jueves, 16 de julio de 2015

Predrag Rajkovic, un felino a ritmo de Rock and Roll

Rajkovic, ante Mali en el Mundial Sub20 / INSTAGRAM

En tiempos en los que tener un portero que gana partidos se antoja necesario, con Casillas haciendo las maletas dejando una vacante el el Bernabéu y con un baile de arqueros que podría hacer cambiar de equipo a los Lloris, Cillessen, De Gea, Oblak o un Leno cuya cláusula de 18 millones se antoja irrisoria, un nombre de los menos conocidos y de los que más sonará empieza a elevarse en el horizonte: Predrag Rajkovic. Actual Guante de Oro del Mundial Sub 20 celebrado en Nueva Zelanda, Rajkovic relegó al banquillo a otro chico prometedor como Milinkovic-Savic, perla de la cantera del Manchester United. 

Con sólo 17 años, el Estrella Roja de Belgrado lo fichó de la Jagodina por la ridícula cantidad de 140.000 euros sólo una semana antes de hacer su debut oficial con la selección absoluta de Serbia a las órdenes de Mihajlovic, en un amistoso ante Colombia. Aunque, sin querer meter prisa, el chico ha ido quemando etapas con las categorías inferiores, a las que ha capitaneado, hasta el éxito del mes pasado, un título, el primero de un combinado serbio (tras la Eurocopa Sub19 de 2013 donde también estuvo) que le catapultará a la plantilla de los mayores más pronto que tarde.

Rajkovic, con el Guante de Oro / FIFA
Rajkovic es un loco. Un loco de sangre fría que vive a ritmo de Rock n' Roll bajo los palos en cada partido. Y también fuera de ellos. Concentrado durante 91 minutos de los 90 de un partido, atento al mínimo movimiento del aleteo de una mosca. No duda nunca. Es decidido. No juguetea con el rival, al que no trata de poner nervioso. Sólo desea superarle para celebrarlo sacando la lengua, chocando con sus defensas, a los que suele abroncar cada vez que le disparan en posición cómoda.

Rajkovic es potente, posee una arrancada prodigiosa y una fuerza en las piernas para recortar unos primeros metros que roban ángulo a un delantero que de pronto deja de ver la portería para encontrarse con un cuerpo enorme en el que relucen dos guantes inmensos, que pasa de ver la gloria al infierno en décimas de segundo. Es prácticamente insuperable en el mano a mano y aprovecha cualquier mínimo error del rival para tomar él la delantera. Cuando un atacante encara a un portero, es quien porta el balón el que tiene siempre la iniciativa, el que tiene más opciones de conseguir su objetivo. Si enfrente está Rajkovic, sucede todo lo contrario. 

Rajkovic es un auténtico líder, merecedor de ese brazalete de capitán que porta en la Serbia de Paunovic, un hermano mayor que cuida de sus lazos de unión y que no permite que un balón de más traspase la línea de gol. Es un matón de su área y quien entra en ella sabe con quién tendrá que rendir cuentas. Rajkovic mataría con tal de evitar que alguien le marcase un tanto de más. Ordena, coloca y manda. Siempre bien situado, siempre en el momento exacto, un guardameta que además ha visto cómo crecía su fama de parapenaltis. La cara de niño bueno que torna en la de un asesino en serie en cuanto pisa el verde del campo.

A su corta edad ya acumula numerosos galardones individuales, tanto de mejor portero como de jugador más valioso. El PSG ha llamado a su puerta, pero no parece querer moverse de su país por el momento. Quema etapas a un ritmo vertiginoso y el gran salto no tardará en llegar. Mientras, se divierte como cualquier chico de su edad, jugando a la PlayStation y arrancándose con canciones y baladas entre risas. Hasta que se enfunda los guantes. Entonces sube el volumen, el del Rock and Roll que sólo suena en su cabeza y que retumba en los oídos de los rivales.

domingo, 12 de julio de 2015

Olivier Kemen, la pantera del Newcastle

La pisa, la protege, la esconde y la suelta. En ocasiones, la toca de primeras sin complicarse, devolviendo siempre la pelota suave como la seda. Juega con un aura de varios centímetros de superioridad siempre a su alrededor, haciendo su campo de visión inmenso, facilitando así una buena salida de balón en el sentido correcto. Nadie le mete la pierna, y si lo hace, ya es demasiado tarde. Se dispone sobre el verde con una jerarquía impropia para un chico de 19 años y su toque de pelota no es nada usual en los jugadores de origen africano.

Olivier Kemen (julio de 1996) nació en Camerún, pero pronto dio el salto a Europa en una de las incontables colonias africanas asentadas en Francia y rápido supo que lo suyo iba a ser el balón. El diferente siempre en el patio del colegio, su potente carrocería innata le hizo quemar etapas a un ritmo acelerado hasta que en Inglaterra se fijaron en él. Tenía 16 años y jugaba para el Metz, pero la Premier League llamó a su puerta y rápido hizo las maletas para volar a la fría y oscura ciudad de Newcastle. La presentación no fue gran cosa, se le hicieron unas fotos con la camiseta visitante y se cerró el capítulo de fichajes. Curiosamente, su nombre fue recordado con más énfasis porque fue la única incorporación de un equipo necesitado de jugadores para afrontar la temporada.

