viernes, 21 de marzo de 2014

Se busca portero

Un buen ataque gana partidos. Una buena defensa, campeonatos. Y toda defensa tiene como eje a un tipo, generalmente loco, que se enfunda unos guantes y se pone bajo palos sin más miedo del que debe tener su posición. "Ser portero es la posición más difícil. Si el delantero falla, se olvida enseguida. Si lo hace el portero, es un fallo garrafal y tiene que soportar las críticas y miradas de la gente, y ese runrún que se genera entre los miles de aficionados en las gradas", contaba el malogrado Robert Enke.

Asegurarse un buen portero es asegurarse un buen futuro. Años y años de confianza y fe ciega bajo el hombre que guarda las llaves de tu casa. En un verano que se antoja movidito bajo los tres palos.

Tibu Courtois
'Tibu' Courtois es la joya de la corona. El belga, que sólo tiene 21 años, afronta con una madurez impropia de un imberbe como él su tercera gran temporada en la portería del Atlético. Siendo propiedad del Chelsea, se ha convertido en uno de los mejores del mundo en su sitio y ha negado por activa y por pasiva ser segundo de nadie en ningún equipo. Su club de origen tiene en Petr Cech un seguro al que le puedan quedar unos pocos años al máximo nivel. La grada la quiere y los blues se han hecho grandes con ese gigante con casco bajo los palos. Así, parece que a Courtois sólo le quedarían un par de opciones. Renovar y volver a salir cedido, posiblemente al Atlético, para esperar una temporada más la oportunidad que ya lleva esperando tres, o salir vendido definitivamente. ¿Dónde? A un club con dinero. En estos tiempos que corren, el valor de los jugadores se ha multiplicado hasta valores insospechados que hacen creer que el cancerbero belga no saldrá de Stamford Bridge por menos de 20 millones de euros. Rifas al mejor postor.

Marc-Andre Ter Stegen parece que tiene billete para ir a Barcelona a ocupar el sitio que deja Víctor Valdés. Portero joven, con varios años jugando en la Bundesliga en el Borussia Mönchengladbach a muy buen nivel. Rompe con la tónica del típico portero alemán, todo físico. Curiosamente, el primer portero alemán tras Enke que tiene el club del Camp Nou y, cosas de la vida, el fallecido guardameta teutón también comenzó su carrera jugando en el 'Gladbach'. Contaba el propio Enke que "cuando llegué a Barcelona, me obligaban a jugar 20 metros por delante de lo que estaba acostumbrado. Me veía fuera de sitio e inseguro. Y eso, ya puedes ser buen portero o simplemente el mejor, que es lo peor que puede haber en el mundo para ti y para tu defensa. La sensación de inseguridad. Lo comentaba con algunos compañeros de la selección y me decían que los porteros alemanes no estábamos hechos para jugar como querían en el Barcelona, que éramos chicos físicos, de grandes reflejos, que jugábamos pegados a la portería". ¿Se habrá percatado de ello el Barcelona? El tiempo lo dirá.

Ter Stegen
Y como esto es un juego de bailes, un quita y pon, Yann Sommer será el maestro de llaves de Monchengladbach. Joven pero con experiencia. Con más de 30 partidos internacionales a sus espaldas y que se dio a conocer a todo el mundo con una excepcional Europa League. Sin duda, los alemanes han estado rápidos.

Víctor Valdés
Al que seguro echarán de menos en Barcelona es a Valdés, un muro que ha estado más de 10 años al máximo nivel y que ha dado una seguridad a la que no estaban acostumbrados en el club catalán. Valdés se va porque se ha ganado el derecho a decidir, porque se le ha valorado menos de lo que se merece y porque ya ha cumplido su función más que sobresaliente en la última década. Se habla del Mónaco, que ha empezado un proyecto para conquistar Europa, e incluso podría ser el PSG, que lo comenzó hace años y que tiene en Sirigu un gran portero de segunda fila pero que no llega al nivel del español. Otro posible destino, sin duda, es el Arsenal. Los gunners despliegan un juego similar al del Barcelona, Valdés conoce los esquemas, ha demostrado poder soportar la presión y destacaría en una liga en la que los porteros alternan actuaciones soberbias con cantadas bochornosas.

En el Real Madrid, la guerra abierta que inició Mourinho y sigue la prensa entre Casillas y Diego López no parece tener fin hasta que ambos dejen de compartir vestuario. Tras muchos años en el trono mundial, Iker se ha visto relegado al banquillo. De momento se conforma con la Copa y la Champions, pero no con el torneo de la regularidad,  y no ha dudado en afirmar que de seguir así no descartaría una futura salida. 

Buffon
En Italia, tierra histórica de grandes porteros, a Buffon se le empieza a terminar el crédito. Con 36 años y más de 15 al máximo nivel, 'Gigi' encadena un par de malas temporadas. Alterna paradas impecables con fallos garrafales, propios del mismísimo Kahn en sus últimas campañas, cuando ya no veía y la espalda no le daba más que desgracias. Tanto Italia como la Juventus deberán buscar un recambio de nivel para dos equipos llamados a torear siempre en las mejores plazas. En Turín quieren otro guardameta milenario, capaz de defender su portería durante años, igual que ha hecho Buffon. Sin duda, Mattia Perin es el hombre adecuado. 21 primaveras que han dado para mucho para este joven prodigio, tímido ante las cámaras y en su día a día, pero un lince cuando se abrocha el velcro de sus guantes. El Genoa tiene en Perin un diamante en bruto al que no dejará escapar a no ser que varios millones digan lo contrario. Junto con Courtois, Perin está llamado a gobernar durante casi dos décadas las porterías de Europa. La otra gran opción es Simone Scuffet. Con 17 años, está igualando los registros de Perin en las categorías inferiores de la azzurra y ya se ha hecho como titular en la portería del Udinese. Aunque, posiblemente, sea una apuesta aún demasiado arriesgada.

