Mostrando entradas con la etiqueta Liverpool. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Liverpool. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de octubre de 2015

Rafa Benítez y el lío de la capitanía

Siempre me gustó Benítez como entrenador. Con matices, eso sí. Su capacidad para mantenerlo todo dispuesto sobre el campo, sus once jugadores bien situados siguiendo todos el mismo compás, me parece un gran ejercicio de saber estar y manejar el curso de los partidos. Rafa Benítez no es un entrenador defensivo, más bien lo definiría como un técnico que prefiere no arriesgar demasiado si en la balanza el porcentaje de salir perjudicado es alto. Es selectivo. Es decir, si una victoria por la mínima se puede amarrar, mucho mejor eso que alterar el resultado yendo a por más goles cuando eso puede suponer que perforen tu propia portería. Mi parecer, sin embargo, cambia al analizar poco a poco cómo ha sido el devenir de los equipos que ha dirigido y los enemigos que se ha creado. Es decir, me gusta cómo lo hacen los 11 jugadores que Rafa pone en el campo, pero no todo lo que hay detrás.

Ese primer matiz radica en la grandeza de sus éxitos y de los equipos que dirige. Es de sobra conocido que el hoy entrenador del Real Madrid se dio a conocer en el Tenerife, pese a que antes estuvo dirigiendo sin mucha fortuna a equipos de menor entidad, como el Extremadura, el Valladolid o el filial del propio conjunto blanco. Su carrera se catapultó tras su paso por Valencia, de donde se fue en tres años con dos Ligas Españolas y una Copa de la Uefa bajo el brazo. Y es ahí donde Benítez muestra todo su esplendor. Capaz de sacar el máximo rendimiento a equipos de segundo nivel con plantillas de jugadores notables, se pierde cuando le toca lidiar con clubes que son primeras espadas en los que dispone de futbolistas sobresalientes. 

En Liverpool o Valencia lo importante era el grupo, nadie por encima, algo que no supo extender en el Chelsea, el Inter o el Nápoles y parece que le cuesta en el Real Madrid. No había un jugador por encima del resto, todos remaban en una misma dirección para recoger lo sembrado, fueran alabanzas (casi siempre) o críticas. Así, los Aimar, Vicente, Ayala, Baraja, Torres, Baros o Luis García se sintieron importantes, respaldados por sus compañeros, sabedores de que la exigencia y la presión se repartía, que si uno fallaba, el resto saltaría a resolver su error. Así se forjó el Valencia campeón, el Liverpool de la gesta de Estambul. Muy distinto fue cuando tuvo que coger el Inter de Milán que había levantado todos los títulos en un año, donde no duró más que unos meses, o el Chelsea, donde pese a conquistar la hoy llamada Europa League, salió por la puerta de atrás con resultados desiguales en según qué competición.

La segunda variable, quizás matriz, es toda la excentricidad que parece rodear al club, que no sólo al equipo, que dirige. Ese tener todo dibujado al milímetro, totalmente controlado, planeado, que le hace rozar la locura. Por ejemplo, las instalaciones de Melwood, una miniciudad deportiva donde entrenaba y prácticamente vivían los jugadores del Liverpool, fueron remodeladas al 100% con la llegada de Benítez. Un hecho que unido al ego y la capacidad de mando que parecer creer tener produce encontronazos con los jugadores importantes de las plantillas que dirige. Quizás Valencia, donde hizo luz la oscuridad, sea el único lugar donde Benítez no dejó enemigos. Hoy es con Ramos con quien parece haber iniciado una guerra tras pocos meses en el cargo, ayer fue con Hamsik y antes de ayer le sucedió con Gerrard, Materazzi, Terry o Diego Milito.