Rápido se mudó a vivir con Ben Arfa primero y con Abeid después y se acomodó en el equipo como si estuviera en casa. No obstante la docena de jugadores franceses que ha tenido el club en cada una de las últimas dos temporadas se antojaban como un entorno acogedor, con las zonas comunes llenas de banderas de la drapeau tricolore incluidas. 

Allí ha quemado etapas en un equipo con una de las canteras más potentes del país a la par que ha defendido los colores de las selecciones inferiores de Francia, a las que lidera en cada evento. Se hace un nombre hoy con la Sub19 a la que capitanea en el Europeo de Grecia que se está jugando con una jerarquía que le hace ir dos pasos por delante que cualquier otro jugador del torneo. Es la báscula del equipo, pero también el timón y el periscopio. No pudo acompañar en la primera victoria a los suyos pues arrastraba un partido de sanción de un torneo anterior pero en el segundo ya se vistió de corto y al Gallo ya le cambió el gesto.

Kemen reúne pase en largo y en corto. No suele complicarse y le gusta mucho el primer toque, aunque a veces utiliza su superioridad física y su buen juego de pies para una salida más limpia todavía de la pelota. Su punto fuerte es el equilibrio que da cuando está en el campo, es el compañero ideal con el que jugar al lado, un auténtico baluarte. Nunca pierde la posición y es un muro difícil de sobrepasar. No es un goleador, pues no es un llegador de segunda línea, pero sí suele acertar cada vez que filtra un pase difícil entre líneas. Verle jugar es hacer un máster acelerado en coberturas y sólo la nula confianza de los entrenadores en los chicos de la cantera le han privado debutar ya en la Premier, aunque a sus 18 años ya ha repetido en media docena de veces en el banquillo de suplentes sin que llegase su momento. Tiene en casa el espejo en el que mirarse: Tioté, a cuyo juego se parece mucho en lo defensivo, aunque Kemen tiene más condiciones a la hora de tener el balón en los pies.

El Newcastle confió en él, lo trajo al fútbol de primer nivel y ahora, sin siquiera debutar, es posible que lo deje marchar. Desde Inglaterra aseguran que cuando vuelva del torneo, donde Francia es favorita y el opta a los premios individuales, ya no vestirá más los colores negro y blanco del Newcastle, pues el Tottenham y sobre todo el Liverpool tienen las negociaciones muy avanzadas para su contratación. Él, de momento, luce el brazalete de capitán de Les Bleus y sueña con tener la oportunidad en la máxima división del fútbol inglés. Condiciones le sobran para adaptarse en cuanto alguien esté dispuesto a confiar en él.

Olivier Kemen, con el Newcastle Sub21 / GETTY IMAGES

lunes, 6 de julio de 2015

Arda Turan: la calma antes de la tempestad

Hace unas horas que Arda Turan ha tapado sus rayas blancas con pintura azul. Esas franjas por las que tanto sudó, que hizo tan grandes y que fueron el orgullo de todos aquellos que una vez pisaron el Calderón, encendieron la televisión, se engancharon a las últimas aplicaciones futboleras e incluso, los más románticos, conectaron sus viejos transistores para respirar un fútbol añejo. 

Se va Arda, sí, pero la vida sigue. Pasan los años y pasan los jugadores. Lo hizo Torres, que antes o después tendrá que volver a pasar por lo mismo; sucedió con Agüero y en su día hasta Simeone en dos ocasiones. Pero permanece una huella imborrable que trastoca el alma de aquellos que alguna vez se enfundaron la zamarra rojiblanca con el 10 (o el 11) del ídolo turco al dorso, para los que se dejaron barbas molonas a la par que se raparon la cabeza y para los que en alguna ocasión dibujaron un corazón con sus dedos a la altura de ese escudo que tanto parecía amar y que hoy ha dejado tan arrugado como pisoteado. Se ha roto ese corazón y con ello una serie de fieles que seguían al jugador ya del Barcelona como si de un profeta se tratase. El Ardaturanismo, una religión.

Un jugador de dibujos animados, distinto al resto. Rehuye de la fama y no malgasta el dinero en restaurantes caros si puede ir a cenar a un kebap céntrico de la capital. Algo que ya difícilmente podrá volver a hacer. Le miraron raro cuando aterrizó en Madrid, porque venía a un gigante dormido que estaba a años luz de dos titanes y rápido decía que su objetivo era ganar la Liga y la Champions con el Atlético. Dichoso minuto 93. Fue tribunero desde el primer día y también se marchará siéndolo. Arda ama Galatasaray, su equipo de toda la vida, y ha cogido cariño al Atlético, el equipo que le ha hecho grande, pero nunca entenderá en qué consiste esto.