Mattia Perin
Reina, que está cedido en el Nápoles, parece haber encontrado al lado de Benítez el nivel que había perdido en Liverpool en la última campaña. Los reds se han hecho con Mignolet como portero de futuro y, aunque de momento ha fracasado en citas importantes, el belga es un portero llamado a dar tardes de gloria. Las mismas que parece estar dando De Gea en Manchester.

Fraser Forster, que parece haber encontrado en Glasgow el cariño del que le privaron en Newcastle, se ha hecho a base de paradas con un nombre en Europa. Sus actuaciones ante el Barcelona han dado la vuelta al mundo y es, posiblemente, uno de los porteros más completos del panorama actual, aunque sin cartel. Rápido de reflejos y con una buena envergadura, se defiende como pocos en los balones aéreos. Es un seguro en los penaltis y su capacidad de liderazgo está fuera de toda duda. Su nivel es tan alto que hasta en Inglaterra se han cuestionado la posibilidad de que sea el número uno de la selección por delante de Joe Hart, la niña bonita de la absoluta.

Fraser Forster

viernes, 10 de enero de 2014

Los bajitos también saben pegar

Odio eterno al fútbol moderno, para empezar. Vivimos una época en la que los grandes son más grandes y los pequeños se esconden bajo las faldas del poder de unos pocos. Y tras este pequeño inciso, continúo hablando del fútbol.

Me sorprende cada día más, salir por la calle y toparme con un caminante con una camiseta del Sporting de Gijón, del Recreativo de Huelva o del Coruxo, por ejemplo. Una vez al año cuando hay suerte. En cambio, creo que no hay día que pase sin ver a un crío que no levanta dos palmos del suelo con la camiseta de Messi o Ronaldo; a un joven con el chándal de los dos gigantes; o a un abuelo bien vestido -o mal, eso da igual- con un pin o insignia de los dos equipos más laureados de España.

Se están perdiendo las buenas costumbres, se están muriendo los equipos, y se están extinguiendo las aficiones. Lo fácil siempre es ser parte de la masa, ir donde va el pueblo y seguir a la mayoría. Y tras este pequeño inciso, continúo hablando de fútbol.

No me considero de un equipo pequeño, ni mucho menos. Es más, soy seguidor de un grande que tuvo tiempos malos, por no decir malísimos. Y siento mucha simpatía por dos equipos extranjeros que si alguna vez han tocado el cielo también han hecho sus pinitos en el infierno. Hasta llegar a desaparecer, incluso.

'Soy de un grande porque ganamos títulos, porque tenemos más copas que los demás'. Nunca hubo una respuesta más errónea en la historia del mundo, que no del fútbol. Se pierde el sentimiento, esa relación de pertenencia que te obliga, quieras o no, a ser de un equipo. Ese amor a unos colores. El sufrir cuando va bien, pero también cuando va mal.

¿Dónde está el baremo que diga que es más feliz alguien por ganar una liga que un equipo que se salva en la última jornada del descenso?

Aquellos aficionados, aunque pocos, que van a todos los partidos de su equipo en Tercera División tienen el mismo derecho a disfrutar del fútbol y a sentir por sus equipos que cualquier titán. Mucho más mérito incluso, diría yo. Y es ahí donde nace el romanticismo. Porque cuando un pequeño consigue derrotar a todos los grandes como hizo David contra Golliat y llegar hasta el final, el éxtasis llega a todo su esplendor. Sin ir más lejos, el Bradford City, de 4ª división inglesa, encontró una vía de escape la temporada pasada al derrotar a todos los gigantes que se pusieron en su camino y llegar a Wembley para medirse a un Swansea que los destrozó. 

Porque el 'tenemos 9 Champions' no es la respuesta a todas las preguntas y no supone la felicidad absoluta. Hay quienes disfrutaron más con 9 derrotas y un descenso con su equipo que otros que ganaron una competición liguera. 

Porque mientras exista un sólo seguidor, calado de arriaba a abajo, en un patatal inmenso cubierto por el barro sujetando una bandera, llevando una camiseta o con una bufanda al cuello, el fútbol será bonito, romántico, puro y verdadero. Porque a ellos nadie les entiende y no tienen remedio. Y eso les encanta.



jueves, 12 de diciembre de 2013

Don Raúl García, tenga compasión y perdónenos

Debutó con 18 años -nada más y nada menos que en el Camp Nou- hace ya casi 10 temporadas, ante un Barcelona que Rijkaard comandaba y que aplastaba rivales al ritmo al que bailaba Ronaldinho. Con 19 ya estaba asentado en el primer equipo de Osasuna, siendo un jugador fundamental en los esquemas de Javier Aguirre, el entrenador que le hizo debutar y que le fichó para el Atlético de Madrid años después.

Y es que el conjunto rojiblanco, que acababa de perder a Torres, buscó recuperar la ilusión de sus fieles seguidores a base de talonario. Forlán primero, Simao después y Raúl García entre medias fueron los fichajes más caros de aquel verano para un equipo histórico que llevaba más de una década histérico. En una maniobra maestra, Raúl recaló en la ribera del Manzanares a última hora, cuando parecía que lo tenía hecho con el Valencia tras rechazar a varios conjuntos de Inglaterra. 12 millones eran muchos y había que amortizarlos.