Su primera polémica de tronío la tuvo con Xabi Alonso. La historia trae cola. En marzo de 2008 el tolosarra pidió el día libre por el nacimiento de su hijo. El Liverpool tenía partido de Champions y Benítez le denegó la ausencia, lo que desencadenó primero que el jugador se negara a viajar a Italia, donde se medirían al Inter, y después que el técnico le apartara del grupo para sorpresa de todos. Meses después, el donostiarra aterrizó en el Real Madrid y la situación nunca quedó clara. Mientras Benítez, en su día, afirmó que le habían vendido porque no estaba en su mejor forma, Alonso declaró que se quería marchar porque el club había pensado en un jugador para que cumpliese su rol como era Gareth Barry. Hace unos días, el técnico confirmó que el motivo de su mala relación (ellos se refieren a ella como profesional, de entrenador-jugador y nada más) fue porque le declaró como transferible.

Gerrard y Benítez, con la Champions 2005 / M. OZER / AFP
Su lista de enemigos en Inglaterra no termina con Alonso, pues para sorpresa de todos, Steven Gerrard no guarda buen recuerdo de él. El gran mito de Anfield, el ídolo de The Kop, aquel que levantó la orejona en la ya histórica final de Estambul ante el Milan, cargó duramente contra el que fue su ex entrenador y con el que consiguió el mayor éxito personal en su biografía 'Steven Gerrard, my story'. Compartieron vestuario durante seis años y nunca se tragaron el uno al otro. "Rafa Benítez es el mejor entrenador que he tenido en lo táctico en toda mi carrera" desvelaba el eterno 8 red, pero añadía: "No me gusta como persona. No sé por qué, pero es la sensación que tengo después de todos estos años. Puedo llamar a cada uno de los entrenadores que he tenido menos a él. No sé explicarlo. Compartimos la mejor noche de nuestras vidas, en Estambul 2005, y sin embargo no tenemos ningún vínculo que nos une". No se quedó ahí Steven, pues denunció una serie de favoritismos entre los jugadores de la plantilla y un trato negativo hacia él. "A mí me trataba distinto, siempre me llamaba por el apellido, nunca me puso un apodo, era raro, sólo lo hacía conmigo, pues se dirigía a los demás por su nombre de pila. Nuestra relación fue fría, profesional, éramos como el hielo y el fuego" se sinceraba, y terminaba con un capítulo que no le gustó el día que se conocieron. "Houllier le presentó a Benítez a mi madre y lo único que le hizo fue preguntarle si a mí me gustaba el dinero. Rafa quería todo el poder, todo el control, y eso no es bueno", terminaba Steven.

Benítez, que no quiso entrar al trapo con todas las revelaciones de Gerrard en su autobiografía, simplemente se limitó a confesar que eran declaraciones para vender más ejemplares, pues él estaba ahora en el Real Madrid y eso vendía más. "Cuando el entrenador no te dice nada y tú estás bien, sin problemas físicos, y entrenando bien, no te queda otra cosa que pensar que se debe a algo personal", llegó a decir Riera en los micrófonos de Radio Marca en referencia a sus ausencias del club inglés. Jamie Carragher, en cambio, sólo tiene buenas palabras para el que fuera su técnico, al que desea éxitos y agradece el trabajo hecho juntos. Algo que sucede también con otros jugadores como Aimar o Fernando Torres.

Mourinho y Materazzi, en el Inter / AP
Su aterrizaje en el Inter de Milán tampoco fue idílico. Los resultados no llegaron nunca y desde el primer día, un equipo que lo había ganado todo con Mourinho empezó a caer en picado. Su relación con el técnico luso nunca fue buena y se enturbió más aun cuando años después de dejar el club de Milán una cámara le captó refiriéndose a Benítez como 'El Gordo'. Marco Materazzi, capitán entonces del equipo italiano, tenía en su taquilla recortes de periódico con sus victorias más sonadas y en ellas aparecían Lippi y el propio Mourinho. "El primer día llegó y me las arrancó", desvelaba el defensa en un programa de televisión italiano, que no ha dejado de criticar al madrileño siempre que ha podido. "Benítez era un guardia de tráfico con un Fórmula 1, y si somos un coche necesitamos un piloto, no un policía. Somos campeones del mundo y queremos crecer, no debilitarnos", expuso sólo unos meses después de su despido como entrenador del Inter; y el verano pasado deseó, con sorna, suerte al Real Madrid por su nueva adquisición para los banquillos. 