Cierto es que nunca escondió, ni antes ni durante, su deseo de recalar en la Premier (sobre todo en el Liverpool) ni su sueño de jugar para el Barcelona de Guardiola. Lo hará con Luis Enrique, que tratará de igualar los títulos de Pep en un paralelismo que debería asustar a los rivales. Sin Arda, el Atlético ya lo es menos, por mucho que se fiche. El Ardaturanismo no se muda, más bien desaparece. Es una conjunción del jugador turco con una grada de fieles rojiblancos que se extinguirá con el paso del tiempo y será un jugador difícilmente sustituible por Simeone.

Mucho más vistoso y decisivo que lo que los números dicen, él está mucho antes de todo eso. Arda es la pausa cuando todo está revuelto, pero es que cuando todo está apagado sólo él puede encender la mecha. Un funambulista del balón que no dudaba en bajarse al barro a la hora de ensuciarse por el equipo. Aquel al que darle la pelota cuando a los demás le quemaba en los pies. Arda es clases de ballet con la pelota a ritmo de tango argentino, es el eslalon precioso y preciso para escaparse de dos rivales, la sonrisa eterna de la banda, fuera cual fuera, que los de enfrente no querían ver enfadar. 

Arda Turan es la conquista del Bernabéu en varias ocasiones, la toma del Camp Nou en otras tantas, el asalto a Stamford Bridge o la genialidad de Do Dragao. Pero también es la figura del hombre, hecho y derecho, llorando como un niño en brazos de su 'papá' Simeone. Es la sangre fría entre tanta explosividad. Y todo lo que es, lo ha hecho pedazos en sólo unos días. Podía haberse ido como un ídolo para todos, recordado con honores por su Liga, su Copa, sus Supercopas o su Europa League, incluso por ese subcampeonato de Europa. Pero ha transformado todo ese amor, porque era amor, en una mancha difícil de descifrar y explicar. Unos lo llaman odio, otros rencor. Otros quieren ocultar que ahí está...Pero ahí está. Es la suma de todas sus hazañas, de todos sus momentos, que ha quedado en una sombra indescriptible y que curará, o no, con el tiempo. Pero ya nunca será lo mismo. 

Arda, en Stamford Bridge / GLYN KIRK

domingo, 5 de julio de 2015

Rossi, la batalla imposible de Márquez

Siempre fue todo muy bonito hasta que dejó de serlo. Hasta que un Rossi cercano a los cuarenta sacó su espíritu adolescente tras muchos años de amargura para enseñarle a quien quiere su corona que aún tiene mucha cuerda. La lucha de los dos mayores egos de la parrilla tenía que llegar un día u otro, una batalla nueva para Marc Márquez, que hasta entonces se ha topado con los, por momentos, frágiles Bradl, Espargaró, Pedrosa o Lorenzo. Un mundo nuevo es Valentino Rossi para el catalán.

Rossi gana ante Biaggi / MOTOGP
Y es que Rossi, curtido en mil y una batallas, es un maestro de destrozar las carreras deportivas de los rivales que osan ponerse a su altura. Lo hizo con un Max Biaggi que acabó desesperado golpeando a su Honda HRC, la mejor moto de la era, y fue desterrado a SBK tras un año sabático. Quizás fue el romano, seis veces campeón del mundo, el piloto con más talento de la historia, o al menos uno de ellos. Capaz de subirse por primera vez a una moto con 18 años y competir a los pocos meses en el Mundial como si llevara haciéndolo desde los 3, como acostumbran todos sus rivales de la parrilla. 

Rossi, más de 100 victorias, 9 campeonatos y una cantidad de podios que la mayoría sólo logran soñar con alcanzar, no sólo busca la victoria, sino que destroza a quien pone el listón a su misma altura. Es una apisonadora que tritura el ego de sus rivales, sus aspiraciones deportivas y hasta su vida personal. Rossi, aquel que tenía en su juventud pósters de Biaggi pegados en su pared y acabó a puñetazo limpio con él en Montmeló 2001 poco antes de subir al podio.

Stoner-Rossi / MOTOGP
También sufrió entonces Sete Gibernau las artes, buenas o malas, del número 46. Un Valentino superior en casi cada carrera que se dejaba adelantar por el español para, en las últimas curvas, dejarle con la miel en los labios. Para dejarle claro que era un quiero y no puedo a gran escala. No lo hizo ni una ni dos veces. 

Ahora la guerra es con Marc. Todo alabanzas cuando su rivalidad en la pista no era un objetivo real, la relación entre los dos ha cambiado. Márquez le ha dejado de ver como un ídolo o un ejemplo ahora que se ha convertido en su máximo rival. Si bien no por el campeonato, cosa que parece se decidirá en el box de Yamaha, sí por ver quién manda en la parrilla, quién tiene el ego más grande. Muchos han sido los que han intentado empezar la misma batalla con Valentino. Muy pocos los que de verdad podían siquiera igualarse con él. Y sólo uno, hasta la fecha, el que ha sido capaz de doblegar al 46: Casey Stoner.