Recuerdo que su primera temporada fue soberbia. Era año de Eurocopa -aquella que terminamos ganando con un gol del mejor Torres ante una Alemania que acabó sucumbiendo ante el poderío de los de Luis Aragonés- y Raúl, aún con 21 años, era un baluarte en la Sub 21. Fue el verdadero pulmón del equipo colchonero durante toda la temporada, y no fue fácil. Reinó en un sistema irreal de 4-4-2 que siempre acababa siendo un 4-2-4 con Simao y Maxi apoyando al Kun y Forlán acompañado del mejor Maniche que se ha visto en el Calderón. El balón no circulaba por el medio. Nadie daba un pase bien dado y se vivían partidos de auténtico vértigo en los que se llegaban a ver 5,6 y 7 goles en sólo 90 minutos. Pero Raúl era el rey del alboroto. A mitad de temporada todo se truncó, o eso parecía. Maniche se rebeló contra Aguirre y acabó cedido en el Inter y el navarro se quedó sin pareja de baile en la medular. Cléber no daba la talla y Maxi era un parche que aportaba lo poco que podía. Fue entonces cuando apareció, más grande que nunca, Raúl García. Se multiplicó en el medio para sostener, él sólo, a un Atlético que terminó entrando en Champions muchos años después. Cabe destacar, claro está, la irrupción de un pequeño prodigio de 17 años a su lado que se doctoró ante el mejor Barça llamado Nacho Camacho que prometía más de lo que ha terminado siendo.

Y como ahora vienen las críticas, que no son pocas, justo es decir que en la afición colchonera quedó un sabor amargo cuando el navarro no fue incluido en la lista de Aragonés para ir a la Eurocopa. Una temporada después, el fichaje de Assunçao y la vuelta de un indultado Maniche le llevaron al banquillo en más de un partido. Raúl, habiendo perdido el sitio, no acabó de dar con la tecla en el centro del campo. El Atleti, con un juego más pausado, no encontró en el navarro ese jugador de gran pase y distribución que se le suponía y, aunque jugó mucho, acabó en el ostracismo, cambiando esos estruendosos aplausos que había levantado por leves pero dolorosos pitidos por su mal hacer.

Tres largas e interminables temporadas en las que Raúl conoció la cara más amarga del fútbol. Ni Abel, ni Quique, ni el propio Aguirre que le había descubierto dieron con la tecla. Ni estaba ni se le esperaba. No acertaba con los pases, no realizaba con éxito controles sencillos y perdía balones en posiciones demasiado comprometidas. Perdió su sitio en el 11, abandonó su confianza y se olvidó que él llevaba un jugador de fútbol dentro. Nadie se había dado cuenta -quizás cegados por su gran primer año en el Calderón- que Raúl no era mediocentro. Tres largos e interminables años en los que yo, dentro del coliseo atlético, he lamentado cada uno de los balones que perdía, he gritado y me he enfadado por cómo un profesional podía cometer esos errores de bulto y podía mostrar un nivel tan bajo. Recuerdo cuando se dejó barba y entre los compañeros del sector se debatía si lo había hecho para camuflarse y que el aficionado no le pitara y silbara.

Abuchearle se volvió sistemático. Anunciaban su nombre en los videomarcadores, y pitada que te crió; tocaba el primer balón, y los silbidos se hacían notar por encima de todas las cosas.

Entre medias, fue uno de los grandes culpables de que el equipo colchonero ganase la Europa League de 2010 formando un medio con poco toque y mucho músculo al lado de Assunçao. Una semana después, vio desde el banquillo cómo el Sevilla se llevaba la Copa del Rey y lloró desconsolado como un niño al terminar el partido sobre el césped del Camp Nou, ese estadio que le había visto debutar.

"Raúl siente mucho al Atléti", me dijeron. "Le duele muchísimo que la grada le pite, y le molesta cuando le asocian con otros equipos. Quiere triunfar de rojiblanco". 

Sentí pena por un segundo. Luego pensé que había miles y millones de personas que darían su vida por jugar en el club de sus amores, pero por aptitud y no actitud no podían hacerlo. ¿Por qué iba a ser distinto el navarro?

"Molesta mucho que se pite a un jugador cuando tiene el balón, un jugador que da todo por el equipo, que lucha como nadie. Quiero pedir a la afición que tenga más paciencia con Raúl", decía Tiago, compañero de equipo y su principal competencia para un puesto en la titularidad.

"Es el peor jugador que he visto -aunque decía lo mismo de Valera- en el fútbol. No sabe dar un pase y no hace ni un control bien", me decía mi amigo Gabriel. En realidad dolía que tuviera tanta razón.

Y a él nadie le comprendía. "Me piten o no, siempre voy a querer lo mejor para este club", señaló el protagonista de esta entrada tras una mala actuación del equipo en general y suya en particular acompañada de la ya más que repetitiva pitada al unísono del Calderón. Y cuando parecía condenado al ostracismo, tras un año cedido en Osasuna donde jugó en la mediapunta e hizo un año más que aceptable, llegó el momento Simeone.

"Con lo bien que lo ha hecho cedido, a ver si alguien nos da un par de millones por él", decían. Simeone, tres entrenamientos después de trabajar con él, le declaró intransferible. Con confianza, trabajo y minutos en la mediapunta, Raúl García, dos años después, se ha ganado a toda la hinchada colchonera. Con más esfuerzo que nadie se ha trabajado un perdón que ha tardado más de la cuenta pero que sabe a algo más que a gloria y satisfacción.

Por la derecha, por la izquierda, por el centro y incluso de delantero, con el '8' a la espalda y casado con el gol, el navarro vive la mejor época de su vida con Simeone como su principal valedor y el orgullo de estar donde está por merecimiento propio. Nadie le ha regalado nada y ha tenido que hacer más del doble que los demás para conseguir la mitad del reconocimiento. Le va en los genes. 

