domingo, 13 de septiembre de 2015

Cuando Rossi hace la danza de la lluvia

Misano, 13 de septiembre de 2015. En un circuito rebautizado como Marco Simoncelli donde aún fluye el recuerdo del italiano junto al alma del japonés Tomizawa, que perdió la vida en este mismo trazado hace ya cinco años, cuando sólo tenía 19. Son las 13:59 y sólo falta un minuto para dar la salida de MotoGP. Durante todo el fin de semana, nadie se jugaría su jornal a que la carrera se disputase en condiciones que no fueran las de seco. Y Valentino Rossi, a 30 kilómetros de su casa, aparece con una indumentaria para la ocasión que levantó la sospechas de más de uno. A saber, un casco especial, donde en la parte delantera se deja ver un pequeño pececillo feliz a cuya espalda se asoma un hambriento tiburón. En el lado trasero, tres pequeños perritos ataviados con ropa y utensilios de buzo. Y para más inri, Yamaha le ha puesto en los costados del carenado dos aletas de tiburón que parece mejorarán la aerodinámica de la moto. Jorge no las lleva. ¿Y si Rossi ya sabía que iba a llover?

Parte delantera del casco de Rossi
14:00, arranca la carrera, primeras gotas de agua en el asfalto y bandera blanca en pista. Los pilotos pueden entrar cuando les plazca para cambiar a una moto que les está esperando, ya preparada con los reglajes para mojado. Pasan las primeras vueltas y el chispeo es minúsculo y en pequeños tramos del circuito. Con todo, los primeros pilotos se aventuran al cambio. Son los del paquete trasero, los que no se juegan nada, aquellos que tienen poco que perder y mucho que ganar con un golpe de lotería. Pedrosa tiene un susto, pasa de seguir la estela de Rossi (tercero, en el mismo grupo con los tres españoles) a luchar con el grupo de detrás, a varios segundos de la cabeza y más de uno se plantea entrar. Lo hacen todos menos cinco. Lorenzo, Márquez y Rossi. Los otros dos no importan. O eso se pensaba.

Cambian de moto adelante y sólo dos auténticos locos deciden no entrar. Uno es Scott Redding, que tiene una salida de pista, se clava en la grava y besa el suelo. Carrera terminada en el 99,9% de las ocasiones, pero no hoy. El otro es Bradley Smith, otro británico, que lidera la carrera por un suspiro. Ahora sí, se ha desatado el vendaval y el compañero de equipo de Pol Espargaró empieza a perder posiciones de forma insostenible hasta ponerse último, detrás de su compatriota Redding.

Parte trasera del casco de Rossi
Se escapa Rossi, la lluvia le viene como anillo al dedo, esas aletas que nada tienen que ver con el agua le ayudan en su navío por el mar y pone su lancha a punto para sacar más puntos a un Jorge Lorenzo en esta regata por el campeonato. Pero la pista se seca. Toca volver a entrar. Y lo hacen todos, o casi todos. Porque Lorenzo aguanta, también Rossi. Se calcan la estrategia pese a que en el box su equipo se desgañita y no saben de qué forma marcar en la pizarra que entren a cambiar. Lo hacen. Jorge primero, Rossi después. Una vuelta de diferencia que le cuesta al italiano unas pérdidas cerca de seis segundos, mientras otros pilotos ya están delante, con Márquez en la cabeza. Su estrategia parece haber fallado. Pero no. Justo cuando Rossi se reincorpora, Lorenzo va al suelo. En realidad, el 46 sí se ha equivocado, porque marcha sexto (quinto tras la caída de su compañero) y la carrera se le ha ido por dos vueltas. Márquez es líder, ¿pero quién va detrás?

Y es que los que acompañan al catalán en el podio son dos británicos. ¿Os suena? Uno no ha pasado por los boxes en toda la carrera, mientras que el resto de pilotos lo ha hecho dos veces. Se llama Bradley Smith, que celebra como un loco su éxito a la entrada en meta. Ha bailado con zapatos de seco toda la carrera en el asfalto más mojado. Ha ido con tiento, ha visto el suelo de cerca demasiadas veces pero ha mantenido la compostura. En dos ocasiones ha hecho el ascensor, pues ha pasado de liderar la carrera hasta la última plaza para volver a pasar por todas las posiciones hasta coger ese segundo lugar del cajón. El otro se había caído al principio. Es Scott Redding, que mete en el zurrón su primer podio en la máxima categoría. Todo tras haber caído en el inicio de la carrera. Rossi termina quinto, dobla la ventaja que tiene con Lorenzo en el campeonato y sale de su casa como el gran vencedor. Con el 46, todo Vale. 

martes, 8 de septiembre de 2015

NBA con dos raquetas

Campaba a sus anchas Kevin Anderson sobre la pista dura de la Louis Armstrong ante un Andy Murray que se tambaleaba, que no se sostenía en pie y al que la cara de póker recordaba a una de esas tardes aciagas del escocés donde no le salía nada. El sudafricano se imponía por dos sets a cero y parecía cuestión de tiempo el pasar a semifinales ante un Murray descompuesto. Hasta que recordó que estaba en Estados Unidos, en el US Open. En Nueva York, al fin y al cabo. Recordó al mejor Roddick y se vistió de él, hasta la gorra le acompañaba y su reconquista del partido empezó por meterse la grada en el bolsillo.

Al arranque del tercer set inició un encuentro, nuevo, se olvidó de sus quejas, dejó a un lado los juramentos en hebreo y trató de remontar un partido adverso como ya hiciera en segunda ronda ante Mannarino. El público, hasta entonces aburrido, acabó encontrando el gancho del británico. Callados como en el cine, entre las miles de personas que se daban cita en el estadio era mayoría aquella que trasteaba con el móvil que la que de verdad veía el partido. Pero Murray lo convirtió en circo. Hizo de cada punto un Tuchdown en fútbol americano, festejó con los presentes que también eran parte de sus derechas ganadoras y no dejó ni un momento de dedicar (y señalar) a aficionados al azar como si fueran su novia o su entrenador.