El canguro más rápido del mundo, el 27, el único piloto capaz de domesticar una Ducati, la misma con la que fracasó Valentino. Dos títulos en 6 años y no más porque una intolerancia a la lactosa no se lo permitió. Casey fue el único que se dedicó a trabajar, fue a los problemas, los analizó y los solventó para machacar al de Yamaha. No entró en la batalla del 'y tú más' en la que sí está entrando Marc, la misma con la que tropezaron los Biaggi, Sete o Lorenzo en su día. El 93 no es consecuente con sus declaraciones, no mira al pasado y no se fija en el presente, sólo trata de vencer la batalla de quién la tiene más larga. Comete los errores de quienes ya fracasaron. Es su tercer año en la categoría y la primera vez que se mide a alguien con su misma ansia. Con la diferencia de que ese alguien tiene nombre y apellido: Valentino Rossi, quizás el inventor de lo que hoy trata de hacer Marc. 

Rossi y Márquez, 2015 / MOTOGP

lunes, 22 de junio de 2015

Ibrahima Sy, excentridad bajo los palos

Ibrahima Sy, durante el Mundial Sub 20 / GETTY IMAGES
¿Cómo se puede destacar como portero en un torneo pese a ser el equipo más goleado? Pues eso es lo que ha conseguido Ibrahima Sy (13 de agosto de 1995) en el Mundial Sub 20 de Nueva Zelanda que acaba de terminar. 14 goles recibió el africano en 7 partidos, el arquero que más balones tuvo que recoger de la red. Senegal, con todo, luchó hasta el último momento por entrar en el podio del evento y terminó conformándose con el cuarto puesto tras caer arrollada por Brasil en semifinal y disputar con un jugador menos más de media hora en la final de consolación. 

Rápido se pudo comprobar que Ibrahima no era un portero corriente el día del debut, cuando encajó tres goles ante Portugal, pero evitó una goleada que pudo ser de escándalo. La defensa senegalense, superada sólo con leves soplidos, fue más un estorbo que una ayuda y Sy, que defiende los colores del equipo reserva del Lorient, fue el máximo protagonista de los suyos con partidos repletos de trabajo. Enfundado en su traje rosa fosforito, este saltarín no pasó nunca desapercibido, fuera donde fuera que estuviera el balón.

Ibrahima Sy / GETTY IMAGES
Ibrahima Sy es un culo inquieto, un puro nervio que pese a estar bajo los palos quiere ser siempre protagonista. Con 14 años dio el salto a Europa recalando en las categorías inferiores del Marsella, donde ha progresado llegando incluso a jugar la Youth Champions League hasta que en el pasado verano el Lorient lo reclutó. Ibrahima tiene unas cualidades físicas innatas pero hace gala de unas carencias técnicas descomunales para llevar ya 5 años en el fútbol europeo. 

Desde el primer partido salvó los muebles y evitó una goleada superior de los lusos. Hizo gala de su potencia de salto, de sus reflejos, de su capacidad para llegar a los lugares más lejanos de la portería a su posición. Nunca piensa sus acciones y a veces eso es contraproducente. Se cree con una superioridad a los demás que es un arma de doble filo, pues esa exceso de confianza en ocasiones le genera problemas, como balones que acaban sueltos en el área que acaba terminando en más tiempos de los necesarios porque piensa más en divertirse que en hacer las cosas prácticas. Una hiperactividad causada por su pasado futbolístico, donde se desenvolvía en posiciones de ataque.

"Siempre he sido delantero y es lo que me gustaba. Pero un día vi jugar a Barthez con el Manchester United... y desde ese día no conozco otra posición", afirma el senegalés, criado en Dakar por su madre y su tía, que se tuvo que calzar los guantes de manera improvisada en un torneo juvenil local dejando a todos atónitos sólo un día después de ver por la tele al francés de los Red Devils. Era la primera vez que ejercía de portero, siendo ya mayor, y parecía que llevaba haciéndolo desde la infancia. Y es que ese día, Sy salvó a su equipo, que ganó el torneo gracias a una parada suya en el último minuto. "Acababa de ver a Fabian (Barthez) y fue él quien me inspiró", añade, y afirma que no ha perdido esa chispa por ser un jugador más. "Si te fijas bien, aún tengo los instintos de un jugador de campo. Y nunca voy a dejar de salir de la portería".




Y es que Sy no duda en salir de sus inmediaciones si el guión lo exige. En unas ocasiones más acertado que en otras. La campanada la pegó en los octavos de final, donde Senegal se medía a una Ucrania liderada por Viktor Kovalenko, que luchaba por ser el pichichi del torneo y acabó siendo Bota de Plata. Sy mantuvo a raya al killer europeo y acabó forzando los penaltis en un encuentro en el que los africanos fueron tremendamente inferiores. Y desde los once metros llegó su exhibición. Atajó 3 de los 4 que le lanzaron dando el pase a los cuartos de final y a lo largo de todo el torneo demostró que los lanzamientos desde el punto fatídico son su especialidad, parando 4 de los 7 en los que entró en acción. "Tengo un don para los penaltis", relataba tras el partido con una sonrisa de oreja a oreja que no desaparece nunca, ni siquiera en el campo. "No me preguntes qué es porque no sé explicarlo, es sólo algo que yo tengo. Es lo que tengo que hacer para proteger la portería de Senegal y estoy orgulloso de ello, porque soy un verdadero senegalés. Soy un luchador que lo da todo por su gente", sentenciaba.