Y es que si el año pasado ya terminó bien y marcó algunos goles cruciales, los 9 que lleva a estas alturas de la temporada han enamorado a la afición que primero le aplaudió y luego cogió por costumbre los abucheos. Y no sólo los goles, sino ¡qué goles!

"A Raúl García no le doy los minutos que se merece", dice Simeone, su máximo valedor. "A un chico que trabaja como él me da pena no darle más tiempo". Un Raúl García que ha vuelto para quedarse. Que ya no puede ocultar esa sonrisa detrás de una frondosa barba por triunfar en el equipo de su vida, al que idolatra y siente por encima del equipo al que ama y del cual salió. Un Raúl García que sólo encontró la tregua de la afición cuando defendió los colores rojiblancos de las burlas de Cristiano Ronaldo con aquella famosa 'espaldiña'. Un Raúl García que igual no se merece el Balón de Oro ni acabará jugando con la selección española, pero que merece la medalla de la Real Orden del Mérito Deportivo como nadie. Un Raúl García que, por segunda vez, y esta de verdad, es feliz en su casa.

Don Raúl, perdónenos. Tenga compasión y entienda que todos nos equivocamos. Y gracias.



lunes, 2 de diciembre de 2013

Lo que funciona no se toca

Existe una máxima en el deporte en general y en el fútbol en particular que defiende la teoría que se presenta en este título: lo que funciona no se toca.

Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer es una célebre frase que bien podría reflejar a las mil maravillas lo que se quiere decir con esta entrada. Y es que, si hay algo que funciona ¿Por qué cambiarlo? Es cierto que se puede ir a mejor pero, ¿Por qué jugársela e ir a peor? Riesgo cero.

Es por eso que en el Real Madrid juega Diego López y no Casillas. Diego, ese guardameta infravalorado y enemigo público número uno de unos pocos que tienen el poder de convencer a otros muchos por el simple hecho de haber coincidido con Iker en el conjunto blanco. El mismo Diego que sería ídolo de haber aparecido 5 años más tarde en el mismo sitio o en la actualidad en cualquier otro y no sería objeto de los insultos y desprecios, sino que más bien originaría halagos. Porque el capitán, que ahora está cogiendo ritmo en Champions -esa competición en la que López mantuvo al Real Madrid vivo con su actuación en los partidos frente al Manchester-, llevaba sin disputar partidos de alta competición cerca de un año sin mostrar el nivel al que realmente estaba. Más allá de forofismo de bufanda y no de coherencia. Y es que, Mourinho primero y Ancelloti después, saben que lo que funciona no se toca.

Es por eso que en el Atlético de Madrid juegan 11 siempre y unos pocos en contadas ocasiones. Por ejemplo, Alderweireld ha llegado de un equipo menor para ocupar una asiento en el banquillo y jugar cuando los otros dos -Miranda y Godín- no estén disponibles. Y tan importante es esta regla, que es bastante probable que el belga sea mucho mejor central que los dos que tiene por delante y le privan de minutos. Pero en el Calderón ganárselos está caro y más en una defensa que es de las mejores del mundo y no deja de acumular partidos con la portería a cero y superar récords de imbatibilidad. Y aunque el mismísimo Maldini rejuvenecido llegase a las órdenes del Cholo, tendría que ganarse un puesto con algo más que sudor, sangre y lágrimas. Es por eso que Guilavogui, centrocampista internacional con Francia y con un gran cartel en el viejo continente, no ha jugado más que en los recreos por detrás de un Gabi al que le cuesta acertar un pase fácil a 5 metros pero que se ha convertido en el corazón y el pulmón de este equipo histórico que no cesa de dejar en la lona rivales histéricos. Y es que, Simeone sabe que lo que funciona no se toca.

Es por eso que Rafael Benítez, entrenador hoy del Napoli, ha llegado a Italia con su mismo sistema de siempre, con las mismas ideas de sus primeros triunfos con la idea de ganar títulos en la Serie A, como hizo con el Liverpool, Valencia y Chelsea pese a los críticos. Y es por eso que con su idea inicial de juego, el Napoli seguía la estela de una Roma impecable hasta que Hamsik, capitán, santo y seña del equipo, dejó de entrar en el 11 primero por decisiones técnicas y después por lesión. Curiosamente, la Roma, invicta y de récord en récord, ha sucumbido 4 partidos sin su también capitán, Totti, en la cancha. Un conjunto que vive de Gervinho, que sólo ha funcionado bajo las órdenes de Rudi García. Y es que, tanto Benítez como García, saben ahora que lo que funciona no se toca.

Es por eso que el Newcastle lleva 4 partidos consecutivos conociendo la victoria con los malos en el campo y los buenos en el banquillo. Paradójico. Un Newcastle que empezó la temporada sin alma, encomendado a las diabluras de Ben Arfa y que se ha convertido en un equipo con sacrificio y juego irregular. Porque con el casi retirado Shola Ameobi en el 11, del que se decía que no valía ya para jugar en la Premier, los magpies no conocen la derrota. Y porque con Williamson, en la misma situación que el nigeriano, las urracas vuelan hacia la cabeza de la tabla tras vencer a Chelsea, Tottenham, Norwich y WBA. Porque Ben Arfa, el crack del equipo, está en el banquillo y en su sitio juega un Gouffran que se parte el alma por el escudo; Porque Yanga-Mbiwa, central francés que llegó con más nombre del que ha demostrado en el pasado mercado invernal, se sienta a su lado y en su sitio juega Willo, y las cosas salen; Y porque Cissé, el hombre gol de St. James Park, sólo ha metido un gol -en Capital One Cup- esta temporada y Shola le ha comido la tostada. Y es que Alan Pardew sabe que lo que funciona no se toca.