Pero en la ciudad milanesa sus polémicas no quedaron sólo con el siempre controvertido Materazzi. Benítez tuvo roces con Zanetti, Cambiasso y Diego Milito. Al segundo, incluso se le criticó de intentar echar al entrenador mientras que con el tercero la situación es similar a la que hoy vive con Karim Benzemá. El punta argentino, entonces uno de los delanteros más determinantes del panorama mundial, siempre salía sustituido fuera cual fuera el resultado, algo que no le gustaba ni a él ni a una afición que le consideraba el auténtico héroe del Triplete, con el doblete en la final de Champions incluido. 

Terry, en el banquillo / JULIAN FINNEY / GETTY IMAGES
Tras un par de años en el paro, el Chelsea recurrió de urgencia a los servicios de Benítez. Allí consiguió enderezar más o menos un barco sin rumbo aunque la magnitud de la plantilla pedía más de lo conseguido. Y cómo no, también anduvo a la gresca con los dos capitanes. Como hiciera con Materazzi, quizás por su apego a Mourinho, su trato con Terry y Lampard nunca fue igual que con el resto. Al primero le sentó, asegurando que no podía jugar dos partidos seguidos por su edad (algo que el defensa le reprochó cuando ganó la Liga años más tarde siendo titular indiscutible) y con el segundo nunca tuvo buena relación. "Por sus duros métodos y su poca cercanía y comprensión con los jugadores era difícil mantener una relación con él", admitía el hoy jugador del New York City. Con todo, Benítez nunca se cansó de repetir que tenía muy buena relación con todos sus jugadores, algo que ellos no se cansan de desmentir. Para su suerte, la tercera cabeza del club londinense, Drogba, no estaba por aquellos entonces en Stamford Bridge pues se encontraba experimentando por tierras turcas. Y es que con Drogba, a quien nunca entrenó, tuvo problemas cuando dirigía al Liverpool desde los micrófonos. En la previa de un partido ante los blue, Benítez arremetió contra la actitud del marfileño en los campos, a quien acusó de piscinero y teatrero, algo que al africano le llevó a "perder todo el respeto por Benítez". 

Su penúltima parada fue de nuevo en Italia, en Nápoles, donde dejó muchos más enemigos que amigos. Al menos, de renombre. Cierto es que en dos temporadas levantó dos títulos, pero la magnitud de la plantilla, el fondo de armario y sobre todo el paupérrimo nivel de una Liga en la que sólo destacaba la Juventus hizo que la afición nunca fuera partidaria del técnico madrileño, bien distinto de la opinión que tenía el presidente, quien quiso renovarlo antes de su marcha al Real Madrid. Sus problemas con Marek Hamsik, capitán, santo y seña no sólo del club, sino de la ciudad, trajeron cola. 
Hamsik y Benítez / GIUSEPPE BELLINI / GETTY I.

Delante de los micrófonos, el técnico sólo tenía palabras de agradecimiento y positivas para su mediocentro, mientras que en el interior del vestuario bien debía ser distinto. "Marek Hamsik vale más que Gareth Bale", llegó a insinuar cuando el galés fichó por el Real Madrid. "En el mercado de fichajes los clubes llegan y pagan altos precios por esos jugadores, pero el precio de Hamsik es incalculable", afirmó. Estaría bien preguntarle hoy quién vale más. Fuera como fuere, la relación entre los dos cambió de forma radical en su última temporada. Tras haber ganado la Copa y la Supercopa de Italia con el eslovaco como protagonista, de pronto dejó de ser titular indiscutible. Curiosamente, su presencia en el banquillo coincidía con tropezones del equipo, aunque el técnico no parecía creer verlo. El eslovaco, que guardó silencio mientras trabajaban juntos, no se ha mordido la lengua ahora que han separado sus trayectorias, pues no le ha perdonado que le sentara en gran parte del que quizás fuera su mejor temporada a nivel individual. Las cifras lo corroboran. "Con Sarri trabajamos más que con Benítez, tanto en lo físico como en lo táctico. Somos un equipo mucho más dinámico y compacto. Jugamos mucho más con el balón comparado con el año pasado, donde nos centrábamos en los balones largos y pelotazos", desvelaba el '17' napolitano que, no obstante, considera a Benitez un "buen entrenador", aunque no el ideal para él. "Con Sarri me entiendo más, me hace jugar de cara a la portería en el medio y no de espaldas como hacía Benítez". 