No se llevó el Guante de Oro, tampoco pudo su equipo quedar entre los tres primeros, pero se quedaron al borde gracias a él. Encajó muchos goles pero salvó de goleadas históricas a un equipo mediocre por el que nadie apostaba siquiera pasar de grupo. Ibrahima Sy es un gato salvaje encerrado en una portería que busca con ansia sentirse protagonista, que no piensa sus acciones y con unas cualidades físicas innatas para dominar por muchos años alguna de las mejores porterías del panorama, quién sabe si la del Manchester de su ídolo Barthez. Tan capaz de la parada más inesperada e imposible como de la mayor líada en una acción sin peligro aparente. Un portero que después de cada saque con la mano ejecuta una voltereta para conseguir dar más potencia a sus envíos. Dicen que un portero ha de estar loco, pero Ibrahima excede la barrera de la excentricidad hasta límites insospechados y si alguien sabe encauzarle por el buen camino, corregir sus defectos y potenciar sus cualidades se acabará puliendo un portero por el que se acabarán pagando millonadas. Pero entonces, no sería Ibrahima Sy. 

"Si le hubiera cortado las alas habría sido mío, no se habría escapado. Pero así, habría dejado de ser un pájaro. Y yo... yo lo que amaba era un pájaro". [Mikel Labea]

Ibrahima Sy, tras la tanda de penaltis contra Ucrania / EFE

sábado, 20 de junio de 2015

Mundial Sub 20: Once ideal del torneo

Las once luces que brillaron con luz propia en el Mundial Sub 20 celebrado en Nueva Zelanda, en la XX edición de este torneo.

Rajkovic, ya como campeón / FIFA
Predrag Rajkovic (19 años, Serbia): Si hay algo en lo que esta copa ha tenido excedente sin duda ha sido en la porterías. Los guardametas han demostrado eso que en tantas ocasiones se antoja difícil, despuntar y ser cruciales en las categorías más inferiores. La dificultad del puesto, la presión y otros muchos factores suelen suponer que los arqueros estén siempre por debajo en eventos de estas categorías, pero no en Nueva Zelanda. Si bien el mejor ha sido Predrag Rajkovic, Guante de Oro del torneo que ha encajado sólo 3 goles en 7 partidos, no hay que olvidar a otros muchos que se quedaron en el camino, cada uno con sus virtudes, sus defectos y su toque propio. Como Ibrahima Sy, el excéntrico portero de Senegal que pertenece al Lorient. Sy, el portero más goleado del torneo a causa de dos abultadas derrotas, ha exhibido en Nueva Zelanda un poderío físico y unas cualidades innatas tremendas que sólo pueden mejorarse si se pule su técnica desde ya mismo en Europa. O Tino Casali, el perfeccionista de Austria, un portero que parece haber sido sacado del fútbol sala que medía al milímetro cada detalle. También André Moreira, portugués que pertenece al Atlético de Madrid. Un portero con mayúsculas, más efectivo que espectacular, que aporta seguridad por arriba y por abajo y superioridad en el mano a mano. O Batalla, condicionado como toda Argentina por un Grondona al que le ha podido el papel. Pero volviendo al serbio... Ha hecho de todo y todo bien. No ha cometido errores y ha sostenido al equipo cuando lo han necesitado. Es un capitán, un líder, un hermano mayor que cuida de sus lazos de unión y que no permite que un balón de más traspase la línea de gol. Es un matón de su área y quien entra en ella sabe con quién tendrá que rendir cuentas. Ya es titular con el Estrella Roja de Belgrado y no tardará en serlo con la selección absoluta, con la que ya ha debutado.

Joao Pedro (18, Brasil): El lateral derecho no tiene discusión. Joao Pedro es el nombre propio de esta banda. El jugador brasileño sigue los pasos de los Cafú, Dani Alves, Maicon o Danilo y durante el torneo enseñó que su diccionario para entender el juego se resume en un verbo: atacar. Joao Pedro no conoce otra cosa, ya sea por la derecha como por el centro. Una cualidad magnifica para una selección como la brasileña, dominadora de sus partidos. Es un pulmón para 90 minutos que goza de un físico privilegiado para acabar cada encuentro tan fresco como lo empezó. De lo más destacado de una Brasil que, pese a ser subcampeona, no mostró ni de lejos su mejor versión. Un talento del que se aprovecha hoy el Palmeiras pero que, si sigue con semejante progresión, será imposible no verle dentro de poco en Europa.

Srjdan Babic (19, Serbia): Casi dos metros de central es lo que tenía Veljko Paunovic a sus órdenes con Babic en el eje de la zaga. El defensa perfecto que todo entrenador sueña con tener. No duda, va duro al corte y sabe anticiparse. Su tamaño le permite ser inexpugnable por arriba y es muy rápido pese a ser tan alto. Ya es titular en la Vojvodina y aunque no era el jugador con más cartel del equipo, ni siquiera a priori titular, ha terminado por sentar a Jovanovic y erigirse como líder único de la línea de atrás. 