Los presentes apagaron sus teléfonos y se pusieron en plan Americano Mode On. Convirtieron el US Open en la Copa Davis y se posicionaron del lado de la tercera raqueta del torneo. Y son especiales, claro que lo son. Buscan espectáculo más allá del deporte, quieren ser partícipes del gran circo que se monta y Murray se lo dio. Más lejos de los banales 'Go Andy' que salen de las gargantas del graderío en cada torneo, los yankees adaptaron sus mejores bandas sonoras como si de un partido se tratase. Empezó a retumbar entonces el 'Let's Go Andy' de forma melódica, como si lo hiciera el organillo de un pabellón de baloncesto y la pista central se acabó convirtiendo en el Madison Square Garden. 

Hasta el punto que la angelical Kim Sears se convirtió en una más y el protagonismo de las cámaras empezó a percatarse de que justo detrás de ella estaba sentado Frank Lampard. Ahora sí, ya estaban todos. Murray, un winner detrás de otro, se llevó la tercera manga y tuvo tiempo para dedicar cada punto con cada uno de los espectadores (chocando incluso la mano con alguno), que rompiendo las leyes del tenis, las escritas y las no redactadas, se levantaba a mitad de un intercambio de golpes intenso, se cambiaba de asiento cuando no había descanso. El ojo de halcón parecía la Kiss cam y entre set y set seguro que se propuso improvisar unas canastas para que alguien saliera con un trampolín a hacer unos mates. Faltaban las palomitas, los manos gigantes con el índice estirado y un tipo de gorra roja vendiendo perritos por las escaleras. Llegará, claro que llegará. Mientras, el escocés, atento en todos los detalles, sólo dudaba si ir o no a abrazar a los jueces de línea para metérselos también en el zurrón. Nunca ha estado Andy tan motivado, nunca ha sido más saltarín, nunca ha sido partícipe de tantos focos. La adrenalina a borbotones.

Pero Anderson no era Mannarino. Puso resistencia con un juego de fondo de pista notable, un juego en la red sobresaliente y un saque no sólo difícil de restar, sino de ver. Con más de 20 aces en sólo cuatro sets hizo un espejismo la remontada de su rival. Se decidió, eso sí, por Tie Break, pero en el desempate no hubo rival. Un primer error del escocés con su servicio acompañado de la retención del saque del sudafricano puso todo cuesta arriba hasta el momento de llegar a las seis pelotas de partido. Y el público, que llevaba cuatro horas apoyando a Murray, se olvidó de la condescendencia, de la fidelidad y recordó a todos que ellos están ahí para formar parte del espectáculo. Y es que los espectadores, que se habían olvidado del asiento hacía un buen rato, celebraron la victoria de Anderson como si hubieran pasado la mayor parte de su infancia en el mismísimo Johannesburgo

Andy Murray / REUTERS


martes, 1 de septiembre de 2015

Dani Carvalho, cuando el fútbol no lo es todo

Se suele decir que un futbolista pasa por su mejor etapa a los 27-28 años. Es el momento en el que mezcla la experiencia suficiente con una plenitud física y unas pequeñas dosis de madurez que, aunque luego va en aumento, es inversamente proporcional a las condiciones a las que el cuerpo te permite rendir en todo su esplendor. Siempre decía Jorge Valdano que el fútbol era "la cosa más importante de las cosas menos importantes". Para Dani da Cruz Carvalho (noviembre de 1976) fue siempre más lo segundo que lo primero.

Hoy, este portugués nacido en Lisboa tendría 38 años y bien podría seguir dando patadas al balón. Muchos lo hacen. Algunos deciden emigrar a ligas exóticas como Catar, la India o Estados Unidos. Otros se quitan el gusanillo con el fútbol sala o el fútbol playa. Algunos se retiran del profesional y se dedican a jugar en amateur. Sin duda, la clase innata de Dani le habría permitido jugar hasta la vejez sin siquiera mover su cuerpo, sólo con un gesto de tobillo. No es el caso y es que precisamente Dani Carvalho hace ya 11 años que dejó el fútbol, cuando sólo tenía 27.

Dani, con Portugal Sub 20, en semifinales ante Brasil
Se iba a comer el mundo. Nadie dudaba de ello. Nunca han disfrutado en el Sporting de Lisboa de una zurda igual, y eso que fue un visto y no visto. Carlos Queiroz le hizo un hombre con sólo 17 años y le puso al lado de figuras como Figo en la primera plantilla para los partidos de Copa y alguno de Liga. Su impacto fue tal que con sólo 17 años y 204 días debutó con la selección absoluta de Portugal, batiendo un récord que aún posee y que, de momento, parece difícil alguien bata. Aquel mismo verano, el imberbe Dani, aún menor de edad, se marchó con la Sub 20 a Catar para intentar llevar el título a casa. En una selección un pobre nivel en la que sólo Nuno Gomes llegó al primer nivel como profesional, Dani se erigió como auténtico líder. Hizo lo que quiso, campó a sus anchas y llevó a los lusos hasta un magnífico tercer puesto, venciendo a la España de Raúl, Salgado, De la Peña, Etxeberría y Morientes en la final de consolación.

Hizo cuatro goles en la cita, cada cual mejor que el anterior. Para el recuerdo, una maravilla ante Argentina (que a la postre sería campeona y que sólo perdió ese partido) en fase de grupos, otro de bella factura contra Honduras, uno de córner directo ante Holanda (minuto 1.20 en este vídeo), donde también dio una pilla asistencia en un saque de falta, y un último de clase total ante España, picando la pelota ante López Vallejo, que igualó aquella final de consolación. 

