jueves, 22 de enero de 2015

¿Por qué el Comité no entra de oficio?

Tenía mucha razón Sergio Ramos hace un par de semanas cuando declaraba en público ante la prensa que España y su competición tenían mucho que aprender de la Premier. Lo más inquietante es que lo pidiera uno de los jugadores que más se vería afectado si se intentase copiar o trasladar aquí el modelo inglés, pues probablemente no se parase en reparar en las causas y consecuencias y sus palabras fueran más producto del calentón tras una dolorosa derrota

Se nos llena la boca al presumir de la propia como la mejor liga del mundo, la que tiene a las grandes estrellas del panorama futbolístico, aquella en la que sus equipos suelen conseguir llegar a las últimas rondas en la Champions League y en la Europa League y quizás no falte razón en ello, aunque la repartición no sea del todo equitativa. Nos enorgullecemos de pedir un fútbol sin gradas violentas, sin aficionados que insulten, cuando el ejemplo que se da desde el propio terreno de juego es todo lo contrario: el de jugadores marrulleros que se acaban saliendo con la suya, tipos que para ganar una disputa de un balón (y eso cuando está por medio) recurren a golpes, patadas, insultos de todo tipo y escupitajos que no tienen ningún tipo de cabida. Provocaciones e incluso faltas de respeto con tintes racistas. Mucho morro es lo que tienen algunos.

La Premier League es esa competición que ha incluido un sistema tecnológico para terminar con los goles fantasma, pues un chip incorporado en la pelota manda una señal al un brazalete que porta el árbitro principal cuando el balón traspasa por completo la línea de gol. Termina, de una vez por todas, con la polémica misión que tienes los jueces de área (si es que de verdad tienen alguna). Ganaría el fútbol, la competición y no habría lugar a teorías conspiratorias de si Menganito está comprado de Fulanito, o viceversa y solventaría uno de los principales problemas del fútbol: el gol.

L. Suárez (I) y Evra (D) / PHIL NOBLE / REUTERS
La Premier League es esa liga que sancionó a Luis Suárez (bochornoso su recital de triquiñuelas anoche) con ocho partidos sin jugar y 40.000 libras de multa por "proferir insultos y/o palabras insultantes y/o de tener un comportamiento con respecto al jugador Patrice Evra, del Manchester United, contrario a las normas de la FA" en 2011 y a la que no le tembló el pulso tres años antes, cuando el propio Evra quiso ir de víctima en una situación similar que resultó no ser cierta en un encuentro frente al Chelsea. El del Manchester acabó con 4 partidos sin vestirse de corto y 15.000 libras menos en su zurrón por intentar engañar.

La Premier League es el torneo en el que las tarjetas rojas no valen todas por igual. Que considera, y de muy buen gusto, que no es lo mismo irse a las duchas antes de tiempo por un par de simples faltas, por un agarrón o una protesta, que hacerlo por una entrada agresiva, de las feas, de las que van a hacer daño consciente o inconscientemente. Estas últimas bien valen tres merecidos encuentros de suspensión. Lo hace con criterio, con un comisionado que evalúa las acciones de cada partido e impone las sanciones. Incluso si el propio árbitro no ha podido ver una acción. Eso bien lo saben el Everton y Papiss Cissé. El delantero del Newcastle propinó un codazo a Seamus Coleman, defensor del Everton, y se fue de rositas para acabar marcando el gol de la victoria de su equipo. La FA, de oficio, citó al jugador senegalés y le denunció por conducta violenta. El punta africano aceptó la sanción y ahora tiene que esperar tres partidos para volver a jugar previo paso por caja con una multa que le quitará las ganas de volver a sacar el codo a pasear.

La Premier League es esa competición donde los jugadores, por defecto y generalizando, tratan de ser señoriales y caballeros. No buscan engañar al árbitro por sistema. Obvio, siempre hay balas perdidas que suelen tener su justo castigo que les quita las ganas de la cabeza de volver a hacerlo. Y también algún listo que consigue burlar las leyes. Si tan cierto es que queremos fomentar el buenrollismo, que se quiere poner las cosas fáciles a los árbitros, ¿Por qué no se empiezan a poner medidas para aquellos que se salen de los márgenes?

Dani 'voltereta' Alves / AP / MANU FERNÁNDEZ
Cansan las imágenes de unos pocos, que habitualmente son los mismos, que manchan y llevan por el mal camino a sus compañeros de equipos. ¿Cuántos revolcones sin fundamento han dado en el último lustro Dani Alves o Sergio Busquets? ¿Qué pasará con Sergio Ramos, ese que dice ser un angelito y que las cámaras están para demostrarlo, cuando las cámaras de verdad se usen para tal misión? ¿Por qué Raúl García sale a la gresca siempre que se mide a Real Madrid o Barcelona? ¿Cómo se puede ir Arbeloa a casa sin tarjeta cada vez que juega? ¿Por qué no se sancionó a Ander Herrera cuando afirmó que había intentado engañar al árbitro el curso pasado? ¿Y de Diego Costa qué? El brasileño era la historia de 'que viene el lobo' hecha realidad. Tantas veces fingía y fingía que cuando de verdad le daban, que no era poco, nadie le creía. Lógico. Quizás el Karma debería estar más presente como sucedió con Jordi Alba,que, después de mucho fingir, acabó lesionado por una voltereta mágica.

¿Querría entonces Sergio Ramos que, sin entrar a valorar sus cualidades futbolísticas, es el jugador más expulsado de la historia del Real Madrid, el cuarto que más rojas ha visto en la historia de la Liga y el segundo en toda la Champions, que nuestra Liga fuera como la Premier? ¿Le gustaría ser sancionado por sus codazos varios, escupitajos y más codazos? ¿Se iría al suelo tan rápido Neymar si hubiese multas por exagerar contactos y además le cayeran un par de partidos de escarmiento?, lo que en la NBA se llama flopping. ¿Qué pasa con la justicia que se toma Cristiano Ronaldo por su cuenta, como con Godín o Miranda? ¿Y los pisotones de Pepe a Messi y Godín a Alves? ¿Cómo es posible que el Comité haya denunciado a una afición por gritar 'payaso' durante un partido cuando eso es lo más bonito que se llaman los jugadores sobre el campo? Incongruencias, todas. 

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