Tampoco fue la relación con Mertens la mejor de todas. Jugando casi siempre por la izquierda, el belga probó en demasiadas ocasiones las mieles del banquillo para lo que su nivel sobre el campo requería. La misma situación que sufrió Insigne, hoy jugador más en forma del equipo, a quien incluso llegó a apartar del grupo, aunque el italiano no le guarde rencor y admita que le "debe mucho a Benítez, pero con Sarri me siento más cómodo". Incluso Callejón, que sí fue titular indiscutible, que logró el nivel más alto de su carrera e incluso acabó en la selección, tuvo sus cosas con el hoy técnico del Madrid por una supuesta falta de compromiso. 

El penúltimo en esta criba fue Higuain, otro conocedor de la casa blanca. El argentino, como su compatriota Milito y como su homólogo Benzema, no perdonaba el ser sustituido cuando el partido aún estaba abierto. Hoy, Sergio Ramos y el propio Benzema se suman a esta lista de jugadores desconformes con las maneras del entrenador. Sea bueno, sea malo, deje títulos o no, Benítez nunca ha guardado buena relación los capitanes y pesos pesados de su vestuario.

lunes, 5 de mayo de 2014

Nueve minutos infernales

Corría el minuto 53 cuando, tras un fallo de Sturridge en el remate, los miles de seguidores de Selhurst Park no sabían lo que iban a vivir en sus carnes. Los del Liverpool, ni se imaginaban que iban a pasar del éxtasis al infierno en tan sólo nueve agónicos y fatídicos minutos. El delantero inglés conseguía, tras una gran jugada individual, poner el 0-2 en el marcador. Sólo dos minutos más tarde, Caimán Luis Suárez aumentaba un gol más la renta y los miles de reds en las gradas soñaban con lo imposible. El uruguayo, lejos de celebrar el tanto, recogía el balón de la red para no perder ni un instante. La consigna era clara: la Premier se ganaba haciendo lo impensable, ganando el golaverage al City de Pellegrini.

Y por unos momentos, pareció que los visitantes podrían conseguirlo. El asedio fue brutal tras el tercer tanto. Sterling tuvo en sus botas la más clara, Suárez no acertó al regatear al último jugador, dos balones que se marcharon por poco y otros tantos que detuvo el meta rival. 11 goles - sin encajar- debía sacar el equipo de Rodgers en dos partidos para, como mínimo, tener opciones de vencer la diferencia de tantos. Los antecedentes no eran malos del todo. En la presente temporada, seis goles cosecharon ante el Cardiff, cinco le endosaron al Norwich, Tottenham, Arsenal y Stoke, cuatro fueron los tantos que le hicieron a WBA, Fulham, West Ham, Everton y Tottenham. La única desventaja: la facilidad con la que conceden ocasiones de gol y tantos en contra. Allá por diciembre encadenaron una serie de victorias por 5-0, 5-1 y 4-1. Imposible, del todo, no era.

Pero Pulis tenía otros planes. Ese hombre que, con un poco más de mercado, sería reconocido como uno de los grandes de los banquillos por todos y no sólo por unos pocos. Cogió al equipo con 7 puntos en la jornada 12. Descendido para todos, menos para él, y lo ha metido con más de 40 en la zona noble. Nueve minutos en los que el Palace dio una exhibición de contragolpe y efectividad. Un gol cada 3 minutos, de media. Goles que, según iban entrando, iban rompiendo el corazón de todos y cada uno de los reds en la grada. Los mismos que sabían, tras el segundo gol, que un tercero no iba a tardar en llegar.