Fue Bota de Plata del torneo y acabó elegido como segundo mejor jugador del evento y siempre se dijo que de haber jugado, al menos, la final, nadie le habría arrebatado el segundo trofeo. Regresó a Portugal como héroe y el Sporting, que decidió vender ese verano a Figo al Barça, le nombró sucesor y líder del vestuario cuando ni siquiera había cumplido la mayoría de edad. Las expectativas estaban muy altas en un crío que con sólo 17 años iba a empezar a ver el final de su carrera deportiva cuando en realidad ni la había empezado.

Dani era elegancia pura con el balón. Conducciones de zancada larga equiparables a las del mejor Kaka (el de su primera etapa en Milan), regates imprevisibles que hoy aún no se han vuelto a ver sobre el césped, salida por los dos costados, improvisación, una facilidad para la definición sólo al alcance de los mejores killers y un remate de cabeza notable, quizás lo que más llamaba la atención para un jugador de sus características, tan frío como fino. Pero la fama le jugó una mala pasada. Entró en el mundo de la moda y compaginó pasarelas con entrenamientos. A veces en ese orden. Se prometió a sí mismo aprovechar de la vida nocturna de Lisboa, y es que pese a no tener siquiera la edad para entrar en varias discotecas, su cara y su carnet de futbolista le abrían las puertas de cualquier sitio. Era un honor tener al niño bonito de la selección pasando un buen rato en tu local.

Dani, con el West Ham
Sus primeros contactos con los excesos le llevaron a su primer gran revés. El Sporting, buscando educación y una carrera enderezada, le envió en enero al disciplinado fútbol inglés, a que un entrenador de armas tomar como Harry Redknapp le hiciera un hombre maduro en su West Ham. La bienvenida del técnico inglés no pudo ser más calurosa, pues tras el primer entrenamiento, no se escondió: "Dani es tan guapo que no sé si ponerlo a jugar o follármelo", señaló literalmente el entrenador. Sin saber lo que le esperaba, Dani, creyéndose dueño del mundo, no cejó en su empeño por disfrutar cuando la luna asomaba. Su rendimiento en una plantilla donde estaban Peter Shilton, Río Ferdinand o Frank Lampard fue notable en lo poco que pudo demostrar. Y es que, en su enésima salida nocturna, Dani tuvo un pequeño gran percance. Se dejó ver y fotografiar. La fiesta había sido tan fuerte que al día siguiente no acudió a entrenar. Cuando Redknapp se enteró de los motivos de su ausencia y vio las fotos lo despidió de inmediato. También se lavaron las manos en Lisboa, donde tras varios avisos, decidieron dejar marchar a su gran perla. De nada sirve jugar bien con los pies si no lo haces con la cabeza.

Lejos de volver avergonzado o con el rabo entre las piernas, el portugués aprovechó al máximo sus días libres, esperando a que su representante le buscara el destino mejor. Cuando le hablaron de la posibilidad de jugar en el Ajax, a él sólo se le pasó por la cabeza la oportunidad de vivir en Ámsterdam. Y claro, ni se lo pensó. Van Gaal, un enamorado de los chicos jóvenes, pensó que podría recuperar al portugués y convertirle en la estrella mundial que sus pies sabían que podía ser. Nunca congeniaron y sólo la salida del holandés del equipo con destino Barcelona permitió que Dani se quedara en el Ajax. En Holanda mostró un gran nivel en los 4 años que estuvo. Aunque, para ser su primera gran experiencia con continuidad, fue bastante intermitente. Alternó verdaderas exhibiciones con partidos en los que ni siquiera entraba en contacto con el juego. Claro, que ¡Ay cuando esa zurda de seda tocaba el balón! Entonces se hacía la magia.

Bien lo saben en el Calderón, pues un gol de este Adonis del fútbol, de los que se preocupaba más de atusarse el pelo que de ponerse las espinilleras, echó al Atlético de Madrid de la Champions League en los Cuartos de Final de la 96/97 con un soberbio gol desde lejos que aún escuece recordar en la ribera del Manzanares. Tanto que ocupa el mejor puesto en el Top10 de goles que siempre marcó el luso con la camiseta del Ajax según el propio club.

Tal fue su exhibición que el Atlético lo contrató en cuanto pudo. En el 2000 el Ajax decidió venderle y el Atlético, entonces recién descendido en Segunda División, lo intentó. A él le sedujo más volver a Portugal, en este caso al Benfica. De vuelta en su ciudad, recuperó el tiempo perdido con entorno de siempre, pese a que nunca había abandonado esa vida de excesos, y su nivel volvió a decrecer tanto que en 3 meses estaba puesto de patitas en la calle. Ahora, entonces sí, el Atlético lo contrató. Llegó recomendado por Paulo Futre, histórica estrella del club y a él le encantó la idea de compartir vestuario con su compañero Hugo Leal, otro talento desaprovechado.

Dani, en su primer año de rojiblanco
En el Atlético se convirtió en un jugador supremo, a ratos. Dani se hizo más grande jugando con los pequeños y, tras dos años de intentos, aportó su granito de arena para devolver al club rojiblanco a la Primera División. Pero con los más grandes, fue él quien se hizo pequeño y en la máxima categoría su presencia fue testimonial. No llegó a contar, pese a haber sido un jugador más que importante en Segunda con el mismo entrenador, Luis Aragonés. Y ahí acabó su carrera. Terminó contrato con el Atlético y nadie quiso ficharle. Tampoco él mostró empeño en encontrar equipo. Se dedicó a las pasarelas más que nunca. Un futbolista con gesto de niño guapo, niño bien y niño mimado que en realidad nunca quiso triunfar en aquello del balón. Jugaba porque se le daba bien, porque le abría las puertas del mundo, le daba las llaves del universo y le conseguía lo que una vida terrenal no le habría dado. Pero no porque le divirtiese. Dani, que se había prometido aprovechar la fugacidad de la vida en su juventud, no podía desperdiciar tiempo con entrenamientos, concentraciones y restricciones porque su entrenador se lo ordenase. Había llevado una vida loca como futbolista que le había hecho padecer lesiones musculares (mala alimentación, excesos con la bebida, falta de puesta a punto...) y al fin tenía ante sí la oportunidad de dejar su sufrimiento para vivir sólo del placer.

