctor Valdés y David de Gea. Sea de la forma que sea, el argentino fue titular en el primer encuentro de liga con los Red Devils sacando más de una sonrisa en los aficionados del United, dejando incrédulos a aquellos que le criticaron sin fundamento por el simple runrún popular con un gran partido en el que mostró reflejos y más reflejos haciendo hasta tres paradas de mérito que valieron para conseguir los tres primeros puntos, nada distinto a lo que ha hecho también en sus primeros entrenamientos en Inglaterra en un vídeo que ha dado la vuelta al mundo.

A sus 28 años, la más que posible marcha de De Gea le abre un frente para, al fin, en uno de los mejores equipos del mundo y bajo el mando de Van Gaal, su máximo valedor, demostrar que es uno de los mejores porteros del planeta. Hoy, Argentina, esa que pedía al portero suplente del Manchester City como titular en su selección, se rinde al chico que de momento es el titular en el Manchester United. Y todo ello porque ahora sí, el mundo ha visto jugar a Sergio Romero.

Romero salva un gol en su debut con el Manchester United / REUTERS