Milos Veljkovic (19, Serbia): Al lado de Babic, Veljkovic, un par de centímetros menos que su compatriota, pone la elegancia, la primera salida de pelota limpia. Un jugador bastante más técnico que ya ha dado el salto al fútbol europeo de nivel. Propiedad del Tottenham, ha hecho sus apariciones ya como cedido en Championship con el Charlton y el Middlesbrough, aunque también ha debutado con los Spurs. Veljkovic, polivalente, ha alternado el mediocentro con la zaga, donde se ha asentado en el tramo final del torneo.

Nemanja Antonov (20, Serbia): La zaga la completa otro campeón, Antonov. Un prototipo de jugador que en los últimos años se está haciendo más común ver. Un lateral potente, con zancada larga y decidido en ataque, pero una roca en defensa. Por posición (banda izqueirda), el paralelismo se puede hacer con Kolarov, aunque difiere en varios puntos con el del Manchester City. Antonov recula bien y corre para atrás con criterio, combina bien, llega mejor a línea de fondo, pero no tiene el cañón del citizen. Sin duda es mucho más parecido a Branislav Ivanovic, sobre todo cuando el hoy defensa del Chelsea empezó. Antonov, con todo, ni puede jugar de central ni va bien de cabeza como el blue, además de que juegan en bandas distintas, pero es sin duda, por estilo de juego, el jugador al que más se asemeja. Disputó por el premio Youssouf Koné (Malí) hasta el final, pero su expulsión en semifinales acabó por quitarle la ventaja con la que partía.

Danilo (19, Brasil): El jugador llamado a recibir el Balón de Oro del torneo si Brasil se alzaba con el título, se vio obligado a contentarse con el de Plata tras el fracaso en la final. Danilo rezuma profesionalidad. Un jugador con 19 años recién cumplidos que deja la sensación de llevar 15 jugando al máximo nivel. Un portento físico con una superioridad que le permite abarcar él sólo la totalidad del centro del campo. Como buen brasileño, además, no está nada exento de calidad y suele gustarse con algún lujo prohibitivo cuando en alguna acción esporádica acaba en una posición no tan comprometida como la suya natural. Su fuerza (es una roca) y su buen posicionamiento táctico le permiten jugar también como central, así como un mediapunta llegador. Su disparo es potente y su liderazgo infinito. El Liverpool fue el primero en llamar a su puerta hace dos temporadas y el Barcelona se fijó en él como relevo futuro de Busquets, pero él prefirió crecer en un clima más familiar y en un equipo de no tanta exigencia para no acabar relegado al banquillo y fichó por el Sporting de Braga. La Juventus de Turín ya ofreció en diciembre algo más de 10 millones de euros por él, pero de momento sigue perteneciendo al club portugués. 

De izqda a derecha, Traoré, Danilo y Milinkovic-Savic, con los premios
a los tres mejores jugadores del torneo / GETTY IMAGES
Sergej Milinkovic-Savic (20, Serbia): Un trabajador silencioso. Ganador del Balón de Bronce del torneo, ha sido la base de la columna vertebral del combinado campeón. Entrega, lucha y sacrificio durante 6 partidos (se perdió uno por sanción). Hace un trabajo que no se ve y que tiene menos reconocimiento de cara a la galería, pero que quien sabe apreciarlo lo valora el doble. Antes del torneo se le comparaba con Matic por similitud de condiciones. Un pivote trotón, duro, intenso, un elefante con el balón que aparta rivales a su paso y un muro sin él. Un recuperador nato. Pero tras casi este mes de competición se ha revalorizado como algo más. Ha mostrado calidad técnica y llegada hasta el punto de actuar por detrás del delantero. Cada balón aéreo lleva su nombre y dirección y ha mostrado una habilidad innata para trabajar por el compañero, para ejecutar coberturas con criterio y tapar el sitio libre en cada acción. Tiene cosas de Lampard, de Kovacic y del propio Matic. Un todo en uno que ha sido elegido como tercer mejor jugador del evento y sin el que Serbia no podría haberse alzado con el título. No tardará en abandonar el Genk para convertirse en una de las piezas más codiciadas del fútbol mundial.

Stendera, ante Nigeria / GETTY IMAGES
Marc Stendera (19, Alemania): Llegaba Stendera como el líder de Alemania, clara candidata al título, y como quizás el jugador más experimentado del torneo, el más determinante. Y no pudo demostrarlo en la segunda fase tras una primera descomunal donde exhibió sus mejores galas. Sobre todo a balón parado, donde es un francotirador. Stendera es de esa nueva clase de mediapuntas alemanes con mucha movilidad, buena asociación y mejor trato del balón. Sus cuatro goles en el torneo (y tres asistencias) se antojaron vitales para Alemania en un principio, pero falló desde los 11 metros ante Mali el que podría haber sido el tanto de la sentencia y su equipo acabó cayendo, en una sorpresa mayúscula, en la tanda de penaltis ante los africanos. Stendera por todos lados, por ambas bandas o por el medio. Debutó hace dos años con el Eintracht de Frankfurt y ya es titular en la mediapunta del equipo teutón. Un claro candidato a jugador del torneo que no ha podido hacer válidos los pronósticos por la temprana caída del principal favorito al torneo. 