Y aunque como futbolista se vivía bien, porque se cobraba bien y a él le habían mimado más que al resto por su zurda de museo, no le molestaba el hecho de no tener nunca más que preocuparse por levantarse e ir a entrenar. Tenía sólo 27 años. "Si llega una oferta brutal bien, y si no, a vivir", debió pensar. Tan montaña rusa era su vida que en febrero de 2004 llegó a ofrecerse en público a los equipos para sólo una semana después oficializar su retirada. Le contrataron para ser presentador de televisión. Siempre tuvo el porte, se desenvolvía bien ante la cámara y en Portugal encontraron un hueco para que desmembrara los entresijos de los vestuarios poco antes de la Eurocopa que se celebraría en el país luso. Hasta que pasó la fecha y este guapo con cara de telenovela dejó el fútbol hasta por televisión, aunque siguió ligado a la pequeña pantalla en otras temáticas.

Y eso fue Dani Carvalho, una fugaz carrera, meteórica, que lamentablemente no pudimos disfrutar al máximo. Porque él quiso. Su zurda, probablemente, hoy tendría calidad suficiente para seguir jugando a un bajo nivel. Sus pases eran caramelos. Cada zancada suya era elegancia, arte, una escultura en movimiento. Dani bailaba con la pelota en los pies, regateaba de una forma que aún, hoy en día, no se ha vuelto a ver. Escondía el balón como pocos, ideaba como ninguno, improvisaba cuando quería y nunca defraudaba. Pero no se divertía. No le apasionaba dejar rivales a su espalda con un cambio de ritmo, no disfrutaba cuando, con un movimiento con el cuerpo, la cintura de su par se partía en mil pedazos. Tampoco cuando picaba el balón por encima del portero, cuando rozaba con su bien más preciado el balón de espuela o de exterior. Dani era poesía dentro del campo, rock 'n roll fuera de él. Un mediapunta de dibujos animados que nunca quiso ver su nombre reflejado en los mejores créditos de la historia. Muchos dicen que Guti habría sido uno de los mejores jugadores de la historia si él hubiera querido. Ellos no conocieron a Dani Carvalho.

domingo, 30 de agosto de 2015

Raúl García: Cuando el escudo va por dentro

"Motivos de un sentimiento, que no se puede explicar". Qué bien lo sabía Sabina aquella tarde de boli y papel en la que tiñó sus versos de un radiante rojiblanco que hoy en día aún suenan en la megafonía del Vicente Calderón. Sin saberlo, el bueno de Joaquín estaba radiografiando a un chico que años más tarde vestiría con las rayas rojas y blancas del Atlético de Madrid y luciría el brazalete con orgullo. Navarro, dorsal 8, de nombre Raúl y apellido García. "Se nos va un hombre, un capitán", palabra de Simeone.

La relación nunca fue idílica, no hay que ser hipócritas, y Raúl y el Atlético pasaron por un matrimonio de amor y odio durante nueve años. El inicio fue ilusionante, como lo son estas cosas cuando empiezan, pero la monotonía derivó en crisis. Qué bien le vino a todas las partes aquel año sabático para curar las heridas.. Aquellos doce meses donde a Raúl lo echaron de casa y enviaron de vuelta al hogar familiar para que madurara, porque estar fuera de casa le había pasado factura. Y es que el tiempo todo lo cura. Incluso las lágrimas de un hombre hecho y derecho en un vestuario por recibir las críticas de la afición que consideraba propia y que amaba. También la pena por perder una final de Copa en el Camp Nou en la que no pudo contribuir.

Hasta que el Cholo los volvió a unir. Se sintieron niños rebozándose en la arena. Dos enamorados a los que les había vuelto a surgir la llama. Estaban mejor que nunca. A golpe de cabezazo, de conquista en estadio rival, de brazalete lucido con orgullo. "No le doy todos los minutos que merece", decía Simeone, que en aquel partido de Supercopa contra el Barça, el primero de LA TEMPORADA, le dejaba fuera de la lista. Por derecha, por izquierda, detrás del punta o acompañándole. Hoy se marcha del Atlético un jugador que ama al equipo donde se ha hecho un hombre mucho más que en el que nació. Se ha impregnado de unos valores que se transmiten de padres a hijos, esos que van de la mano cada domingo al estadio, sea el Calderón o sea el Metropolitano. Porque uno no es de donde nace si no quiere, puede serlo perfectamente de donde pace. 

Hoy no se va un cualquiera. Se va ese que portó el 8 de Luis Aragonés cuando éste nos dejó. Se va el emblema del equipo que más partidos ha jugado en la Champions League con las rayas rojas y blancas. Aquel que, con su sola entrada, es capaz de levantar a todo un estadio de un eterno rival para ser pitado, silbado e insultado. Que hablen, bien o mal, pero que hablen. Aquel cabezazo en Mestalla va a ser recordado por todos los seguidores del Atlético durante el resto de sus vidas como el día en el que se creyó posible que había un enano que podía machacar a dos titanes. 