Moses tuvo la última. La desaprovechó. Gerrard y Suárez lloraron desconsolados, guardándose el uno en el otro. Un inoportuno resbalón fue lo que les quitó la mano de la copa que acariciaban. En Selhurst Park, los hinchas no daban crédito. Nadie creyó en ellos cuando no contaban. Supieron remontar, machacaron a sus rivales en Anfield y cuando todo parecía de cara se desmoronó. Nadie dijo que fuera fácil. Hoy, de momento, duermen líderes.


miércoles, 3 de abril de 2013

Justice for the 96!

15 de abril de 1989. Sheffield, el lugar que vio nacer al primer equipo de la historia del fútbol hace ya 156 años, fue el escenario de uno de los peores episodios en la historia del deporte rey. En la ciudad se daban cita los seguidores de Liverpool y Nottingham Forest para el partido de semifinales de la FA Cup que se iba a disputar el en estadio de Hillsborough. 

El partido no había hecho más que empezar cuando de pronto una de las gradas, inundada por gente de rojo, se vino abajo. Eran los aficionados del Liverpool, los hooligans como tal, los que peor reputación tenían en el panorama británico. Una fama que se habían ganado gracias a su resistencia, oposición y lucha ante las duras decisiones políticas que Margaret Thatcher estaba aplicando a la ciudad del río Mersey. Ante el miedo, se ocultaba la verdad y sólo se hacía creer que se trataba de unos pocos que hacían locuras inhumanas por el fútbol. En cierta parte lo consiguieron.

Para entender la historia hay que retrasar unas horas el reloj. Aquella mañana de sábado, los aficionados de salían de Liverpool y Nottingham con destino hacia Sheffield. Separados por cientos de kilómetros, cada afición venía de una dirección y no había riesgo y peligro de atascos en carretera o altercados en la llegada. La policía, en un acto de seguridad, decidió poner numerosos controles en la autopista que afectaban a los que venían desde Liverpool para evitar que los hinchas acudiesen al estadio ya no sólo con objetos peligrosos, sino con bebidas alcohólicas. Esto, unido a las obras en la calzada y a un accidente de tráfico, retrasó la llegada de la afición red. En el estadio ya esperaban miles de seguidores del Forest.

El encuentro estaba cerca de iniciarse y las colas en el estadio se hacían cada vez más largas. Hasta que la cola desapareció y todo quedó en masa, en un numeroso cúmulo de personas con un mismo objetivo: entrar al estadio. Junto a quienes iban al interior  se encontraban miles de personas que habían acudido  sin entrada, con el objetivo de hacerse con una localidad de última hora o simplemente para estar en el ambiente con los suyos. El descontrol se hacía cada vez mayor, la policía era cada vez más impotente.

La afición del Liverpool, la que tenía mayor número de seguidores, tuvo asignada Leppings Lane, la grada de menor capacidad. Sólo cabían 14.600 espectadores. No existían asientos, todos debían estar de pie y sólo estaban 'controlados' por vallas y verjas como si de ganado se tratase. Al otro lado del estadio, la afición del Nottingham Forest, mucho menos numerosa, no tenía problemas en Spion Kop, una grada con espacio para 21.000 personas. ¿El motivo? la disposición geográfica del estadio coincidía con la dirección por la que venían las dos aficiones, por lo que se quiso evitar el cruce entre ellas y así los altercados. Una buena idea si no tenemos en cuenta la dimensión de cada hinchada.

Con el estadio casi lleno, las aglomeraciones fuera no dejaban de bajar, todo lo contrario. A cada segundo que pasaba, el agobio era mayor. La paciencia se agotaba. Moverse era ya imposible. El partido acababa de comenzar.  De pronto, las puertas del estadio se abrieron de par en par y la gente empezó a entrar, con o sin entrada, sólo importaba ver el partido. No sabían donde ir, nadie les dirigía. Decisión fatal.

A la vista, un túnel de unos 15 metros de largo y 4 de ancho que conducía al verde brillante del terreno de juego, iluminó a cientos de seguidores de entrar en él y buscar la luz. Era el primer acceso y todos acudieron a él como ratones sin pensar en las consecuencias. El túnel desapareció en unos instantes, la luz ya no corría, y sólo quedaban personas atrapadas.