Es por eso que la Juventus, que lleva años paseándose por la Serie A con una superioridad que debería avergonzar a sus rivales, sucumbió en Champions ante el Real Madrid. Porque si Conte llevaba años sorprendiendo a rivales y destrozando equipos con el 3-5-2 [o 5-3-2, como se prefiera], el cambio de sistema le hizo morder el polvo en el Bernabéu, saliendo a jugar con más complejos de los que en realidad tiene. Y es que ahora, Conte sabe que lo que funciona, no se toca.

miércoles, 30 de octubre de 2013

¿Por qué va Diego Costa con España?

Con Arda y Koke por banda, Diego Costa a toda vela, marca el gol o lo genera, un brasileño en Madrid. Y así, a la sombra de Falcao y con el odio de quienes están en la acera de enfrente, se fue ganando el corazón de su afición como más gusta. Ganas, compromiso y coraje. El esfuerzo no se negocia es la máxima de Simeone y Diego Costa es su profeta, su mayor y mejor exponente. 

Nacido en la pequeña localidad brasileña de Lagarto y tras ser incompatible con los estudios, rápido comenzó a trabajar en unos grandes almacenes para comprarse una moto. Su diversión, entre horas de esfuerzo, no se alejaba de colocar dos chaquetas tiradas en el suelo a modo de portería y ponerse a corretear detrás de un balón todo roto y descosido junto a los otros niños del lugar. 

Sin disciplina, Costa aprendió a jugar en las calles. Muchos otros niños son observados y cogidos rápido por grandes clubes, pero ese no fue su caso. "Crecí pensando que soltar codazos era lo normal, todos lo hacían y parecía ser parte del juego. Yo no tuve disciplina de una escuela de fútbol". Y su oportunidad llegó a los 16 años, cruzando el gran charco, concretamente al Sporting de Braga portugués. Oportunidad que aprovechó para fichar, con sólo 18 años, por el Atlético de Madrid.

Fue el año en el que llegaron Forlán, Simao, Luis García, Reyes o Motta entre otros, quedando su nombre en un segundo plano. Además, fue la temporada de consagración del Kun. Recuerdo que venía para quedarse como tercer delantero, o eso se pensaba, pero se acabó marchando como cedido. Me llamaba la atención el hecho de fichar a un brasileño tan joven. Y recuerdo que tras verle en pretemporada me gustó muchísimo, tanto que fue una decepción su marcha como cedido a Vigo. Incluso llegué a comentar con gente de mi entorno que Diego Costa sería "El delantero titular de Brasil en el Mundial 2014".

Lo cierto es que, a medida que pasaban los meses, sabía que nunca iba a jugar con Brasil -y no por lo que ha terminado sucediendo- sino por sus cualidades. Intermitente y siempre el rey de la reyerta. Los tiempos cambiaron y en Valladolid acabó siendo un jugador mucho más aprovechable. 

Curioso es que lo mejor que le ha pasado en su vida vino de una grave lesión, cuando se rompió los ligamentos en el verano de 2011. Su salida estaba acordada con el Besiktas y su paso por quirófano frenó el traspaso. "Doy gracias a Dios, porque eso me cambió la vida". Tras medio año cedido en el Rayo Vallecano llegó su explosión. 10 goles en la segunda vuelta, tras una lesión que suele dejar a los jugadores muy tocados para el resto de su vida, sobre todo al principio de volver a jugar.

Media España se lo rifaba. En el Atlético no tenía hueco por el lío de los extracomunitarios y él, harto de cesiones -4 en 5 años- pidió al club que le dejaran marchar como vendido si no iban a contar con él. El Barça puso 3 millones encima de la mesa para hacerse con sus servicios y llevarle al filial."Diego sabía que no contaba, pero lo veíamos -el Mono Burgos y yo- trabajar y decíamos que cómo lo íbamos a dejar fuera del plantel", decía Simeone en una entrevista. Al final, el club encontró una salida a Salvio y el resto de la historia ya se conoce por todos.

El rey de la pelea, juega mejor cuando se le cruza el cable. Mal asunto es que se le pelen los dos, como le ha pasado en más de una ocasión pero que ya está corrigiendo, al menos bajo el mando de Simeone. Entra en el campo como lo hace un elefante en una cacharrería y le es indiferente marcar o asistir. Cae a banda con mucha facilidad y es un imán para el balón aéreo. El máximo goleador del mundo en la presente temporada, pero en Brasil, Scolari pasaba literalmente de él. No le consideraba válido. Hasta el punto que Fred, Jo Alves, Leandro Damiao y un Pato fuera de forma contaban más que 'El Lagarto' -por mucho que ahora muchos quieran rebautizarle como 'La Pantera'-. Y llegó la doble nacionalidad y se formó el lío.

Scolari, que sólo le convocó para jugar un par de bolos veraniegos sin más objetivo que el económico, se vio con el culo al aire cuando a Costa le dijeron que podía ir con España. España, ese país que le había acogido como no lo hizo Brasil. Esa nación que le enseñó la disciplina necesaria que no había hecho la suya de origen. Ese país que lleva 3 grandes torneos seguidos y que, aunque no históricamente, sí es el mejor equipo nacional de la actualidad.