"Le dejo fuera de la lista en aquel partido ante el Barcelona, y al día siguiente, estaba entrenando el primero, a las 8 de la mañana. No es casualidad lo que le ha pasado", contaba Simeone, que hacía referencia a su condición de segundo máximo goleador del equipo en la conquista de la Liga. Nada es casualidad, como tampoco, que Raúl haya sido jugador fundamental en el mejor Atlético de la historia. Un club que hoy busca reinventarse, donde siempre habrá un hueco para ese 8 eterno. Otro..



miércoles, 26 de agosto de 2015

La injusticia de nacer antes

Siempre fui el más pequeño de mi generación. Y el más bajito, incluso de las que venían por detrás, aunque eso no sea vinculante. Mucha gente lo obvia, pero la diferencia entre nacer en enero de un año o hacerlo en diciembre del mismo es bastante más importante de lo que se pueda llegar a imaginar. Sobre todo en épocas de desarrollo, infancia. Porque 11 meses de distancia de crecimiento a los 6 años, y a los 12, incluso a los 15, son notorios respecto a lo físico y acaban marcando la diferencia. Un aspecto que multiplica sus efectos si el entorno en que se explayan es en el deporte. Siempre he tenido que lidiar con gigantes de mi misma edad. Monstruos de una cabeza que me sacaban dos y me obligaban a adaptarme al medio o morir. Y yo, en plan Darwin, no me contentaba sólo con luchar con los míos, sino que lo hacía con otros 3 y 4 años mayores. Doble o nada.

Y es que igual que no es lo mismo nacer antes o después en un mismo año, se puede decir que importa mucho hacerlo en una generación u otra. Algo que no se tiene en cuenta en el fútbol de nivel. Algo que bien sabe Víctor Valdés, por ejemplo. Vale que Casillas irrumpió mucho más joven que él. Vale que en casi toda su carrera, el del Madrid estaba por delante del catalán por méritos propios, pero también es justo decir que justo antes de su lesión, Valdés era el mejor portero del mundo. Y no tenía su oportunidad con la selección española. ¿Por qué? Porque Iker había llegado antes, y a ver quién era el majo que le desbancaba ahora.

Robert Enke, con el Hannover / REUTERS
Algo así sucede hoy en la selección alemana con la portería, un puesto donde, como en el caso de Casillas y Valdés, esa situación se magnifica. Nadie se imaginaba cuál iba a ser el trágico final del portero nombrado a liderar a la selección alemana en el Mundial de Sudáfrica 2010.  Y es que Robert Enke, guardameta titular y capitán de la mannschaft, decidió quitarse la vida meses antes de la cita mundialista. Por aquellos entonces, Alemania tenía un buen portero en la recámara como era Manuel Neuer, con 24 años y ya un centenar de partidos a sus espaldas como jugador del Schalke 04. No obstante, en las categorías inferiores de la selección se trabajaba a fuego lento con dos chicos que podrían romper todos los esquemas y recoger con garantías el testigo que dejase Enke poniéndose a la altura de Oliver Kahn. Recuperando un portero de primer nivel para la absoluta desde que el ogro del Bayern se retirase. Y es que Lehmann era mediocre e irregular y Enke, que era un portero de garantías, nunca llegó a ser considerado supremo, top, probablemente por causas psicológicas que conocimos el día de su trágico suicidio.

Neuer, ante Argelia en el Mundial 2014 / REUTERS
Y esa era la idea. Que estos dos jóvenes aventajados, de nombre Bernd Leno y Marc-André Ter Stegen (ambos de 18 años recién cumplidos entonces), se formaran durante unos años hasta que el bueno de Enke tuviera que dejarles paso y se jugaran con sus propias actuaciones quién pasaría a la historia, quién sería el titular y quién quedaría atrás. Todo hacía indicar que sería el hoy meta del Barcelona, de quien se decía iba a ser el mejor portero del mundo. La marcha de Enke antes de tiempo provocó una caída de fichas efecto dominó en cadena. Neuer se encontró con una titularidad que no esperaba y demostró ser un portero normalito en una de las mejores generaciones de Alemania que se recuerdan. Aseado y poco más. Porque de un portero lo más importante es la seguridad y no encajar goles. Lo demás es secundario, pese a que sea el mejor del mundo en ello.

Con él como punta de lanza, Joachim Low se olvidó de los otros dos imberbes y trató de reforzar el puesto de la portería con metas experimentados como Weindenfeller o Adler. Con un juego de pies excepcional, algo inusual para un portero alemán (Contaba Oliver Kahn en el libro que narra la vida de Enke que nunca imaginaba a un portero germano jugando lejos del área pequeña), el Bayern más dominador de los últimos años se hizo con sus servicios. Un equipo al que apenas le llegan a portería, una idea ahora reforzada por Guardiola y un sistema que se extiende al esquema del propio Low en la mannschaft, donde las habilidades con los pies de Neuer se fortalecen. Y es que Neuer es un loco, sí. Capaz de lo mejor y de lo peor. Pero un loco que, salvo ocasiones contadas (como el gran Mundial 2014 que se marcó) no da seguridad defensiva. Se ha demostrado cada vez que el Bayern no ha tenido la posesión por encima del 60%. Cosa que afortunadamente para los bávaros no sucede muchas veces. Es un portero al que le llegan poco o nada, pero al que le hacen gol. Que no salva partidos ni puntos, pero que es muy vistoso por ser diferente. Es un parapenaltis, eso está fuera de toda duda, y posee unos reflejos y una rapidez como pocos. Pero no es el mejor, ni el más completo, ni el más seguro. 