"Yo estuve bloqueado en ese túnel durante 15 minutos, hasta que conseguí salir fuera. Estaba asustado, muy asustado, sólo luchaba por mi vida y la gente me estaba aplastando. No podía mover los brazos, hasta que en un momento milagroso los pude levantar y alguien me ayudó a trepar hasta la parte de arriba del estadio, en otra grada. Desde ahí vi lo que sucedía, y era horrible.", cuenta Kenny Derbyshire entre lágrimas, uno de los afortunados que consiguió salir con vida.

Los agentes de policía que estaban dentro del estadio, advertidos de la supuesta violencia de la Army Red, hicieron fuerza contra las verjas y vallas impidiendo que los hinchas saltaran al campo al pensar que se trataba de un ataque de hooliganismo y no de un simple hecho de supervivencia. Pasados algunos minutos, la desesperación de la gente era evidente, se abrieron las 'jaulas', el partido se detuvo y se inició el rescate con la mayor brevedad posible. Pero ya era tarde. Demasiado tarde.

Kenny Daalglish y un oficial de policía
"Llevábamos 6 minutos de partido y no sabíamos qué sucedía. Pensamos que se había derrumbado una valla, que solía pasar a menudo. Entramos al vestuario impacientes por volver a jugar. Entonces Kenny -Dalglish- salió a ver qué pasaba y alguien le dijo, 'Kenny, ahí fuera acaba de morir gente' ", contaba John Aldridge, que jugaba en aquel equipo del Liverpool.

"Hablaban de 30 personas y sólo pensábamos: 'no puede ser verdad', después, 35, 36, 38, 40... Era una locura", continuaba Aldrigde.

Desde fuera no se sabía lo que pasaba, aún había altos cargos de la policía convencidos de que se trataba de un acto violento y no se permitió la entrada a 40 ambulancias que se quedaron a las puertas del estadio. Decisión fatal. Los propios aficionados arrancaron las vallas publicitarias para utilizarlas de camillas. Todos se hicieron hermanos para salvar la vida de sus compañeros.

"Estoy orgulloso de lo que hicieron. Mi hermano no se pudo salvar, pero ellos lo intentaron y eso me enorgullece", narraba un entrististecido Stephen con los ojos vidriosos.

El saldo fue de 96 víctimas mortales y cientos de heridos. 94 de ellas fallecieron en el acto en las gradas, el túnel o el propio terreno de juego. A los pocos días murió una de las personas gravemente heridas en el hospital. Después fueTony Bland, que tras estar 4 años postrado en una cama en estado vegetativo, vio cómo su cuerpo dejaba de funcionar. 96 almas que se quedaron para siempre en uno de los estadios más míticos por historia del mundo, que pasó a convertirse de forma automática en icono de la tristeza, la añoranza y la tragedia.


Niños, jóvenes y ancianos perdieron para siempre su sitio en la tierra, pero se ganaron un lugar en la eternidad. Hoy, sus nombres y su edad se pueden leer en una placa en los alrededores de Anfield. Steven Gerrard, actual capitán del club y leyenda del equipo red, tenía 8 años cuando aquel suceso tuvo lugar y le tocó muy de cerca. Su primo estaba allí.

"Lo vi por televisión y lo escuché por la radio. Estaba totalmente impactado. Me preguntaba si habría allí alguien cercano o conocido...A la mañana siguiente nos enteramos que un miembro de la familia había estado allí y había muerto de forma trágica. Ver el dolor de su madre me ha convertido en el jugador que soy", señalaba Steven, con la mirada perdida.

Se reveló que sólo había 30 operarios para controlar a las más de 40.000 personas que allí estaban y que uno sólo tenía 12 años. Las decisiones que se habían tomado habían resultado, sin ninguna mala intención, una fatalidad. David Duckenfield, al mando del cuerpo de policía, sólo llevaba 19 días en el cargo y no estaba preparado para lidiar con un problema similar.