Scolari, ese hipócrita que ni come ni deja comer, que sería capaz de convocar al jugador para un partido oficial -como hizo, aunque Diego tenía otros planes- para luego no llevarle al Mundial con tal de que no jugara con España. Ese seleccionador que ha proclamado a los cuatro vientos que Diego no merece ser brasileño, que ha propuesto que le retiren la nacionalidad y que le ha echado a los leones como carnaza con palabras más malsonantes que coherentes para salvar su propio error. Ese entrenador que ha dicho que Brasil es lo primero, pero que no pensó en ello cuando él mismo ideó un plan perfecto para nacionalizar como portugueses a Pepe y Deco -brasileños- cuando él era su entrenador. Entonces Brasil no lo era todo, ¿no?. 

Diego Costa ha dado la espalda a un seleccionador, no a un país, devolviéndosela con la misma moneda. Porque a Diego le gusta el morbo y no hay nada que le gustaría más que marcar un gol con la camiseta de España en Maracaná. Porque es "un trozo de pan" que sólo aceptó jugar con España si todos y cada uno de los integrantes de la plantilla le querían dentro. Porque no reniega de donde vino y ayuda solidariamente a su pueblo en estos tiempos de crisis. Y porque, nos guste o no, que para gustos están los colores, las reglas son las reglas, y estos 5 años resididos en España le dan acceso a ser uno más para Vicente del Bosque. "Elegí España porque aquí me siento valorado". Diego Costa ha elegido a España. ¿Por qué? Porque puede. 

jueves, 17 de octubre de 2013

Henrik Larsson, el 9 perfecto

-Papá, quiero que me compres esa camiseta, porfa porfa porfa.
-¿Esa? ¡Ni loco, vamos!

Se me cayó el mundo al suelo. Corría el año 2001 y con mis 10 primaveras en una tarde-noche veraniega, sin saber cómo, empezó mi pasión por coleccionar camisetas de fútbol de distintos equipos y países. No habíamos hecho más que entrar en la típica tienda playera con souvenirs en la que vendían réplicas de los equipos más laureados y mis ojos sólo se centraron en una. Aquella rayada que alternaba horizontalmente el verde y el blanco, con el 7 de Larsson a la espalda, me dejó encandilado. Pero mi padre había sido rotundo. Seguí mirando varias. Me gustaba mucho la de Vieri, que había prendado a todos los hinchas del Atleti años antes. Sin embargo, al fondo del todo, en la última percha, la neroazzurra de Crespo sacó en mí una pequeña sonrisa. Con el "9" serigrafiado, Hernán Crespo, del Inter de Milán, me hizo comenzar una colección que hoy suma unas cuantas decenas de réplicas.

A Crespo le conocía, recuerdo que me gustaba mucho. Hoy me sigue pareciendo uno de los mejores rematadores de la época contemporánea. Vieri tenía su punto romántico. Pichichi con el Atleti, jugador de unas dimensiones enormes y del Inter, que por aquellos entonces me tiraba bastante, sólo por detrás de la Fiorentina que acababa de abandonar Batistuta. Pero de Larsson no sabía nada. Sólo recuerdo a los veraneantes británicos fácilmente reconocibles, en la playa, que iban caminando por el paseo marítimo con esa camiseta. Había varios nombres para elegir si eras del Real Madrid, Barcelona, Milán, Manchester o Liverpool. Pero si alguien se ponía ante tus ojos con una camiseta del Celtic, en el reverso estaba Larsson.

Descubrí que era una especie de Dios en Escocia para unos, mientras que era muy odiado por otros que iban vestidos de azul. Entendí que Celtic y Rangers tenían una relación especial en el mundo del fútbol. Se odiaban, pero a la vez no podrían vivir el uno sin el otro. Empecé a investigar sobre él. Larsson me gustaba, lo reconozco. Sólo su físico tenía algo que me encandilaba. De esos que entran por los ojos. Y sin siquiera saber cómo, me topé con una información que decía que había marcado 53 goles en 50 partidos en esa última temporada. Alucinaba. Quería su camiseta, de verdad. ¿Qué le habría hecho a mi padre?

A ritmo de Complicated de Avril Lavigne -canción del FIFA 2003, la única edición en la qu eno disfruté del PES-, recuerdo que siempre tenía un hueco para Larsson en mi Atleti formando un tridente temible junto a Torres y Correa. Me dolía por Movilla, porque Larsson le quitaba el 7 y a él le ponían el 16. Y recuerdo cómo se tiraba de rodillas cuando marcaba un gol en el videojuego. Acababa las temporadas con un porrón de goles. Nunca quise ver con más ansia a un jugador en el Atleti.

Y verano tras verano, esperaba con muchas ganas la entrada a una de esas tiendas repletas de camisetas en la que siempre estaba la de Henrik Larsson, ya fuera la primera a la vista, ya fuera escondida, o hecha un burruño tras una montaña. Aquello era para mí lo que para los niños normales era entrar en la tienda de chuches. Pero papá nunca cedía. Yo no lo entendía. Totti, Nesta, River... ninguna me convencía. Lo intenté por última vez.

"Papá...Quiero la de Larsson", le clamé, pese a conocer ya la respuesta. "¡Que te he dicho que no!", contestó ya algo harto. Fue entonces cuando me lo explicó. En 1974, el Atleti y el Celtic se habían jugado algo más que un puesto en la Final de la Copa de Europa en dos partidos de semifinal que quedarán para la historia. Ayala, Reina, Gárate y compañía repartieron en el césped, durante los 180 minutos. Lo peor fue la batalla que se formó en Escocia, con hooligans y policía arremetiendo contra jugadores y seguidores del Atleti, en clara minoría y desprotegidos. Sinceramente, no lo entendí. Había pasado mucho tiempo y yo no lo había vivido. Y además, ni Larsson ni yo teníamos la culpa de aquello. ¿Qué demonios importaba un partido de hacía 30 años?