Leno (izqda) y Ter Stegen (dcha) con la Sub 21 / DAS ERSTE
Claro, que ha ganado el Mundial, no sé cuántas Ligas y ha terminado como tercer mejor jugador del mundo en 2014. Y a ver quién es el guapo que le sienta. Vale que Ter Stegen aún está verde. Bastante, pero es un diamante que a sus 23 años tiene poco por pulir y al que sólo le faltan 20 partidos seguidos para convertirse en un top5 mundial. Pero Leno no. Leno, que parecía el segundo en discordia, merece la oportunidad, porque ahora es el mejor. O al menos mejor del que dicen ser el mejor. Aunque no sea el más mediático, ni el más guapo, ni el más loco, ni el que más camisetas vende. Aunque tenga la cláusula de rescisión más baja de todas. 

Kevin Trapp, con el E. Frankfurt / REUTERS
También la merece Kevin Trapp, otro de una generación distinta, entre medias de Neuer y los otros dos. Trapp, que en su juventud parecía un portero aseado y poco más, se ha convertido por méritos propios (y con el hándicap de romperse la rodilla) en uno de los mejores porteros del mundo. El Eintracht de Frankfurt y su afición lo saben. Pero claro, está en una generación perdida. Fue titular en la sub18, y en la sub19, y en la sub20 y en la sub21, pero cuando quiso llegar al primer nivel, ya estaba Neuer. Y Trapp gana partidos. Que se lo digan al PSG, su nuevo equipo donde todavía nadie sabe lo que es meterle un gol. Pero claro, ni tiene un Mundial, ni tiene un bronce en el mejor jugador del año, ni tiene nombre. Porque la mitad de los que leen esto no saben quién es Kevin Trapp, que incluso hoy en día está por encima de Leno. 

¿Y entonces, es que Neuer es malo? En absoluto. Pero no es un portero supremo, como hoy son Trapp o Leno, dos chicos a los que por más que pruebas parece que nunca vas a marcar. Ni como puede llegar a ser Ter Stegen, que estando en el mismo campeonato que Neuer ha ganado varios premios a mejor portero de la competición. Y qué curioso, que el mejor portero del mundo y el tercer mejor jugador del planeta, no está en realidad ni entre los 3 mejores porteros de su país. Es como ese equipo que reina en el mundo pero no es capaz de vencer al equipo de su ciudad. O no. El caso es que mientras escribo esto, Neuer tiene el reconocimiento popular. Menos cuando le tiran, entonces surgen dudas. Menos mal que casi nunca lo hacen, porque si va a puerta suele ser gol, a no ser que sea desde los 11 metros. Y Trapp en su casa, viendo por la televisión, igual que Leno, cómo el no mejor portero de Alemania se convierte en un top3 mundial. Y Stegen a medio camino, sin saber si se convertirá o no en un quiero y no puedo.

Y todo por unos meses, o unos días, o por el malogrado Robert Enke que sin saberlo, con su decisión, juzgó la carrera de cuatro tipos. Uno que iba camino de convertirse en mediocre o normalito (y que lo es) pero del que dicen es el mejor del mundo en lo suyo, y tres que lo son. O lo pueden ser, o al menos están a la altura, pero que no pueden demostrarlo a ojos internacionales. 

jueves, 20 de agosto de 2015

Adam Armstrong: ¿Y si el '9' estaba en casa?

Newcastle es tierra de fútbol. Es aquel lugar del planeta que encuentra acomodo al norte, muy al norte de Inglaterra y que parece esconderse y alejarse de todo lo mundano tras esos puentes que cruzan el río Tyne. Newcastle es un lugar tan especial que de su acento han creado casi un dialecto, inentendible para aquellos que chapurrean inglés, molesto e incordioso para aquellos que lo tienen como lengua materna pues en ocasiones hablan con palabras totalmente inventadas. Y es que si ellos quieren decir 'caricatura' (toon) para referirse a 'ciudad' (town), ¿Quién se lo va a impedir?. Para entender a los nacidos en Newcastle hay que vivir allí. Sólo así es posible entender cómo unos tíos se enorgullecen hasta límites insospechados cuando se les conoce como 'Geordies', un término acuñado durante siglos y que, en realidad, nunca nadie ha sabido explicar de dónde viene. Son Geordies, sin saber por qué, pero están orgullosos de serlo.

Volviendo al principio, Newcastle es tierra de fútbol. Los fines de semanas no existe nada más. La ciudad se paraliza, la gente no trabaja y cerca de 55.000 personas acuden a St. James Park (hoy llamado Sport Direct Arena por motivos de patrocinio), el estadio del equipo, situado en las inmediaciones del Leazes Park. Como todo en ellos, incomprensible. ¿Por qué nombrar al estadio con el nombre de un parque de Londres cuando éste se asienta a escasos metros de otro? Ellos sabrán. Es parte de su mística. La hinchada, más o menos aceptada por consenso como la más fiel y pasional de Las Islas, lleva más de 40 años sin ver a su equipo, considerado un grande del país, levantar un título. Por decirlo de otra forma. La mayoría de los seguidores vivos de este club, no le ha visto levantar una Copa. 

Andy Carroll y Alan Shearer
La Army Toon (los fans del Newcastle) venera a sus jugadores por encima de todo. No va a misa, ellos sólo respiran por y para unas franjas negras que se entrelazan con las blancas y que hace que los once jugadores que saltan al verde se asemejen a las urracas que se amontonan en el césped de los parques la ciudad. Los magpies, los geordies, el toon... Arriba del todo, en el Olimpo de esa plantilla, se encuentran dos tipos de jugadores: los nacidos en la tierra, y los delanteros. ¿Qué sucede cuando esas dos premisas se combinan y coinciden? Que se crea una relación de amor entre miles de fieles a un único ser, que suele portar el '9', y al que se alaba como si de Dios se tratase.