Leppings Lane
Desde el principio se ocultaron pruebas y modificaron los testimonios. La mala decisión de los cuerpos de seguridad había provocado, en parte, el caos, pero ellos no podían pagar los platos rotos. Fue entonces cuando volvió la imagen del hooliganismo y se hizo creer a medio mundo que las 96 víctimas habían sido fruto de ataques violentos de la hinchada red.

The Sun (1989)
Era simple, para agravar el asunto y tener mayor credibilidad, hicieron creer que unos locos borrachos habían provocado una masacre y luego habían orinado encima de los cuerpos recién fallecidos. Las filtraciones a The Sun por parte de la policía estremecieron al mundo inglés y la investigación no duró ni siquiera un año. Thatcher mataba dos pájaros de un tiro poniendo al pueblo inglés en contra de los supuestos hooligans. Aquel día, casi la mitad de los muertos eran menores de edad y muchos de ellos no superaban los 15 años. ¿Hooligans? La gente lo creía, y eso bastaba.

Se cambió la ley del fútbol, se eliminaron los 'gallineros' y se pusieron asientos numerados en todos los estadios para tener un mayor control de la capacidad. En definitiva, se sentaron las bases del fútbol que hoy conocemos. El asunto quedó cerrado para siempre.

Joey Barton
Aficionados del Liverpool, en su mayoría amigos y familiares de fallecidos aquel fatídico día, o incluso supervivientes, no dejaron de luchar desde el primer día porque la verdad saliera a la luz bajo un lema: 'Justice for the 96'. Rafa Benítez, antiguo entrenador red, apoyó la causa y no dudó en acudir a Anfield en 2011 cuando se celebró un homenaje por todas aquellas víctimas en la que no pudo contener las lágrimas. El siempre polémico Joey Barton, hincha de Liverpool confeso, encabezó entre los famosos la campaña y nunca escondió su idea de que los aficionados no tuvieron culpa alguna de lo sucedido.

"Aprovecho que soy una persona más o menos famosa para apoyar la causa y que sepan que no están solos", señaló el futbolista inglés, quien además suele mostrar muchos apoyos en Twitter a la causa.

El año pasado, 23 años después, el caso fue reabierto. Margaret Thatcher y el gobierno fueron investigados por culpar a los aficionados en vez de a la policía.

"Mi madre murió pensando que mi hermano era un hooligan, pero yo sé que no lo era", continuaba Stephen -que estuvo allí con su hermano-.

El pasado mes de octubre todos supieron que allí no habían muerto hooligans. David Cameron, primer ministro británico abrió su discurso sobre la reapertura del caso pidiendo perdón a las familias de las víctimas en nombre del gobierno. Culpando a la policía, al servicio de ambulancias por falta de liderazgo, mala comunicación, fatal toma de decisiones, etc. Según los informes de médicos forenses, 41 de los 96 fallecidos podrían haber salvado la vida de haber recibido atención adecuada. Confirmó que se habían ocultado pruebas por los cuerpos de seguridad, que se alteraron las pruebas y que 116 de los 164 testimonios habían sido censurados. Explicó que todos los cuerpos fallecidos habían sido sometidos a la prueba de alcoholemia en un intento de agravar las falsas pruebas, pero que al encontrarse con la negativa evidencia de que no había alcohol en su sangre, fueron eliminadas. En definitiva, 23 años de mentiras injustificables. The Sun volvía a ser el principal medio de difusión de la noticia, pero esta vez, era real.

Porque Hillsborough le cambió la cara al fútbol inglés. Porque aunque fuese tarde, allí se hizo justicia para 96 personas que murieron, y para miles de familiares que sufrieron con ellos. Porque Anfield no deja de recordarlo cada domingo. Porque esto, gracias a Dios, ha salido a la luz. Porque en Sheffield nació el fútbol y en Sheffield, 96 tipos que vibraban con ese deporte y con su equipo vestido de rojo, perdieron la vida, dejaron su sitio en la tierra, pero se ganaron un lugar en la eternidad.

JUSTICE FOR THE 96!