Adama Traoré (19, Malí): El Balón de Oro del torneo gracias a su buen hacer durante todo el evento consolidado con una última puesta en escena de otra galaxia que le dio a Mali la opción de entrar en el podio. Traoré es el mediapunta típico africano, que es escaso pero cuando aparece no deja de sorprender. Zurdo que maneja las dos piernas a las mil maravillas, con un potente disparo desde media distancia y una capacidad infinita para imaginar lo inimaginable. Inventa goles de la nada y asiste por donde nunca parece haber hueco. Sus dos goles y su asistencia en la final de consolación son de museo y el motivo que declinó la balanza en su favor para ser elegido mejor jugador de la cita. Es habitual ya en las alineaciones del Lille francés y no pasará mucho tiempo para que se lo rifen los más grandes.

Andrija Zivkovic (18, Serbia): El jugador distinto de Serbia. Aquel que pone la magia en el conjunto de Paunovic. Principalmente se ha desenvuelto por la derecha, pese a ser zurdo, aunque se mueve bien por todo el flanco de ataque detrás del punta. Zivkovic es la calma antes de la tempestad, un asistente de lujo que duerme la pelota y la esconde antes de enseñarla, antes de cambiar el ritmo de la jugada, antes de pasar de 0 a 100 para luego, si quiere, volver a bajar a 0. Su determinación en los momentos importantes ha sido crucial. El hombre al que darle el balón cuando empieza a quemar porque en sus pies es todo dulzura, más sencillo. Zivkovic es caracoleo, es el tic tac del reloj, es elegancia pura, es el regate antes del último pase. Un baluarte a balón parado con su zurda. El gran derrotado en esa terna de premios individuales quizás por su discreta final.
Silva intenta una chilena / GETTY IMAGES

André Silva (19, Portugal): Cuatro goles y dos asistencias en cinco partidos, números suficientes que no sirvieron a Portugal a pasar de Cuartos pese a ser muy superior en todos los partidos. Los lusos salieron derrotados en penaltis ante Brasil tras haber podido golear a la finalista y subcampeona y su gran torneo sin recompensa tiene a André Silva, delantero del Oporto B, como protagonista principal. Silva es el 9 perfecto, un delantero completísimo que dispone de los mejores registros de los mejores goleadores. Es un tanque físico, bueno de espaldas, al primer toque, capaz de darse la vuelta tras bajar balones con nieve. Pero Silva también es rápido, tiene un tren inferior considerable y es potente con la pelota al pie en carreras de larga distancia. Muy bueno en el regate uno contra uno, muy bueno en el mano a mano con el portero, muy bueno fuera del área, también en el remate dentro de ella. Hace mejores a sus compañeros, pues el trabajo sin balón que hace este aún adolescente bien podría servir ya para enseñarlo en las escuelas. Cuánto ha perdido el fútbol con la rápida eliminación de la Portugal de André Silva.


Mundial Sub 20: La Serbia de Veljko Paunovic

Paunovic, entrenador de Serbia Sub20 / FIFA
Y al fin, tras muchos años de espera, el Mundial Sub20 lo ganó por fin un equipo, con mayúsculas, que no la esporádica espuma de sus talentos individuales. Y es que esta Serbia, que es un notable en todo, hizo durante todo el torneo un ejercicio de profesionalidad desmesurada, de sobreponerse a los contratiempos y de un gen competitivo que les ha hecho levantar el trofeo más grande de los pequeños imponiéndose a Brasil en una final agónica a la que le faltaron un par de minutos para acabar decidiéndose desde los once metros.

Serbia, que arrancó el torneo cayendo por 1-0 ante la Uruguay de un delicioso Gastón Pereiro, supo sobreponerse, vencer los dos partidos restantes del grupo para clasificar como primera e ir dejando rivales hasta llegar a la gran batalla decisiva. Destacable es en estos chicos que en cada encuentro que han jugado desde el final de la primera fase, en todos han llegado a la prórroga, incluso en algunos a los penaltis. Cuatro duelos a todo o nada de 120 minutos de desgaste, ante rivales más frescos, más enteros y con mucho más descanso que, ni por esas, han tumbado al combinado del hombre que brilla por excelencia por encima de todo: Veljko Paunovic.

Se enorgullecía el ex jugador de Atlético de Madrid y Getafe, entre otros, de la camada de chicos que tenía a sus órdenes incluso meses antes de que arrancara la competición o de que hiciera oficial la lista de 21 jugadores que han terminado llevándose todos los elogios. Su escenificación sobre el verde ha sido la de once jugadores moviéndose al son de una coreografía orquestada por el joven técnico. La de un grupo de muchachos trabajados y moldeados para competir en cualquiera que sea el escenario, ya se adverso, ya sea favorable. 