La primera vez que esto sucedió fue en la década de los 40 y se extendió en la de los 50 gracias a Jackie Milburn, el primer gran goleador. Salió de la cantera y dio 15 años maravillosos a la parroquia de los geordies, donde logró varios títulos y consiguió 200 goles. Un delantero sólo superado por Alan Shearer. Y es que si a alguien que no conozca mucho de fútbol le nombran al Newcastle, sin duda a su imagen saltará la figura de Shearer. Hizo 206 tantos con la camiseta blanquinegra y es el máximo goleador de la historia del club. Su historia, además, tiene un componente todavía más romántico. Shearer fue rechazado de las categorías inferiores del equipo y se tuvo que marchar para continuar su carrera. En el momento exacto, como campeón de Liga, rechazó al Barcelona y al Manchester y decidió fichar por el club de sus amores en la que fue la primera gran presentación multitudinaria en Inglaterra, la segunda que se recuerda en toda la historia del fútbol internacional tras la de Maradona en Nápoles. "En otro equipo habría ganado más títulos, pero mi decisión fue la correcta", como para no quererle.

Shearer fue especial, único, un caballero que cambió zapatos y traje por botas de tacos y pantalones cortos. Su sonrisa y su palma al viento representaban los 'yes' de cada uno de los aficionados que abarrotaban las gradas de St. James Park. Lo que significa, a día de hoy, es tan fácil de explicar como el porqué de geordie como gentilicio. Su sucesor fue Andy Carroll. No coincidieron juntos en plantilla por unas semanas y poco después Alan fue el entrenador de Andy. Como si del nuevo hijo pródigo se tratase, Carroll se hizo con la camiseta número 9. Totalmente opuesto a Shearer fuera del campo, Carroll se ganó el amor de una grada que ya lo venía venerando sólo por sus orígenes y su posición a base de cabezazos que rompían las redes de la Championship. Sus testarazos subieron al equipo a Primera y ahí, en mitad de una confusión que no se supo desde el principio, acabó saliendo por la puerta de atrás.

Ha jurado y perjurado amor eterno desde el exilio pese a su marcha. Ha reconocido que el día que fue a pedir la renovación del equipo, miembros de la directiva le dijeron que le querían vender y ha admitido que por su cabeza sólo pasa volver algún día. Aunque la afición, por despecho y falta de información, no le guarda un cariño similar.

Adam Campbell, contra el
Stoke / GETTY IMAGES
Y mientras Carroll iba y venía, hacía y dejaba hacer, a fuego lento se cocía en la cantera un crío al que todos conocían como el albino por la tez blanca de su cara, pecoso y pelirrojo. Su rapidez y su altura, su punto fuerte y su punto débil. No llega al 1'70 y ha cimentado su superioridad en las categorías menores del fútbol inglés gracias a su velocidad. Ha representado a Inglaterra en las categorías inferiores y tuvo que cargar con la losa de ser llamado 'el nuevo Michael Owen'. Un handicap que le ha pesado demasiado pues hoy, con 20 años, parece estar lejos de acabar jugando en Primera División.

Su otro gran problema, además, compartía nombre, ciudad y posición. Otro Adam, en este caso Armstrong, que es dos años menor que él. No es tan rápido, pero lo parece. Lleva la pelota pegada al pie, es infinitamente más talentoso y técnico y parece superior a los chicos de su edad. Es por eso, que Armstrong, pese a sus dos años menos, ha adelantado a Campbell en alguna que otra convocatoria. Está en la edad exacta en la que su homólogo pelirrojo se empezó a estancar. Con 18 años recién cumplidos, Amrstrong ya puede presumir de haber disputado 15 partidos con el primer equipo de los magpies (sin gol), mientras que Campbell sólo llegó a disputar 3.

Adam Armstrong / PA
Y es en ese momento cuando se piensa en los movimientos del Newcastle en el mercado. Mitrovic, por casi 20 millones, es suplente de un Cissé que es ídolo de la grada pero cuyo rendimiento guadianesco deja mucho que desear. Mientras que el serbio, en su primera aparición, demostró que es un diamante con demasiado que pulir. Quizás más en su cabeza que en sus pies. Y al tiempo que uno y otro están ahí, dubitativos, con muchas ganas y pocos resultados, Adam Armstrong, en su primera fuga trimestral (3 meses cedido en el Coventry City) ya ha marcado 5 goles en 3 partidos. Es ídolo de la grada y desde el club se intenta a marchas forzadas que el contrato se alargue. No está hecho para la Premier, claro que no. Al menos no para tener un peso importante en el equipo. ¿Pero cuán importante era el fichaje por casi 20 millones de un delantero díscolo cuando entre tus manos tienes a un joven dos años menor, con un futuro prometedor y de la casa?. Si a Mitrovic nadie le hubiera dado la oportunidad de romper el huevo, hoy no estaría aquí. 

Y eso es lo que necesita Armstrong, que combina velocidad y potencia con la pelota en los pies, que maneja bien tanto derecha como izquierda, que huele el gol como la sangre y que está llamado a romper las porterías de los mayores equipos de la Premier.

domingo, 9 de agosto de 2015

La última gran oportunidad de Sergio Romero

Supe que iba a triunfar desde la primera vez que lo vi, allá en el verano de 2007. Fue en el famoso Mundial Sub 20 de Canadá que encumbró a un imberbe Sergio Agüero y donde una generación de argentinos que parecía que iba a comerse el mundo, entre los que estaban Emiliano Insúa, Garay, Fazio, Ever Banega o Mauro Zárate, se proclamó campeona con holgura. También sobresalió el papel de Maxi Morález, hoy en Atalanta y a quien un paso por las ligas de los petrodólares cortó la progresión y sobre todo Matías Sánchez, un todoterreno para todo que probó suerte en el filial del Atlético pero que por unas cosas o por otras no terminó de dar el gran salto. En aquella portería estaba Sergio Romero, un chico de 20 años y 1'92 m, cuya envergadura ocupaba todo el alto de la portería sin siquiera tener que brincar, que ya había debutado en Primera Argentina con Racing y que iba a hacer un torneo espléndido. Tenía, además, el referente de Óscar Ustari, la gran esperanza albiceleste que acababa de aterrizar bien joven en España, consagrado como uno de los mejores porteros del continente americano, y a quien las lesiones acabaron por destrozar mental y futbolísticamente.