Hoy lo comprendo. Y me apena que el sueco se hiciera uno de los mejores delanteros del mundo en el segundo peor rival de mi equipo. Con todo, le seguí de cerca. Y cuanto más le veía, más me gustaba, más me dolía. Más sabía que nunca le iba a ver de rojiblanco.

Sus goles en plancha, sus cabalgadas infinitas, su oportunismo para hacerse con los rechazos, su olfato goleador. Pero sobre todo, su trabajo. Su carácter. Eso fue lo que le llevó, con 33 años, a ser fichado por el FC Barcelona. Eso fue lo que le llevó a reponerse a un año en blanco tras una rotura de ligamentos y con 34, hacerse con más minutos de los que nadie hubiera siquiera imaginado en un conjunto en el que Giuly, Eto'o y Ronaldinho brillaban con luz propia y donde Iniesta y Messi estaban dando sus primeros pasitos. Eso fue lo que le llevó a olvidarse de su edad y anotar 15 goles en 42 partidos -repito, con 34 años y saliendo muchos ratitos de reserva- y ser crucial en aquella histórica final de Champions League que cambió el rumbo de la historia del que es hoy el mejor equipo del mundo. Porque salir unos minutos y dar dos asistencias de gol está a la altura de muy pocos. 

Se hizo como delantero en Holanda. Ese país que no deja de sacar artilleros y más artilleros del gol. Triunfó en Escocia. Dejó anonadados a todos en Barcelona, y volvió a Suecia para retirarse. Hasta que le llamó Sir Alex Ferguson. Y claro, a uno de los mejores entrenadores de la historia no se le puede decir que no. Cuestión de cortesía. Con 35 años hizo las maletas y se fue para ayudar 10 semanas a los Red Devils a ganar la Premier League. 

Y es que aquel 2001, pese a elegir a Crespo, Larsson acabó como Bota de Oro seguido por el argentino. Un dato que desconocía y que realmente descubrí hace poco, que me hizo recordar mi infancia y que me ha hecho escribir este artículo. Bota de Oro, Medalla al honor como Caballero del Imperio Británico, 11 ideal de la Eurocopa 2004 y un sinfín de premios después de 20 años, Larsson colgó las botas y cogió la libreta de entrenador. Si es la mitad de bueno de lo que lo fue dentro del terreno, acabará haciendo carrera.

Recuerdo que un día, por sólo unos segundos, se me pasó por la cabeza que quería la camiseta de Juninho, aquel menudo brasileño que había jugado en el Atlético de Madrid y que por aquellos entonces vestía del verde y blanco del Celtic, recogiendo además el número 7 de Larsson. Menos mal que no llegué a comentarlo.


lunes, 7 de octubre de 2013

Un mago de oro olvidado en una Tacita de Plata

"Diego, tío, quiero que me consigas la camiseta de Mágico González, el que jugó en el Cádiz hace años." Eso es lo que me ha dicho ya más de un par de veces mi amigo Jesús. Un tipo que no colecciona réplicas como yo y que las tiene contadas. De hecho, no le recuerdo más que una de Riquelme y otra de Del Piero. Mal gusto no tiene. Y es que, cuando empezamos a hablar de fútbol, a ver jugadas de Messi, tacones de Cristiano, jugadas maradonianas de Ben Arfa o la magia que hacen Ricardinho y Falcao en una cancha de fútbol sala, Jesús siempre saca a Mágico. 

Nunca el nombre de un país definió mejor al hombre que llegó de él. Jorge Alberto González nació en el Salvador a finales de los años 50, en un país que hoy no está nada desarrollado y que en esa época lo estaba aún menos. Y más que Salvador, era un auténtico Dios como le veían en su región. Ídolo, santo y seña del combinado nacional, se dio a conocer al mundo entero jugando para la clasificación del Mundial 82 que se celebró en España.

"El Mago es diferente en todo. Desde que le ves entrar por la puerta hasta que le ves vestirse. Pero sobre todo cuando coge la pelota. Lo del Mago y la pelota es algo que yo no he vuelto a ver", señaló Onésimo, compañero de delantera del centroamericano en el Cádiz y uno de los mejores extremos de la historia española. 

"Tenía cosas que no tenían otros. Yo no he visto a nadie hacer lo que le he visto a hacer a él. Pero había que estar pinchándole constantemente, encima de él", se refería Juan Carlos Pedraza al delantero de la ciudad andaluza. 

Y es que Cádiz fue para él algo más que una casa. La Tacita de Plata fue su vida y el Carranza su garaje, donde hacía y deshacía sus obras cual manufacturero empedernido. ¿Su obra favorita? el balón. Aunque quizás la siesta y las mujeres estaban por delante en sus prioridades.

"Yo no soy un santo, me gusta divertirme porque es importante para desenvolverte bien y mantener tus responsabilidades en condiciones", dijo de sí mismo en una entrevista al ser preguntado si esa fama que se había ganado tenía fundamentos.

"¿Qué prefiere usted, ser Mago o ser Mágico?", le preguntaron cuando ya estaba consolidado en España. "Prefiero ser Jorge", contestó. Humilde, no necesitaba más. Se conformaba con lo poco que tenía. ¿Para qué jugar en otro club si en Cádiz ya estaba contento y le valía? Ambición cero. Y es que Mago era como le llamaban en su país de origen. Mágico como se le renombró en España por una serie de circunstancias léxicas que le explicaron un día pero que él nunca llegó a entender. Probablemente ni siquiera lo intentó.