El no perder el sitio, el tapar cada espacio, el saber cada uno qué es lo que se espera de uno mismo. Ese no dar un balón nunca por perdido ni una ocasión por acabada que llevó a Saponjic, en el tiempo de descuento de los octavos de final ante la Hungría de la sorpresa Mervó, a forzar una prórroga (la primera de cuatro consecutivas) que luego terminarían ganando. El estar al borde del alambre, jugar con fuego y no quemarse porque no hay brasa que intimide y no sea manejable. 

El saber mantener la compostura como en cuartos ante Estados Unidos cuando, tras una guerra de desgaste que no encontró vencedor a 120 minutos, una tanda errática de penaltis decidió que fueran los balcánicos los que avanzaran. Esas dosis de fortuna necesarias para ganar cualquier torneo de gran magnitud que se tradujeron en una larga lucha desde once metros donde hasta 7 de 18 lanzamientos no acabaron en la red. 

Inteligencia y sangre fría, creer en lo que se está haciendo y saber por qué se está haciendo, como en semifinales cuando, tras ser superiores durante el tiempo reglamentario se encontraron con, nuevamente, un alargue infinito ante una Malí mucho más entera físicamente, pero no en el aspecto mental. Unos africanos que acabaron desquiciados, perdiendo la compostura y eligiendo mal cuando no se podía hacerlo. Y otra vez apareció la figura de Iván Saponjic, el trabajador perfecto. Un asesino con cara de niño al que todo entrenador quiere en su equipo. Se desfonda en silencio, busca el beneficio colectivo por encima de la gloria personal, que cuando llega es doblemente revitalizante. Un Solsjkaer en potencia que tira desmarques, caracolea en el área, arrastra rivales, remata de primeras y presiona al defensa. Un todo en uno que metió al equipo en una final ante una Brasil que acabó el torneo de menos a más y cuando mejor estaba recibió una cornada mortal.

Porque Serbia, mejor posicionada en el campo, se puso por delante en el marcador y cuando aún no habían terminado de celebrarlo se topó con un empate que parecía mortal. Los sudamericanos, nuevamente más enteros que los balcánicos dieron dos pasos hacia adelante y establecieron la tienda de campaña en las inmediaciones del área que defiende Rajkovic, que mataría con tal de evitar que alguien le marcase un tanto de más. Pero el partido, una vez más, se fue al alargue, a esa media hora en la que los serbios se sienten como en casa y que no fue tal esta vez. 

De una forma u otra, ya sea por simple estadística, que Serbia clavara la rodilla en alguna prórroga era cuestión de tiempo y Brasil parecía la candidata perfecta para lograrlo. Y entonces llegó. Como un perfecto boxeador que se sabe, en ese momento, inferior y fatigado, los europeos cerraron filas, se encogieron y se acostaron sobre la meta que defendía su imponente arquero y soportaron los golpes, uno detrás de otro, de una Brasil que al fin estaba siendo superior a un rival, obviando claro está la semifinal en la que arrasaron a Senegal. 

Y entre tanto, con camisetas rojas y amarillas jugando en 30 metros, el último gancho, la última bala de los de Paunovic salió con viaje sólo de ida a la portería verdeamarela. Un perfecto contrataque en tres toques, una definición exquisita con un golpeo de exterior de Maksimovic, que tras 110 minutos de desgaste en el doble pivote se acababa de colocar como enganche para, precisamente, eso. Y en un abrir y cerrar de ojos, un equipo que soñaba con llegar a los penaltis con su intimidatorio Rajkovic bajo los palos, se encontró con la misma figura sonriendo, festejando y vacilando a sus 20 compañeros antes de levantar la Copa de campeones al cielo de Nueva Zelanda.

La Serbia de Paunovic es Rajkovic, un líder bajo los palos que ejerce de hermano mayor más que de capitán. Que ordena y coloca a una rocosa defensa prácticamente impenetrable. Un eje de la zaga fuerte y decidido que nunca da opción a pensar al rival, que solventa cada duda con contundencia. Babic y Veljkovic, la combinación perfecta a los que flanquea un potente Nemanja Antonov, una de las sorpresas del torneo, que tuvo que bailar en la final con la más fea y con la habilidosa banda derecha brasileña. La Serbia de Paunovic es Sergej Milinkovic-Savic, o simplemente SERGEJ, en mayúsculas, como luce en su camiseta (el hermano mayor de Vanja, portero suplente perteneciente al Manchester United). El jugador al que deseas tener a tu lado. La prolongación de cualquier entrenador sobre la cancha. Es voluntarioso, un portento físico, un armario de 3x3 que baja a pelear al barro cuando lo exige el guión y que hace lo contrario cuando toca. La Serbia de Paunovic es Zivkovic, el talento, el jugador diferente, al que darle la pelota cuando a los demás le quema. La Serbia de Paunovic es la suma de los unos que hacen un todo perfecto, o casi perfecto. Un equipo con un gen competitivo impropio para críos menores a la veintena de los que, seguramente, muchos se quedarán por el camino. Pero que nunca podrán olvidar que una noche, en Nueva Zelanda, el mundo entero se rindió a sus pies, 

Rajkovic levanta la Copa de Campeón del Mundial Sub 20 / Getty Images