Lo que más llamó la atención de Romero, a quien apodaban 'Chiquito' con gran carga de ironía desde la adolescencia, fue sin duda su saque, tanto con la mano como con el pie. Capaz de llegar a media cancha con su guante derecho y de poner la pelota casi en área rival con el pie antes del primer bote. Con esa edad, con tanto por mejorar, se antojaba fácil pensar que podía tener ahí un arma asistente si se trabajaba en esa faceta. Tras el gran torneo que hizo, donde sólo encajó dos tantos, el AZ Alkmaar holandés se hizo con sus servicios por cerca de 2 millones de euros. En Holanda, donde empezó como suplente para acabar robándole la titularidad a su homólogo Waterman, se hizo un nombre y un nombre. Sus actuaciones le valieron para ir con Argentina a los JJOO de 2008 en Pekín, donde con él bajo los palos tras la rotura de ligamentos de Ustari, la albiceleste se colgó el Oro. 

Romero, durante el Mundial 2010 / MEXSPORTS
Debutó con la absoluta sólo unos meses después, con 22 años y ya de ahí no le ha movido nadie. Su buen hacer en la Eredivisie, donde se llevó el título en la 2008-2009 con Louis van Gaal como técnico, le hizo permanecer siempre bajo los palos de Argentina. Fue uno de los señalados en la nefasta etapa de Diego Maradona como técnico y ya nunca se ha quitado ese cartel de portero mediocre para el pueblo, algo que no le hace justicia.

Su altura, su zancada, su potencia de salto, su buen juego de pies, sus reflejos, su rapidez en la toma de decisiones, ese punto de locura (el mismo que le llevó a, en 2009, golpear con todas sus fuerzas con el puño un palo de su portería tras caer eliminado en Copa y quedarse 5 jornadas fuera de los terrenos por lesión), todo un mix que hacen de él uno de los mejores porteros del mundo, como bien fue nombrado el pasado año (sexto concretamente), pero que no tiene reconocimiento en la afición, sobre todo la argentina. Y es que ese Mundial de 2010, donde Tévez, Messi, Mascherano y compañía parecían tener una edad propicia para levantar el Mundial, hizo mucho daño en Romero y en cómo se le ha mirado, con lupa, desde entonces. El hecho de que es un portero con mala fama y de que una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad (como la de que es un portero mediocre) se comprueba por el hecho de que se le tilda como 'eterno suplente', cuando en 10 años de carrera profesional sólo un curso (en Mónaco) lo fue. 

Tampoco ayudó el propio Romero en apagar esa mala fama, pues con ofertas de todo tipo, decidió incomprensiblemente abandonar Holanda para irse a jugar a la Sampdoria, recién descendida a la Segunda División. Rápido subieron y con él bajo los palos, la Samp cuajó dos grandes temporadas. Otra vez se había vuelto a colocar en el panorama mundial cuando de nuevo una decisión extraña volvió a acrecentar su leyenda de mediocre. El Mónaco, nuevo rico de Europa, pidió su cesión dejando un buen dinero en las arcas italianas y el argentino se pasó toda la temporada sentado en el banquillo del Principado, tras la estela de Subasic. El año en blanco sentó fatal en una Argentina que pidió desesperadamente que Romero no defendiera la portería albiceleste en el Mundial de Brasil y en su lugar jugara un Willy Caballero que al final ni siquiera fue convocado.

Romero, incansable en su acto de dar títulos a la selección, de callar a los que le critican, cuajó un Mundial soberbio. Mandó a Holanda a casa con una tanda de penaltis (los once metros, uno de sus fuertes) a casa el día en que Mascherano le convencía que se iba a convertir en héroe minutos antes de hacerlo. Y como todo va por modas, Argentina se subió al carro del Romerismo, al mismo que se subió una Rihanna que incluso llegó a pedirle permiso a la mujer del argentino para tener una cita con él. 
En el encuentro ante Holanda del Mundial 2014 / REUTERS

Tras una temporada irregular en la Sampdoria, Romero vuelve a ser hoy protagonista. A su condición de jugador libre se apuntaron Roma, Real Madrid, Atlético de Madrid y Manchester United, que intentaron hacerse con sus servicios. Se decantó por el Manchester United, mostrando que no teme al peligro de luchar por un puesto en una portería en la que ya están, de momento, Víctor Valdés y David de Gea. Sea de la forma que sea, el argentino fue titular en el primer encuentro de liga con los Red Devils sacando más de una sonrisa en los aficionados del United, dejando incrédulos a aquellos que le criticaron sin fundamento por el simple runrún popular con un gran partido en el que mostró reflejos y más reflejos haciendo hasta tres paradas de mérito que valieron para conseguir los tres primeros puntos, nada distinto a lo que ha hecho también en sus primeros entrenamientos en Inglaterra en un vídeo que ha dado la vuelta al mundo.

A sus 28 años, la más que posible marcha de De Gea le abre un frente para, al fin, en uno de los mejores equipos del mundo y bajo el mando de Van Gaal, su máximo valedor, demostrar que es uno de los mejores porteros del planeta. Hoy, Argentina, esa que pedía al portero suplente del Manchester City como titular en su selección, se rinde al chico que de momento es el titular en el Manchester United. Y todo ello porque ahora sí, el mundo ha visto jugar a Sergio Romero.

Romero salva un gol en su debut con el Manchester United / REUTERS