Para entender su historia hay que contar uno de sus primeros episodios con mayor celebridad. Todavía jugando en continente americano, el París Saint Germain se fijó en el jugador salvadoreño para hacerse con sus servicios y continuar con un proyecto vencedor que acababa de hacerse con la Copa de la Liga y que en los siguientes años levantaría dos trofeos más, además de una liga derrotando al todo poderoso Saint Etienne de aquella época. Tras cerca de cuatro horas esperando en una cafetería céntrica de la ciudad de San Salvador, los directivos del club galo decidieron marcharse sin ver al jugador. Mágico, perezoso por naturaleza y siestero empedernido, no acudió a la cita alegando que jugar en ese club era "demasiado compromiso". "Creo recordar que estaba durmiendo la siesta", recordó un familiar cuando se le preguntó por la fecha.

En Cádiz no todos conocen esta historia. Pero la ciudad en su totalidad si se alegra hoy en día de la decisión del que fue nombrado mejor jugador de la historia del club amarillo. Decidió fichar por un equipo de segunda división -al que le bastó un año para subirlo a la máxima categoría- y estuvo allí la mayor parte de su carrera, aunque dividida en dos etapas. Allí coincidió, entre muchos otros, con Onésimo, célebre por sus regates eléctricos partiendo de los costados. "Hacía cosas que yo no podía siquiera imaginar. Nos quedábamos los dos después del entrenamiento a hacer cositas y un día me apostó a que metía 10 de 10 goles de córner directo por la escuadra. ¡10 de 10! Y lo hizo, vaya si lo hizo", recordaba, aún anonadado pese al paso de los años, el habilidoso extremo pucelano.  

Maradona (I) y Mágico González (D)
Íntimo amigo de Maradona, el argentino no dejó nunca su empeño por jugar a su lado. En el verano del 84, Mágico estuvo de gira con el FC Barcelona por petición expresa del Pelusa. Pero hubo un hecho que truncó su fichaje. Una noche, en el lujoso hotel californiano en el que se alojaba el club catalán, la alarma de incendios saltó a todo volumen causando el pánico y el caos entre la expedición azulgrana. Todos abandonaron sus habitaciones y como un resorte salieron a la parte exterior del hotel. Todos, menos Mágico. Cuando la situación se calmó, los técnicos encontraron al salvadoreño dormido profundamente en su habitación con la compañía de una señorita. "¿No había ningún incendio no? Siempre he sido muy vago y esa noche no me apetecía levantarme", contestó años después. Enfadó a Maradona como ninguna patada de ningún defensa lo hizo en su carrera por su actitud de poder serlo todo y de no querer ser más. "El Mago es mejor que yo. Yo vengo del planeta Tierra, pero él es de otra galaxia", se refirió al salvadoreño más de una vez el nombrado mejor jugador de todos los tiempos, Diego Armando Maradona.

Su fichaje nunca llegó y las cosas se enfriaron en Cádiz, donde la fama se apoderó del jugador y los técnicos decidieron no contar con él cediéndole al Valladolid. Una vez llegado allí, su carrera cayó en picado. "Empecé a perder las fuerzas y a hacer cosas que un profesional no debe hacer" se confesaba.

Pero volvió a Cádiz un año después con más fuerza que nunca. Volvió para marcar un gol antológico al Racing de Santander. un gol en el que Pedro Alba, portero del equipo cántabro, se hizo famoso por quedarse aplaudiendo la obra de arte que Mágico acababa de hacer hasta que sus compañeros sacaron de centro. Un genio que, cuando el Atalanta italiano le hizo una prueba para ficharle, decidió jugar realmente mal a propósito con el único objetivo de quedarse en Cádiz, donde estaba más que asentado, feliz y a gusto.


"Si a Mago le coge alguien con 11 años como el Barça cogió a Messi, habría sido uno de los 3 más grandes de la historia sin ninguna duda", justificaba un Onésimo más que convencido.

Como bien señala Rubén Uría en su magnífica obra Hombres que pudieron reinar, "alternaba actuaciones espectaculares con resacas interminables. Jugaba de noche, y también de día. Igual regalaba un gol de córner directo que se pasaba dos días en paradero desconocido".

La última anécdota corre a cargo de David Vidal, entrenador en el equipo andaluz durante años. Jorge había llegado tarde a los entrenamientos -una vez más- y el entrenador le había castigado. Se quedó sólo, sentado en una esquina del vestuario mientras el técnico daba la pertinente charla táctica. Pero nadie atendía al míster y el propio Vidal tuvo que interrumpir su discurso al quedarse fascinado con lo que estaba viendo. "Le miraba y no me lo podía creer. Estaba haciendo toques con un paquete de tabaco Marlboro. Pudo hacer 20 ó 30, quizás más, antes de darse cuenta de que le estábamos observando anonadados. Era normal verle hacerlo con una naranja. Una naranja es redonda, ¡pero un paquete de tabaco es rectangular!, era asombroso. La sensibilidad que Dios nos ha dado a los humanos en las manos, a Jorge se la dio en los pies", recordaba un aún incrédulo David Vidal, que hizo un alto en su enfado con el delantero ante tal acto.

No sé si alguna vez Jesús conseguirá esta camiseta. A veces, cuanto más buscas una cosa, más difícil es encontrarla. Otras veces, sucede todo lo contrario. Mágico consiguió ser una estrella sin querer ser una estrella. "Nadie se imagina lo que me costaba ir a los entrenamientos. Vengo de un país subdesarrollado, con otra cultura distinta, y por mi forma de ser no era capaz de concienciarme de ir a entrenar a diario. Sufría mucho. Lo hacía por mis compañeros, por respeto a ellos, aunque a veces me retrasaba uno o dos minutos. Jugaba para divertirme y si hubiera sido más profesional no lo habría hecho, señalaba el jugador que había encandilado a Cádiz pero que no se había enamorado siquiera de sí mismo. "Respeté al fútbol, pero no me respeté a mí".